noviembre-diciembre 2017, AÑO XI, Nº 64

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Ana Porrúa

Escribir la naturaleza
Los Cueros, de Eric Schierloh, Mar del Plata, La bola editora, 2014.

I

“no se puede transcribir/ la naturaleza/ escribir-la” reza uno de los versos iniciales de Los Cueros de Eric Schierloh. Claro, no es un rezo sino una afirmación contundente, casi un mandamiento. Digamos, una certeza. Sin embargo, lo que sigue de poema a poema es una anotación rigurosa de lo visto que se modula en dos sentidos: en la práctica naturalista, mediante un formato similar al del diario que registra lo visible en poemas y dibujos de especies vegetales y paisaje; y en el contrapunto con una concepción romántica de la naturaleza, explícita en los fragmentos de traducción propia, e inédita, de un texto del filósofo trascendentalista Ralph Waldo Emerson. Podría decirse, en principio, que el que escribe traduce la naturaleza. La línea de lectura está al alcance de la mano; pero es una salida demasiado anunciada y, sospecho, tramposa.

Los Cueros en realidad es el título abreviado del libro, el de tapa (una tapa que tiene un diseño bellísimo de Manuel Passaro, el director de la marplatense La bola editora). El real es Los cueros. Relevamiento topográfico de los últimos 1.500 metros del arroyo antes de que vaya a morir al mar. Pienso si este título no es ya un modo de escribir la naturaleza. Vienen a mi memoria, rápidamente, otros títulos, Viaje de un naturalista alrededor del mundo de Darwin, Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente de Humboldt. Alguna relación hay, pero en el título hay ya una miniaturización, la exploración del segmento, de lo acotado, de lo local.

 

II

Los poemas se ordenan bajo dos títulos generales y alternados de manera no sistemática: “paisaje” y “relevamiento”. Entre poema y poema, siempre, una cita de la traducción de Nature (1884) de Emerson. La naturaleza, en los poemas de Los Cueros, es lo situado. Se escribe con nombres de especies vistas: benteveos, palomas, saltamontes, culebras, cortaderas, lisas, sarandíes, acacias, aromos, juncos, álamos, eucaliptos, cangrejos. En los relevamientos, por supuesto, aparece la visión de lo natural pero también su conteo y ciertos datos, ciertas cualidades fundamentales. También el arroyo es, en esos casos, su recorrido y su toponimia, desembocadura, piedras, lecho, márgenes izquierdo y derecho, alturas de ambos, metros de recorrido. Podría decirse, sin embargo, que los poemas que llevan por título “paisaje” dan cuenta de un gesto de mayor alejamiento, de cierta perspectiva, de una visión de conjunto. Porque lo que no se puede escribir, transcribir es la naturaleza, y el paisaje, se sabe, es cultural, está asociado a alguien que mira y ejerce un recorte de la naturaleza. El paisaje tiene su propio marco, y el que enmarca es el ojo, y tal vez todos los paisajes mirados antes, todos los paisajes leídos. La imagen es más precisa en Los Cueros, y se asienta en la mecánica del ojo, que se transforma en posibilidad del paisaje:

 

“el paisaje/ la mente”

 

la naturaleza fragmentaria

del paisaje-la naturaleza

especular del paisaje

en el espejo del ojo

en el fondo del azogue del ojo

el paisaje se vuelve

esfera-esfera compuesta/completa

 

De todos modos, “paisaje” y “relevamiento” hacen pie en una reticencia del ojo, en los obstáculos. En el segundo caso, los accidentes del terreno y la velocidad de navegación funcionan como filtros: “el camino se cierra/ la traza del ojo se cierra/ la esfera se rompe/ con un árbol/ con otro/ árbol”, el recorrido del ojo es también el del terreno, su topografía; se trata de un ojo topográfico, el que se mueve en medio del arroyo, el del sujeto sentado en su kayak y remando, que ajusta la mirada, también, al movimiento “hay 2 4 6 8 10 12 no 13 palomas/ 14 palomas sobre la línea de tendido eléctrico”, y es presa de la duda: “otra acacia? y eso más allá/ era un poste de alumbrado?”.

