septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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La contemporaneidad: más allá de lo nuevo
Letra y línea. Edición facsimilar, de Liana Wenner (estudio perliminar), Buenos Aires, Ediciones Biblioteca Nacional, 2014.

Si se mira el listado de revistas en edición facsimilar que lanzó la Biblioteca Nacional en los últimos años, llamará la atención ver allí dos pequeñas publicaciones: Arturo y Letra y línea, con uno y cuatro números respectivamente. ¿Por qué reeditar una revista que casi no superó el año de actividad?, podría ser la pregunta de cualquier lector interesado en pensar la historia de la literatura argentina desde o a partir de las revistas literarias.

Letra y línea, aparecida en 1953 es, por un lado, parte de un conjunto de revistas de vanguardia en la Argentina: Ciclo (1948), dirigida por Aldo Pellegrini, Enrique Pichon Riviére y Elías Pieterbarg; A partir de cero (1952), dirigida por Enrique Molina; y su inicial antecesora Qué (1928). Por otro lado, es la revista que sostiene un diálogo directo y polémico con Poesía Buenos Aires (1950), el espacio de publicación del invencionismo, y decididamente el de mayor influencia entre la llamada “vanguardia de los años ‘50”.

Pero sobre todo, Letra y línea, bajo la dirección de Aldo Pellegrini, significó la posibilidad de reinventar la división que Jean Paul Sartre había propuesto entre prosa y poesía a la hora de pensar el compromiso y la comunicación literaria. La lectura de Qu´est-ce que la littérature? (1948) y Les Temps Modernes marcaban sin duda las discusiones sobre el arte y la época. Así también el Georges Bataille de la revista Critique, donde se avocaría a refutar el concepto de compromiso. Sin embargo, Letra y línea no se hizo caja de resonancia de ese debate transatlántico, sino que prefirió examinar la idea de contemporaneidad asimilándola a la de vanguardia. Es decir que la vanguardia, para Letra y línea no es, como puede pensarse, un correlato del surrealismo como definición, sino la posibilidad de pensar una literatura contra la retórica. Así, en sus páginas se destacan las colaboraciones de Alberto Vanasco, Juan Carlos Onetti, Norah Lange, Henry Miller, Arthur Miller, Mario Trejo, Juan Filloy, que conviven con la publicación de poemas de Bertold Brecht, textos de Tristan Tzara y Alfred Jarry, homenajes a Oliverio Girondo, Francis Picabia y Vicente Huidobro.

Henry Michaux y Aimé Cesaire son, en los números de Letra y línea, los poetas que le arrebatan al filósofo la acusación de “destructores del lenguaje” para hacer de la intransigencia al orden social –ese “hipócrita humanismo”–, un relampagueo, “un destello de lo absoluto”. En los artículos de Osvaldo Svanascini y Enrique Molina respectivamente, la lectura es clara: si la poesía no puede ser comprometida porque trabaja contra la comunicación, es necesario entonces revisar el concepto de “comunicación”, y para despejar malentendidos, confinar la “poesía social” al impulso de un espíritu reaccionario. 

Sin dudas, Letra y línea es el espacio de difusión y encuentro para poetas vinculados con el surrealismo, y por tanto la figura de la poesía como condición de posibilidad para un verdadero cambio no desaparece. Pero hay una diferencia fundamental respecto a Poesía Buenos Aires, ya que no se leerá, como en las páginas de Raúl Gustavo Aguirre, “Queremos la humanidad a la altura de la poesía”. Esa revista llegó más lejos teórica y políticamente (recordemos el número especial sobre Guatemala); porque el proyecto literario y cultural de Pellegrini logró poner a la vanguardia en general y a la poesía especialmente, en el centro de una serie de discusiones y espacios que hasta entonces parecían no conectarse. El hallazgo de la revista, lo que triunfa sobre esa “vanguardia calma y austera” como la nombra Horacio González, es la visión de presente que exponen en el primer número: “una esencial contemporaneidad es el sello indeleble de toda obra auténtica. Pero (…) no basta que un artista viva en nuestra época para que se lo considere contemporáneo, ni basta con que anecdóticamente la describa. (…) Su íntima y peculiar vivencia son las que fundamentan la contemporaneidad y dan características reconocibles a la obra de una época.” (1953:1) 

