noviembre-diciembre 2017, AÑO XI, Nº 64

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Rosalía Baltar

Esto no es una pipa
Sobre el plagio, de Hélène Maurel-Indart, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2014.

Yo soy el azote de Dios. Donde mis plagios

Pisan, no vuelve a crecer la creadora hierba.

Por favor ¡Plágienme!, Alberto Laiseca

 

 

 

Hélène Maurel-Indart presenta en Sobre el plagio  un libro de investigación académica con una prosa fácil, ligera, entretenida, más propia de la divulgación, sin que por ello se desmerezca la cuota erudita que un tema como éste, con momentos de indagación histórica y otros de análisis circunscriptos a autores, episodios y tipologías de plagiarios, necesariamente requiere. Las perspectivas desde las que se aborda la cuestión plagiaria se articulan con universos precisos: la legislación francesa, la historia del plagio desde la antigüedad, el campo de la literatura, los estudios universitarios y los distintos cruces entre ellos. Podríamos decir que todo el texto va y viene entre prácticas inadvertidas, sospechas y susurros, chismografía y, por fin, el escándalo publicitario y los tribunales. Así que, leáse, en primera instancia, como un diccionario, buscando las entradas que lleven a los motivos, autores o episodios que más interesen.

Pese a la superabundancia de situaciones de plagios, plagiarios, plagiadores, etc., el texto no hace sino abrir la mirada hacia lo ausente. Cualquier lector echará en falta en el buen índice onomástico que su caso (me refiero tanto al que conoce como al que hubiere cometido (!)) no está, en especial, si se tratara de episodios que exceden el mundo francés  y en menor medida el norteamericano y europeo. Es que habiendo propiedad, hay robo, con la autenticidad hay apariencia. Gajes de toda comunidad que se precie.

Para que exista el plagio debe existir una determinada noción de obra, de autor, de creación. Estos conceptos, inestables, conducen a hablar de distintos plagios, de formas en las cuales se ha sancionado o no esta tarea, cuyos grados de creatividad, por otra parte, son variables, graduales, amplios o acotados. El plagio también guarda estrecha relación con el mundo traducido. Las traducciones libres, las adaptaciones, entran en el ámbito del debate sobre la jurisdicción de la autoría: los poemas de Robert Browning eran “traducciones libres” de poemas griegos; “Los dos reyes y los dos laberintos” es una traducción de una traducción. ¿Qué hacer con la apelación a un recurso previo, como los epitafios de Edgar Lee Master? La antigüedad es un sarcófago que se ha saqueado y se saquea hasta la profanación y promiscuidad, pero no el único.

La autora señala que al inicio de su investigación, en 1999, el tema era tabú en el ámbito académico y que hoy por hoy ha dejado de ser indecente o inconveniente. Si nos remitimos al espacio local, y sin estudiarlo demasiado, sino solo a partir de alguna que otra constatación, la actividad de plagiar, en el sentido de no hacer visible la fuente de la que se parte y tener la intención concreta de hacer pasar lo ajeno por lo propio, es decir, el plagio situado en la zona del hurto, mantiene el carácter tabú e indecente y, sobretodo, de inconveniencia. Cuando descubrimos a un plagiador, nos avergonzamos y tal vez no lo delatemos sino entre susurros porque, dijo Borges, la delación es, para nosotros, aún peor.

           En el otro extremo se encuentra el citador compulsivo. En vez de esconder, exhibe, con desnudez angurrienta y acrítica. Cuando estudiante tuve el impulso de escribir un artículo cuyo título habría sido “El uso de los conectores en el discurso crítico de….”; en la ordenada sucesión de citas, encontraba que el autor había sido aquel lector preocupado por recortar y pegar textos ajenos en un ejercicio magistral de los conectores: “Según Derrida, blablá. Por otra parte, Foucault sostiene que bleblé. No obstante, Paul de Mann, blublú.”  Es cierto que la concatenación de citas es un arte de la erudición, como muy bien lo hace notar Antony Grafton en su libro sobre la historia de la nota al pie; sin embargo, también nos avergüenza el mote de especialista serio a quien se exhibe como incapaz de tomar un poco la palabra por sí mismo y erigirse en alguien más allá del malabarismo de la conjunción.

