septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Entretelones de un pensamiento crítico
Sobre Kafka. Textos, discusiones, apuntes, de Walter Benjamin, Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2014. Traducción de Mariana Dimópulos.

 

Los textos de Walter Benjamin reunidos en Sobre Kafka. Textos, discusiones, apuntes, editados recientemente por Eterna Cadencia, en traducción de Mariana Dimópulos, se suman a una serie de estudios, a esta altura clásicos, sobre el escritor checo, entre los que se destacan De Kafka a Kafka, de Maurice Blanchot, Franz Kafka o la soledad, de Marthe Robert y acaso el más famoso de ellos: Kafka. Por una literatura menor, de Gilles Deleuze y Félix Guattari. Los estudios de Benjamin son, sin embargo, anteriores: se gestaron en notas y apuntes fechados entre 1928 y 1934, publicados en el transcurso de la década del treinta. Este volumen nos permite no sólo volver, como lectores, sobre las numerosas interpretaciones de la obra de Kafka, en este caso desde la particular sensibilidad benjaminiana, sino también volver sobre la filosofía del autor del Libro de los pasajes, quien encuentra en sus reflexiones sobre Kafka la encrucijada de los caminos de su propio pensamiento. Quiero decir que estamos ante un libro doblemente valioso por los planteos en torno a la poética de Kafka pero también porque funciona como archivo crítico de la escritura de Benjamin.

En cuanto a Kafka, la lectura de Benjamin se encarga, ante todo, de reponer la trama cultural de la tradición judía en su obra y de discutir las interpretaciones que estaban de moda en aquella época, tanto las lecturas teológicas como los abordajes psicoanalíticos, para poner en foco otra cuestión: la relación entre política y mística. En la versión de Benjamin, Kafka representa más que una obra literaria: es un acontecimiento, algo que tiene lugar en el mundo. En este sentido, Benjamin afirma que la obra de Kafka es profética: no hay en ella ningún atisbo de presente sino un nudo entre pasado y futuro: “lo porvenir le está asignado no como efecto de una causa de lo más reciente, sino como castigo de una culpa quizá de lo más remota”. Por eso, en Kafka la angustia “no es reacción sino órgano”. No obstante, y como subrayan una y otra vez Deleuze y Guattari, Benjamin se encarga de dejar en claro que el mundo de Kafka, contra todos los pronósticos, es un mundo atravesado por el humor y la vitalidad, un mundo en donde “hay un sinfín de esperanza disponible, sólo que no para nosotros”. Y ese estado de disponibilidad aplazada, como aquella segunda oportunidad detrás de las montañas que ansiaba Giannuzzi –gran lector de Kafka, por cierto–, es para Benjamin “la fuente de su serenidad radiante”. Para Benjamin, la obra de Kafka representa “una enfermedad de la tradición” porque hay una consistencia de la verdad que la escritura de Kafka abisma. La forma esencial de su escritura es la de la parábola, pero una parábola sin sabiduría: “relatos que van preñados de una moral sin nunca traerla al mundo”. Los textos de Kafka serían, entonces, pura transferencia, la puesta en crisis, dice Benjamin, “del sano sentido común”.  Por otro lado, entre las diferentes caracterizaciones biográficas que realiza, Benjamin inscribe a Kafka en esa serie de perdedores hermosos: “nada más memorable que el fervor con el que Kafka subrayó su fracaso”. Según Benjamin, Kafka es un Laurel que encuentra su Hardy en la figura de Max Brod, y de esta manera ejecuta su broma final, el golpe de comedia, con la orden de destruir sus escritos, resolución finalmente traicionada por Brod.

En cuanto a los textos de Benjamin reunidos en este volumen, estamos especularmente ante una escritura kafkiana, inconclusa, fragmentaria. Benjamin habla de Kafka como si nosotros habláramos de Benjamin: “el estado incompleto de los fragmentos es el verdadero imperio de la gracia en estos libros”. El volumen editado por Eterna Cadencia nos permite asistir de alguna manera a los entretelones del pensamiento crítico de Benjamin, que incluye el intercambio epistolar con Gershom Scholem, Werner Kraft, Theodor Adorno, un diario de conversaciones con Bertold Brecht y una sección de apuntes y notas. Scholem, por ejemplo, señala en sus cartas constantes “errores” en los borradores de Benjamin, zonas “totalmente incomprensibles” o argumentos no negociables ante los cuales declara no poder unirse de ninguna forma. Y esto enriquece el volumen porque muestra que la práctica de escritura crítica está tramada de diálogos activos, de discusiones representadas por las ideas y vueltas del correo postal, por las demoras, las dilaciones y las dificultades de esa comunicación trabada por la agitación social de la época.

En el apartado de apuntes, Benjamin arma un itinerario íntimo de lectura con su característico mosaico de citas. Como recordaba Roland Barthes, la visión crítica comienza en el compilator. No es necesario agregar nada a un texto para “deformarlo”, dice Barthes: basta con citar y recortar para hacer emerger un nuevo inteligible. Y ésta es la sensación que tenemos cuando llegamos al apartado de los apuntes de Benjamin: la sensación de que su agudeza pasa precisamente por esa disposición en forma de montaje de los materiales que más tarde organizará. Aunque es parte esencial del humor kafkiano –una forma de la iluminación benjaminiana, podríamos decir– que las cosas queden así: por la mitad.  

 

(Actualización julio - agosto 2014/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646