septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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La precisa recopilación de un pensamiento
Las ideologías de la teoría, de Fredric Jameson, Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2014. Traducción de Mariano López Seoane

Este libro, impecable traducción del que apareciera en inglés en 2008, resulta protocolo teórico crítico del libro que conocimos aquí un año antes, Valencias de la dialéctica, publicado también por Eterna Cadencia y oportunamente reseñado en BazarAmericano. Si Valencias de la dialéctica es el libro que muestra la justificación, desarrollo y conclusiones del pensamiento jamensoniano, Las ideologías de la teoría, en veintiocho capítulos, recorre críticamente las diversas teorías sobre la literatura, a veces la cultura y otras directamente la filosofía que rondaron el siglo XX. Un camino que en el autor va desde 1971 hasta 1988 en una primera edición para aumentarse y corregirse en una segunda años después. Se ponen a prueba y se despliegan, con maestría de orfebre, tanto las teorías de la especificidad como las que llamamos socioinstitucionales para dar con sus contradicciones, entredichos y puntos ciegos. Esto es, sus ideologías.

Dividido en dos partes de catorce capítulos en cada caso –“Situaciones de la Teoría” y “La sintaxis de la Historia”-, más una específica Introducción y un último capítulo quince en la segunda, “El fin de la temporalidad”, que oficia a manera de epílogo, ambos posteriores a la primera edición, Las ideologías de la teoría muestra con paciencia docente la implacable necesidad de “historizar” lo dicho e incluso, a cada paso y sobre todo, la teoría o las teorías que se ponen en juego a la hora de decir sobre lo dicho, es decir, cuando hacemos crítica de la literatura o, en definitiva, de la cultura. También, y en particular, cuando hacemos filosofía o, como quiere Jameson, Teoría, un nuevo género filosófico, una indisciplinada disciplina de lo que él llama la posmodernidad. El punto de clivaje es, como se anuncia desde el primer momento, la “ideología”, “el concepto mediador por excelencia” entre lo individual y lo social.

Desde 1971, fecha del primer artículo en términos cronológicos y también de aparición, “Metacomentario”, hasta 2008 según la Introducción datada en Durham, así como el último artículo de la primera parte bajo el irónico título de “Como no historizar la teoría”, si hay algo que aparece obsesivamente ya no como preocupación sino como verdadera ocupación del trabajo de Jameson es aquella relación inexcusable entre lo individual y lo social. Y además, aquí parece exigir y “demostrar” que el crítico literario o cultural o finalmente el filósofo debieran estar interesados, también de manera inexcusable, sobre esa relación en sus aproximaciones, análisis, tanteos o pronunciamientos acerca del arte, la literatura, el objeto cultural y sus diversas formas de producirlo, recibirlo o reapropiárselo. Por lo menos, ello daría un cierto sentido a su trabajo. El viejo ensayo de 1975, “Más allá de la caverna: desmitificando la ideología del modernismo”, después de citar largamente a Platón citando a Sócrates -quien ofrece imaginar una caverna poblada “de sombras proyectadas por el fuego” frente a prisioneros obligados a mirarlas- incorregible sentencia: “Nuestra tarea, en tanto especialistas en los reflejos de las cosas […] quedará en la nada a menos que tengamos bien presente el conocimiento de nuestra propia situación histórica: porque en nuestra posición somos los menos autorizados a decir que no entendimos, que pensábamos que todas esas cosas eran reales, que no teníamos modo de saber que vivíamos en una caverna”.

Las ideologías de la teoría se publicó en dos volúmenes en 1988 correspondiéndose a la distinción, esquemática dice Jameson, entre las teorías ideológicamente inherentes a las interpretaciones textuales del objeto cultural y las teorías o visiones de la historia proyectadas por esas ideologías. El añadido de algunos nuevos materiales parece haber borroneado aquella división suplementándose con oposiciones temáticas y otras y nuevas perspectivas. En definitiva, se trata de escritos que acompañan cuarenta años de producción teórico-crítica, es decir, un libro donde Jameson revisa cómo fue armando su método y los objetos de trabajo, su teoría, en la conjunta revisión crítica de las teorías otras.

