noviembre-diciembre 2017, AÑO XI, Nº 64

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Guillermina Torres Reca

Otro fuego o "No soy Judas"
Estuve allá afuera, de Ronaldo Correia de Brito, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2015. Traducción de Claudia Solans.

 

I

En la primera imagen que la novela ofrece, Cirilo Rego Castro está parado en el borde de un puente balanceándose entre el destino de su tío o el destino de su hermano, el río o la ciudad:

 

“Antes de tirarse en las aguas barrosas del río Capibaribe, Cirilo recordó las humillaciones sufridas de compañeros y profesores, que no perdonaban su rebeldía ni su desprecio por un modelo de enseñanza corrupto en medio de las sombras de la represión. (…) Sentía un absurdo deseo de repetir lo de João Diomísio, el tío arrastrado por la creciente del río Jaguaribe, el cuerpo blanco perforado de balas, irreconocible en los remolinos de la corriente. (…) Su rebelión no se afilia a ninguna causa revolucionaria como la de su hermano Geraldo. Abjuraría de toda verdad proclamada, para continuar andando por los callejones infames de Recife, en medio de la basura y la mierda”.

 

Estuve allá afuera, la segunda novela del brasileño Correia de Brito que traduce y publica Adriana Hidalgo, escribe el recorrido y la supervivencia de un estudiante de medicina, proveniente del interior, en la ciudad de Recife durante el último tramo de la década del 60. En este contexto la dictadura militar que tuvo comienzo en el 64 cobra fuerza y se acentúa, yendo al choque contra la militancia juvenil, interviniendo las universidades, acallando la contracultura. Hay un objetivo que justifica el traslado de Cirilo de la casa paterna a la metrópoli y que no es suyo, sino impuesto por sus padres: buscar al hermano mayor, Geraldo, quien también se fue a estudiar y nunca más dio noticias. Por eso, más que un retirante –como llaman los nordestinos a los que dejan el desierto para buscar el río, al igual que el personaje del poema João Cabral de Melo Neto, Morte e vida severina– el protagonista es un expulsado de la tierra de origen y, en su presente como estudiante de la universidad estatal, se superponen dos tiempos y dos territorios, cada uno con su destino respectivo: en el interior y en el pasado, la cruz familiar de un antepasado que mató a su mujer a sangre fría y recorrió con su cuerpo furado las aguas del río Jaguaribe; y en el presente, en la ciudad, la del posible hermano muerto, quien, como un Cristo Redentor, expone su físico delgado y el cabello fino a las austeridades de la militancia universitaria de izquierda y al sacrificio por el campesino oprimido.

En ese estado pendular, vacilante está la forma en que Cirilo abre los intersticios de un destino individual y distinto. Para dar comienzo a la propia historia debe rechazar la cruz que el mandato le asigna y, caminando por un borde vertiginoso de la ciudad, desechará la opción del suicidio y buscará negociar su espacio en Recife, por fuera de la búsqueda del hermano, tarea que nunca lleva a cabo del todo.

 

II

 

La Recife por la que deambula Cirilo es a la vez la desidia, el peligro y la posibilidad de encontrar espacios donde hallarse a sí mismo y hallarse con otros. Es también, sobre todo, de barro, de cangrejo que sale del agujero para ser hervido vivo y a fuego lento, y servirse, como pitanza de toda una familia, en un plato apoyado en el piso inestable del palafito, casa que es un poco caracola, que vibra con el ruido ululante de las aguas como eco.

Recife de manglar, de estuario, como la Recife, pienso, de Chico Science & Nação Zumbi, banda que en los 90 quiso modernizar el caos nordestino y la música tradicional para conectarla con el resto del mundo y que usó para ello la imagen de una antena parabólica en el barro:

 

Estou enfiado na lama

É um bairro sujo

Onde os urubus têm casas

E eu não tenho asas

Mas estou aqui em minha casa

Onde os urubus têm asas

Vou pintando segurando as paredes do mangue do meu quintal

(“Manguetown” del disco Afrociberdelia)

 

La sociedad se encuentra cada vez más polarizada entre una derecha policial y represiva y una izquierda fundamentalista, cuyo antiimperialismo conduce a la intolerancia de lo más trivial. En medio de eso, Cirilo viste unos pantalones americanos y tiene el cabello un tanto largo, la barba crecida, frecuenta el cine de los intelectuales hippies, mantiene una relación amorosa triangular con Leonardo y Paula, llama a su grupo de amigos “cofradía”. Es factor de resistencia y quiere serlo respecto tanto de una derecha que, por su apariencia y por su hermano, lo enfila en las líneas enemigas de la izquierda universitaria; así como también de una izquierda que lo acusa de pro imperio y tibieza. Y es que, escuchar un cassette de los Rolling Stones en una ciudad que había hecho una marcha contra la guitarra eléctrica era suficiente para condenar a un joven de vende patria. Pienso en las condenas de las que fue blanco el tropicalismo de Gil y Veloso, vestidos con pantalones pata de elefante y chalecos brillantes. Cirilo, en primerísimo primer plano, puede hacer carne la frase con la que Caetano, desde el exilio en 1971, condensa su búsqueda tropicalista de liberación a las formas estatuidas de vida: De perto, ninguém é normal.

