septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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La fiesta del lenguaje
¡cavernícolas!, de Héctor Libertella, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2014.

    En “serie del recienvenido”, la colección que dirige para FCE, Ricardo Piglia reeditó en marzo de 2014 ¡cavernícolas! de Héctor Libertella. Es un volumen que reúne tres relatos y que fuera publicado originalmente por la editorial  Per Abbat en 1985.   

   Como explica Piglia en su prólogo, en  Nueva escritura en Latinoamérica [1977],

Libertella se refería a los cavernícolas como aquellos escritores que custodian, en las cuevas y tolderías del presente, la remota tradición de lo nuevo. En la Edad de Piedra, en la prehistoria de la lengua – mucho antes de la despótica fijeza de la gramática y de la triste taxonomía de los géneros y figuras retóricas – habría existido un uso “salvaje” de la palabra al que era preciso estar atento para poder descubrir lo que vendría

   Y concluye que, a partir de esa leyenda, “se trata de  buscar en el presente los rastros de una enunciación primitiva e indómita”.  Eso es lo que hay que indagar y recuperar para narrarlo una y otra vez. Ahí donde las normas sintácticas o las formas estéticas tiendan a solidificarse en usos rutinarios y acríticos, donde la narrativa o la poesía se domestican bajo los mandatos de “lo que está bien escrito”, es necesario escuchar “el llamado de lo salvaje”. En una inversión admirable,  se nos afirma que la actitud irreverente de la vanguardia es una herencia arcaica que irrumpe en el presente, la saludable barbarie que entra en malón a la dormida civilización de la República de las Letras. Libertella hace un uso absolutamente desenfadado del lenguaje al que trabaja, imagino, con la felicidad del niño que desarma un juguete o cacharro viejo, lo rearma de otra manera, e inventa un nuevo artefacto. La materialidad de las palabras, la sintaxis y la distribución de los signos en la página, los estilos literarios y los lenguajes no verbales, el relato de la historia, las crónicas, el disparate, son todos elementos que toma y recombina libre y desprejuiciadamente.

   En el texto que abre el volumen, nos encontramos ante una versión del diario de Antonio Pigafetta que narra la expedición de Magallanes alrededor del mundo. Recreando el español del Siglo de Oro, asistimos a las peripecias de unos conquistadores ávidos de riqueza y fama. En medio de encuentros con gigantes y pigmeos, los marinos capturan a un niño salvaje, con cabello hasta el suelo y pintarrajeado con descuido. A Pigafetta le conceden el honor de bautizarlo, y el italiano le pone César “en homenaje a la grandeza de mi raza” y Aira como apellido. Después de roer el barco con sus enormes dientes, Aira se libera de sus ataduras y escapa a nado.  

    Magallanes insulta a su tripulación, maldice, promete, jura, es un desaforado en medio de la empresa desaforada de la conquista. Obsesionado por encontrar el estrecho que une los dos océanos, ordena “seguid por el borde de la costa aunque la costa se enrosque sobre sí misma y nos mande al fondo del abismo”. Cada río o entrada de agua en la tierra es explorada con ansiedad. En un momento determinado el almirante cree encontrar el paso, pero se decepciona nuevamente y exclama “hemos caído en la engañeta de una bahía, ¡voto al destino!”. Tratándose del maestro Libertella, este detalle comentado al pasar no se nos escapa: muy posiblemente se trate de una velada alusión y homenaje a su Bahía Blanca natal. Efectivamente, la expedición de Magallanes describió por primera vez para ojos europeos nuestro accidente geográfico. Entre el 13 y el 14 de febrero de 1520, Francisco Albo, piloto y contramaestre de la nave Victoria dejó consignado en su diario que la flota navegó sobre unos bajos donde los barcos dieron “muchas culadas”, delicioso término naval que significa que la quilla tocaba fondo. Estaban en la boca del estuario bahiense. En tanto, el capitán Luis de Mendoza en su cuaderno de bitácora nombró al lugar como “baxos de arenas blancas”. ¿La arena es blanca? ¿Habrá visto las playas de Monte Hermoso y Pehuen Co? ¿Habrá confundido la arena con el salitre? Son algunas de las “engañetas” que produce nuestra bahía.

    La narración no queda en el mero plano de la ocurrencia ingeniosa y divertida, sino que a partir de ella se produce un movimiento de denuncia. El juego festivo adquiere densidad política. La avidez de Magallanes que condensa la locura misma de la conquista hace que pierda la razón y finalmente todo cuanto ven sus ojos es indistintamente objeto de rapiña y destrucción. De este modo, al final del viaje el capitán ordena entrar a saco a una ciudad para él desconocida, que no es otra que Cádiz. Por vía del absurdo, los conquistadores terminan siendo conquistados por ellos mismos y juran fidelidad a su propio rey.

   El segundo relato gira en torno a la figura de Jorge Bonino, el performer cordobés que revolucionó el teatro de vanguardia en la época del Instituto Di Tella. El lenguaje, la exploración de sus posibilidades, límites y transgresiones constituyen una problemática que aparece constantemente a lo largo ¡cavernícolas! con diversas inflexiones y modulaciones. En la crónica de Pigafetta, sobre el tramado de un español arcaico y exótico hay envíos y reenvíos entre las telas finísimas que los navegantes intercambiaban con los distintos pueblos donde desembarcaban, la escritura del propio Pigafetta que él mismo perfecciona “con magníficos filetes en mi dibujo”, con un “trabajo silencioso…de mis manos sobre el  tejido”, y los trozos de las velas del barco que debe masticar cuando ya no hay nada para comer a bordo. Por su parte, en “La leyenda de Jorge Bonino”, desde el inicio el narrador hace foco en la actividad artística que reacciona ante las constricciones de la norma lingüística: “En una noche de septiembre de 1965, Jorge Bonino inventó un lenguaje y decidió presentarlo al público”.

