septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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¿Se puede ser amigo de alguien muerto?
Veinte líneas por día, de Harry Mathews, Buenos Aires, Mansalva, 2015. Traducción de Cecilia Pavón.

Hace 32 años el escritor Harry Mathews (Nueva York, 1930; autor de novelas, poesía y relatos que reparte sus días entre París, Cayo Hueso y su ciudad natal) recordó aquel mandato que el joven Stendhal se había impuesto: Vingt lignes par jour, géni ou pas (Veinte líneas por día, geniales o no) y lo puso en marcha para sí mismo en tanto procedimiento constructivo, se diría, con la salvedad de que lo que en Stendhal es plan para terminar un libro a la fuerza en él, en Mathews, es método para superar 1) el desánimo que implica la idea de (justamente) comenzar a escribir y 2) la ansiedad de la página en blanco.

Es por lo anterior que las veinte líneas de Mathews no se relacionan con el proyecto serio de un libro de ensayos o una novela sino antes bien con la (mera) escritura entendida como praxis de un cuaderno reservado para tal fin (darle forma a algo), más cercano, en todo caso, al diario y la poesía. Lo que importa, dirá el escritor, es abordar sin prisa ni delación la página que, por ser la primera que enfrentaré durante el día, es la que me provoca más desánimo y que me hace sentir a la vez más desalentado y más libre. Después de ella, solo me espera la felicidad de escribir. Esa idea de la felicidad ligada al acto de escribir (y de dar forma) aparece no pocas veces en este libro.

Las notas las tomó el escritor mientras vivía en Lans-en-Vercors (aunque viaja: Nueva York, París, Venecia, Wainscott), un pueblo francés de montaña a una hora de Grenoble, entre el 16 de marzo de 1983 y el 26 de junio de 1984, cuando además de la vida familiar le preocupaban apenas dos cosas, según cuenta en el “Prefacio” del libro: 1) la conclusión del manuscrito de su novela Cigarettes, que había comenzado en 1978 (algo que parece conseguir), y 2) la muerte en 1982 de su mejor amigo, el escritor Georges Perec (decididamente no).

Tal vez se pueda pensar Veinte líneas por día como un libro en la larga lista de buenos libros sobre la soledad (extrema y problemática) del que escribe y de la propia escritura; los primeros nombres que vienen a la mente son los más recientes, acaso porque el de remontarse en el tiempo requeriría de otro ejercicio: Ponge, Perec, Queneau, Markson, Gaddis, Walser, Sebald, Vila-Matas. ¿Qué puede significar llevar una vida como esta? y ¿Qué tipo de gente puede llevar una vida así?  Recuerda: La felicidad te espera en rincones poco probables.

Hay una lista deliberadamente desordenada y poco exhaustiva de algunos de los temas (así los llama el escritor, sea quien sea quien escriba) que brillan como destellos en la mente de quien escribe y de los que, entonces, pasa a ocuparse en el cuaderno: los planes para un nuevo ejercicio literario, subir a los árboles, la escritura automática, la ansiedad de (toda) la escritura, los libros de la madre muerta, la neuralgia facial, Polonia, el tenis, los amigos, sobre que nada dura, la retama a la vera de un camino, los hospitales, la educación, los estadounidenses, Georges Perec y el procedimiento literario como extensión de una pregunta ligada a la curiosidad que respira en cada una de sus instancias, Ruth, la desesperación ante la muerte, el ojo en la presión, una introspección severa, el insomnio, el nervio trigeminal y la rodilla izquierda, los pájaros en la pila de leña, los narcisos y sus clases, el aire limpio de la mañana luminosa, la televisión, la mujer y los hijos y la distancia insalvable que separa todo lo que está vivo y siente, el doble Billy Bodega, un nuevo estudio donde trabajar, el padre muerto, barrer las hojas, la forma del poema, el fauno de mármol de Nathaniel Hawthorne, el drama fantasmal interior, la descripción literaria y sus funciones estructurales, el nombre, los dedos quebrados, la primera nevada de la temporada, la fun-da-men-tal página 108, los pensamientos entrechocando, el teléfono, vivir ocupado, nadar, las medusas y las mujeres, esquiar, la catedral de Aimes, el experimento surrealista casi con una polaroid, el lector imaginario (que…), un par de epifanías (me olvido de que escribir ofrece oportunidades de descubrimiento y toda la satisfacción que proporciona el descubrir, la otra acaso esté en la prematura página 140), la muerte del padre fundador François L.L., &c.

