noviembre-diciembre 2017, AÑO XI, Nº 64

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La muerte del editor
La marca del editor, de Roberto Calasso, Buenos Aires, Anagrama, 2015.

En una época donde parece que los editores se multiplican más que los autores, gracias a un boom de las editoriales independientes, se hace urgente leer La marca del editor, que es una reunión de textos que reflexionan alrededor del oficio del editor, recorriendo sus orígenes durante el Renacimiento italiano con Aldo Manuzio, el primer editor, hasta hoy cuando su figura, en términos de importancia para la industria editorial, ha ido desapareciendo. Su autor es el conocido fundador del sello italiano Adelphi Roberto Calasso (Florencia, 1941), heredero de la tradición del célebre editor de Kafka, Kurt Wolff.

 Calasso comenzó su trabajo editorial muy joven, hace cincuenta años. Él y sus colaboradores parecían tener todo pensado cuando empezaron: la tapa, basada en el arte de la écfrasis al revés (que una imagen resuma el texto), y el catálogo, que comenzó con la edición crítica de la obra completa de Nietzsche, siguió con la publicación de lo que él entendía como libros únicos (“aquel en el que rápidamente se reconoce que al autor le ha pasado algo y ese algo ha terminado por depositarse por escrito”) y con una serie de títulos, en los que se contaban esos grandes escritores austriacos que enriquecieron la lengua alemana (Musil, Kraus, Roth) pero que además incluía a intelectuales (Freud, Wittgenstein, Gödel). Para Calasso “en ningún otro lugar se habían formulado tan lúcidamente como en Viena las preguntas últimas sobe el lenguaje (que podía ser la lengua cotidiana y de los diarios, para Kraus; o los sistemas formales, para Gödel; o el sistema tonal, para Schönberg, y los jeroglíficos oníricos, para Freud)”.

        Durante los primeros quince años de existencia, Adelphi salió ilesa de las turbulencias políticas italianas, a pesar de que unos la acusaban de elitista y otros de demasiado comercial. En 1979 apareció una crítica-ensayo en la revista de las Brigadas Rojas, que se dividía en capítulos breves, precedidos de una línea introductoria: entre ellos se podía encontrar “’Reflujo’, retorno al pasado, refugio en lo sagrado, despertar religioso, fuga al campo, tiendas alternativas, ideologías naturalistas, ecologismo aparente”. Pese a las críticas, la editorial siguió adelante. Y este continuar se rigió más allá de las literaturas nacionales, convencido del precepto que Calasso había leído en Conversaciones con Goethe, de Eckermann: “La literatura nacional ya no significa gran cosa, entramos en la época de la literatura universal y cada uno debe contribuir a precipitar la llegada de esa época”. De este modo en los 80 redescubre a Georges Simenon. “Hoy”, recuerda en este libro, “Simenon está en La Pléiade, pero por entonces –incluso en Francia– no era frecuente encontrar su nombre en las historias de la literatura”. Tanto fue el fenómeno Simenon que, luego de un tiempo, la tirada inicial de sus novelas era de cincuenta mil ejemplares.

        Pero Calasso no sólo cuenta su labor como editor, sino que piensa la edición como género literario. Aquí se detiene a pensar qué sería una buena editorial: ¿aquella que publica sólo libros buenos? ¿Libros de los que el editor estaría orgulloso? Y a la pregunta retórica responde: “Publicar buenos libros nunca enriqueció enormemente a nadie”. Entonces qué editar, si se quiere vivir de esto. Observa que “la edición, en muchas ocasiones, ha demostrado ser una vía rápida y segura para derrochar y acabar con patrimonios sustanciosos”. Como ejemplo del arte de la edición da los ejemplos de Aldo Manuzio, de Kurt Wolff y de Gaston Gallimard, tres pilares de ella, uno iniciándola y los otros dos concibiendo su modo moderno. Wolff aparte de publicar a Kafka, publicó a varios checos, entre los que se contaba Max Brod, y también a Robert Walser y Georg Trakl. El arte de la edición, concluye Roberto Calasso, consiste en “la capacidad de dar forma a una pluralidad de libros como si fueran capítulos de un único libro”.

        Definido el arte de la edición, avanza hacia otro concepto que hoy en día creemos dado, el editor. Usualmente se cree que el editor es aquel que edita libros, una definición tautológica pero insuficiente. Para él, el editor de principios del siglo xx era “un intelectual y un aventurero, un industrial y un déspota, un tahúr y un hombre invisible, un visionario y un racionalista, un artesano y un político”. Luego agrega otro aspecto a considerar: “El verdadero editor –dado que esos seres extraños todavía existen– no razona nunca en términos de ‘literario’ o ‘comercial’ […] Verdadero editor es, ante todo, el que tiene la insolencia de pretender que, como principio general, ninguno de sus libros se le caiga de las manos al lector, ya sea por tedio o por un invencible sentimiento de extrañeza”. Piensa en los editores contemporáneos que han cumplido con esta premisa y nombra a Jorge Herralde, Roger Straus, Carlos Barral, Vladimir Dimitrijevic.

        Pero lo que más caracteriza al verdadero editor es el valor de marca, o más precisamente la carencia de ella. Si la primera década del siglo xx se caracterizó por la idea de “la editorial como forma”, la primera década del siglo que corre se ha caracterizado por el borrado de los perfiles editoriales, que se traduce en “un progresivo aplanamiento de las diferencias entre editores”. Hoy todos compiten por los mismos libros “y el vencedor se distingue sólo porque, al ganar, se ha quedado con un título que se revelará como una catástrofe o una fortuna económica”. Advierte que en Estados Unidos el nombre y la marca del editor pasan desapercibidos y que una de los conceptos clave en cualquier industria, esto es la marca “no llega a cuajar ni a desarrollarse”. Dicho de otro modo, la gran industria exhibe claramente el nombre del autor –que es el auténtico bestseller– y más pequeño sigue el título del libro, pero el sello editorial ha desaparecido, ¿o alguien sabe a ciencia cierta en qué editorial editan Paulo Coelho, Dan Brown y Danielle Steel? Lo que está pasando es que el editor ha renunciado “a su función de primer lector y primer intérprete de la obra”, hoy son mucho más importantes los agentes literarios y los distribuidores. Hay toda una cadena de valor que ha desaparecido, y se avanza a paso firme hacia la solución de que sólo quede el autor y el librero, “quien habrá reunido en sí las funciones de editor, agente, distribuidor y –quizá– mensajero”.

        Hace seis años, cuando yo aún era editor del sello independiente La Calabaza del Diablo, me encontré con una editora de una trasnacional en un asado y nos pusimos a conversar. Ella era joven y había sido recién nombrada, pero no la noté muy entusiasmada, así que le pregunté qué le pasaba. “Lo que pasa es que tú no entiendes”, dijo, “en editoriales así, no te nombran como editora, sino como administradora”. Le discutí, pero ella seguía muy firme en su convicción. Hoy Calasso le termina dando la razón, al señalar que lo que hay en ese tipo de sellos son editors, así en cursivas, que no editan ni imponen un juicio estético o literario, sino que a lo más retocan algo ya aprobado por otras instancias: gerentes editoriales y expertos en marketing. En definitiva, sólo hay espacio para los editores sin cursivas en los sellos independientes. Una pena pero una realidad.

 

(Actualización julio - agosto 2015/ BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646