septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Vidas, más acá de la biografía
Vida. Cuatro biografías, de Paulo Leminski, Mar del Plata / Barcelona, Puente Aéreo, 2015. Traducción y prólogo de Joaquín Correa.

La obra suscitativa del escritor brasilero —curitibano para más datos— Paulo Leminski (1944-1989), comienza a circular en traducciones al castellano. Ahora celebramos, vera apuesta editorial, la muy cuidada publicación de Vida. Libro que recupera “cuatro modos de cómo la vida se puede manifestar”, en cuya contrastada convivencia Leminski advirtió una serie. Paneles de un biombo asimétrico o cortometrajes verbales autónomos pero en suite, son introducciones (¿inducciones?) de sensual erudición a lo que el propio autor llamara “vidas de santos”. Todos éstos de obrar perdurable: “Cruz e Sousa. El negro blanco”, “Bashô. La lágrima del pez”, “Jesús a.C.”, “Trotski. La pasión según la revolución”.

O sea. Un poeta negro y provinciano (del sur) brasilero del siglo XIX que representó la desviación —ya antropofágica— del dandy simbolista en una sociedad esclavócrata como la brasilera de entonces (téngase que Brasil recién abolirá la esclavitud en 1888). Otro poeta, japonés, de un siglo todavía anterior, formado como samurai, que por el sendero zen elevó el haiku (poema de tres versos de cinco, tres y cinco sílabas) a la categoría de práctica o camino espiritual: Bashô. Para no hablar de ese “profeta judío que propuso un mensaje que está vivo dos mil años después”, presentado en su complejo contexto arcaico. Y qué decir, entonces, del ideólogo-estratega de aquella Revolución Rusa que “transformó profundamente la sociedad de los hombres”. Entidades de integridad polivalente —con amplio margen para el cultivo mestizo de la herramienta o llave llamada contradicción— por ende, en las que Leminski, según propia declaración, quiso “homenajear la grandeza de la vida en todos esos momentos”.

Y es que tal disparidad en el santoral de Leminski coincide con (una parte de) la variedad irradiante de sus intereses e influencias recibidas. Cada biografiado elegido también le permite afinar una veta de autoconocimiento y reinvención, sin intención de aglutinarlos en algún tipo de coherencia homogeneizante. Leminski se perfila pensador de encrucijadas en pleno misterio mayor de la experiencia que se percata: como en un poema suyo, “el milagro de la conciencia”, “aquella cosa extraña que aconteció en el planeta Tierra”.

Qué duda cabe, cada uno de los retratados representa cuatro niveles posibles de la percatación. La incomodidad del goce carnal en el esplendor pos-romántico y ya “moderno” del cuasi paria Cruz e Sousa. La inmersión en la impermanencia y el soltar amarras del peregrino ex-samurai, capaz de pasar de la catana a la caligrafía. La conexión visionaria o profética, aun en las fases más fanáticas, corriendo todos los riesgos (hasta el constante malentendido) de quien se abandona a su fe. La consecución razonada del trastorno a gran escala, en pos de una redención colectiva, aun si la revolución que la produzca se distinga “por la falta de delicadeza” (Trotski, citado por Leminski). Y así las cartas (de navegación) se van mezclando, rebarajan un itinerario por estratos: necesidad, cuerpo, otredad, deseo, mutación.

Y allí, en la encrucijada de las historias, la cosa personal. Él mismo afrodescendiente por línea materna y “poeta de provincia” (tal se define Leminski en otro poema), es decir por fuera del eje São Paulo/Rio (pero dentro de una lengua tan periférica como la portuguesa). Cinturón negro de judô y marrón de karate, trazador de haikus vibrantes. Estudiante secundario en un colegio-monasterio benedictino (y aspirante a monje, de muy joven), conocedor del griego y el latín, que se autoenseñara el hebreo en un par de semanas. Agitador cultural (a través de la traducción, la edición, el ensayo, el poema, la canción, el graffitti) capaz de aunar las concreciones constructivas —en cuanto a las posibilidades de edición de la escritura, aportadas por la vanguardia rusa (Einsenstein y Maiakovsky tanto como el zaum chamánico de Klebnikov, de quien Leminski estará cerca en ciertas ondas del culebreo transbarroco de su novela-idea Catatau)— con la aventura pasional de hacer pasar, a través de la forma habitada, la diversa emergencia de las potencias de transformación.

En el devocionario de Leminski los santos son porque se inmolan en su acción. Poetas porque hombres de acción (y/o viceversa). Es algo que Leminski resuelve para sí, y al compartirlo da en la médula espiralada del clavo. La palabra que ahora interviene, considerando semejante dialéctica, es la del interlocutor policentrado. No descentrado en relación a un ideal preexistente sino dialécticamente enfocando, desde varios centros a la vez, trazando a su manera un holograma despertante de influjos. Podría jurarse que hay conjuro (y nada encerrado) en todo esto.

            Cada uno de los cuatro textiles creció consustanciado con sus sujetos-objetos. De manera que la inscripción, siempre bienhumorada y flexuosa, se revela proteica. Asmática, erizada con Cruz e Sosa. Concéntrica con Bashô, retorno y continuidad de la contemplación. Parabólica y llena de gracia con Jesús. Novelesca por lo sinuoso entre lo macro y lo micro, por la consagración histriónica de la violencia narrada, con Trotski.

La tersa, alerta versión de Joaquín Correa, en tal sentido, se deja afectar por los climas sintácticos nativos del original. Trae en efecto, a este lado de las fronteras, una inscripción que tiende condensarse pero, dado el calibre de Leminski, aguzada de matices. Trasluce con eficacia ese sentimiento de instanteneidad que caracteriza la continua atención asociativa a que nos dispone el entrañable curitibano. Por mínimo ejemplo de hallazgos, el brasileñismo trocadillo es uno de los tantos presentes con que Correa nos renueva lo receptivo.

Y algo más. Detrás de las historias individuales y notables, entre el dato y la acotación, entre la lectura histórica y la conexión sincrónica (Cruz e Sousa y Gilberto Gil, cuando no Stevie Wonder y Bob Marley, por ejemplo), entre la pauta didáctica y la multidimensión, se atisba la insobornable cuestión de la vida misteriosa y sus imbricaciones a veces desconcertantes con la biografía. Ante el umbral recreador del mito, ¿qué resistencias a la borradura se narran y quién se deja narrar en su experiencia, y mucho más cuando marcante sobre incontables otras?

Donde los enhebrados de Vida de Paulo Leminski conducen alegre, traslúcidamente por hilachas encontradas de la memoria colectiva, sólo resta, como corresponde, lanzarse con hambre de experiencia y goce de lectura. Ante su concisión biográfica y en relación a ciertas escrituras que dan vida, hasta en lo advenedizo de la conciencia, cabe la desmesurada cuestión de ¿qué será, a fin de cuentos, una biografía?

 

(Actualización julio – agosto 2015/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646