septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Cómo vivir (casi) solos
Inclúyanme afuera, de María Sonia Cristoff, Buenos Aires, Mar Dulce, 2014.

           Hace ya casi cuatro décadas, en 1977, Roland Barthes dedicó uno de sus cursos en el Collège de France a interrogar, en la vida y en lo novelesco, lo que llamó el “vivir juntos” (y su contraparte paradigmática: el “vivir solos”). Ese curso –que, como señaló oportunamente Alan Pauls, lleva el equívoco título de un manual de autoayuda: Cómo vivir juntos– está subtendido (y fue, en principio, acicateado) por la noción de idiorritmia, a la que Barthes había accedido azarosamente por la lectura del libro de Jacques Lacarrière L’été grec: une Grèce quotidienne de 4000 ans. ¿Qué es esto de la idiorritmia que obsesionó tanto a Barthes como para que le dedicara un curso completo? En el “Prefacio” al libro que recopila las notas de este curso, Claude Coste la define así:

 

Compuesta por idios (propio) y por rhythmós (ritmo), la palabra, que pertenece al vocabulario religioso, remite a toda comunidad en la que el ritmo personal de cada uno encuentra su lugar. La “idiorritmia” designa el modo de vida de ciertos monjes del Monte Athos, que viven solos aunque dependen de un monasterio; a la vez autónomos y miembros de una comunidad, solitarios e integrados, los monjes idiorrítmicos pertenecen a una organización situada a mitad de camino entre el eremitismo de los primeros cristianos y el cenobitismo institucionalizado.

 

          Los tres últimos libros de la escritora argentina María Sonia Cristoff  –Desubicados (Sudamericana, 2006), Bajo influencia (Edhasa, 2010) y el reciente Inclúyanme afuera (Mardulce, 2014), del que voy a ocuparme aquí– admiten ser leídos en la estela de esas interrogaciones del último Barthes. En efecto, los tres personajes protagónicos de esta suerte de trilogía involuntaria   –la innominada protagonista de Desubicados, la Tonia de Bajo influencia y la Mara de Inclúyanme afuera– persiguen tenazmente una respuesta posible a esas preguntas: ¿cómo vivir juntos?, ¿cómo vivir solos? O, para decirlo de otro modo, estos tres personajes femeninos buscan –no siempre con éxito– participar del juego social de acuerdo con sus propias reglas: se empecinan en forjar un arte del vivir –una forma de vida– que escape al gregarismo. A su modo, entonces, las tres intentan poner en práctica su propia idiorritmia; las tres anhelan articular con sus vidas una paradoja: la de la soledad integrada, la de un quimérico afuera adentro de la sociedad. Que quede claro: el ideal de los personajes de Cristoff no es el de la absoluta deserción sino el de la participación mínima en la comunidad, una participación regulada por los propios ritmos y no por los que impone aquella.

El oximorónico título de esta última novela de Cristoff –Inclúyanme afuera, traducción de una célebre frase de Samuel Goldwyn: "Include me out" – ya anticipa un deseo de esa índole: el de estar y no estar; el de ser parte de algo pero apenas, levemente, casi sin serlo. En esta novela, ese deseo se indaga a partir de la historia de una traductora e intérprete –Mara– que, por un motivo que se revelará bien avanzada la trama, decide instalarse en un pueblo de la provincia de Buenos Aires y subsistir silenciosamente con lo que gana en un trabajo anodino que le permite pasar inadvertida, “borrosa”. Más precisamente, Mara elige trabajar como guardiana de la sala del Museo Enrique Udaondo donde se exhiben los cuerpos taxidermizados de los célebres Mancha y Gato, los dos caballos criollos que, guiados por el suizo-inglés Aimé Félix Tschiffely, entre 1925 y 1928 cumplieron la “odisea” de hacer el recorrido Buenos Aires-Nueva York.

Pero Inclúyanme afuera no es –por suerte– una exploración de las delicias de la vida retirada; en sus páginas, pues, no se relata la más previsible fábula de alguien extrovertido y mundano que se metamorfosea en eremita laico o descubre las delicias de la country life. Por el contrario, en esta novela se cuenta la historia de una mujer que, al cambiar drásticamente el escenario de su vida, radicaliza su relación ya distante –en extremo prudente– con el mundo.

