septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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La potencia de una fantasía, entre "bucles extraños" y claves "post"
Con los ojos bien abiertos. Bizzio, Chejfec, Babel, de Mariana Catalin, Rosario, Fiesta ediciones, CELA, 2014

Este nuevo título que Fiesta ediciones pone a circular bajo el muy accesible formato E-book  es, entre otras cosas, una muestra de lo que la universidad pública y el sistema científico argentino pueden. Una respuesta creativa a los prejuicios contra “lo académico” que además consolida una acendrada tradición rosarina: modelar el canon literario, teórico y/o crítico, no sólo a partir de la institucionalización de congresos y el armado de revistas sino también a través de la gestación de proyectos editoriales: “a Irina Garbatsky y a Cristian Molina por, además de todo, decidir ser mis editores”, dice Mariana Catalin en la sección “Agradecimientos” de su libro. Una sección que revela los colectivos de trabajo alojados en diferentes instituciones de enseñanza y de investigación de Argentina gracias a los cuales esta escritura se produce: los míticos “grupos de lectura” dirigidos por Alberto Giordano, los equipos de investigación y las becas del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, el proyecto editorial Fiesta habilitan que esta lectura, encabalgada entre los resultados de una tesis doctoral y la beca posdoctoral que le continúa, encuentre tanto los tiempos como los canales materiales para traducirse en libro.

 

Con los ojos bien abiertos. Bizzio, Chejfec, Babel, despliega dos movimientos desde una escritura intensa que logra, tal como la de Claudia Gilman en Entre la pluma y el fusil. Debates y dilemas del escritor revolucionario en América Latina (2003), plantear una Tesis doctoral con la estructura de un cuento: Catalin lee cuánto de Babel. Revista de libros hay en las poéticas de Sergio Chejfec y de Sergio Bizzio, en sus inicios y en lo que vino después, desde una doble operación compleja ya que mientras describe sus procedimientos, revisa la interpretaciones de uno de los últimos grandes debates literarios del campo argentino, es decir, el que Josefina Ludmer provoca con sus tesis sobre la posautonomía, para sancionar un olvido y, a partir de él, proponer una nueva lectura que, como en los “bucles extraños” que Douglas Hofstadter advierte en las composiciones de Bach, el teorema de Göedel y los dibujos de Escher, llevan recursivamente a Babel, al debate modernidad/posmodernidad desarrollado en los noventa y junto con ello, a un repaso de lo que se juega junto con diferentes vaticinios de “fin de” que incluyen e implican, con diferentes matices, a las poéticas en cuestión. Una intrincada y profunda interpretación de puntos de vista tomados de la filosofía, la economía, la sociología, la teoría y la crítica literarias se conjugan en esta operación que se desenvuelve en una escritura reticente tanto a la anticipación mediante el resumen más o menos convencional que supone toda “introducción” ortodoxa como a la recapitulación usualmente planteada en las “conclusiones”. A través de una espiralada y progresiva ampliación de las hipótesis, la escritura avanza mientras impide la práctica del “lector salteado”, incluso de las notas al pie cuya omisión puede significar pagar el precio de perder-se una tesis nodal formulada en estos espacios. Por poner un ejemplo: la clave de lectura del debate sobre la posautonomía se apunta allí, en esa zona de lectura sólo aparentemente marginal, o podríamos decir tal vez, convencionalmente marginal. Por la potencia de la afirmación, por el cuidado de filigrana en el hilván y el desarrollo de los conceptos que enhebra, vale la pena la cita, aunque extensa, del pasaje: “Entre el 2006 y el 2007 Josefina Ludmer publicó, en forma virtual, ‘Literaturas posautónomas’ y ‘Literaturas postautónomas 2.0’. Inmediatamente, como lo señala Sandra Contreras (AAVV 2010), esa intervención fue leída en relación con dos artículos que Sarlo había publicado apenas un poco antes, ‘¿Pornografía o fashion?’ (2005) y ‘Sujetos y tecnología: la novela después de la historia’ (2006), y a partir de ahí se abrió la posibilidad de un debate que se articuló tanto en torno a rechazos como a defensas y aceptaciones. Ahora bien, la mayoría de las intervenciones omitieron algo fundamental: que el término posautonomía (y el consecuente final de la literatura que este implica) ya había sido utilizado por Fredric Jameson en 1984 en El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado. Esto supuso que, por ejemplo, tampoco se pensara, o al menos se mencionara, cómo este debate se relacionaba con la manera en que, en 1994, ambas autoras se habían posicionado ante el problema de la posmodernidad (posicionamiento que puede observarse al contrastar la forma en que el término funciona en Escenas de la vida posmoderna con el modo en que lo utiliza Ludmer en la compilación Las culturas de fin de siglo en América Latina (cf. Catalin 2010)). Lo que sostuvo Ludmer en el cambio de siglo y la polémica que se generó en torno a ello se erigen, entonces, sobre este olvido fundamental (entendido, como lo hace Hal Foster (2001), al reflexionar sobre la relación de la neovanguardia con la vanguardia). Modo de construcción que vuelve ineludibles una serie de interrogantes: ¿qué es lo que necesita “olvidar” la crítica literaria argentina?; ¿qué es lo que interpela en esa repetición que no se reconoce como tal?; si simplemente hubiera alcanzado, para impugnar, con sostener que Ludmer llega tarde al coro de voces que ya habían planteado un final, ¿por qué se vuelve necesario elaborar otros argumentos para oponerse (argumentos que, cabe aclarar, en muchos casos, vehiculizan una verdadera reflexión sobre el estado del arte y la literatura actual)? Hay algo en el planteo del final de la distinción entre realidad-ficción que interpela y para pensar esa interpelación, y la productividad que supone, se vuelve necesario, en mi planteo, sin desarmar el funcionamiento fructífero del olvido, trazar líneas de continuidad”.

