septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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"El estado de destello"
Naturaleza, de Ralph Waldo Emerson, La Plata, Barba de Abejas, 2014. Traducción de Eric Schierloh

En Prufrock (1917), el libro de juventud de T. S. Eliot, hay un poema, “Cousin Nancy”, en el que unas señoras, típicas representantes de la vieja Nueva Inglaterra, no ven con buenos ojos las cabalgatas y la independencia moderna de su sobrina —prima del hablante—, Miss Nancy Ellicott. Significativamente, en los estantes de la biblioteca de las tías, están los volúmenes de “Matthew [Arnold] and Waldo, guardians of the faith, / The army of unalterable law”. Para comienzos del siglo XX, entonces, las ideas que ambos habían propuesto como guía de la vida y del pensamiento se habían convertido en “ley”, prescripción rígida, dogma inalterable.

 

El “Waldo” del poema es, naturalmente, Ralph Waldo Emerson (1803-1882). Tenía solamente ocho años cuando su padre, ministro unitario en Boston, falleció. Aunque la familia era pobre, Emerson, que quedó al cuidado de su madre y una tía paterna, fue a Harvard College y luego se dedicó a dar clases por un tiempo, hasta que en 1825 entró a Harvard Divinity School (la facultad de teología). Cuatro años más tarde, fue el ministro de la Segunda Iglesia de Boston. En 1829 se casó con Ellen Louisa Tucker, enferma de tuberculosis; después de enviudar, Emerson viajó a Europa, donde se encontró con escritores admirados: Walter Savage Landor (en Florencia), Coleridge (en Londres), Wordsworth (en la región de los lagos) y Carlyle (en Escocia). En 1832, su descontento con las restricciones y limitaciones de la religión tradicional lo llevaron a renunciar. Contrajo segundas nupcias con Lydia Jackson en 1835, y se mudó a la ciudad de Concord, en el estado de Massachusetts, donde dividió su tiempo entre la escritura de poesía y ensayos y las conferencias que dio a numerosas audiencias en todo el territorio de Estados Unidos, hasta 1866, cundo sus facultades comenzaron a declinar. Dos episodios más marcaron su vida: la muerte de su hijo Waldo, de cinco años, en 1842, y la destrucción de su casa a causa de un incendio, en 1872.

 

Otra escena, biográfica esta vez, sirve de contraparte a la escena poética de Eliot. Se trata de la ocasión en que Benjamin Franklin Newton, amigo de Emily Dickinson, le dio a la joven poeta de Amherst su primera copia de los Poems (1847) de Emerson. Diez años más tarde, en 1857, y otra vez en 1865, Emerson estuvo de visita en Amherst, como invitado a The Evergreens, la casa del hermano de Emily, Austin Dickinson, donde su esposa Susan Gilbert organizaba regularmente reuniones de intelectuales, artistas y escritores. No se sabe si la reclusiva poeta alguna vez vio a Emerson en persona, pero sin duda supo de su presencia. La poeta, como el filósofo, era reacia a las doctrinas y los dogmas, la tradición y las convenciones. Dickinson leyó también otro libro de Emerson, Representative Men (1850), y lo llamó en sus cartas “un pequeño Libro de Granito en el que una puede apoyarse”. El poema # 789 de la autora puede leerse como expresión de esa confianza en sí mismo, esa “Granitic Base” del yo, que pregonaba el profeta de Concord (cito las dos primeras estrofas):

 

En un yo columnario—

qué cómodo replegarse

en tumulto—o extremidad—

qué buena la certidumbre

 

que ninguna palanca puede forzar—

y ninguna cuña dividir

convicción—esa granítica base—

aunque nadie nos apoye

 

(Trad. Silvina Ocampo)

 

Quizás la única diferencia entre ambos fuera que, mientras Dickinson (se) hacía preguntas sin ofrecer siempre las respuestas (incluso dudando de que algunas las tuvieran, o que las supiéramos), Emerson se mostró más seguro, al punto de declarar, en la introducción de su ensayo, Naturaleza (1836): “Ciertamente, no hay preguntas que podamos formular y que no tengan respuesta”. Como otros pensadores antes que él, Emerson pensaba desde el comienzo de la república que el hombre norteamericano era un “nuevo hombre”. En la misma introducción, preguntó: “¿Por qué deberíamos hurgar entre los secos huesos del pasado?”

 

En Concord, Emerson se convirtió en la figura central de un grupo de escritores y proponentes de reformas sociales, entre los cuales estaban Bronson Alcott, educador y padre de Louisa May, autora de la novela Mujercitas; Margaret Fuller, prominente reformista social; George Ripley, organizador de Brook Farm, un experimento de vida comunitaria; Nathaniel Hawthorne; Elizabeth Peabody; y Henry David Thoreau, que puso en práctica varias de las ideas de Emerson al irse a vivir a la laguna Walden. Este grupo publicó el periódico cuatrimestral The Dial, dando a conocer sus ideas a través en sus páginas.