Por tanto, lo que esta vita nuova le permite a Mara es hacer de los hábitos de retraimiento social que practicaba desde antes –por ejemplo, toda vez que se negaba a participar en cócteles, reuniones, banquetes y otras ocasiones de pesadillesca sociabilidad que su oficio como traductora le ofrecía a granel y prefería “quedarse encerrada en su cuarto de hotel”– un experimento vital: un fool’s experiment, como anuncia el epígrafe de David Markson. Mara, así, una vez instalada, pone en ejecución lo que ella denomina su “experimento en la impasibilidad” –o, para decirlo con Barthes, pone a prueba su propia idiorritmia, una idiorritmia que incluye un “manual” de retórica que discrimina diversos usos del silencio, un arte del no decir, y los prescribe según la situación social que se deba enfrentar. Un manual que, entre otras, estipula cosas como: “Callar es también una disciplina del cuerpo” o “Callar puede ser una forma de hacer hablar al otro”. (Hay así, en Mara –y en esta novela– algún eco de El silenciero, de Antonio Di Benedetto).

Se trata, en consecuencia, de experimentar un arte de vivir, una tentativa que no consiste en aislarse en una torre de marfil sino, más arduamente, en “callar en interacción con el mundo”. Pero como en todo experimento, en este las variables a controlar son muchas; y si bien Mara se las apaña para mantener a raya las no pocas ocasiones de sociabilidad que se le presentan    –por ejemplo, con un muchacho llamado Ringo–, finalmente se verá conminada a proceder, a actuar. Mara hará una obligada “pausa” y tomará una drástica –y acaso excesiva, en función del objetivo aparente que la motiva (reconquistar las condiciones ideales para su experimento)– decisión: realizar un sabotaje que tiene a Mancha y Gato como principales víctimas expiatorias, aunque también como pasivos aliados.

No importan aquí las precisiones de la trama, sino señalar que, como en Bajo influencia, Cristoff vuelve a hacer en esta nueva novela una efectivísima interpelación que anuda e ilumina diferentes cuestiones relacionadas entre sí: la vida como performance, el estatuto del arte contemporáneo y los posibles modos actuales (individuales o colectivos) de la acción política. Asimismo, y en esa misma línea, Cristoff nuevamente explora las posibilidades ficcionales de la alianza humano-animal. Y no porque sus personajes indaguen su animalidad o devengan animales, sino porque, en los tres casos, la deserción de lo social se complementa con la empatía de las protagonistas hacia su doble animal. Así, si en Desubicados la protagonista halla refugio entre los animales del zoológico que, como ella, están “fuera de lugar”; y, en Bajo influencia, la relación de Tonia con su perro Lobodón parece poder suplantar casi toda otra relación con lo viviente; en Inclúyanme afuera esta sociedad humano-animal es llevada al extremo ya que los animales con los que Mara entra en complicidad, y en los que cree reconocerse, son animales muertos y taxidermizados: Mancha y Gato. Al respecto, Mara siente que el paradójico destino de estos dos caballos (enclaustrados en un museo luego de recorrer más de 21.000 kilómetros) es simétrico al suyo: “Pensar que, como ella, anduvieron de un lado al otro durante años y ahora quedaron inmóviles en una sala. Paradójico tributo. No hubiese querido otro, la verdad”.

Escrita en un estilo terso, diáfano, y sin que ninguna molesta experimentación diluya la exactitud con la que Cristoff maneja el lenguaje, la novela también se abre, prolifera; no estamos entonces ante una mónada textual, ante un objeto autónomo y autosuficiente. Cristoff, por el contrario, logra una vez más que la arborescencia a la que nos ha acostumbrado Internet –el link, el googleo– encuentre su lugar en un libro impreso. En este caso, mediante la inclusión en el cuerpo del texto –y no como notas al pie o como anexo– de distintas entregas de un “Cuaderno de notas” cuya relación con la trama central es al menos doble: o bien son las notas de la narradora, el archivo de lecturas del cual surgió la novela; o bien son el sedimento cultural del que emergió en Mara el proyecto de experimentar con la soledad y el silencio (en ese cuaderno hay, por ejemplo, referencias a Joris-Karl Huysmans y a Xavier de Maistre). Y así, en esa ambivalencia a partir de la cual puede leerse ese “Cuaderno de notas”, la novela recupera en su propia andadura el tema que sondea desde su primera página: el de la relación, que obsesionó a las vanguardias históricas y que en la contemporaneidad ha retornado con particular énfasis, entre arte y vida.

 

 

 

(Actualización julio – agosto 2014/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646