septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Lo que pasa en lo que no pasa nunca
222 patitos, de Federico Falco, Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2014.

Cachorros que nacen azules, un familiar vidente que predice un incendio, un depresivo que toma las drogas importadas del vecino y deja que su gato engorde hasta superar el tamaño de la jaula que lo contiene, una abducción extraterrestre en un bosque de Córdoba, un nene que se masturba con la cabellera que la chica linda del colegio ofrendó a la virgen para que su hermano sobreviviera a una enfermedad terminal, peces comiéndose las gotas de esperma.

Recortado así, 222 patitos, de Federico Falco, parece sacarle punta al filo insólito de lo extraño. Y sin embargo, estas cosas le pasan a Mabel, Silvina, Joaquín, Alfonso, Nilda, El hombre, El hijo, La madre, como si la forma de designar a sus personajes tuviera el poder de lo común: fósforos en la misma cajita cuadrada de la vida cotidiana que, de vez en cuando, a más de uno, le termina quemando, un poco o completamente, la cabeza. Por eso, a medida que leemos el libro de Falco, cuando una de la escenas “extrañas” encuentra su lugar en el relato, nos parece estar ante la cosa más habitual del universo.

Hace un mes, en Mar del Plata, se llevó a cabo el FILBA. Ahí conocí a Falco. En mi adolescencia, fui fan de la revista Conozca Más, de los Ovnis, del Triángulo de las Bermudas y del Monstruo del Lago Ness. Lo primero que le pregunté a Falco, sin ni siquiera decirle hola o presentarme, fue: ¿Lo de la abducción es verdad?

Voy a intentar explicar este dislate: cuando leo a un escritor como Salinger, por poner un ejemplo concreto, me da la sensación de que en la superficie nunca pasa absolutamente nada y sin embargo, en la capa más subterránea del cuento, notamos cómo empieza a levantarse la ola enorme del acontecimiento. En Falco, el mar que percibimos es un mar picado, de tormenta, un mar que preferiríamos ver a metros de la costa o por Facebook; pero de pronto la lectura empieza a trabajarnos la inquietud de que todos los días nos bañamos ahí, sin posibilidad de surfear, sin tabla, a brazo pelado.

Hay lectores de cuentos que buscan asombro y sorpresa: giros inesperados, volantazos de último momento, maniobras automovilísticas textuales, como las de esos autos que protagonizan la saga infinita de Rápido y Furioso. En Falco, calma y temblor, equilibrio y conmoción, se encuentran acoplados en el mismo y único dispositivo que el relato construye como territorio vital: “la vida era como uno de esos juegos de unir los puntos que vienen al final del diario, uno de esos que cando los unís bien aparece un dibujo (…). Me daba miedo haberme salteado algún punto, o que al final no hubiera ningún dibujo, sino solamente un manchón, un rayoneo puro, como el que hacen los chicos cuando todavía ni saben agarrar el lápiz. Ahí, en lo oscuro, pensaba esas cosas y me agarraba la panza y trataba de adivinar la forma que había tomado mi vida y me decía a mí misma: ¿Qué hago acá?, ¿cómo me transformé en esto?”. Para mí, la narrativa de Falco está hecha de esa potencia que un día cualquiera nos tacklea cuando miramos a un ser querido y, por un segundo, no tenemos la más mínima idea de quién está parado en frente nuestro. Lo que quiero decir es que en 222 patitos, no estamos ante lo extraño como irrupción sintomática de lo cotidiano, sino todo lo contrario: es lo cotidiano diciéndole a lo extraño, con la voz de Darth Vadder: “Luke, soy tu padre”. En lo que pasa todos los días está la posibilidad de pensar lo que no pasa nunca: eso es lo que se escucha como rumor de fondo en 222 patitos.

Hubo una época en donde me dediqué un año a leer Deleuze. La recuerdo como “El año de Deleuze” por la sensación que me dejó su literatura. Leer a Deleuze te enfrenta con la esquizofrenia: porque su pensamiento filosófico vuelve demasiado visibles los hilos de los que una máquina tira para darle motricidad al gran títere de lo real. En Falco –que no tiene nada que ver con Deleuze– me pasó algo parecido, de manera incluso más condensada; estamos en ese mundo de marionetas, construido por esa máquina, un teatro donde, casi como regla, no hay excepción a la norma: la norma es la excepción.

Una última cosa: algo que me gustó mucho de este libro es que no hay comodidad de estilo, el lenguaje no se usa como un médium canchero para narrar, porque la escritura es, en Falco, una forma de coexistir con los otros, con las cosas y los hechos. Entonces, escribir no es contar: escribir es poner en común. Y para poner algo –lo que sea– en común, hay que proceder con una delicadeza rumiada por la premeditación de cada frase, como si una palabra fuera el intervalo necesario para pensar la siguiente. Por eso, uno de los personajes, tildado, casi como un negativo de la poética de Falco, ni siquiera se anima a ponerle nombre a su mascota: “Le costó asumir que otro ser compartía su espacio y su vida”.

 

 

(Actualización mayo – junio 2015/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646