No exagero cuando señalo que en esta segunda nota de Con los ojos bien abiertos… se revela uno de los dos movimientos de la tesis: el que revisa el debate más álgido del campo literario argentino, y tal vez latinoamericano, de la última década. Un debate que se enmarca en los mesianismos y apocalipsis que atravesaron las ciencias humanas y sociales del período y que Catalin lee con agudeza incorporando claves interpretativas soslayadas que le permiten enunciar una hipótesis rica y elocuente dada la trama teórica y crítica transdisciplinar en la que se implica.

 

El otro movimiento se anticipa en el título. Un movimiento comparable con el de Judith Podlubne en Escritores de Sur. Los inicios literarios de José Bianco y Silvina Ocampo (2011): ambas parten de una revista para detenerse en dos de sus firmas. A partir de ese doble sesgo recortan un problema que les permite intervenir sobre una zona no avistada por la crítica. Ambas recurren a escasas pero estratégicas categorías para delinear sus hipótesis: así como en el ensayo de Podlubne dominan las formulaciones barthesianas, en el de Catalin hacen lo propio las de Jean-Luc Nancy. Una operación en la que también pone su sello, apartándose de los marcos usados por sus directores, tanto de becas como de proyectos.

Si bien podría leerse una marca de Sandra Contreras, directora de su Tesis doctoral, en el seguimiento del problema del realismo en Bizzio y en Chejfec, la inclusión de estas tesis en un entramado que involucra la posición y las lecturas sobre la cuestión producidas desde y sobre Babel, deja su impronta singular. Es justamente la pregunta por la temporalidad que construye Babel la que permite revisar cómo se ha pensado este problema desde la revista, cómo ha leído la crítica esta postura y, finalmente, cómo este nudo central da pie para elaborar tesis en contrapunto sobre las poéticas de Sergio Bizzio y de Sergio Chejfec leídas, en principio, desde duplas de textos que caen juntos por su tratamiento de variantes de la cuestión: Boca de Lobo junto a Rabia; Baroni: un viaje junto a Realidad; Era el cielo junto a Mis dos mundos. “Series” que desarman una lectura escolarmente cronológica ya que las conjeturas sobre las duplas se atraviesan con afirmaciones que involucran, no sólo el conjunto de la producción de los autores sino el resto de la literatura argentina contemporánea que, por contraste o analogía, habilita la convincente puesta en conversación con ellos.

 

Finalmente, unas notas sobre ciertas palabras reiteradas durante todo el trabajo, además de “realismo”: “intervenir”, “realidad”, “fin”, “abrir”, “metodología”. Palabras sobre las que vale la pena detenerse por el sentido que cobran aquí.

“Intervenir” es un término profusamente usado hoy en las ciencias sociales y humanas: Mónica Cragnolini, Gisèle Sapiro, Marcela Arpes, Avital Ronnel son algunas de las que lo  emplean para evocar, en cada caso, fantasías de cambio subrayadas con énfasis, precauciones y confianzas disímiles. Sólo por dar un ejemplo de la apropiación de Catalin, tomado del título de su Introducción: “Intervenir para generar presente: Babel, Bizzio y Chejfec”.

