septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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¡Seguí fantasmeando, máquina!
Cuadernos de Lengua y Literatura VIII. Conectores temporales, de Mario Ortiz, Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2014.

“No lo había conocido: mi padre tenía dignidad.
Al final de su vida, su vida
empezó a despertar en mí.”

Sharon Olds, El Padre

 

El nuevo Cuadernos de Lengua y Literatura de Mario Ortiz inicia con una introducción que condensará la problemática central del tomo, y que por rebote alumbrará la de toda la serie de Cuadernos: la repetición como medio de acceder a lo inédito. Mario nos confiesa en un behind the scene su temor al comenzar la escritura ante la posible acusación de "reiterativo", de poner un procedimiento en loop que acabaría por anestesiar el shock de la música de su artefacto. Y nos adelantemos: ¿se repite Mario Ortiz? Hay algo en la pregunta, al finalizar este nuevo Cuaderno, que queda deslegitimada, como si interrogáramos por las condiciones de posibilidad de la existencia de una flor en el desierto mirando una flor surgiendo en la intemperie de la arena: simplemente la pregunta se esfuma, ya no importa, se desintegra con el aire como flatus vocis. Hay y no hay repetición. Está el procedimiento de iniciar la escritura a partir del hallazgo fortuito- objet trouvé- de residuos de objetos en desuso (una carcasa de un viejo televisor, en este caso) que se convertirán en la materia prima del artefacto por medio del cual se realizarán experimentos de observación inusuales, y que son la piedra basal de los despliegues y trayectorias de Ortiz en el Cuaderno, de su viaje en el tiempo, la memoria, y las zonas de la imaginación pública. Y está también la tensión de una convivencia extraña que delineó el contorno singular del proyecto estético de Mario Ortiz, sobre todo a partir de su Cuaderno V: la convivencia entre una linaje de "la escritura como procedimiento técnico" ( vanguardia soviética, constructivismo, Benjamin, etc.) y " el poema y su relación con un lenguaje esencial y la cosa" (romanticismo, surrealismo, Heidegger, etc.) Hay ahí un contrapunto que dispara estéticas heterogéneas, y a veces aparentemente irreconciliables, y que sin embargo el Cuaderno pone a trabajar en conjunto, sin esconder las tensiones: ¿cómo pensar al poeta como quien escucha el ser en la lengua materna y, al mismo tiempo, como técnico de montaje de los residuos discursivos del habla industrial y de la prosa de la ciudad? (Esta apuesta de composibilitación, vale dejarlo anotado, es interesante por sí misma pero también en la situación de la poesía argentina contemporánea, ya que intercepta tradiciones que aquí se suelen considerar en pugna, como el lirismo y el neo-objetivismo y la experimentación, y además me parece una respuesta en acto a cierto estreñimiento de una "tendencia materialista" hacia una idea y una práctica de escritura materialista más amplia). Decíamos, entonces, que el procedimiento y la tensión suceden, pero suceden nuevamente, es decir, de nuevo como nuevo. La repetición no sólo no cancela la novedad sino que es el medio por el cual ésta emerge en el mundo: la repetición, entonces, no como inercia sino como ostinato, el tañido insistente de la voz para alcanzar esa nota que aún es imperceptible a los oídos: lo in-audito, esa zona donde lo no escuchado y lo aún por escuchar se amontonan. ¿Y cuál es esa zona a la que insistentemente regresa y repite Mario Ortiz en sus Cuadernos? La geografía muta en el sucederse de los libros pero podríamos señalar que se trata de un espacio donde es posible- y deseable- construir y sostener un relación positiva con lo que muere, está muriendo o se puede morir: amigos, plantas, chatarra o, como es el caso aquí, el padre. La ingeniería formal de los Cuadernos responde, así, a una pendiente sentimental; los artefactos de experimentación están ligados a la pesquisa de una experiencia, se copertenecen como instancias igualmente necesarias para habitar la zona hacia la que va la repetición: sólo la técnica- una cafetera oxidada y el armazón de un tele vueltos dispositivos ópticos, por ejemplo- permite mantener una relación con lo inapropiable de los espectros, pero a su vez sólo los afectos- esa apertura a la vulnerabilidad, al tráfico con el mundo- ponen inicio a la máquina. Este Cuaderno dice en voz alta lo que ya venían murmurando los anteriores: las cosas mueren, van a morir, están muriendo, y construimos máquinas para darle cobijo a su estela, para desplegar los efectos de sus huellas en el mundo: sus fantasmas.