 

¿Por qué importa el libro objeto de esta reseña, Naturaleza? En primer lugar, porque contiene en un breve espacio gran parte de las ideas que luego el autor desarrollaría en escritos más leídos y conocidos. En segundo lugar, porque no circulan con facilidad en nuestro ámbito ni el Diario, ni las Cartas, ni Hombres representativos (cuya estructura imitó del libro de Carlyle, On Heroes and Hero-Worship), ni, sobre todo, las famosas series primera y segunda de Ensayos (1841-1844), que contienen los dos escritos fundamentales: “Self-Reliance” y “The Over-Soul”, cuyas semillas son sembradas en Naturaleza.

 

La estructura del libro es muy clara: a una “Introducción” le siguen un capítulo en que define su idea de “Naturaleza”; cuatro ensayos relacionados entre sí e interdependientes; y tres ensayos finales. La idea básica expuesta en la introducción es la siguiente: “Filosóficamente considerado, el universo está compuesto de Naturaleza y Alma”. Todo el libro se dedica a explorar y ampliar esa idea. Al considerar la causa final del mundo, se advierten varios usos (de los seres humanos) que forman parte de ese resultado: los bienes materiales, la belleza, el lenguaje y la disciplina. Emerson describe esos usos (las “leyes naturales”) en esos cuatro capítulos, dejando para el final (el capítulo sobre “Idealismo”) la pregunta acerca de la existencia absoluta de la naturaleza: pero sea cual fuere la respuesta, advierte, las leyes expuestas no cambian. En este ensayo, Emerson hace explícito su propósito:

 

Sólo quiero señalar la verdadera posición de la naturaleza con respecto al hombre, el lugar donde hay que colocarlo al hombre, que es a lo que tiende toda educación esmerada; como fundamento que hay que alcanzar, es el objetivo de la vida humana, esto es, de la conexión del hombre con la naturaleza. La cultura invierte las ideas vulgares sobre la naturaleza e incita a la mente a considerar aparente lo que suele llamar real, y real lo que suele considerar sobrenatural.

 

Más allá de sus consejos de prestar atención a la naturaleza, Emerson ve una tensión entre lo empírico y lo sensorial de la experiencia directa, proporcionada por el “ojo animal”, y lo que nos enseña la contemplación por medio del “ojo racional”. Los simpáticos dibujos de Christopher P. Cranch, que ilustran dos ideas: “Me convierto en un globo ocular transparente” y “Crezco y vivo la calidez del día como lo hacen el maíz y los melones”, dejan asentada la primera forma de ver, pero Emerson siempre tiene en cuenta que esta forma de ver es cada vez el primer paso hacia una epifanía: “Los mejores y más felices momentos de la vida los constituyen estos deliciosos despertares de los poderes superiores”. La naturaleza, dice, “ha sido creada para colaborar con el espíritu en nuestra emancipación.”

 

Quizás no estemos muy de acuerdo con el autor acerca de que el alma deba mantenerse “alejada de un estudio tan trivial y microscópico de la tablilla universal”, olvidando o dejando de lado episodios escandalosos, tortuosos o vergonzosos de la historia humana, respetando demasiado los fines como para “perderse en los medios”. A pesar de todo esto, el resto del libro tiene usos y convicciones que interesan aún hoy.

 

No es intención ni propiedad de una reseña efectuar un resumen de los argumentos del libro; pero quizás el relato de dos episodios sirva para dejar constancia de la importancia de este escritor en la cultura y la historia de las ideas. Emerson pronunció el discurso “The American Scholar” el 31 de agosto de 1837 para la Sociedad Phi Beta Kappa (“La Filosofía es la Guía de la Vida”) de Cambridge, Massachusetts como una afirmación de la autonomía del individuo y de la colectividad norteamericana. Oliver Wendell Holmes la definió como “nuestra Declaración de la Independencia intelectual”. El segundo episodio se relaciona con el discurso que pronunció en la Facultad de Teología de Harvard el 15 de julio de 1838, nueva afirmación de la independencia cultural, próxima al deísmo: le valió al temerario filósofo la exclusión de Harvard por treinta años.

 

Quizás la idea más impresionante de Naturaleza, cercana a la herejía, esté en el capítulo VI, “Idealismo”, en el apartado número 4, cuando se repasan los cinco “efectos de la cultura” en el individuo. Después de afirmar que la “ciencia metafísica” fija su atención en la “naturalezas inmortales necesariamente increadas”, es decir las Ideas o pensamientos del Ser Supremo, Emerson continúa:

 

Su influencia es proporcionada. En tanto objetos de la ciencia, son accesibles a unos pocos hombres. Aún así, todos los hombres son capaces de ser elevados a su región mediante la piedad o la pasión. Aunque ninguno de ellos pueda relacionarse con estas naturalezas divinas sin volverse, de alguna forma, él mismo divino. [..] Aprehendemos lo absoluto. Podría decirse que existimos por primera vez. Nos volvemos inmortales.