 

III

 

“Protestan ahora en rechazo de un nuevo decreto de ley del régimen militar. En medio de los alumnos, instituciones y partidos, un viejo discursea como los profetas bíblicos o los beatos milenaristas que arrastraban multitudes en las tierras secas nordestinas, alertando contra las cosas malas. El hombre, hablando un lenguaje extravagante, lleno de pasajes bíblicos, solo es posible en estos grupos de acá, por el sebastianismo  de Antonio Conselheiro de Canudos y José Lourenço de Juazeiro del Norte”.

 

En Estuve allá afuera, entonces, religión y política se cruzan y tejen la historia nordestina desde los comienzos de la república, con el levantamiento de Canudos. En el presente, tanto en un bando como en el otro, Cirilo ve dos cintas fílmicas que se superponen y cuyos cuerpos y voces se torsionan en modulaciones parejas.  En las imágenes de la vida política en Recife, ya sea dentro de la facultad, en las calles, en una comisaría; en la visión del protagonista siempre brilla una memoria del pasado, destella un anacronismo en las formas violentas del feudalismo en la vida en el sertón o el liderazgo político se tiñe de un antiguo mesianismo. Pero además, en el relato de Correia de Brito, mística y política no solo se articulan en la historia nacional, sino que además, se esparcen juntas y aparecen en la historia familiar de los Rego Castro.

Los edificios y casas portadores de la huella histórica, acumulan y muestran el espesor en sus ruinas: “Después de lluvias prolongadas, las casas  edificios de Recife se entumecen, los revoques sueltan los ladrillos y las pinturas de las paredes muestran capas superpuestas de colores: borrones abstractos que ningún pintor lograría imitar. Fétidas y tristes de tan oscuras, las calles recuerdan una ciudad bombardeada”. En ese encuentro, y sobre la acumulación de todos esos planos, se forma la arena agonística en la que Cirilo da su lucha por salirse de las formas de hacer política y de los modelos de vida impuestos. En esa sensación de la vida en calco, Cirilo traza el mapa, se mueve en el meandro, repta hacia el armado de la cartografía del propio deseo.

En una carta, desde Recife, escribe a su madre que está en Inhamuns:

 

“Es terrible nacer ya culpable. Es insoportable cargar la cruz de un muerto, un cuerpo flotando en las aguas de un río, el fantasma de un hermano que nunca veo y ya no sé si vive. ¿Usted no se compadece de mí? Cuando vi las telas sombrías con los santos mutilados, busqué el recuerdo de Paula desnuda, viva, pulsante de sensualidad y deseo de acostarse conmigo. Me convencí de que prefiero lo que está del lado de fuera, la salud del sexo, el derecho al gozo”

Andar esa ciudad, entre los restos de una comunidad –del suicidio a Cirilo lo salvan un grupo de borrachos que pescan agua en el puente de la antes “Venecia” y ahora “Venérea” de Brasil– implica entonces desandar también la historia bíblica que se transparenta en el mandato familiar. El diálogo se establece con la parábola del hijo pródigo: Geraldo, el hermano mayor, al dejar su hogar y entrar en el pecado, obliga a su hermano menor a ocupar el lugar del primogénito e ir en su búsqueda.  La parábola bíblica, la única forma en que la familia que quedó lejos parece poder leer las vidas de sus hijos, se deforma por la voluntad de una madre obstinada y un padre autoritario y se invierte: el segundo hijo ha tenido que aceptar la primogenitura impuesta por los padres, ha tenido que asumir una carga de obligaciones financieras, y hasta la responsabilidad por la vida en peligro del hermano mayor. Es decir, uno de los hermanos se vio obligado a asumir el rol que no le tocaba; ese es Cirilo, quien busca escapar a la hagiografía que la red familiar ha ido tejiendo en torno a sí y cuya explicación busca incluso muy atrás en el tiempo, en  la infancia cuando fue monaguillo. Del mismo modo le tocó a Jacob oficiar de sacerdote cuando le compró la primogenitura a Esaú. Nación y familia imponen cada una un mandato y, para salirse de uno, es necesario hacerlo también del otro.

 

Para cerrar, otra carta de Cirilo a su madre. El intercambio epistolar arma quizás los momentos más álgidos de la novela, mechas de fuego fraternal donde la prosa alcanza lo íntimo, donde puede darse, en literatura y en el discurso de Cirilo, un punto de fuga. Madre e hijo encaran el combate amoroso y el diálogo asume la escritura en código, código del afecto que se escribe siempre en clave bíblica:


 “¿Se acuerda del apocalipsis de San Juan?: “Conozco tu conducta: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fuese frío o caliente! Así, porque eres tibio, ni frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”. Yo soy caliente, no me incomoda morir quemado, pero en otro fuego. Cualquier día le expongo más claramente mis puntos de vista”

 

(Actualización julio - agosto 2015/ BazarAmericano)

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646