septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Vida de artista. "Nuevo Realismo" o una vanguardia más allá de las Vanguardias 
Berni, entre el surrealismo y Siqueiros. Figuras, itinerarios y experiencias de un artista entre dos décadas, de Guillermo Fantoni, Rosario, Beatriz Viterbo editora, 2014.

Contar la formación del plástico Antonio Berni es la clave de entrada que ofrece Fantoni para entender ese raro realismo argentino que, con intermitencias, siempre aparece a lo largo del siglo XX y que ligamos –con dificultades varias– a los diversos movimientos y tendencias de las vanguardias históricas (el caso de las producciones de su contemporáneo Roberto Arlt por ejemplo o, más acá, las de un David Viñas), a la vez que nos vemos obligados en cada oportunidad a marcar diferencias, esbozar hipótesis aclaratorias, insistir en los matices, siempre, con respecto al Realismo tradicional. Haciendo pie en Rosario, el libro hace la reconstrucción de una formación que poco a poco se convierte en trayectoria junto a la de un segmento de cierta historia del arte y del campo del arte y la cultura entre las décadas de veinte y el treinta, con lo que desarma también el prejuicio sobre la “Década Infame” como lugar de transición coyuntural y sin especificidad. Fantoni, a través de Berni, postula y sigue estos años como un tiempo de búsquedas, cuestionamientos, experimentación, apropiaciones y préstamos, intercambios globales que sustentan lo que la historia del arte empezará a aceptar recién una década más tarde.

El tema del realismo siempre ha sido un problema complejo desde el momento que, bien mirado, en el horizonte retrospectivo de los movimientos estéticos, fue la última estética que supuso, todavía, poder dar cuenta de lo real a través de aquello que escribía o pintaba o dibujaba o… Problema tan complejo como el de la representación tanto en la teoría del arte o la literatura como en la teoría política. Es más, si quisiéramos comprimir en una idea los problemas teóricos producidos alrededor del arte a lo largo del siglo XX, no dudo en proponer el de la representación como telón de fondo. En él, es el realismo decimonónico el último eslabón de una cierta confianza sobre la que batallarán el simbolismo, los poetas malditos y los decadentes primero, las vanguardias históricas después, haciéndose y rehaciéndose hasta la resignación posmoderna que prefiere no tocar el tema en tanto problema y sí, más bien, ensayar lúdicas salidas tranquilizadoras.

Ahora bien, esta micro historia no significa que a lo largo del siglo no se hayan producido reemergencias de estéticas ¿parecidas? al realismo decimonónico. Sin embargo cada vez y en cada oportunidad resulta necesario marcar similitudes y diferencias, acercamientos o distancias, con respecto a aquel primer realismo declarado como tal. Y este proceso de aclaraciones, matices, desdoblamientos y especificaciones resulta de la imposibilidad de volver a confiar, como lo había hecho el realismo ingenuo, en la posibilidad de representación después de los arrasadores vientos de las vanguardias, la revolución soviética, la Guerra Civil española, las dos guerras llamadas mundiales, entre otros hechos de magnitud, tan solo para alcanzar la mitad del siglo. Escenario sobre el que además debe tenerse muy en cuenta el extendido cableado de la electricidad, el cine proyectado a lo largo y a lo ancho del mundo, así como las comunicaciones de rápido impacto que alcanzaron a sentar las bases de lo que hoy es la comunicación de masas, junto al trabajo seriado y a destajo, la miseria, el hambre y la protesta en dimensiones que nunca antes se habían producido.

El Berni de Guillermo Fantoni –en un recorrido biográfico que parte de Roldán-Rosario para acompañar al plástico, discípulo de Fornells, al nacimiento de lo que él llamó autodidactismo frente al surrealismo en Francia y la visita de Siqueiros a la Argentina–, cuenta con precisión de detalle el encuentro del joven Antonio con la vocación, la habilidad y la destreza y una Europa en la efervescencia de todas las convulsiones. Insiste Fantoni, con razón, en explicar al adolescente en el momento justo y el lugar adecuado: la ciudad de Rosario y en ella un grupo de empresarios que invierte ex profeso en la remodelación de la imagen de la ciudad –¿una cuestión de marketing?– y para ello apuesta, contra modelo de la ciudad mercantil en la que se había convertido, por el apoyo a las artes, la plástica fundamentalmente. Allí, la magnífica ocurrencia de Berni y su tiempo, mejor decir del adolescente Berni y los espacios de su tránsito y los contactos, las becas a Europa a partir de 1924 hasta 1931, los encuentros, las afinidades, las elecciones, las amistades con Louis Aragon y Lefebvre, la observación detenida de los clásicos renacentistas en Italia y los barrocos en España, la fuerza incontenible del expresionismo alemán, el revulsivo dadaísmo, la síntesis artístico social del surrealismo francés, la pintura metafísica, Giorgio de Chirico en especial, la opción por el partido comunista en materia política, el encuentro con la escultora Paula Cazenave quien se convertirá en su compañera, la vuelta a Rosario y los productivos rechazos de la crítica, la creación de la Mutualidad Popular de Estudiantes y Artistas Plásticos en 1934 y la Escuela-Taller, la visita de Siqueiros a la Argentina y en particular sus conferencias en Rosario y la polémica que Berni entabla con él a propósito de las diferencias que mantiene frente a la pintura mural. Es decir, la experiencia de la primera gran crisis global, la del treinta, exige la reinvención de lo moderno a nivel internacional y Berni se encuentra, por una serie de acontecimientos fortuitos en lo que no sin cierta ironía podríamos llamar el centro de lo internacional.