 

III

En los poemas-paisaje, en cambio, se depliega una teoría sobre el ojo. Hay una versión mecánica o física aludida en varios poemas; algo que se completa en el ojo, en el gesto de mirar, pero se trata sólo del paisaje, no de la naturaleza. Tal vez porque “no se puede sorprender/ a la naturaleza/ desnuda/ ni a la mente             vacía/ de palabras”

 

"el paisaje/ el desierto"

 

no se puede transcribir

la naturaleza

                        escribir-la

hacerla

            nuestra

                        con palabras

-creemos que aprehendiendo

sus movimientos & facetas

            (que apenas y si distinguimos

recuperaremos algo que

                        acaso

alguna vez tuvimos

 

acaso

 

hay un desierto

inmenso

en el fondo de nuestras

                        retinas

nada vemos

                        nada

como no ser

su disfraz

el lejano susurro confuso

                        de una lengua desconocida

el leve roce en medio de la oscuridad

                          de un aleteo de insecto

                        en la noche cerrada sin estrellas

 

en el desierto de sal

de la esfera del ojo

nadamos como salmones

                                   ciegos

 

La figura en relación a la naturaleza es, entonces, la del ojo vacío, la de la ceguera. Por eso, en Los Cueros, el subtítulo podría entenderse como el único modo de ver la naturaleza; o mejor, de decirla. Porque el ojo sobre la naturaleza, ese ojo ciego, sólo estaría en condiciones de ver cuando se pone en movimiento y es un ojo situado. El paisaje está más asociado a un modo de la contemplación, y el relevamiento a un modo específico de la observación. En ambos casos, sin embargo, aparece el destello, quizás como un momento de resposo en el que las fuerzas contrarias se tensan, tal como se lee en el epígrafe elegido de Kora in Hell de William Carlos Williams, que abre el libro. Y el destello, aquello que resplandece sí sorprende al ojo; en el ejercicio de relevamiento resplandece una lisa: “entre los yuyos/ salta una lisa/ que brilla/ parda oscura primero/ y después plata justo antes/ de entrar de nuevo/ en el agua/ la lisa”; en medio del paisaje, unos galgos: “y entonces los dos galgos/ los dos galgos luminosos/ echaron a correr y desaparecieron raudos/ y las puntas de flecha se sacudieron frías/ y en algún lugar la oruga fue crisálida y por fin/ mariposa y entonces la muerte/ recobró su antiguo señorío/ suspendido            apenas/ por un momento/ mientras se ponía el sol/ definitivamente”. Entonces, así como “los galgos brillaban como peces crepusculares/ mientras avanzaban”, en un paisaje; en un relevamiento, el arroyo “encajonado/ por las cortaderas/ parece la gran madriguera/ de un largo ser sobrenatural”.

 

IV

Lo que asalta el ojo parece ser el punto exacto en el que la naturaleza y la imaginación se encuentran en Los Cueros de Eric Schierloh. Momentos de reposo luminoso que abren “el punto de asombro” del cual habla Emerson en uno de los fragmentos incluídos. La escena de los galgos, incluso, podría ponerse en relación con una visión orgánica de la naturaleza que parece esbozarse en el recorte que Schierloh hace de Nature y que es cabalmente romántica: “todas las cosas están tan estrictamente relacionadas que de acuerdo a la habilidad del ojo las partes y propiedades de un objeto pueden ser predichas a partir de cualquier otro objeto”, o bien: “Vivimos en un sistema de aproximaciones”.

El correlato con Emerson no supone, sin embargo, una simetría. Sus textos arman, más bien, un contrapunto, un diálogo que aleja perspectivas en algunas citas, como aquel principio que dicta “pensamiento, virtud y belleza eran los fines”, o las acerca. Los Cueros, de hecho, cierra con la única cita de Emerson que no se traduce: “The reality is more excellent than the report”; lo que sigue es uno de los dibujos de Schierloh, un mapa o croquis a mano del arroyo.  La cita vuelve a poner en cuestión la posibilidad de escribir la naturaleza, la distancia entre el reporte o el relato y aquello que se mira, lo admirable. El mapa, sin embargo, insiste en la posibilidad de seguir escribiendo y envía, a su vez, a la idea de dispositivos de apoyo del ojo, aquellos que describe el poeta en la nota final, las fotografías y los audios que tomó del arroyo Los Cueros (del partido de Mar Chiquita) con su celular.

Schierloh, en este sentido, propone una exploración de la naturaleza y el paisaje circunscripta y antepone a la idea romántica de contemplación, la de una acción sobre la naturaleza que es, también, un modo de acción sobre el ojo vacío, un ejercicio experimental contra la ceguera. Entonces, pareciera que si la naturaleza no puede escribirse, Los Cueros insiste en la escritura.

 

(Actualización mayo – junio 2015/ BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646