septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Catálogo de asociaciones (i) lícitas
Sociabilidades y vida cultural.  Buenos Aires 1890 - 1930, de Paula Bruno (directora), Bernal, Universidad Nacional de Quilmes, 2014

Los bares y los cafés suelen ser los lugares donde pasa la otra vida, la cosa importante. Para Oscar Masotta, estudiante crónico, Filo era la trastienda del bar en el que, según cuenta Carlos Correas,  leían, ellos dos y Sebreli, el existencialismo recién sacado del horno. Una leyenda de café es el “Gijón” del paseo de los Recoletos, número 21, en Madrid: la presencia de Rubén Darío suscitaba la creación del modernismo. En los albores del siglo XIX, un testigo inglés describía, con algo de escándalo, la costumbre de ir al café  a estarse horas los criollos y españoles en la Buenos Aires colonial, como si no tuvieran nada que hacer. En fin, cuestión de reunirse, de conversar, de leer lo propio y lo ajeno, hombres y mujeres se han convocado y así, dieron curso al andar de la patria.

A diferencia de los salones y tertulias coloniales, en América Latina, las “asociaciones de diverso tipo se relacionaron con las historias de las independencias y con el surgimiento de nuevas dinámicas de organización social y política en las primeras décadas del siglo XIX”. El libro Sociabilidades y vida cultural. Buenos aires, 1890 -1930 discute algunos cenáculos porteños en los que se proyectaron ideas de nación, expresiones literarias, debates políticos, en un arco que va desde la década del 60 del siglo XIX a los años 30 del XX. El volumen aparece en una colección dirigida por Carlos Altamirano, Intersecciones, y responde a ella, toda vez que los análisis concitan a gente de Letras (Sandra Gasparini, Daniela Lauria, Federico Bibbó, Pablo Ansolabehere, Soledad Quereilhac) y de Historia (Martín Albornoz, José Zanca, Maximiliano Fuentes Codera y Paula Bruno, autora de la introducción y directora responsable del tomo).*

Ciertas palabras clave se alojan en las ideas referidas a las asociaciones: lo público y la opinión pública, la sociabilidad, la vida cultural, la conversación, la lectura; y, además, un vínculo estrecho entre la “reunión” y la publicación periódica. A lo largo de los nueve artículos estas conceptualizaciones se articulan entre sí con los factores de análisis que dependen de los contextos temporales e ideológicos de cada caso, gestando tres momentos cronológicos  que el libro propone recorrer ordenadamente.

 

Buenos Aires, 1860 

 

La primera situación se enmarca en los años 60 del siglo XIX, cuando, tras Caseros, se delinean los primeros trazos de la república desde una Buenos Aires en la que, a diferencia de lo sucedido en las épocas del Salón literario no es posible identificar un solo núcleo de intelectuales o un espacio único de sociabilidad sino que las agrupaciones se multiplican. El Círculo Literario (1864), el Círculo Científico y Literario (hacia 1873), la Academia Argentina de Ciencias y Letras (1873), las sociedades espiritistas (1880) y, en parte, el Ateneo (1892), en su diversidad, mantuvieron la idea de que “la república letrada sería una parte constitutiva de la cultura nacional y debía convocar a hombres con intereses diversos, tanto ideológicos como ´disciplinares´”.

Estupendo primer escenario: dos experimentados escribidores, Lucio V. Mansilla y José Manuel Estrada deciden formar el “Círculo literario” cuyos miembros compartirán discursos y lecturas en una casona de la calle Cuyo (hoy Sarmiento). Tienen reuniones preparatorias, cursan tarjetas de invitación, obtienen respuesta: a la primera llamada son 300 los que asisten; los promotores desarrollan sus objetivos y unos meses más tarde, comienza de modo efectivo esta asociación, con una singularidad: en su acto de apertura lee Juana Manso, quien entronca este nuevo emprendimiento con aquel salón literario de 1837, como su antecesor.