Resulta más que interesante ver cómo al mismo tiempo que Fantoni rearma el mapa desde el campo del arte en Rosario, con proyecciones hacia Buenos Aires, en el paseo de Berni por España, Italia y Francia, muestra el detalle, una anécdota, explica el sentido de un color o un collage en cada nueva obra producida. Refiere y sitúa el intertexto, comenta las variaciones y su recepción en las diferentes exposiciones. Aquí no solo aparece Antonio Berni sino también los empresarios que apuestan al joven prodigio, los socios del Jockey Club, los viejos maestros y las academias rechazadas, la falta de una institución pública que permita el entrenamiento de las vocaciones artísticas, el Grupo de París –son varios los rosarinos y argentinos que se encuentran en París al momento de las becas de Berni– los distanciamientos políticos y los amigos camaradas, los alumnos de la Escuela-Taller, las diferentes muestras, la crítica periodística y la especializada, las revistas y los periódicos, las múltiples polémicas que se suscitan en torno a cada nueva exposición de Berni. Y en este trayecto muestra cómo el realismo berniano, según las coordenadas expuestas, es resultado de una vanguardia incorporada, en verdad la asunción de la vanguardia, mejor lograda en las plástica argentina que en ningún otra disciplina artística puesto que va acompañada de la reflexión teórica en torno al problema de la representación, las relaciones del arte y la política, el arte y la acción social, según los textos y manifiestos y entrevistas largamente citadas.

Leer la reconstrucción de la formación de Antonio Berni que hace Fantoni permite entender las fulguraciones de la construcción del Nuevo Realismo, pensado muchas veces por fuera o contra la actividad de las vanguardias históricas, como su mejor proyecto. Esto es, dentro de los movimientos de vanguardia, el que mejor cumple con aquello de reunir arte y vida, el que no fracasa, consigue mostrar la inútil, y hasta perversa, persecución de la autonomía del arte y apuesta por un arte que dice, pega e insulta. ¿Será arriesgado, en este marco, decir que el Nuevo Realismo propuesto, ¿inventado? por Berni, es la verdadera vanguardia en Argentina? De alguna manera esto es lo que Fantoni parece decir y en ello retoma a Raymond Williams que, a contrapelo de la mayoría de las teorías y la crítica sobre las vanguardias históricas, observa sus operaciones como el último reducto –radicalizado, violento y hasta contradictorio–, de la vieja concepción del arte burgués aun contra el cual decían plantearse. Si los primeros movimientos de vanguardia, los que hablaban de ruptura, aparecen en este esquema como lugar de continuidad lógica, es el Nuevo Realismo, protagonizado por Antonio Berni en Argentina, el que deberá ser repensado como lo profundamente nuevo y de vanguardia en lo que de relación tiene con lo revolucionario y radicalizado frente al arte burgués y la vieja historia del arte.

Fantoni deja a Berni a las puertas de Buenos Aires hacia 1936, habiendo indiciado el camino que va del “discípulo aventajado” al “autodidacta” y “precursor del surrealismo” para concluir en el “abanderado del Nuevo Realismo” por venir: “experiencias y estrategias, que desde Rosario se proyectaron hacia el convulsionado escenario de Buenos Aires trazando las divisorias en el itinerario de las vanguardias plásticas” (318). Itinerario que, por lo demás, sirve para ser extendido al campo de la literatura o, directamente el campo intelectual que verá reproducirse, ampliarse y tomar posición, tal como lo anticipa Berni en su vida como en su obra.

 

 

(Actualización noviembre 2014 - febrero 2915/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646