El corazón de una máquina es un fantasma

El coraje de una máquina es su fantasma.

 

¿Cómo podríamos describir la dimensión maquínica de este nuevo Cuaderno y su corazón espectral?

Una respuesta posible es entenderlo según la fisonomía y función del artefacto que construye Ortiz en este volumen con la carcasa del televisor abandonado en la calle que levanta y lleva a su casa, al que denomina Equivisor/Homoscopio (equi/Homo= igual, visor/scopio= ver): en resumidas cuenta, es colocar el armatoste al frente de uno y mirar, en el lugar donde estaba la pantalla, lo que aparece detrás, que no es sino lo que está ahí pero enmarcado:

"Vaciado de todos sus componentes, sólo pude ofrecer lo que está allí, a simple vista, sin modificar ni agregar nada, pero lo hace con absoluta fidelidad (...) El Homoscopio es un artefacto para ver de nuevo los objetos que uno tiene delante"

El Cuaderno VIII es un Homoscopio, una máquina diseñada con la tecnología más pobre- el lenguaje- que muestra lo que está ahí y por ello es la más absolutamente fiel. ¿Y cuál sería la operación efectuada por esta tecnología y su fidelidad? Recomenzar la experiencia (de la materia, de los recuerdos, del padre), inscribir "lo mismo" pero "visto como por primera vez"; es decir, transmutar la realidad- con su inercia y olvido- en lo posible, otorgarle un porvenir, una nueva mañana, otra primavera. La fidelidad del Cuadermo Homoscopio es, por lo tanto, al núcleo de porvenir de lo dado y, en ese sentido, infiel a lo dado como dado. Cuando Mario Ortiz recuerda en el Cuaderno el cuento que había escrito de joven utiliza el término "re-creación" y no "re-escritura", porque no se trata de "escribir lo escrito", replicar lo dado y sucedido, sino de repetir el gesto de la creación sui generis, el instante de emergencia de lo posible en toda su dimensión. Recomenzar la experiencia por medio del Homoscopio es al mismo tiempo fidelidad al gesto de creación/nacimiento y al núcleo de porvenir ahí cifrado.

El corazón de una máquina es el porvenir de lo posible que custodia un fantasma

 

"Contra toda tentación de escribir libros", Mario ha diseñado un cuaderno según el modelo homoscópico que también puede entenderse como un Tratado sobre fantasmas, donde "tratado" alude a una forma del conocer supeditada a un trato continuo, a una experiencia y un contacto que no se cristaliza en Saber o Verdad alguna (el fantasma es algo que nos sucede, y nos sucede cada vez), y donde "fantasmas" indica la fantasía como imaginación y también una forma de la vida que está y no está, es decir, la supervivencia por medio de la imaginación. El Tratado de Ortiz es un trato continuo con su Padre para salvarlo en las imágenes-de-su-padre, una fidelidad al padre por medio de sus fantasmas que custodian y arrastran su singular núcleo de porvenir: El Cuaderno construye así una estancia imaginaria para recuperar los fantasmas y que habiten ahí como posibilidad siempre disponible, en la exterioridad de Mario Ortiz y del padre, posibilitando que aquello que debía seguir viviendo lo haga, y que lo demás pueda al fin descansar:

 

"Dormí, viejo, dormí. La muerte también es una palabra"

 

