septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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"Mientras la música suena"
La educación musical, de Yaki Setton, Buenos Aires, Bajo la Luna, 2013

Si La apariencia de lo espléndido (2006) fue el “libro del yo” de Yaki Setton (en el epígrafe, a través de una frase de Aníbal Troilo, pedía “perdón por decir ‘yo’”), aunque en algunos poemas ya exploraba la relación con sus hijos y su esposa, una secuencia de otros poemas anunciaba el tema del nombre y los nombres falsos (“el nombre como recipiente”, al decir de Elías Canetti, en otro epígrafe), que sería desarrollado en Nombres propios (2010). Allí se ocupó de la relación con los antepasados, del pueblo judío y la historia, y de los alcances de esa historia en el presente, incluso en Buenos Aires. El libro que antecedió a ambos, Niñas (2004), era una secuencia en la que el poeta, con espléndidos dibujos de Miguel Balaguer, nos invitaba a hacer el recorrido de varias Alicias, tanto por el país de las maravillas como por el país de los horrores. Una escena del libro de 2006 (el padre y sus dos hijos, Manu y Juli, orinan juntos a campo abierto, en Avellaneda, durante una pausa en la filmación de una película, en un ritual de cercanía e intimidad) anunciaba la próxima aventura: la exploración de la relación entre padres e hijos y el universo masculino de los niños, que lleva a cabo en La educación musical (2013).

Se trata, entonces, de una pedagogía. Las “lecciones” de este manual son 57 breves poemas en prosa, meditaciones, escenas, esbozos, fragmentos de conversaciones. El epígrafe —versos de una canción de Nick Cave, “The Weeping Song”— revela las potenciales lecciones que puede deparar el futuro. El diálogo entre padre e hijos establece la distinción entre grados de dolor: del mero derrame de lágrimas, en el presente, al verdadero acto de llorar.

La música como tema central (literalmente, como aprendizaje técnico en sí; metafóricamente, como conversación entre padres e hijos) provee la figura retórica para las diversas instancias y etapas de la educación. ¿Se tocará la guitarra o la armónica? ¿Qué formas antiguas y nuevas de compartir el gusto musical surgirán? ¿Qué modos tiene la música de irrumpir en la vida? ¿Cómo adquiere significado? “I hope my meaning won’t be lost or misconstrued” (“Espero que lo que quiero decir no se pierda o sea mal interpretado”), canta uno de los hijos, “ese pequeño hombre”, apropiándose de palabras de Paul Simon, después del rompimiento con su novia: ¿lo hace para sí o para sus padres?

El padre parece insistir con el culto al vinilo. Esta “religión” (otra metáfora de la educación) a veces sufre reveses: “El gusto por el vinilo es una lucha inútil por recuperar lo que ya no existe. Así se suceden infinitas escenas por el disco que se oye mal, la púa que se gasta o la impedancia que hay de un equipo a otro.” Y el poema termina con otra figura productiva que enlaza música y vida: la de los llamados “hits” y “misses” en la industria y la historia musical: “Entre éxitos y fracasos nos movemos con soltura y otras veces con grave incomodidad mientras la música suena, bien o mal, sin parar.”

Los métodos que se utilizan en esta paideia no son solamente la música (Bob Dylan, Joe Strummer, The Beatles, The Smiths, entre otros), sino también el juego de pelota, el contacto físico, los recuerdos, la genealogía, el balance y repaso de las etapas del crecimiento, el cine. Hacia la mitad del libro, el poeta-padre advierte que hay otras fuentes de aprendizaje para los hijos, que no dependen de él: el amor, por ejemplo, con todas sus vicisitudes: “Las consecuencias del ir y volver son parte de esta educación amorosa que nunca termina.” Pero, ¿quién aprende? Setton sugiere que padres y madres también lo hacen, no sólo los hijos, a través de estas idas y venidas. En otro poema, le pregunta a su esposa: “¿Tendremos que agradecerle a Morrisey? Su voz del grave al falsete invade la casa día tras día mientras su adolescencia solitaria, sus gustos de cine, de literatura, de música son una auténtica educación sentimental.” Y aquí se revela la fuente del título del libro, la novela de Stendhal, L’éducation sentimentale.

¿Quién educa a quién? Al poeta no le queda más remedio que aceptar que aquello que se sugería como una “pedagogía paterna” no se limita a eso. El camino de la educación, como el de la siembra (o la escritura en boustrophedon), va y viene: es también una “didáctica filial”, con importantes lecciones que provienen del estudiante. Y finalmente, quizás lo más importante, es una auto-educación. “Él me enseña mientras oímos juntos y hay algo que ya perdí y gané”, confiesa el poeta, al volver a escuchar, esta vez con oído diferente, con la guía del hijo, treinta años más tarde, el disco de The Clash, London Calling. Y así se suceden escenas de educación, con encuentros y desencuentros, encantos y desencantos, mentiras y confesiones, tomas de distancia, cercanías momentáneas, discusiones, pérdidas de varias inocencias, intimidad, intentos de comunicación, vanos y fallidos, algunos y otros, logrados y jubilosos.

Setton no idealiza las relaciones paterno-filiales: sabe muy bien, por experiencia, que la mirada de un hijo puede petrificar como una Gorgona, y que las intrusiones paternas no son siempre bien recibidas —ni, en ciertas ocasiones, aconsejables. El texto recorre todas las etapas, alegres y tristes, del crecimiento: desde el llamado telefónico del hijo que el padre interpreta, según la función fática del lenguaje (según Roman Jakobson), como “aquí estoy, papá”, hasta el reproche filial, “¡El que falla sos vos!”, la fisura entre ambos, la herida abierta que mana sangre hasta que cicatriza en la próxima escena de cercanía familiar.

Pero el poeta-padre está consciente todo el tiempo del paso del tiempo, ya sea imaginando a su propio padre cuando él mismo era un niño (“Es el vacío, escribir desde la nada”), ya sea mirando una foto vieja de sus hijos cuando eran más pequeños: “¡Cómo quisiera ser dueño de ese momento y guardarlo entre mis brazos!”, exclama. Lo que implica la sinécdoque es que la foto no es lo mismo que la experiencia del momento, y que ese momento sin remedio, es inapresable físicamente: “La frase los chicos crecen se repite hasta el cansancio mientras las acciones del día a día nos superan.”

Las etapas del crecimiento (marcadas por la aparición del miedo, el sexo, los sueños) se sucederán sin que nadie pueda evitarlas. Es la ley que este libro deja inscripta: “Hago mi duelo mientras él nace de una manera extraña. Yo muero, él crece y se vuelve otro.” La desesperación está de más. Solo queda la contemplación; al sujeto lírico de estos poemas lo acecha una vaga melancolía, difícil de definir. ¿Hay futuro? (¿Es Patti Smith?) ¿No hay futuro? “The future is unwritten”, reza la película de Julian Temple que padre e hijo van a ver a un cine de Villa Urquiza. “I wanna riot… a riot of my own!” Eso es lo que finalmente se teme y se desea (de ahí la melancolía): que cada uno haga su propia revolución, su propia protesta, su propia vida, “mientras la música suena.”

 

 

(Actualización septiembre – octubre 2014/ BazarAmericano)

 

 

 

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646