septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

logo.png

Editora

Ana Porrúa

Consejo editor

Osvaldo Aguirre  /  Irina Garbatzky
Matías Moscardi  /  Carlos Ríos
Alfonso Mallo

Columnistas

Paulo Ricci
/  Ezequiel Alemian

Nora Avaro
/  Juan José Becerra

Gustavo Bombini
/  Miguel Dalmaroni

Yanko González
/  Alfonso Mallo

Marcelo Díaz
/  Jorge Wolff

Aníbal Cristobo
/  Carlos Ríos

Rafael Arce
/  Ana Porrúa

Antonio Carlos Santos
/  Mario Ortiz

José Miccio
/  Adriana Astutti

Esteban López Brusa
/  Osvaldo Aguirre

Federico Leguizamón
/  David Wapner

Julio Schvartzman

Colaboran en este número

Matías Moscardi
/  Nora Avaro

Carlos Ríos
/  José Miccio

Marcela Zanin
/  Ulises Cremonte

Flavia Garione
/  Cristian J. Molina

Federico Leguizamón
/  Rodrigo Montenegro

Juan L. Delaygue
/  Juan Ariel Gómez

Luciana Sastre
/  Sebastián Bianchi

Sergio Raimondi
/  José Fraguas

Guadalupe Silva
/  Emilio Jurado Naón

Analía Capdevila

Curador de Galerías

Daniel García

Diseño

Cristian J. Molina

Vidas en la mente
El sueño de ellas, de Lucas Soares, Buenos Aires, Bajo la Luna, 2014.

Desde El río ebrio (2005), Lucas Soares (1974) propone una escritura que atraviesa mutaciones incesantes. Se desclasifica, así, cualquier adscripción poética definitiva y se posibilita la apertura a “diversidades” del  lenguaje.  No se trata, sin embargo, de una apuesta dadaísta de la negación de programa como programa, sino de modulaciones y transformaciones sucesivas que desplegarán, en los libros siguientes, nuevas modulaciones a partir de una escritura que “no encuentra / su cauce”.  Se trata, entonces, de una “escritura errante” como “un camalote/ que discurre/ por un río/ sin cauce”. No se encuentra el cauce porque no hay, en la escritura,  orientación definitiva. Y así, Soares nos enfrenta a la inestabilidad de la palabra que, de libro en libro, traza formas y tonos diferentes, lejos de la linealidad monótona de una escritura programada. Es asumir el riesgo de dejar que el poema ensaye, toda vez, su propia posibilidad y no que la posibilidad sea establecida antes de que el poema se escriba.

Así, desde el barroquismo de ese primer libro, en El sueño de las puertas (2006) aparece una conexión mucho más cercana al surrealismo, no solo por el empalme de imágenes insólitas y por el mundo onírico, sino por pequeños chisporroteos que habilitan esas imágenes en relación con algunas obras surrealistas, incluso cinematográficas, como El perro andaluz de Buñuel; por ejemplo, la escena del corte de la mirada y del ojo con la gillette, que en Soares se rescribe: “Ahora veo caer (sin ser visto) la aguja que cose al ojo con su mirada”. El mundo del sueño, sin embargo, no se clausura allí; ya en el río ebrio había aparecido y se retomará, finalmente, en El sueño de ellas (2014). Pero antes, la escritura ha tenido que dejar el verso para prosificarse y luego regresar al verso en el libro Mudanza (2009), a partir de lo cual se demuestra que esa errancia no es una línea  progresiva o evolucionista, sino, en todo caso, un devenir por estar “revolcado en la tarea/ de hacer y deshacer/ lo que vivimos en la mente” en  “un diálogo interior y silencioso”.  Por ende, el recurso al surrealismo se encuentra ensamblado y deshecho como proceso más de la vida en la mente que anima el diálogo entre los que viven en ella o a través de aquél que vive por ella o del que ella vive –los límites nunca están claros– más que por un automatismo psíquico. Hacer y deshacer lo que vive en la mente implica, así, hacer y deshacer también los estilos de la poesía que cohabitan allí.