Coherente con las teorías que -puede verse aquí- articulan la teoría de Jameson, la suya se arma entre el análisis filoso sobre el paso del estructuralismo al postestructuralismo en S/Z de Roland Barthes, el “ideal ezquizofrénico” de Gilles Deleuze y Félix Guattari en El Antiedipo, cruzados con la autonomía de las imágenes y su fuerza representacional  según Ernest Hans Gombrich, así como con/contra el extremo “metacomentario” ¿barthesiano? de  Jonathan Culler, entre otros teóricos, en lo que hace a “La ideología del texto”, de 1975, por ejemplo; o la necesidad de explicarse y explicarnos en “Imaginario y Simbólico en Lacan”, de 1978, para desarrollar el terreno estricto de lo humano de la ideología como concepto necesariamente articulante, objetivo, e inhallable a la vez en tanto materialidad psicológica sino en manifestaciones artísticas o culturales que, a su vez, explican la historia, es decir, aquello que nos pasa, atravesándonos, al tiempo que la atravesamos. De esta manera, y a lo largo de todo el libro, desfila la tradición europea, socavada y desplazada constantemente, pero también su apropiación por la academia estadounidense así como enclaves y reelaboraciones sostenidas en el Tercer Mundo. De suerte que las referencias que pone en juego van desde Max Weber hasta Jean-François Lyotard, Gustave Falubert o las películas de Hollywood, los infaltables El Capital o Historia y conciencia de clase y, aquí al pie de sus primeras ediciones, El AntiEdipo de Gilles Deleuze y Félix Guattari de donde tomará el productivo concepto de “esquizo” para pensar formas y figuras de la posmodernidad; y así siguiendo... Hacer un índice onomástico y otro de conceptos para este libro implicaría reproducir sus casi ochocientas páginas puesto que en cada una se reproducen constantemente, en arborescencia rizomática, personalidades, objetos artísticos, teorías, filosofías, acontecimientos mundiales y locales, la arquitectura y la música, la literatura y la historia, siempre la historia. Un crítico de La Nación (23 de enero de 2015) habló de “omnímoda capacidad” para describir Las ideologías de la teoría, y no se equivoca, creo, así como cuando plantea en correlación las dificultades de lectura que ello implica. Se trata, al menos por ahora y para la Argentina, de un libro para especialistas del área de teoría y crítica de entre aquellos especialistas investigadores enrolados en las ciencias sociales.

            En definitiva, es la historia lo que a Jameson le interesa, no en el viejo sentido de una historia positivista, lineal e infinitamente progresiva, siempre hacia adelante, sino en la forma crítica de hacer historia, emparentada lo suficiente con la crítica cultural, nacida de las formas ajustadas de la crítica literaria y/o artística, “después de”, podríamos decir, las evaluaciones parciales e incompletas de las teorías que habrían hecho hincapié en el texto tanto como sobre las que lo habrían merodeado desde el puro exterior. La crítica cultural que busca hacer Jameson, en la línea de Raymond Williams, es aquella que  a la vez muestra cómo dar con la “estructura de sentimiento” que planteara el maestro inglés. Allí todas las teorías y propuestas críticas se cuelan y se vuelven a pensar porque las mismas teorías y las mismas críticas son vistas como producto ideológico de la historia cultural.