Como bien aclara Mario Ortiz en la introducción, este Cuaderno vendría a poner un cierre al ciclo comenzado a partir de Al pie de la letra, el Cuaderno V. Y pienso que, siendo fiel al mismo proyecto de los Cuadernos y su relación con la muerte y la supervivencia, habría que hablar menos de "cierre" o "fin" de un ciclo que de un agotamiento: el Cuaderno VIII agota una línea de los cuadernos en el sentido que exhibe el grado cero y el horizonte de ese ciclo. Del mismo modo que agotar los sonidos no es alcanzar el silencio sino el medio de la pura sonoridad, agotar una línea de los cuadernos es alcanzar el punto en que la máquina exhibe su potencia, su función, el campo general de sus maniobras- ya lo sabemos pero valer repetirlo: el interrogante a una máquina no es jamás "¿qué quiere decir?" sino "¿qué hace y cómo?"- Podemos afirmar, a partir de la exhibición del grado cero que realiza el Cuaderno VIII agotando un ciclo, que esta máquina tuvo la siguiente función: agotar los fantasmas de Mario, fatigarlos, y ponerlos a descansar entre los engranajes de su artefacto. De este modo, podemos considerar el Cuaderno VIII como un "límite" en su sentido matemático: algo hacia lo que tiende infinitesimalmente una función, la zona hacia la cual se van plegando las letras y los fantasmas (en este sentido, que haya agotado un ciclo no significa que no pueda existir un nuevo cuaderno que integre esta serie sino que la zona hacia la que se dirige la serie ha sido exhibida, y sólo cabe realizar de ahora en más aproximaciones y lejanías). El lugar-límite que este Cuaderno apunta es aquel donde Mario Ortiz ha depositado enteramente sus espectros en la máquina, donde Mario Ortiz pasa a ser, finalmente, "Mario Ortiz": alguien que ya está por completo en el lenguaje y la historia, y junto con él todo lo que ha vivido, el archivo de sus días devenido en archivo de disponibilidad pública. Conquistar el nombre asignado y volverlo infinitamente citable -"Mario Ortiz"- y por ello abierto a los usos incalculables, inéditos, ¿no es esa la suprema felicidad, transmutar el sello de identidad en signatura del tiempo y sus convulsiones?

El cuaderno finaliza con un llamado al salto, a la última palabra que coincide con la "extinción del yo". El límite al que aspiran los cuadernos, y que de algún modo este último exhibe, pareciera mostrarnos que la tan ansiada extinción implica alcanzar ese punto donde el nombre propio se convierta en la caja de resonancia de una vida, donde la pronunciación de un nombre sea la pronunciación de una historia común, donde el nombre sea menos la cifra de una singularidad inefable que el corazón de una máquina que en cada latido actualiza la sobrevida de lo que vivió y seguirá, de algún modo, viviendo.

 

Si rompemos la máquina Cuaderno  VIII en su centro encontraremos a Mario Ortiz.

Si descomponemos las letras de "Mario Ortiz" como un cartel de neón, encontraremos el rumor del Napostá, de Bahía blanca y Villa Mitre, las palabras que pronunció su padre y los árboles que veía desde su ventana, el color de un yuyo con flores que nació donde no había posibilidad de crecimiento, los amigos hablando de cualquier cosa en cualquier momento:

 

"Ortiz, ¿por qué vuelve a esta aula después de más de veinticinco años? (...)

Vuelvo, profe, porque es necesario que me vaya definitivamente. Sólo un acto de insistencia puede enfrentar al Ángel de la Melancolía. (...)”

 

Lo que se amó debe seguir viviendo. No por otra razón construimos máquinas.

El corazón del Cuaderno VIII es el amor alegre a los fantasmas

 

"No hay tristeza en quien se siente al final de su vida

(...)

Dormí, viejo, dormí.

Ya está por salir el sol"

 

(Actualización mayo - junio 2015/ BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646