De este modo, El sueño de ellas podría pensarse como un diálogo in ausentia, donde el interlocutor permanece siempre elidido, aproximándose al lector, pero trazando sus distancias con él. No es que el lector sea el interlocutor de esos diálogos que son sueños de tres “ellas” (Noe, Pola y Li), sino que, como en toda la poesía de Soares, estamos frente a voces que adquieren vida en una mente y que parecen dialogar en y con ella. Se trata de fantasmas –en el sentido etimológico y fantasioso del término– que viven allí, que trazan diálogos a partir de los cuales cuentan una vida común con alguien de cuya mente forman parte. Y esa cualidad espectral de la voz, que no es la de la memoria ni la del recuerdo, lo emparenta con lo mejor de Yves de Bonnefoy,  sobre todo con Du mouvement et de l’immobilité de Douve (1953), porque si Douve era parte de una creación de la nada y parte de “la vida del espíritu”, según la cita de Hegel que abre el texto de Bonnefoy, que nacía-vivía a medida que la escritura es, los espectros –soñados– de Soares nacen también en la escritura de una vida de la mente que es en el libro que leemos. Tanto Noe, Pola, como Li parecen provenir de un “sueño/ que no hizo tiempo/ de convertirse en sueño”.

Si hay flujos y reflujos entre los temas de los libros de Soares, como este motivo del sueño, lo que se va transformando es la disposición de la palabra y del tono; incluso, los cortes de verso que dotan de una musicalidad en expansión al fraseo hasta tocar el límite de su mutismo, de un silencio que se parece, en el último libro, casi a un sonar informativo parreano o, mejor dicho, dialógico, oral. Desde la musicalidad barroca inicial, potenciada por anacolutos y elipsis, la sintaxis de este último libro se parece a la de la comunicación más cotidiana, no sin estar, sin embargo, extrañada por destellos de algunas imágenes que, a veces, rozan lo apocalíptico: “anoche tuve un sueño/ año 2050/ los polos descongelados/ los mares crecidos/ los nevados vueltos ríos/ altas temperaturas/ el hombre se vuelve isleño, tropical/ bonito a pesar de todo”. Pero que, además, en otros casos, como en sus libros anteriores, esa imaginería extraña de las voces espectrales recupera un insectario que causa inquietud: “con la mitad del cuerpo hundido/ cruzamos un mar entre bandadas/ de tábanos, cada tanto algún barco/ nos ignoraba y la cabeza de un perro/ nadaba convencida hacia la orilla”.

Aunque cabe aclarar que para llegar a ese tono casi comunicativo, antes, tuvo que ocurrir Roña, un libro editado por Vox en 2013, donde Soares ensaya, por primera vez, una hibridez entre una poiesis descriptiva con cierta narratividad prácticamente ausente en sus libros previos. Allí, la voz de la mente cuenta algo a partir de los poemas, y es ese contar el que aparece sumamente potenciado en El sueño de ellas, hasta opacar, muchas veces, la descripción por la presencia saturada de verbos conjugados que estaban ausentes en la producción previa. Tanto Noe, Pola, como Li vienen a contarnos una vida en una mente, pero una vida que siempre es diferente en cada una de ellas y en cada acontecimiento que se cuenta. Y allí, en esa narratividad que permea la poesía de Soares por primera vez con fuerza, asistimos a detalles que se alejan de la sublimidad de los primeros libros, haciéndole ganar a los poemas una simple intensidad: “fiesta en un gran salón/ evidentemente yo era lesbiana/ porque de a una se me empezaban a acercar/ mujeres de todas las edades/ que me llevaban de la mano a un cuarto/ hasta que ya nadie sabía/ lo que podía un cuerpo”. En ese no saber lo que puede un cuerpo espectral que es pura voz en una mente, se cifra  también el encanto de los poemas de Soares.

 

(Actualización mayo - junio 2015/ BazarAmericano)

 

 

 

 

 

 

 

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646