            Un tiempo después, el Círculo Científico y Literario hará su aparición y sus miembros, reunidos en cafés, fondas, quintas, a veces en el Nacional Buenos Aires, otras en la casa de Julio Mitre, discutirán las relaciones, debates y consensos de la ciencia y las “seudociencias”, cuya variedad originó una interesante gama de “conflictos narrativos” por lo que la literatura se transformará en una verdadera tribuna para dirimirlos: “la ficción fantástica y sus derivas fueron con frecuencia el punto de partida de la palabra polémica”. Las presencias de Holmberg, Florentino Ameghino, Francisco P. Moreno, entre otros, enriqueció la prensa, las instituciones científicas, la vida cultural, y desde ya, la ficción literaria. La creación del Círculo Científico y Literario habilitó la instauración de la Revista literaria, cuyos 18 números anhelaron que sus miembros constituyeran la literatura nacional (junio a octubre de 1879).

Posteriormente, se funda la “Academia Argentina de Ciencias y Letras”. Rafael Obligado abre una zona de su casa, una zona privada dentro de lo privado, su escritorio, en el que se podrá leer y fumar y gestar literatura. Acaso sea el primer ambiente en el  que podemos reconocer cierta complicidad creadora, un poco por contaminación de la lectura de Santos Vega, texto en el que cuenta la noche, cuenta el payador, cuenta el rayo.

 Mientras tanto, en otras casas, las sociedades teosóficas y espiritistas hacen lo suyo para luego proyectar sus saberes en conferencias presentadas en el Ateneo español. Una gran cantidad de asociaciones de este tipo surgieron hacia el último cuarto de siglo, producto, en parte, de una zona gris de intereses, en los que convivieron las inquietudes espirituales y la curiosidad por el conocimiento científico. Así, los préstamos y las alianzas léxicas entre el discurso de la ciencia y las adaptaciones del espiritismo y la teosofía dan cuenta, entre otras cosas, de las posibles combinaciones que estas miradas suscitaron conjuntamente.  La primera sociedad espiritista formalizada a través de estatuto, libro de actas, revista, se formó en 1977 y se llamó “Constancia”. En su revista cabe destacar el ingreso de cuestiones sociales para el debate; el mundo específico de la asociación ya se abría a otros espacios. El carácter heterogéneo de sus miembros, reunidos por su red de relaciones personales o por sus intereses espiritistas son aspectos que marcan el ritmo de una asociación jalonada por situaciones polémicas y de debates, dentro y fuera de ella, como la reacción que sus miembros indignados pusieron de manifiesto ante las críticas de José Ingenieros, por ejemplo.  No podría estar completa esta historia sin mencionar la sociedad teosófica, en la que se iniciaron, en una misma ceremonia Leopoldo Lugones y Alfredo Palacios, entre otros. La articulista examina las tensiones entre estas dos corrientes y sus respectivos avances y retrocesos del crédito “científico” que por momentos tuvieron a medida en que transcurrieron las décadas.

 

Del Fin- de- siglo  al  Centenario

 

Un segundo momento surge en el fin de siglo, tras la crisis del 90 que, recordemos, ha representado paradigmáticamente Julián Martel. Allí la multiplicidad se da entre los círculos y la vida universitaria y teniendo en cuenta las trayectorias individuales tanto de extranjeros -Eugenio d´Ors, Pietro Gori y Rubén Darío- como connacionales -Rafael Obligado e Ingenieros.

En su prólogo,  Paula Bruno señala que se podría diagramar un estudio de la cartografía de la ciudad a partir de los puntos de reunión. Menciona el análisis de la  Viena de fin de siglo que llevara adelante Carl Schorske  o el estudio de Christopher Charle pensando en París. De alguna manera, esa cartografía fue imaginada en las investigaciones notables de Sarlo referidas a los 30, con la descripción de la ciudad  periférica y con el impacto y las transformaciones surgidas del proceso de modernización. El fin de siglo, sin dudas, entraña una llamada hacia las luces de la ciudad, donde los espacios coexisten entre la indiferencia y el reconocimiento. Este libro se detiene sobre los muy interesantes cenáculos de las “controversias”, “la bohemia” y el Ateneo, centros neurálgicos de debate y también intersecciones entre las que se cruzan y conviven actores de distinta índole. En cafés, tabernas, restaurantes y clubes políticos; ofreciendo conferencias en el teatro Doria o en el Ateneo, en la casa de Obligado y en casas particulares, la bohemia porteña, sectores anarquistas y socialistas, y el mundo cultural del Ateneo, con sus polémicas acerca de la vida artística, la posición en el mundo y la cultura forjaron la sociabilidad en la conversación, un arte que, al decir de Norbert Elías, modifica las ideas y los valores de los hombres.

