septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Colaboran en este número

Matías Moscardi
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Federico Leguizamón
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Guillermina Torres Reca

Sobre lo versátil
El libro de los mandarines, de Ricardo Lisías, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2014. Traducción de Cristian di Nápoli.

A pesar de la grandilocuencia que sugiere una novela de 450 páginas sobre un mundo corporativo y que se desplaza entre San Pablo, Pekín y Jartúm, el libro de Ricardo Lísias es, en algún sentido, austero. La reiteración de sus pasajes dispersa zonas y lenguas que hacen de la incomunicación el terreno en movimiento en el que el protagonista, Paulo Paulo Paulo, un líder bancario en el área de desarrollo -especulación financiera- no termina de hacer pie y a partir del cual empieza a diseminarse una serie de acontecimientos concatenados, delirantes.

La escritura empieza con una posibilidad. En este libro, la posibilidad de Paulo Paulo Paulo es la de ocupar una plaza como enviado del banco a estudiar la economía china en Pekín. De una dirección mediocre en Brasil, a una presidencia en alguna sede del primer mundo por qué no, y, desde ahí, convertirse en el escritor del gran Libro de los mandarines, un libro pensado para jóvenes emprendedores del mundo empresarial que desean destacarse y ser exitosos en el universo de las grandes corporaciones. Para eso hay que estudiar: estudiar chino mandarín, la lengua del futuro; estudiar a Mao, el gran timonel que llevó a su país donde está y supo el modo correcto de incorporarlo al capitalismo moderno; y al ex presidente brasileño, Fernando Henrique Cardoso, porque es un hombre exitoso que, como él, padece de un dolor de espalda crónico. Si la capacidad fundamental de la mente del empresario Paulo Paulo Paulo es la de adelantarse a los acontecimientos –“Ese es otro rasgo saliente de los ejecutivos de éxito: solo les importa, en honor a la verdad, el futuro”-, esto lleva la narración hacia la catalepsis en especulaciones apodícticas. Sin embargo, la reiteración, propia del entrecruzamiento de variables contempladas, devuelve la prosa a la analepsis, donde todo comenzó, y se entra entonces al espiral epopéyico o paranoico que significa, en el mundo de los negocios, o en todos, la búsqueda de ascenso.  “No puede saberse, pero es casi seguro que van a elegirlo: a fin de cuentas, en los grandes ejecutivos se destaca, por sobre todo, la intuición”.

El empresario exitoso padece de un dolor de espalda constante, pero a diferencia del ex presidente, el dolor de Paulo se desplaza. No tiene un punto fijo y en casos de fuerte emoción lo pueden llevar al desmayo. Y controlarlo implica una paciencia y una severidad oriental. Por eso sabe aconsejar, sabe diagramar los mantras del futuro empresario que van a formar parte del Libro de los mandarines, ese insumo para la vida corporativa, libro de autoayuda para la relajación vital y la terapia presupuestaria. Los consejos son fundamentales, Paulo dice de sí que es un intelectual: “nunca promueva a un empleado que se ríe al hablar, un ejecutivo jamás debe dejar un trabajo por la mitad, hay que desconfiar de los que toman café en el trabajo”.

Pero la novela, El libro de los mandarines, y no el libro de autoayuda, es el otro de la economía que caracteriza el mensaje claro del aforismo doméstico: “Aleje su vida de la ansiedad, repitió el doctor mentalmente: aleje su vida de la ansiedad. Insistió: aleje su vida de la ansiedad, pero el sueño no vino. Aleje su vida de la ansiedad, balbuceó otras dos veces: aleje su vida a la ansiedad”.

Dolor sin lugar, dolor móvil. La errancia como itinerario sobrepasa los puntos del mapa, porque la obsesión desterritorializa; en Sudán no se habla chino mandarín, una prostituta africana no sabe inglés y se viste de geisha, un empresario brasileño se compra cuarenta espadas de samurai. Sujetos sin color y sin deseo, disfrazados y mutilados comienzan a fuerza de su propia imposición, a formar parte de la pequeña familia que será Confucius, el proyecto más fantasmático que el capitalismo permite y la institución que Paulo funda: una consultora. Mentoring, coaching y counseling. Una institución a tono con El libro de los mandarines: conferencias sobre la economía, historia y sociedad china; capacitaciones para resolver posibles problemas futuros de cada empresa y un solicitadísimo servicio de masajes de relajación a cargo de tres geishas prominentes y sin clítoris. Eso, sin mencionar el jardincito chino o japonés -es lo mismo- en el que se puede caminar al ritmo tranquilo del agua que fluye en la laguna artificial y que un empleado sudanés que se llama Lin San Sin casi arruina cuando se arrojó buscando el recuerdo desesperado del Nilo.

Paulo Paulo Paulo, errático, se cuela en una voz narrativa apostrófica y antisocial, el itinerario no encuentra puntos de anclaje. Paulo Paulo Paulo escribe El libro de los mandarines solo cuando se detiene en los no lugares -hoteles, bancos, instituciones, empresas- y por eso la escritura tiene el tono entre desamparado y desesperado del que quiere hablar mientras mueve brazos y piernas en el agua para poder flotar. Paulo Paulo Paulo es pasajero en tránsito perpetuo. Por eso, El libro de los mandarines (el de tres veces Paulo) es el de la escritura siempre diferida, siempre pospuesta, pero emergente en el magma inglés, sudanés, mandarín, portugués. Extraterritorial o incomunicado, el protagonista vuelve, en momentos delirantes a la lengua de la infancia: el Rinconés, donde todo comienza, donde comienza el dolor de espalda que lo aísla por primera vez y lo convierte en una persona obsesionada en el autocontrol y la apariencia.

El recomienzo de Paulo, la fundación de Confucius en las afueras de San Pablo, hace pensar en la composición del yo americano, el self-made-man que mezcla la fiebre del dinero con la conquista de tierras vírgenes, que devuelve al momento fundacional, al mástil de Merry Mount. Imaginería quizás acorde a una estructura de sentir que percibe en el Brasil de Lula la posibilidad de convertirse en potencia mundial, ser una ínsula primermundista en América Latina. Recuerda algunos avatares de los personajes de las novelas de Paul Auster: recomenzar porque allí está el triunfo personal, el viaje errático y productivo y, en La música del azar, el delirio de la construcción de una muralla -china- en el terreno perdido de un palacete.

Por eso, hay también en la novela una serie de vocablos que conforman el vocabulario que todo pionero genera: “Confianza, lealtad, China, dos partes de cerebro, progreso, grande, talento, secreto, sacrificio, esfuerzo, desafío, Omar Hasan Ahmad al-Bashir, admiración, mérito, reconocimiento, ética, profesionalismo, Medio Oriente, discreción, jerarquía, Hugo Chávez, imagen, jefe, dirección, presidencia, once de septiembre, supervisión, liderazgo, equivalencia, la madre de Godoy, margen, oportunidad, propietario, activo, Gran Timonel, rapport, chica escort, modelo, herramienta, ranking global, pensamiento sistémico, vagina, aeronave, comunicaciones móviles, ADN”.

 

(Actualización marzo - abril 2015/ BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646