El primer número de la revista ponía en tapa una foto de Roberto Arlt, que se adelantó al famoso segundo número de Contorno dedicado al mismo autor. Letra y línea, entonces, hacía lo propio reivindicando para Arlt, la potencia de una “imaginación abrumadora”, “la ilimitada capacidad creadora de nuestra lengua” (Vanasco, 1953:2), y la “violencia vital” de quien tiene que decirlo todo; al mismo tiempo evitaba cualquier tipo de entrada a la sordidez o el miserabilismo que caracterizaba las lecturas hegemónicas de Los siete locos y Los lanzallamas. De alguna manera, esa lectura que abre la revista se cierra con otro artículo de Alberto Vanasco en el último y cuarto número, sobre Eduardo Mallea: literatura hipertrofiada que contribuye al “estado informe y gelatinoso” de las letras argentinas (1954:7). “Algo así como nuestros tíos tontos”, dice Miguel Brascó en la entrevista que acompaña a la edición facsimilar, refiriéndose a Mallea y Larreta.

La parábola empieza y termina con 1926: El juguete rabioso y Cuentos para una inglesa desesperada. En el medio, el arte de las vanguardias: “Jean Dubuffet o la poética de lo desagradable”, por Aldo Pellegrini; “Wilfredo Lam”, por Llinás de Santa Cruz; estudios sobre la música dodecafónica, por Luigi Dallapicola, “Cine-pintura”,  por Enrico Grass, “A propósito de Wozzeck”, por Juan Carlos Paz; “Contribución a la historia del movimiento ‘Stijl’”, por Vordemberge-Gildewart; “Picabia, gran acreedor”, por Tomás Maldonado; “Alfred Jarry y el colegio de la patafísica”, por Juan Esteban Fassic; “Dadá contra el arte” por Tristan Tzara; “Encuesta realizada a pintores argentinos de la nueva generación”.

Por último, Letra y línea es, sobre todo, una generadora de polémicas que trascendieran la revista misma. Horacio González lo señala en las “Palabras previas” a la edición: “La revista (…) tiene sin duda un aire surrealista, pero es ante todo una revista de actualización cultural, artículos medulosos, estudios críticos que polemizan cuando deben hacerlo y con sólidas argumentaciones. (…) Letra y línea es el puente entre el vanguardismo que extrema sus fuerzas hacia un invencionismo sin complacencias, y la revista Contorno, donde la crítica literaria, política y filosófica establece con cimientos casi clásicos sus motivos centrales” (2014:7). Así las diatribas son lanzas hacia distintas publicaciones: con Payró se discute entre las reseñas de arte a través de una carta de lectores; con Osiris Troiani se discute a causa de un monográfico de Sur en distintas entregas epistolares publicadas en Contorno y Capricornio, con Borges y Bioy se extrema el tono entre Buenos Aires Literaria y la segunda época de A partir de cero.

Hay un dato interesante en la lectura de Liana Werner, quien prologa la edición facsimilar: el desplazamiento de Aldo Pellegrini, por la colocación de Alberto Vanasco, Mario Trejo y Miguel Brascó como parte de una generación “que no era rentista ni descendía de las familias tradicionales argentinas” y se dispuso a irrumpir en la escena cultural con obras propias de una vanguardia no epigonal.

Una nota sobre el trabajo con ediciones facsimilares: la cita es nuestro engaño; ¿leemos la revista o leemos un libro publicado en el 2014? Esa es la pregunta sobre la reproducción de los archivos. Ciertamente luchar contra el tamaño excesivo de esas páginas inmensas con letras minúsculas en el comedor de la casa, y no entre luces de biblioteca, es un cambio del objeto.

 

(Actualización mayo – junio 2015/ BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646