 

1910-1930: profesionalización, instituciones y mercado cultural

 

Por último, hacia el Centenario la profesionalización ya se ha encaminado y la especificidad disciplinar se hace más evidente en consonancia con un mercado cultural especializado, la definitiva consolidación de instituciones universitarias y la emergencia de proyectos renovadores. Caracteriza este período el surgimiento de  revistas culturales: Proa, Nosotros, Revista de Filosofía, Martín Fierro, Inicial, Prisma.  Este es el contexto del Colegio Novecentista y de los Cursos de Cultura Católica, dos iniciativas de diversos objetivos pero que tuvieron en común el hecho de que sus debates excedieran las preocupaciones y problemáticas locales.

En el primer caso, se trata de un espacio de sociabilidad creado en 1921, antipositivista, cuyos puntos de partida fueron las presencias de intelectuales españoles como Eugenio D´Ors y otros pensadores. Más allá de los matices sentían que había que modelar nuevas formas de pensar la estética, la política y la cultura; en el seno mismo del reformismo universitario se dieron estos debates, con algunas figuras señeras como la de Deodoro Roca.

Con respecto a los Cursos de Cultura Católica resulta por demás sustantivo recuperar la tesis del articulista, no obvia para un público no especializado: parte del proceso de secularización se evidencia con la apertura de estos cursos en el marco de una fracción católica de la sociedad. Los cursos son una manifestación de la necesidad de regirse por una dirigencia  e incluso formarse en orientaciones filosóficas alejadas del patrón eclesiástico. En un contexto  de conversiones altamente significativas en Francia –Cocteau es el epítome del éxito en este sentido– los jóvenes católicos se unen para discutir el mundo, en las varias sedes que tuvieron los cursos de la calle Alsina, Reconquista o Carlos Pellegrini. Acaso por vez primera la cuestión de los intelectuales y la configuración de un intelectual católico –una especie de oxímoron, diríamos, y en ese momento, inexistente, no imaginado siquiera por la iglesia– se estaba pensando allí.

 

 Final

 

“Plural ha sido la celeste/ historia de mi corazón” dice Rubén Darío en un conocido poema. La voluntad de reunirse, las ansias de cambio, la voracidad de la vida que emana de los pares, de la autonomía, y de sus censuras, impregna la formación de espacios de conversación y contacto. El juvenilismo es una de las claves que presenta este libro para comprender sus entradas puntuales y cuya textura es gradual: con el correr del siglo XIX y ya hacia el 30 del XX se aprecian con mayor intensidad las voluntades de los jóvenes y sus perspectivas, en algunos casos con el reconocimiento de maestros de otras generaciones, en otros, no.

El recorrido del libro, finalmente,  nos permite apreciar los contextos tan distintos en que se fueron planteando las asociaciones, sus objetivos, modos de constitución y formas de sociabilidad y, sin lugar a dudas, sus transformaciones. El mundo se ha ensanchado, llega a todos lados: la revolución rusa o la guerra son problemas externos y propios sobre los que habrá que posicionarse desde estas tierras para pensar, incluso, las derivas de nuestros propios procesos.

 

Los nueve artículos que componen el libro son: Paula Bruno, “Introducción. Sociabilidades y vida cultural en Buenos Aires 1860 -1930” y “El Círculo Literario, 1864-1865/1866. Conciliación, disputas heredadas y tensiones de la hora”; Sandra Gasparini, “El Círculo Científico Literario en la década de 1870. Polémicas y promesas durante la modernización”; Daniela Lauria, “La Academia Argentina de Ciencias y Letras (1873-1879): reflexiones en torno a su proyecto cultural”; Soledad Quereilhac, “Sociedades espiritistas y teosóficas: entre el cenáculo y las promesas de una ciencia futura (1880-1910);  Pablo Ansolabehere, “La vida bohemia en Buenos Aires (1880-1920): lugares, itinerarios y personajes”; Martín Albornoz, “Los encuentros de controversia entre anarquistas y socialistas (1890-1902); Federico Bibbó, “El Ateneo (1892-1902). Proyectos, encuentros y polémicas en las encrucijadas de la vida cultural”;  Maximiliano Fuentes Codera, “El Colegio Novecentista. Un espacio de sociabilidad en la crisis de posguerra; José Zanca, “Los Cursos de Cultura Católica en los años veinte. Intelectuales, curas y ‘conversos´”

 

 

 

(Actualización septiembre – octubre 2014/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646