noviembre-diciembre 2017, AÑO XI, Nº 64

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Diseño

Carlos Fonseca Suárez

La vida impropia
Austin, Texas 1979, de Francisco Ángeles, Lima, Animal de invierno, 2014.

 

“Debe haber sido entonces que recordé que mañana cumplo cuarenta años. Nunca me hubiera podido imaginar así los cuarenta años, solo y entre la mugre, encerrado en la pieza. Pero esto no me dejó melancólico. Nada más que una sensación de curiosidad por la vida y un poco de admiración por su habilidad para desconcertar siempre. Ni siquiera tengo tabaco.”

Juan Carlos Onetti, El Pozo

I

 

En su primera novela, La línea en el medio del cielo, Francisco Ángeles trazaba, en medio de una atmósfera politizada, un policial en torno a una peculiar colección fotográfica: aquella que retrataba una serie de individuos al borde de la muerte. La serie de fotografías de sujetos confrontados con la inminencia de la muerte servía entonces para esbozar la precaria unidad de nuestros relatos de vida. En esa primera novela, publicada en Perú en 2008,  su escritura se abalanzaba sobre la serie en un intento por hallar un sentido dentro de la aparente arbitrariedad de una violencia política que fragmentaba las vidas privadas. Terriblemente arbitraria y violenta, como cualquier línea en el medio del cielo, la muerte interrumpía la vida, forzándonos a cuestionar sus fundamentos. Seis años más tarde, con la reciente publicación de su segunda novela, Francisco Ángeles retoma la valiente tarea de esbozar aquello que podríamos llamar las fracturas internas del sujeto precario. Austin, Texas 1979 se propone desmontar el marco ideológico de uno de nuestros géneros literarios favoritos: el relato de vida. Más específicamente, lo que entra en crisis en esta magnífica novela es un mito en específico: aquel que nos dice que llegada cierta edad, nuestra vida está hecha. Así, guiados por un narrador treintañero confrontado por el mito de que después de los treinta todo entra en cauce, la novela se adentra en un mundo íntimo dentro del cual un círculo de personajes en crisis comparten las historias de cómo acabaron siendo lo que hoy son y cómo dejaron de ser lo que pudieron haber sido. Ángeles se da así a la tarea de desmontar aquello que Pierre Bourdieu ha llamado la ilusión biográfica: el mito que establece que detrás de toda vida hay una dirección única, un destino que late detrás de la identidad del nombre propio.   

Mientras desde la zona Andina nos llegan, una tras otra, novelas de violencia histórica, Ángeles ha decidido narrar una violencia mucho más íntima, una historia de encuentros y desencuentros que sin embargo esboza, muy sutilmente, una micropolítica que le es muy propia. “Destrozarles la vida para construir una nueva para sí mismo,” se dice una de las protagonistas mientras le cuenta al narrador la historia de la vida de su padre. La violencia de tal frase, la terrible intuición que ella exhibe, revela la dimensión política de la novela. Lejos de la novela histórica y de sus reconfortantes frescos, lo que le interesa al joven autor peruano son en cambio las grietas que se esconden detrás de la aparente continuidad de una vida, las encrucijadas que la vida se encarga arbitrariamente de rellenar, pero detrás de la cuales late la memoria de las posibilidades no tomadas. Esta arqueología de la vida privada es el primero de los múltiples aciertos de una novela valiente que no se cansa de indagar sobre las formas en que leemos, narramos y, porque no, escribimos nuestras vidas.

 

II

En un momento central de la novela el padre del narrador le cuenta a este un evento central en su vida, un momento bisagra que ocurre precisamente en un campus universitario en Austin, Texas en 1979. Y para explicar este evento, utiliza una idea que se le había ocurrido por aquellos años mientras leía los libros de filosofía política de Luis de la Puente Uceda: la idea de que la muerte de Puente Uceda se había debido a un error de lectura. El guerrillero había leído mal y el resultado de esa mala lectura había sido su muerte. Esta terrible intuición recorre las páginas de la novela con la fuerza de una poética: la vida es algo que constantemente nos leemos, un texto de vida o muerte dentro del cual, en cada instante, nos lo jugamos todo. Si ya en La línea en medio del cielo, Francisco Ángeles ponía en escena el acto de lectura de una serie de fotografías de sujetos al borde de la muerte, en esta segunda novela lo que parece suspenderse a favor del juicio de lectura es la estabilidad misma del fundamento de la sociedad burguesa y por ende de la novela: la familia. Austin, Texas 1979 es una novelas sobre encuentros y desencuentros familiares: la hija alocada de un psiquiatra que le cuenta al narrador la macabra estrategia mediante la cual su padre decidió cambiar de vida, el propio padre del narrador quien le narra a este la historia del momento en el que todo pudo cambiar, la historia que nos cuenta el propio narrador sobre su reciente separación. La lectura de una vida dinamita la estabilidad de la coherencia familiar como último resguardo de la subjetividad burguesa. Valientemente, el autor apunta a dinamitar el fundamento mismo de la novela como género. Ya lo decía Bourdieu en La ilusión biográfica: “Resulta significativo que el arrinconamiento de la estructura de la novela como relato lineal haya coincidido con el cuestionamiento de la visión de la vida como existencia dotada de sentido, en el doble sentido de significado y de dirección.” ¿Qué queda entonces? Queda la exhibición misma de la precariedad sobre la cual se sustentan nuestras vidas privadas. Queda la novela como eterna lectura de sus fundamentos. Todo esto envuelto, sin embargo, en una escritura pasional que excava afectos con la furia del siempre indómito Thomas Bernhard. 

 

III

La tentación de ser otro ha sido, desde siempre, otro nombre para la gran apuesta de la literatura. Austin, Texas 1979 esboza el panorama afectivo de una comunidad para la cual la vida misma se ha vuelto algo opaco. Cambiar de vida parece ser la única opción aún cuando no queda muy claro como sería esa otra vida hacia la cual mudaríamos: “Y por eso me motivó la idea, el deseo de cambiar de vida, de ser otra persona, de jugar al menos por un tiempo en otro papel.” Lo que queda claro dentro de esta arqueología de la vida en sociedad es el carácter afectivo de cierta tradición emergente dentro de la novela Latinoamericana actual. Cierta tradición que, tomando el nombre de Thomas Bernhard como emblema, esboza los contornos de la decisión fundamental: aquella de seguir viviendo la misma vida. Si en Bernhard la pregunta por el suicidio siempre queda postergada, volviéndose por ende algo omnipresente, en Austin, Texas 1979 la pregunta parece dirigirnos hacia esos lugares inaugurales ante los cuales vemos abrirse la posibilidad de otra vida como la esperanza de un futuro abierto. Bastaría añadir: Francisco Ángeles habrá pasado los treinta, pero no tiene por qué temer. El futuro de la literatura le pertenece a él y a los pocos que lo puedan seguir.

 

(Actualización julio – agosto 2014/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646