septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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La vida de las imágenes
Novela, de Arnaldo Calveyra, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2014.

El último libro publicado de Arnaldo Calveyra podría pensarse como la huella de cartas que nunca llegan, o que nadie manda: pura escritura. Pero no se trata de cartas, y como hace sospechar el título, tampoco de una novela. Editado a principios de 2014 por Adriana Hidalgo, Calveyra lo terminó de escribir a fines de los ’50 en La Plata, poco después de su primer viaje a Francia. Pasaron desde entonces más de cinco décadas; los beatniks y las películas de Kawalerowicz dejaron de estar a la moda, pero Novela sigue siendo actual y, sobre todo, un texto que desborda los cauces de lo literario.

Anterior a Rayuela (1963) por apenas unos años, Novela va a contracorriente de la literatura latinoamericana de su época. Si el título marca un mandato, Calveyra lo disuelve desde el comienzo en una gran mancha de tinta. Solo sabemos a destiempo que está dividido en tres partes. La primera no se anuncia, y las que siguen, "Larga noche de amor" y "Diario del verano", en poco se parecen a capítulos. Es que en Novela no hay narración sino escritura que se expande y se retrae, el roce furtivo de dos cuerpos detrás de una mampara, el silencio y los pájaros del monte, una radio francesa, muchachas solas de cara al mar. “Impresión de vestirse para una fiesta cuyos salones se irán haciendo a medida que llegues”, un recorrido que es el revés de las correspondencias: continuidad imposible de fechas, lugares y firmas que prescinde, además de la nostalgia, de cualquier tablero de dirección.

Sin delimitar un “lado de acá” y un “lado de allá” como lo hará luego Cortázar, las orillas de París y de Buenos Aires se tocan pero no se funden; componen un paisaje cinético que se desplaza hacia un punto de llegada incierto, olas que al romper provocan más paisaje y más poesía: “Disculpame, ya sabés que me gusta de más en más pensar frente a blancos, a espacios de papel en veremos, la casa avanza por lo desconocido de la hora cargada de esas barcas, todas ellas náufragas de este momento, las prefiero cuando mejor no son, cuando acaban justo de dejar de ser, cada una de ellas en homenaje a una pasión que poco a poco empalidece”. El paisaje sale del cuadro para volverse materia viva, incluso más vital que los remitentes anónimos de las cartas nocturnas que se cruzan. Antes que un personaje o tema, el protagonista aquí es el espacio poético desplegándose.

Como si fuera el negativo de una foto, Calveyra expone la liturgia del libro, curiosamente cercana a la del amor: “Un libro, las palabras puestas, expuestas a vivir en esa dirección única, dimensión, de izquierda a derecha, ceremonia única y acaso, lo más seguro, impracticable!... El amor, lo ves, es esa ceremonia de después y los huesos rezongan su silabario de muerte diaria y repetida, las canciones se rezagan ante las palabras todavía no dichas que empiezan a podrirse como las flores cortadas –pero en un libro, o puertas adentro…–, pero ese libro”. Junto a un modo lineal de pensar la escritura, lo que se desarma es el amor que precisa de palabras puestas, de calles con nombre o direcciones certeras: “¡Qué extraña tu dirección en Buenos Aires!, fue lo primero que leí de tu carta… ¿qué será Buenos Aires ahora, sobre todo en el momento de la tarde en que la escribías?... por más que leí no pude figurarme cómo podrías andar por esas calles, ningún sentimiento de pertenencia ni real ni imaginado, que pudiera encontrarte yo ahí como por casualidad con mi recuerdo siempre urgente y más, tan por debajo del silencio de estas noches de aquí”. Por eso, Novela tampoco es una historia de amor, sino de afectos.

“No es de él, él no tiene casa”, alguien viaja, y en una escena se le han caído los documentos en el retrete municipal de la plaza de Egalierès. Mientras esperan que se sequen al sol, el guarda rural, el secretario del intendente y el indocumentado se van a tomar cerveza al bar de enfrente. ¿Cómo, entonces, se pertenece?, ¿hay un “reposo de ser argentino”, como pregunta el viajero?, ¿se puede acaso ser argentino, o francés, o sueco, más allá del reposo? “‘Soy sueco’. No le contesté nada enseguida, yo no estaba predispuesto en ningún sentido; pero él, de golpe y porrazo introducía un país en la conversación y eso sí me pareció (me resultó) excesivo. ¿Un país antes que el hombre que tenía ante mis ojos?”. La amistad queda muchas veces lejos de la patria, y para quien está viajando surge del recorrido compartido, o de las lecturas impensadas en una librería Shakespeare & Co. parisina, aún sin entender todas las palabras: “Georges era el tomo de Dylan Thomas que yo había comprado sin saber una jota de inglés, esas palabras que me daban la electricidad de la poesía en el poema aún sin comprender”. La tarea de distinguir entre lo que pertenece y lo que no es difícil de hacer en este libro. Salir del reposo del país y de su lengua, escuchar las palabras desgajadas, traducir ese sonido en el texto; expropiarlo. Porque si hay traducción en Novela, es siempre una que ha quedado vacía de equivalencias, inacabada y vibrante en las fronteras de lo extraño.

La poesía de Calveyra intensifica la potencia de la experiencia y de los afectos por sobre las figuras aprendidas. Más cercano a la literatura post-aurática que a la del boom, el funcionamiento del texto produce una experiencia de lectura perturbadora: “a mí no me interesa la forma del árbol sino las maneras del árbol, sus maneras de árbol, sus maneras de árbol”. Como el paisaje, la escritura saca al sujeto fuera de sí, llevándolo hacia ese instante “en que la persona cesa como persona para volverse presa de lo abierto”. La vida de las imágenes y no la muerte por las imágenes, de allí la contemporaneidad de esta Novela imposible.

 

(Actualización julio – agosto 2014/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646