La apuesta es declaradamente marxista, verificándose que no se trata de “marxismo vulgar” o aproximación infantil: son puestos bajo la lupa el mismo Friedrich Engels o György Lukács así como la Escuela de Frankfurt, el recurrente Jean-Paul Sartre o Louis Althusser, seguidores y predecesores, antagonistas o aplicados discípulos. Y en ellos, incluso, en la significación y construcción ideológica del quiebre posmoderno, es decir, el presente dentro de la historia: la cultura como un todo, la vida cotidiana, la centralidad de la cultura de masas, mediática y comercial, la crisis de la alta literatura y/o de cualquier otra forma de lo que había dado en llamarse alta cultura,  sin convertirse no obstante en cultura popular aunque parezca que lo sea. Jameson se ocupa, entonces, de la expansión sistemática que significó aquel quiebre en términos de “alfabetización cultural” y, paradójicamente, “desdiferenciación de la cultura”, procesos que saturan siempre no en lo economicista, entendido en términos vulgares, sino en los modos de producción. El último capítulo remitido a un ensayo del 2003, aquel que se me ocurre Epílogo y lleva por título “El fin de la temporalidad”, ofrece algunas “sugerencias impertinentes” para una lectura de la vida posmoderna retomando las teorías nacidas a la luz del siglo XX y sus relaciones con una cierta temporalidad pero, además, las filosofías del XVIII y el XIX en las que esas teorías habrían abrevado –como en una especie de inconsciente histórico. Así llega a la muestra de un cambio de temporalidad que pide redefinición en un nuevo cálculo de tiempo y espacio. Es muy atractivo ver los objetos materiales sobre los cuales Jameson propone mostrar esos cambios. En este caso puntual, Duro de matar, Arma mortal, Terminator o Máxima Velocidad, reconocidos productos de Hollywood que concentrarían ese desplazamiento del tiempo narrativo, reduciendo la trama al mínimo indispensable, un pretexto para hilvanar una serie de explosiones dice, en pos de borrar temporalidad alguna y en las que cuentan nada más que los espacios, unidades de lugar o confinamiento, espacios cerrados (un edificio de altura, un aeropuerto, un avión, un tren, un ascensor o como en el último ejemplo, un ómnibus urbano). El encierro –puede ser la ciudad también–, el cierre dice Jameson, resulta esencial para volver imposible el escape y para asegurar la saturación de la violencia. El cierre se vuelve alegórico al cuerpo “que es una dimensión fundamental del fin de la temporalidad o la reducción al presente”. Reducción al presente y fragmentación obligada a funcionar alegóricamente en la medida en “que permanece decidida a contarnos que cada una de sus partes corporales es en realidad la totalidad, del mismo modo que quiere hacernos creer que instantes sucesivos en el tiempo son en realidad, cada uno de ellos, ‘la lívida llama final’ del tiempo”.

“Ideología”, “el concepto mediador”, se mueve así en distintas direcciones: “salva las distancias entre lo individual y lo social, entre la fantasía y la cognición, entre lo económico y lo estético, la objetividad y el sujeto, la razón y su inconsciente, lo privado y lo público”. Esto quiere decir que “ideología”, antes que un concepto cerrado, es una problemática sujeta a cambios y trastornos históricos  que es necesario objetivar “en ambas laderas de su función mediadora”. De esta manera, los ensayos de este libro, en esa persecución, en las diversas situaciones históricas que enfocan, buscan reconocer “la omnipresencia viral de la ideología e identificar y reformular su poder de informarlo todo, de producir formas”. Es claro que una trayectoria de cuarenta años mostrará diferencias y cambios de perspectiva, sobre todo en aquello que Jameson identifica como el “quiebre posmoderno” o “el inicio del período de libre mercado” pero resulta importante recorrer esa trayectoria para ver la observancia cada vez más decidida, después de haber puesto a prueba, desmenuzado y corroído las diversas teorías del análisis ofrecidas por sus contemporáneos, a la construcción de un materialismo dialéctico radical y absolutamente pertinente.

 

El epígrafe de Historia y conciencia de clase de Lukács que abre el libro se ofrece como planteo del problema que abordará Jameson, su metodología de trabajo y síntesis de lo aparecerá a continuación: “Cuando el problema de conectar fenómenos aislados se ha convertido en un problema de categorías, por el mismo proceso dialéctico todo problema de categorías se transforma en un problema histórico…”

 

 

 

(Actualización julio – agosto 2015/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646