    Pero sin dudas es en “Nínive”, el tercer relato del volumen, donde Libertella despliega esta problemática en toda su densidad. Está narrado en primera persona por Hormusz Rassam, arqueólogo y criptógrafo asirio (1826 – 1910) que descubrió gran cantidad de tablillas cuneiformes entre las cuales se encontraba el poema épico de Gilgamesh. El texto da cuenta de la disputa entre sir Rawlinson, el coronel y arqueólogo inglés, y el dibujante francés Flandin para ver quién lee primero esas tablillas y se queda con el tesoro arqueológico invalorable.  Estamos situados, entonces, en un texto que se interna en los orígenes mismos de la palabra escrita. Estos nuevos cavernícolas que desentierran los signos del pasado más remoto dan pie a una narración de neto corte experimental, delirante y genial, jocosa y sorprendente en cada línea.

   El lenguaje atraviesa toda la historia: la tarea que realizan estos arqueólogos / lingüistas de combinar y cotejar aquellos signos remotos, descifrar, traducir e interpretar implica un trabajo con la materialidad y el espesor de la palabra que se reduplica en la escritura misma del relato.  Los signos verbales y no verbales se desdoblan y contestan entre sí, dando lugar a una proliferación de sentidos y ecos que obligan a lector a extremar la atención en la lectura / decodificación. Flandin, fundador de la antigua Asociación de Asiriólogos, debe transcribir en bocetos aquellos signos, penetrar con la agudeza de su visión la oscuridad de esos grafos, y entonces es también un As de Iriólogos, el experto en iriología u oftalmología. Por su parte, Rassam sufre cierta enfermedad que un médico le diagnostica en una receta a través del despliegue de un anagrama: RASSAM = SR. ASMA.

   El arqueólogo asirio intenta sacar algún rédito material, aunque con poca fortuna. Una noche saquea un yacimiento para  negociar con los europeos. Rawlinson se aparece en su tienda y le ofrece la cura para su enfermedad: medio saco de té. A Rassam le parece insuficiente, y Rawlinson vuelve disfrazado de cura. El asirio admite que lo convenció: me dio té; él le dio todo lo que le pedía el inglés, y este le dio la mitad, me dio saco, lo que equivale a decir que lo saqueó; saco de té = te saco. (Las cursivas son mías)

   Como en los experimentos verbales de Raymond Roussel, las homonimias, paronomasias y combinaciones léxicas dan origen a un recorrido narrativo disparatado. Sin embargo, hay dos diferencias sustanciales: los procedimientos de escritura que Roussel oculta y revela en un texto póstumo (Cómo escribí algunos de mis libros), en este relato se encuentran expuestos en forma casi transparente.  En segundo lugar, algo mucho más importante: tal como pudimos ver en los diarios de Pigafetta, el texto no se queda en el mero juego, en el ejercicio de una destreza verbal pura, gratuita pero también vacía. “Nínive” es la historia del despojo, del saqueo que los imperialismos vienen realizando desde hace décadas en un Oriente que, desde su perspectiva, aparece como un dilatado yacimiento arqueológico y petrolífero. Cuando terminan su trabajo, antes de volver a Europa, Rawlinson le dice a Rassam: 

Nosotros re partimos ya, los objetos, y a usted Rassam le dejamos la enseñanza. Aprenda, pues: que para resucitar y avivarse los pueblos pueden usar a sus muertos, y hacerlos valer como capital – y sólo me dejaba de recuerdo los sarcófagos vacíos y unas pocas montañas descascaradas.

En cuanto a Flandin, él apiló sus bocetos inservibles en la puerta de las letrinas, y para no ser menos agregó con un guiño:

-Proceda usted con esos papeles y hágale lo suyo, que a todo se le
            da uso.

Precisamente ahí, en la apropiación de las palabras del explotador y en su resignificación lúdica, se asienta una posible estrategia de resistencia del humillado. En el último parágrafo del relato, Rassam se “aviva” como le enseñó Rawlinson y pone en marcha una interpretación  literal de aquellas palabras irónicas de Flandin: toma uno de esos bocetos que sólo servirían como papel higiénico, “hace lo suyo” encima, lo unta hasta cubrir toda la superficie y luego de secarlo al sol y procesarlo lo entrega a Inglaterra como si fuera una auténtica pieza arqueológica que va a cotizar en la Bolsa de Londres.

    Me voy a permitir la osadía de terminar con una anécdota personal. Cuando tomaba las primeras notas de lectura a medida que avanzaba en el libro, lo hacía tal como acostumbro: con la birome en el reverso de unas fotocopias en desuso. Placer de la escritura manual y de reciclar aquello que se destina al canasto. Esta vez tomé la precaución de ver qué había en anverso. Era el inicio de un texto didáctico, seguramente de alguna jornada de perfeccionamiento en las sucesivas reformas educativas. Mi sorpresa fue mayúscula al descubrir que su título era La fiesta del lenguaje. Esa especie de palimpsesto que es la utilización de hojas ya utilizadas, apropiado para un texto como “Nínive”, me revelaba algo inesperado. No había mejor título que ese para dar cuenta de lo que experimentaba al leer a Libertella: la sensación de estar en medio de una fiesta de palabras. Una fiesta no sólo por el carácter jovial sino, para retomar las palabras de Piglia que citamos al principio, en el sentido arcaico de ruptura con las jerarquías de géneros literarios y normas verbales. De ahí su radical novedad.

 

(Actualización noviembre 2014 – febrero 2015/ BazarAmericano)

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646