septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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La ternura insoportable
Wachi book, de Algún Molina, Rosario, Baltasara editora, 2014.

Justo a mí me toca presentar este libro sobre las aventuras de una paloma, a mí que tengo poca simpatía por las aves desde que a los cuatro años, mientras jugaba distraída en el campo, un gallo intentó, sin éxito, picotearme un ojo. En castigo por la osadía, o para festejar su mala puntería, mi abuela le torció el cuello, igual que la abuela de Molina a los pollos en el recuerdo del narrador, y lo convirtió en mayonesa de ave. Esa experiencia traumática de abuelas asesinas da origen a una fobia a las aves por la que Molina pasa, como yo, pero él sale indemne. En realidad, sale transformado, una vez que la Wachi hace su aparición. Porque lo primero que hay que anotar sobre este Wachi libro es que se presenta como una plataforma de continuas metamorfosis y mezclas. El personaje de la paloma Wachi es, cada vez, la ocasión de transformaciones inesperadas, tanto las que se operan en él —pasa de hembra a macho y de macho a hembra, de la niñez a la adolescencia, de la inocencia a la perversión, de pollito mojado a bestia feroz—, como en su padre/madre e, incluso, en todo el vecindario. Esa disposición al cambio permanente parece conferirle a la palabra “wachi” el carácter de un prefijo que indicaría un estado enrarecido y mezclado de las cosas. Así, Wachi-book quiere decir la condición inestable de un libro que ve transformado su carácter de libro por la intromisión de la escritura propia de Facebook, y al revés, quiere decir también la intromisión de ciertas formas de la novela de folletín en la escritura en Facebook de Algún Molina, de la que nunca están ausentes el melodrama, al intriga y la sorpresa.

Wachi book cuenta la conversión de una paloma en mascota o “hija no convencional”, y de Algún Molina, en padre/madre, mediante la invención de un vínculo imposible, incomprensible o, como repite el narrador, insoportable. El desborde al que ese amor los arrastra no resistiría el encierro de la paloma en una jaula, como es el caso de cualquiera que tiene un ave por mascota. Molina ve con ternura cómo la Wachi vuela por la casa, duerme en su cama, come en su mesa y hace nido entre sus apuntes de clase. Semejante a un perro, suscita el problema de con quién dejarla para irse de vacaciones, a veces “ladra” cuando llega gente, o agita sus alitas “como un perro agita su cola”. Fuera de las jaulas y alucinada por la hibridez genérica, esta escritura desbordante inventa una paloma-perro. En este sentido podría pensarse en una tradición de seres híbridos, que es menos la de la mitología, que la de cierta literatura excéntrica y humorística, como el cuasi-pollo de Copi, el chico ostra de Tim Burton, o la mosca-caballito de Carroll, por nombrar algunos al azar. De todos modos, ahora que recuerdo, por ejemplo, a Lu Ciana o a los xombis, pareciera que es en efecto la obra de los muchos Molinas la que se da su propia tradición de raros y monstruos. Ahora bien, el impulso hacia lo ilimitado de Wachi book hace desaparecer las identidades porque allí todo es dos cosas a la vez: la paloma-perro, la hija-paloma, la caja-nido, la viejita-moscardón, la perra-tordo, el pájaro-lobo come-gatos, el hombre-pájaro, y podríamos seguir.

El problema más interesante acontece cuando esas parejas o dobles no soportan la convivencia, o la diferencia, o incluso la felicidad de estar con el otro. Es el momento en que la ternura se vuelve insoportable y el amor se reduce a la lógica del comer o ser comido. Entonces esos pares, padre/hijo, escritura/vida —que señalan, por lo demás, los grandes temas—, se fagocitan. La escritura de la tesis le da de comer a Molina, dice él, que se nombra a sí mismo como “el que lo alimentó”  al Wachi, y éste, a su vez —si no se lo come entero al padre/madre—, le come los dedos, los mismos con los que Molina escribe la tesis, y así es como nada se pierde, todo se transforma, al fin, en comida. Es porque, al fin y al cabo, para la “vida caliente”, la vida al natural, la vida a secas, el comer y ser comido es lo único que importa, que la escritura se fagocita todo, hasta aquello que piensa, en una cadena alimentaria incesante que va de la vida a la escritura y viceversa.

Pero en esa contradicción vital por la que no soportan del todo el amor del otro, lo cierto es que mucho menos soportan la separación. Es en el intervalo que se abre cuando ellos dos se distancian, cada vez que alguno se aleja de la casa o desaparece de la vista del otro, cuando la invención se precipita y la escritura, sacudida por el delirio, se vuelve el lugar donde todavía es posible estar juntos. Allí reside en buena medida la ternura extrema del wachi-Molina, que se inventa historias de novelas, de terror, de suspenso, de ciencia ficción, para los dos se encuentren en ellas.

