septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Una escritura interrogativa
Los prejuicios del sexo, de Sebastián Hernaiz, Bahía Blanca, VOX, 2014.

Uno

Si yo escribo en mi Google atravesado por las cosmovisiones brasileras imperantes “El prejuicio del sexo” seré corregido de inmediato por la Iglesia Universal y luego por la Adventista para explicarme los “perjuicios del sexo” para mi familia. Amable, intenta persuadirme y re-encaminar mi escritura: “tal vez usted quiso decir:…”. En ese deslizamiento de sentido, tal vez podamos leer los poemas que Sebastián Hernaiz reunió en El prejuicio del sexo.

“Una tarde, mi abuelo” es el primero de ellos y quien se encarga de presentarnos a la voz del texto. El poema va a escribirse entre el recuerdo del sujeto, su presente y las variaciones del mundo. Todo parece confluir en su espacio aunque al mismo tiempo todo se encuentra disperso, dislocado. La suya es una escritura anti-sinestésica: no hay reunión de sensaciones, al contrario. La memoria no tiene un poder totalizador sino sólo fragmentario.

      

Escuchaba, mamá en el teléfono,

familiares, y yo desde el balcón

ver pasar los colectivos y tirarles

bolitas de papel con mi gomera improvisada; la remera

iba humedeciéndose de lágrimas:

nunca tuve tan buena puntería. Pero los colectivos

pasaban, seguía, y e iban.

                  

(“Una tarde, mi abuelo”)

 

Sin embargo, en esa disociación del todo en sus partes y en su concatenación de escenas, hay un esfuerzo por llegar a decir eso que se escapa. Tal como sucede cuando desarmamos de modo amateur algún aparato, el poema desarma lo real para mostrarnos sus piezas e impedir que vuelvan a encajar. Y así, la aparente referencialidad de los versos se constituye en una interrogación de las cosas del mundo, que es también una interrogación de la memoria y de la escritura:

 

De nada

nos protege el repelente, la piel

pica de mera incomodidad con el mundo.

Somos adictos a un par de alicientes. Las mujeres,

la mujer, noches ebrias, dos canciones.

No hay repelentes que resistan

al precipitado pasar del día a día. Va a llover pronto,

el río va a crecer. Vamos a quedar por siempre

en esta piel, en esta isla que late.

 

(“Repelente”)

 

El poema, nuestro repelente, es esa interrogación insistente.

 

Dos

“No sabía tu nombre y el prejuicio / del sexo me llevó a conocerte. Te invité / a mi casa a emborracharnos”, es el inicio de “Whirlpool”. “Tu ropa / se mojó toda, pero el helado / no se derretía en su pote” es el final de “Citas” y “De pronto / creo tener el tono de un poema; dejo el libro / tirado boca abajo, apago la luz y me duermo abrazado” el de “Lectura”. Los objetos guardan la biografía del amor, como espejos opacos no obstante omnipresentes. Los objetos son el testimonio del tiempo después del fin del amor: “Y ahora qué hago con las cosas / como la forma en que guardabas las galletitas / para que no se humedecieran, con la forma / en que cuidabas que hubiera siempre / agua en la heladera” (“Separación”). El poema se vuelve un registro del paso de los días sobre los objetos y sus costumbres. Si el prejuicio del sexo es una de las vías del conocimiento, sobre las cosas de lo cotidiano también se extiende su sombra.

Ese álbum amoroso con instantáneas un tanto desenfocadas va a ser la base de la escritura del último poema: “Qué cosas son, acaso, el poema”. Que es, podemos pensar, su manifiesto o su poética: en todo caso, una interrogación, postergada, dejada para el final. Va a decir: ¿dónde encontrar el poema, en aquellos recuerdos disociados, en estos objetos dispersos? Esa es la pregunta que guió al texto: en esa interrogación del cuerpo de lo cotidiano y su memoria, la escritura avanza y reflexiona. ¿Qué concepción, qué trabajo sobre el poema es mi propia escritura? ¿Debemos leer en esa presencia de la cosa, aún más: en esa concentración de la mirada poética sobre la cosa, la re-escritura de las poéticas de los noventa? No sólo en el repelente, las uñas comidas o el tarro de galletitas debemos detenernos para formular las respuestas. También en el modo de acercarse a ellos, las formas. El prejuicio del sexo se cierra con preguntas: “¿Entonces, o no? ¿Qué cosas son,/ acaso, el poema?”, que piden ser respondidas con más interrogaciones: ¿cómo acercarse a lo real? ¿Cómo escribir lo real? Con prejuicios, con perjuicios: a partir del registro de lo que (nos) queda.

 

(Actualización noviembre 2014 - febrero 2015/ BazarAmericano)

 

 

 

 

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646