       En el medio, encontramos a grandes plagiarios o copistas, quienes, encabalgados en traducciones, adaptaciones, menciones errabundas de inciertas referencias, alelan con el resultado. Entonces, es el momento en el que la escritura prescinde del supuesto propietario, y se ofrece para leer sin autoridad. Quiero decir: el plagio prescribe. Se acusa a Bertold Brecht de haber explotado a sus mujeres, amigos y colaboradores, incapaz de escribir solo una línea; se acusa a Shakespeare y a Moliére y ambos, a lo largo de los siglos han pasado de glorias literarias a plagiarios, usurpadores, simples testaferros más tarde, para terminar siendo “en el mejor de los casos (…) actores idóneos, pero incapaces de escribir…”. Y, sin embargo, la potencia de sus obras sobrevuela las acusaciones de aquellos críticos que practican el scriptorcidio.

            El lenguaje ensayístico y académico tiene otras pautas y reglas de transparencia. Maurel-Indart reseña el atrapante e insoluble hasta el momento caso de los escritos de Bajtin y sus colaboradores: si bien, alivianar los textos del aparato bibliográfico y escribir en comunidad van de la mano del dialogismo, la sospecha de que Bajtin habría cobijado en su nombre algunos textos que pertenecían a Volóshinov y a Medvédev irradia recelos sobre sus teorías: “En el momento de la recepción de Bajtin en Francia, la ocultación de las fuentes creó, en efecto, la ilusión de un pensamiento completamente innovador, cuando en realidad este pensamiento se inscribía en una serie de reflexiones extremadamente fructíferas sobre el lenguaje, iniciadas durante el primer tercio del siglo XX, en torno a Volóshinov y, en particular, a Medvédev”. Sin embargo, al analizar detractores y apologistas de Bajtin, la autora da cuenta del contexto conflictivo en el que se desarrollaron estas vidas y estas escrituras, en medio de los exilios, la tuberculosis y los fusilamientos de la Rusia del siglo XX y el papel decisivo que la censura y las condenas a prisión tuvieron en estos vaivenes de autoría (de hecho, Bajtin fue condenado a prisión).

          Decimos intertextos/ decimos influencias/ decimos préstamos/ decimos contingencias. El plagio, cuando no se descubre, revela la destreza del plagiador (Eco); cuando no puede incautarse porque no está presentado como tal ya es más difícil. No se detecta, además, por ignorancia. Leyendo este libro conocí que Laiseca convierte en ironía el evidente lenguaje bíblico pero porque en su etimología plagio, plaga, significa azote. Azote de autor. Plagio de autor: plagiario. Mientras el juego carezca de consecuencias jurídicas está permitido. Apenas éstas aparecen (Maurel-Indart menciona distintos juicios), las cosas se complican. Lo cierto es que acusar a alguien de plagio (la autora proporciona numerosos ejemplos vinculados con los premios literarios, entre otros) puede constituirse en una fina y punzante daga para arruinar las reputaciones o, incluso, las vidas personales de los acusados. Cuando se lanza tal saeta, no es posible volver atrás, y, por fuera de los juicios legales, queda la sombra, definitiva e imborrable, de la sospecha. Porque lo que está en valor, lo que todavía sigue pesando es la originalidad, fuente de la envidia más acérrima en los círculos literarios. Hasta tal punto es así que varios de los autores comentados en el libro –Virgilio (quien, según él mismo, sólo “ha extraído perlas de un estiércol” en la obra de Ennio), Shakespeare (“Es una jovencita que saqué de los bajos fondos para hacerla entrar en la buena sociedad”), Dumas (“El hombre de genio no roba, conquista”)– ven en la copia fuente de gran placer y motivo de originalidad, destreza, imaginación. La acusación es un arma de venganza y un arma de chantaje: por momentos (felicitamos a su autora), este estudio sobre el plagio copia el ritmo y los motivos de la novela policial…

 

 

 

(Actualización noviembre 2014 – febrero 2015/ BazarAmericano)

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646