Como en todos esos libros que crecen impulsados más o menos subterráneamente en la tierra fértil de OuLiPo hay algo didáctico en Veinte líneas por día, y hay también esa alegría en la certera tragedia de la escritura que acabará revelando (a cambio) ciertas cosas, y hay por supuesto una celebración por la vida que queda para escribir y por vivir en la escritura y los cigarros o el vino. Es útil obligarse a probar nuevos procedimientos, dice el profesor, que pasa de la primera persona a la tercera e incluso a la segunda, algo más adelante, como buscando poder enfocar lo que sólo se enfoca con el intercambio de las lentes gramaticales. Y así avanza.

Pienso en lo que el procedimiento acaba enseñando (en todos los sentidos de esta palabra), de improviso, como algo claro e importante, aquello que se escribe y se vuelve como un amuleto y a la vez un karma, un secreto aunque ya evidenciado, una confesión, también, si se quiere: La página en la que se leerá tu vida (en la que está siendo leída tu vida), el resto –trabajo, amor, salud– sólo se trata de llenar los prometedores espacios en blanco, esos prometedores espacios en blanco que no son, justamente, páginas. ¿O sí?

Hay una cierta preocupación constante por el escritorio y por el lugar de trabajo, tal vez porque allí las leyes del universo físico no funcionan necesariamente tan bien ni con tanta precisión como fuera, en el mundo real (¿?), y por eso en todo caso es que se extraña y anhela el desorden. Del mismo modo que hay (vuelve, desaparece y resurge) una cierta fe que traduce la escritura: Existe una vivacidad en nosotros que aprende lo que necesitamos saber para cada momento de nuestras vidas.

Este es un tiempo para volverse Dios uno mismo, escribe el escritor el 7 de junio de 1983 en Lans, y uno sospecha que en vano busca esconder luego la melancolía de lo que (todo) eso significa. Lo mismo vale para esto otro: La experiencia directa, entusiasta de la obra, está inevitablemente mezclada con la esperanza de poder decírselo a alguien. ¿Y si no?

Apenas algo más de una semana después, en el mismo lugar, en la misma casa y en el mismo escritorio frente al mismo cuaderno, el diagnóstico: Lo que aquí tiene lugar es el drama sin fin que transcurre dentro de mi cabeza fusionándose con ciertos objetos fuera de mí (temas), y más adelante, algo peor, rotundo de claridad: Toda la escritura vendría a ser un acto de escribir dentro de la acción de escribir. Hora de cenar.

En las páginas 48 y 49 de esta brillante traducción al español de 20 Lines a Day de Mathews el procedimiento se abisma en una lista de 20 puntos donde puede leerse en parte lo que sigue: 13) Las buenas ideas pertenecen a los amateurs, o, peor, a los escritores potenciales. Las posibilidades perdidas 12) no significan nada en absoluto. Nada mejor que escribir para volver obvia la obvia 11) verdad de que lo que es, es; o (dicho de otra forma) la verdad marxista de que 10) no hay valor fuera del trabajo realizado.

En definitiva, escribir lo que, si no por la forma al menos por la cantidad, equivalga a un libro (porque en la forma habrá revelación, eso es seguro): en la persistencia, en la tenacidad, en esa seguidilla de preguntas que se clavan en el propio ojo cuyo fondo acuoso es la vacuidad, y que al no poder ya leerlas entonces imaginará preguntas nuevas orladas con el matiz de una cura, ¿cómo?, así: Aprendé a observar tus pensamientos y dejalos ir y venir. A ver qué pasa. El sentido aparece después. La forma es final.

Se sabe, o se descubre de pronto: La naturalidad del estilo no es esa espontaneidad, la espontaneidad son todos los envoltorios que tienen que ser quitados, uno por uno, antes de alcanzar la naturalidad. El universo en la nuez, en el interior de la nuez.