“Realidad” y “real” son puestos a jugar junto con “verdad” en el desmontaje de las acepciones banalizadas del “realismo” mientras se pone de relieve la actualidad de un problema teórico nunca cancelado dada su reinscripción, entre otras, en las poéticas de las que se ocupa.

“Fin” es el concepto que complejiza, no sólo el debate sobre la posautonomía sino la caracterización de las poéticas de Chejfec y de Bizzio: después del intento de decretar el “fin de la historia”, el “fin de la literatura”, “el fin del proyecto moderno”, el fin de las categorías al uso para leer literatura, Catalin interroga la operación Babel y pone en diálogo las conjeturas que sobre este punto despliega con sus elocuentes hipótesis sobre las series literarias que arma a partir de los trabajos de sus dos autores.

“Abrir”, más que un concepto técnico funciona como un deseo, una búsqueda; también como un legado construido entre el don y la deuda con quienes posibilitaron un desarrollo profesional. Abrir “caminos”, abrir “un espacio de discusión”, abrir “lugares”. Catalin no oculta lo que se juega en cada caso: cada apertura supone la existencia de algo previo que se des-clausura, que se des-comprime, que se ilumina. Muchas veces esa apertura se da también por la negación. El difícil gesto de “decir no” cuando “hubiera sido más fácil” decir sí coloca a Sandra Contreras en un lugar de magisterio delimitado por las mismas prácticas que desarrolla como crítica: la responsabilidad en la conversación intelectual y la intransigencia en el veredicto.

“Metodología”, “método” adquieren en el ensayo un lugar crucial: en varios pasajes se hace referencia a la “opción metodológica” seguida, a la “metodología” buscada para abordar el objeto que se construye, al intento de “diseñar una metodología” que no lo banalice. Pero al mismo tiempo esas explicitaciones se enredan con los puntos de más alta condensación hipotética del trabajo. Esos que se exponen, casi a modo de promesa, en los párrafos iniciales y finales: “Abordar Babel permite, entonces, reformular esa tensión (metodológica) y habilita un horizonte de lectura: la posibilidad de pensar el presente de la literatura argentina en relación con una teoría de la ruptura que dé cuenta de un cambio que abarca esferas más amplias (y que, lejos de cualquier relatividad, la misma funcione, tal como proponía Nicolás Casullo a propósito de la posmodernidad en la revista, como ‘los límites del mundo en lo que digo’); pero sosteniendo, al mismo tiempo, la distancia que supone reconocer que este presente no ha sido el único en formular teorías de la ruptura de la modernidad y que será necesario pensar qué es lo que singulariza la actual”. Este inquietante envío se escribe en las primeras páginas. En las últimas, el desarrollo habilita afirmaciones más rotundas: “La metodología que planteo, entonces, como necesaria ante este final (el que ponen en escena ambas novelas pero también aquel que se habilita en los discursos que abordan la posibilidad de un cambio radical en nuestras maneras de hacer, entender y valorar la “literatura”) surge del objeto a la vez que lo crea: Mis dos mundos y Era el cielo muestran, al singularizarlo, ese deseo de verificación (nos obligan a no darlo por sentado y a ver la construcción que supone) y, al mismo tiempo, lo hacen funcionar (volviendo necesario repensar los límites de la literatura y la manera en que esta se articula con lo que no es pensado como tal). Hablan desde la literatura de un final; pero de un final que se singulariza en la propia vida. Vida que se relaciona con la del autor por la encarnación en el narrador de rasgos definitorios de la obra, la cual, sin embargo, se muestra como inexistente o a punto de acabar. Esto somete a cada una de las novelas a un riesgo particular; pero afecta también a factores generales de la autofiguración y de la poética del autor, abriendo la posibilidad del final (en tanto fracaso) de la (propia) literatura”.

Pocas veces una tesis doctoral se atreve a afirmar tanto, corre tantos riesgos desde el plano conjetural. Un gesto que se con-funde con el de Jorge Dorio y Martín Caparrós en la apertura de Babel y de este libro. Un juego que quizás, dada la fantasía que alberga la literatura de “poder decirlo todo” (ilusión derrideana que muchos elegimos preservar) y a pesar de tantas sentencias de muerte, “sólo puede jugarse con ficciones” y “con los ojos bien abiertos”.

  

 

(Actualización septiembre – octubre 2014/ BazarAmericano)

 

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646