 

Volverse divino: ¡qué idea! Emerson la desarrolló en un famoso poema, “Brahma”, que indica la familiaridad (señalada por el traductor en su “Prólogo”) con la filosofía hindú, sobre todo el Bhagavad-Gita y los Upanishads, que habían sido traducidos al inglés en 1785 y 1832. En ese poema, habla el alma universal, “Over-Soul” o “supra alma”, que atraviesa todo ser creado animado e inanimado: “They reckon ill who leave me out; / When me they fly, I am the wings; / I am the doubter and the doubt, / And I the hymn the Brahmin sings”. Los últimos versos llevan la idea hasta la última consecuencia: “The strong gods pine for my abode, / And pine in vain the sacred Seven; / But thou, meek lover of the good! / Find me, and turn thy back on heaven”. Incluso los dioses desean conocer esta Alma Universal, que se dirige al lector, “amante de todo lo que es bueno”, y lo incita: “Encuéntrame, y dale la espalda al cielo”. No por nada, Emerson es esencial en la constitución de ese período de intensa actividad artística e intelectual que los críticos llamaron “Renacimiento Norteamericano”.

 

¿Por qué leer este libro? El traductor, Eric Schierloh, describe el estilo de Emerson del siguiente modo: “en sus escritos […] no hay nunca demostración sino testimonio de lo visto, vivido, pensado y acaso aprehendido” y “la verdad no está allí explícita, sino implícita, en estado de destello.” Por eso, sugiere que “sus ensayos reclaman ser leídos como acaso leemos la poesía, no en busca de lo que se quiso decir sino de lo que quedó sugerido a partir de aquello que no se podía decir”. Como el poeta, Emerson tiene un pensamiento analógico: funciona (se pone en marcha) por medio de comparaciones y enlaces: “¿Quién mira contemplativo el río sin pensar en el flujo de todas las cosas?”, pregunta al lector en el capítulo IV, “Lenguaje”. “Arroja una piedra en la corriente, y los círculos que se propagan a sí mismos serán el hermoso modelo de toda influencia”. Y concluye, para que no haya dudas: “El hombre es un analogista que estudia las relaciones que existen entre todos los objetos. Él está situado en el centro de todos los seres, y un rayo lo relaciona con todos los demás seres”.

 

Otro pasaje del capítulo VII, “Espíritu”, nos da idea del ritmo de su prosa poética, a la vez que resume parte de los “aprendizajes” que la naturaleza brinda:

 

Pero cuando siguiendo los invisibles pasos del pensamiento llegamos a preguntar, ¿de dónde viene la materia?, ¿adónde va?, surgen muchas verdades desde los recovecos de la conciencia. Aprendemos que lo más noble está presente en el alma del hombre; que la temible esencia universal, que no es sabiduría, o amor, o belleza, o poder, sino todas esas cosas juntas y cada una íntegramente, es aquello por lo que todas las cosas existen y por lo que son; que el espíritu crea; que detrás de la naturaleza y dentro de ella está presente el espíritu; que el espíritu es uno, no compuesto; que el espíritu no actúa en nosotros desde afuera, es decir, en el espacio y el tiempo, sino espiritualmente, o a través de nosotros mismos.

 

He citado un pasaje que no hace del todo justicia a Emerson; en otras ocasiones, se detiene en los objetos y las escenas, posa su mirada en ellos, los describe en detalle. Emerson puede describir, con similar eficacia, tanto la red de relaciones entre nociones abstractas como los objetos tangibles y los seres concretos que nos rodean. La antigua noción del “libro de la naturaleza” (según la cual Dios escribe en ella para que nosotros leamos sus designios) está hecha carne en este autor. Un rasgo notable de su estilo es el uso repetido de la palabra “todo” o de expresiones hiperbólicas semejantes: “el mundo entero”, “todas las cosas”. Lo cósmico predomina en su lenguaje, traduciendo la intención totalizadora, abarcadora, como en el salmo del poeta metafísico George Herbert, que cita como uno de sus preferidos: “¡Oh poderoso amor! El hombre es un mundo, / y otro mundo lo acompaña”.

 

Tener acceso a este libro es un privilegio. La traducción de E. Schierloh es clara y fluida. Hay que añadir el cuidado de la edición, parte del diseño de Barba de Abejas, tanto en su lado material (tapas, papel, ecología del proyecto) como en su lado literario y artístico: el texto está acompañado de notas eruditas al pie, de ilustraciones contemporáneas, de indicaciones de fuentes de las alusiones, que ayudan enormemente en la lectura. Schierloh ha traducido además los poemas del discípulo de Emerson, H. D. Thoreau (La canción del viajero y otros poemas), recomendable como compañero ideal de lectura del presente volumen.

 

(Actualización septiembre – octubre 2014/ BazarAmericano)

 

 

 

 




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ISSN 2314-1646