¿Qué es lo que pasa? ¿Transcorporación? La escritura es la traducción de un cuerpo en otro. Así, el procedimiento le hace lugar a la idea de otro (cuerpo, forma) para el futuro: el objetivo seguirá siendo, como en el caso presente, desmitificar el acto de escritura para demostrar(se) que los miedos que genera son tan imaginarios como persistentes: 1) el nuevo experimento tiene que tener un límite claro; 2) además de ser corto, el texto no debería exigir demasiada reflexión; 3) el acceso al procedimiento debería ser fácil; 4) aspirar a esa espontaneidad que (¿sólo?) la experiencia y la disciplina pueden producir.

Antes de alcanzar la mitad del cuaderno el escritor anota: Stendhal se refería a algo muy diferente a esto. Para él no se trataba de escribir cualquier cosa, sino de agregar veinte líneas a un trabajo ya en marcha (…) La idea de los libros como partes antes que como escritura, entonces. ¿Escribir todos los días promueve un estilo que es el propio, es decir una forma de escribir exclusiva de uno, que es artificial y “natural” a la vez? El escritor de inmediato se responde: Puede ser. Pero como las conclusiones son inaceptables para los que practican la vanguardia, eso resulta provisorio. Lo que es seguro es que no hay ninguna razón para no escribir veinte líneas sobre algo o sobre cualquier cosa, porque: ¿existe algo, en definitiva, que no sea interesante? Esta, sin dudas, es otra de esas preguntas que nos dejan a solas otra vez. Solos en la lectura. Y solos en la escritura, si fuera el caso.

Sale el sol o nieva y oscurece, como cualquier otro día del pasado, y como muchos otros días que vendrán: Cualquier cosa que escriba cuenta mi historia sin que yo me dé cuenta. Lo que estoy seguro de estar diciendo, aunque pertenezca a mi historia, no es la historia que en realidad estoy contando (…) ¿La idea de la historia como la idea de los libros como partes antes que como escritura? No importa mucho lo que esté diciendo siempre y cuando siga hablando conmigo mismo (=escribiendo). La vida como un continuo de escritura.

Se equivoca Mathews cuando dice que lo que le falta a su libro es un sentido de lo mucho que ama la vida, porque de hecho es eso (y el omnipresente procedimiento) lo que se percibe casi de inmediato y a lo largo de todo el libro. Por eso no sorprende que diga luego aquello que también había confesado John Cheever, que la poesía sí puede ser una salvación. No salvándonos a nosotros pero salvando nuestras palabras. Al fin y al cabo no hay adonde ir salvo el lugar en el que estás, y ese lugar, que cambia segundo a segundo, no es más pequeño que el universo. Confieso que en ese punto yo estaba esperando leer más pequeño que una página. Qué importa.

¿Qué esperás de un libro?, se pregunta el escritor. ¿Qué esperamos de un libro? Pues si uno espera encontrarse en el umbral de lo extraño, lo inevitablemente familiar visto como desconocido, las posibilidades conocidas del lenguaje generando oportunidades para que uno reaccione ante ellas (para que las reinvente uno mismo), géni ou pas, entonces yo diría que estamos frente al libro correcto: el de Mathews pertenece sin duda a esta clase de libros.

La literatura norteamericana empieza en Melville y termina en Mathews, dijo su amigo Georges Perec. No dijo con Melville, sino en Melville, acaso porque Perec lo entendía todo, incluso los hombres, como territorios donde las cosas ocurren. Y si en Melville estaba ocurriendo de una forma prístina la novela entendida como totalidad, en Mathews ocurre algo no muy diferente aunque en el registro de la poesía, entendida ya melvillianamente como campo de toda posibilidad, como territorio mismo de la escritura (moderna).

Si hay algo que hace de este libro un libro genuino en sus proposiciones y auténtico en el camino recorrido con el procedimiento es aquello de escribir para vivir y vivir para salir a ese mundo verde con escarcha, sembrado de rígidas flores silvestres y narcisos que se elevan lentamente abriendo sus cabezas: caminar o correr por él hasta saber que es real y que yo en medio de ese mundo soy también real. El ejercicio de construcción del sujeto en la escritura.

 

PS: pienso que uno de los envidiables efectos del libro de Mathews es el de convencernos de que cada quien debería intentar sus veinte líneas por día. Pienso también en la clase de comienzo que sería este, y en cómo la poesía acaba siendo algo que se intenta (a ver qué pasa), y en cómo la forma es algo que surge: Las alondras saltan de la nieve volando en reverso hacia veranos que ni vos ni nadie jamás perdonarán.

 

(Actualización julio - agosto 2015/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646