Toda vez que la verdadera distancia, aquella insalvable, es la que impone el lenguaje, éste ofrece las armas de su propia resistencia y, con ellas, la posibilidad de sobrevivir a fuerza de escritura. “Sólo le falta hablar”, dicen los que quieren mucho a sus animales, pero Molina, más amoroso, cree que el infante es él, que escucha sin entender la wachi-lengua. Es que el amor no soporta la falta de lenguaje, como el lenguaje no soporta al amor. Escribir es, en Wachi book, tramar una red de amor, allí donde no hay palabra, una red tan precaria como el lenguaje, tan pobre como intentar decir lo indecible, cuánto se quiere a una hija.

Las tareas que le impone la “mapaternidad”, alimentar y proteger al bebé, dan lugar, en el desborde de la escritura, a fantasías tan extremas como primitivas. La fantasía apocalíptica alucina cómo ese hijo que devora el alimento puede volverse en cualquier momento un monstruo que se traga el mundo, o por qué no, el líder de las palomas guerrilleras que dominarán el mundo cuando llegue “el tiempo de las palomas”. Pero, como ocurre en otros libros firmados por otros alias de Cristian Molina, del fin del mundo uno se salva si permanece adentro de su casa, es decir, mediante la fantasía infantil del refugio, del shelter. Así, tramado en la dialéctica obsesiva del devorar y el ser devorado como experiencias extremas de la vida y la muerte, aparece el tema de la supervivencia y la salvación, que le imprime al relato un giro de novela de superhéroes.

La primera vez que la ve, los ojitos tiernos de la Wachi, indefensa en el pasto de la vereda y a expensas de ser devorada por los gatos de la cuadra, le comunican a Molina la posibilidad de convertirse en el Salvador. Si salva a la Wachi, piensa él, salvará la Vida con mayúsculas, según el razonamiento metonímico típico del superhéroe, que en cuanto salva a la chica, salva a la Humanidad toda. De ahí en más, la Wachi se ve sucesivamente amenazada por el peligro inminente que representan los villanos, el Gato-Cazapalomas, la rata-murciélago o la perra epiléptica, de los que Molina siempre la salva en el último minuto. Es claro que en los momentos más peligrosos, y como conviene al relato, Fabián siempre está de guardia: el superhéroe tiene que estar solo para que su hazaña se realice. Si éste es un superhéroe mejor a todos los conocidos, puesto que no se limita a salvar a la humanidad sino a la Vida en general, también es uno más complejo, en tanto es llorón, se victimiza y hasta se autodenomina “Spiderman obeso”. Lo que ocurre es que, por la pulsión metamórfica del relato, todo se transforma, y entonces en ocasiones los roles se cambian. Es evidente que las desapariciones misteriosas de Wachi no pueden significar otra cosa que una señal patente de su doble personalidad de superheroína. Entonces la salvadora es ella, en perpetua batalla con su archienemigo, el malvado Tordo Negro.

Y acá hay que señalar cómo, una vez más, la escritura se autofagocita. “Se acabó el tiempo de pensar antes de escribir”, dice Molina, mientras su escritura reflexiona obsesivamente sobre sí misma. Sus momentos metalingüísticos se integran a la lógica de la batalla contra enemigos imaginarios, contra los malos que censuran las escrituras virtuales como la suya.

¿En qué consiste esa “virtualidad” que la escritura de Molina parece querer imponer como categoría estética? Esa virtualidad quiere volverse la consigna de un realismo de último momento —el “último momento” con el que cada tanto, como un cartel luminoso, la narración anuncia su novedad—, un realismo de estados actualizados de continuo, cada vez con una nueva vuelta al delirio, que de tanto socavar las nociones de realidad y ficción se parece más a lo real como enigma.

Pero, en verdad, la pretendida virtualidad se vuelve apenas un mito de origen, en cuanto su defensa aparece en el libro en papel, que en definitiva ¿es el que cuenta? Aunque el narrador dice que “la primera impresión es la que cuenta” —acá podríamos señalar el lapsus, el chiste: la impresión en papel es la que cuenta—, es cierto que lo que impacta en la escritura es la conversión de los mecanismos de la virtualidad en engranajes del relato: Facebook, el muro de Facebook, es fagocitado por el relato como un elemento más de la trama; las actualizaciones de estado son absorbidas como forma y materia de la anécdota; el nombre falso de Perfil, “Algún Molina”, informa el rasgo característico del personaje narrador, que es alternativamente alguno de sus muchos posibles, el héroe, la víctima, el padre, el hijo, el académico, el antiacadémico, digamos por fin, un personaje virtual. Siempre que se entienda que es “el vértigo de los cambios” el que conduce el camino de la imaginación, el relato deviene pura virtualidad, y la escritura, como dice Molina, “un lugar donde todo es posible”.

“¿Quién o qué es la Wachi?” es la pregunta que recorre el libro y cifra su apuesta por la virtualidad, no ya como soporte, sino como forma de la ficción. Wachi es la ternura insoportable. La de los ojitos en silencio, pero más, la ternura del que escribe dando todas estas vueltas sólo para intentar transformar la escritura en soledad en una posibilidad de estar juntos.

 

(Actualización noviembre 2014 – febrero 2015/ BazarAmericano)

 

 




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ISSN 2314-1646