septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Editora

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Colaboran en este número

Matías Moscardi
/  Nora Avaro

Carlos Ríos
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Federico Leguizamón
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Sergio Raimondi
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Guadalupe Silva
/  Emilio Jurado Naón

Analía Capdevila

Curador de Galerías

Daniel García

Diseño

Juan Laxagueborde

Servicio doméstico
Eugenia Calvo, Buenos Aires, Ediciones 713 Arte Contemporáneo, 2014.

La galería Siete Trece editó recientemente el libro que compila la obra de la artista rosarina Eugenia Calvo desde el año 2003 hasta 2013. En él se transitan las transformaciones de un imaginario: todo lo relacionado a la vida apacible de un hogar. Esto es lo que se transforma y no el estilo de Calvo, que integrado ahora en perspectiva, es un bloque que empuja sobre la única pero cambiante tarea de hacer estallar nuestra relación con lo naturalizado. Indispensable, el trabajo de Calvo demuestra aquí por qué es trabajo: porque transforma, porque requiere de tiempo muerto, porque traduce imágenes dantescas, porque da impresión, porque dicta añoranzas. De la lectura de este ejemplar provienen las siguientes palabras.

La obra de Eugenia Calvo corre tras la palabra desorden, pero para entenderla. Sabe que las cosas empiezan por casa y que si salimos es para verla en plano abierto, intuirla complicada tras la fachada racional, escondiendo sus horrores, sus marcas, su mobiliario amaderado, sus texturas, los aparatejos que la sostienen y llamamos adornos. El arte de Calvo es una evocación de los fantasmas del hogar. Pero no cualquier hogar, sino ese típico de la cultura burguesa argentina, emperifollado sobriamente, marcado por ascendencia aristócrata pero mantenido sin rimbombancia, repleto de referencias de estilo, bienes muebles sólidos, prácticas del buen vivir y del buen comer. Su obra es una ópera sobre la sociedad civil dividida en actos que la matizan. La comida es ornamento orgánico, sobrerrelieve, proteína estética que se pudre y ese registro detiene algo, porque perduran la porcelana, la loza, el vidrio de los platos. La madera aporta calidez, combustible, fuerza de hachazos y tentación de intuir a la familia como un aserradero doméstico. Esta calidez es el carácter principal de su obra, la temperatura en aumento. Hay una tensión cálida, cierta histeria de las cosas a punto de prenderse fuego. Su obra es estructurada y estructurante: condiciona, incomoda, oprime. El hábito, esa vestimenta reiterativa del vivir, da la sensación de ocultamiento y tiene algo de perversión a punto de manifestarse. A la manera de una médium, Calvo es fetichista pero realmente, porque le da vida a las cosas –ahí están sus armarios y modulares moviéndose en los videos. Las comparaciones se imponen: siendo arbitrarios hay algo en su obra total de los espacios amados y fríos de Fabio Kacero, puesto que aunque este parece más ensimismado y pasivo, comparten el interés por lo recurrente, por lo sedimentado. También otro artista de esa generación, Sebastián Gordin, supo integrar espacios de mansedumbre familiar a su obra detallista, pero en la que conviven humanoides simpáticos con luces frías, minimalismo y organización de los espacios a través de objetos simples, más metálicos y brillosos que los de Calvo.

Pero es en otro autor rosarino como Daniel García Helder donde encontramos el diálogo más elocuente con la obra de Eugenia Calvo. Helder hace más de veinticinco años que está escribiendo la historia pública de la ciudad de Rosario a través de una fenomenología de sus objetos ordinarios grandes y pequeños, fotografías, peripecias obreras y papelerío estatal. Sus volúmenes de poesía, artículos y el librito La vivienda del trabajador no superarán las doscientas páginas pero alcanzan para entrarle por varios frentes genéricos al mismo meollo: de qué modo condicionan la historia de una ciudad las condiciones materiales solapadas por el trajinar cotidiano de un millón de habitantes.

Calvo ofrece lamentos mucho más simbólicos que los de Helder, pero no menos efectivos en la conmoción: si en Helder la desacralización del paisaje toca la cuerda grave de la comunidad, en Calvo las alusiones mágicas a la vida casera de la sociedad civil increpan lo que todos tenemos de sabiduría familiar. En los dos titila algo del óxido, ya sea en las cosas, ya sea en la memoria.  En los dos se manifiesta algo de la literalidad, de la apariencia, de la mirada limitándose a reinterpretar el erario público o los bienes domésticos.

Todos tenemos ideas, pero su realización es generalmente complicada. Cuando las ideas resultan cosas, artefactos, obra de arte, se impone la magia de quien pudo tender ese puente y a quien llamamos artista, nuestro proveedor de vida.  Si Eugenia Calvo continua revelando el hierro que oprime a las cosas, los hilos invisibles que disponen a los bienes que creemos nuestros, el carácter animado de las entrañas de una casa, se va a convertir en redentora. Sin proponérselo, que es lo más importante. 

 

 

(Actualización mayo - junio 2015/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646