septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Entre las palabras y las cosas
Erosión, de Víctor López Zumelzu, Santiago de Chile, Alquimia ediciones, 2014.

"El hecho de la escritura (de la producción, creación textual, escritural)
es la lectura de un texto del Mundo"

Francis Ponge 

 

Algo de lo que dice Francis Ponge resuena frente a nosotros cuando leemos Erosión de Víctor López Zumelzu. En efecto, la escritura se esboza en las páginas del libro como el producto de una lectura sobre el mundo: sobre la trama que se teje entre los objetos y el tiempo.

Exhibir mediante las palabras el efecto deformante del tiempo sobre las cosas y su poder enceguecedor sobre la mirada despertando los sentidos de la vista y el oído parecen ser los motivos que alimentan la escritura.

Los veintidós poemas que componen el libro (escrito en un registro que no oculta su carácter subjetivo,  cercano a la bitácora, al diario íntimo, a apuntes en un cuaderno) llevan en su título la palabra forma. La elección del término no es para nada casual si entendemos que una de las tareas principales del poemario sería la de restituir frente a la mirada una forma que se borra con el tiempo y se esfuma en el recuerdo.

La ciudad y la memoria vuelven a ser aquí (ya lo habían sido en Guía para perderse en la ciudad) los escenarios elegidos donde fijar la vista y abrir un espacio para la interrogación.

“Si tan solo la mano pudiera borrarse a sí misma, para que el ojo vuelva a escribir” leemos en uno de los primeros poemas del libro, en una suerte de gesto inaugural que revela la voluntad de reunir en la acción escrituraria contemplación y palabra.

Las palabras en Erosión parecen destinadas a presentar lo que se oculta detrás de lo que se ve a partir de una mirada que desconfía de lo que se muestra. Didi-Huberman denomina a esta mirada (haciendo referencia a la reflexión estética) “mirada de la sospecha” puesto que se concentra en la duda sobre el objeto observado. Se origina en un momento de escisión entre el sujeto y el objeto, en el cual entre lo que vemos y lo que nos mira se abre una brecha que impone una distancia y torna a las imágenes materia filosófica: “Un pajarillo se rompe un ala en el asfalto/si quieres puedes tomarlo entre tus manos/ pero eso es lo único que hay/un leve movimiento, un roce/quizás un gesto de amor/ Te digo esto para que no pienses que los surcos/que desgarran la corteza de aquel árbol/ son lo único real”.

“Afuera la ciudad dibuja otra ciudad en la mente” dice el primer poema del libro mostrándonos la configuración de una doble imagen surgida de la contemplación: imagen de la imagen que nos devuelven las cosas, imagen nacida de una ausencia que inquieta el pensamiento y despierta a la lengua para nombrar.

Ahí donde ver se vuelve un acto de pérdida, donde la mirada erosionada se posa sobre las cosas, aparece la poesía para intentar desautomatizar la percepción y descubrir lo que se teje en el entre (en el sitio que se abre entre lo que vemos y lo que nos mira).  “¿Por qué se nos hace tan difícil pensar que esa luz que viene de un neón/ de comida china, de la sirena de una ambulancia & nos repleta/hilvana un cuerpo?” Es una de las tantas preguntas que presentan la red que se arma entre las palabras y las cosas.

Lo erosionado se despliega en este poemario también en dos sentidos. Por una parte, es aquello que sufre el desgaste del tiempo y que ante la amenaza de su desvanecimiento intenta ser resguardado en la escritura. Así leemos en “Sobre la forma de las hojas nuevas”: “Musgo pequeño/adherido frágilmente/ a las rocas/ mirando el abismo/pronto desaparecerás/por eso es necesario/que te describa”.  

Por otra parte, se trata de lo que fue lesionado y de la imposibilidad de recobrar su forma original, como el pájaro de este mismo poema, al cual se le rompió un ala y fue curado pero no volverá a volar: “Al pajarillo le pusimos vendas/ e intentamos que vuelva al aire/pero el tiempo es rencoroso/& no perdona las separaciones”.

               En el libro de Zumelzu, la ausencia toma varias formas: se cierne sobre las cosas y la mirada, sobre el tiempo y su destrucción y principalmente sobre las personas. En efecto, es la ausencia del hermano la que se presenta en mayor medida en estas páginas. El epígrafe del libro, tomado de Kobo Abe, nos adelanta: “Un hermano significa noche”. Y ¿qué es la noche sino el espacio donde lo visible se oculta a la mirada? Frente a esta penumbra se colocan las palabras buscando volcar su luz sobre las cosas, sobre aquello que ineluctablemente “se reduce/conforme la materia oscura/en el universo se expande”. Los poemas son dirigidos a este hermano que nombró la noche y le advirtió sobre ésta: “Hermano tantas cosas omitidas, tantas palabras/que nos gustaron un día y quisimos abrazar/& luego olvidamos o simplemente nos  arrepentimos/dejándolas de lado como un pañuelo desechable/ ¿será este el lado filoso del cristal/del que me advertiste?”

Esta frase puede leerse como el telón de fondo de la escritura. Los poemas vendrían a reflejar y quizás combatir esa erosión en la mirada, las elipsis de la memoria, aquello que es dejado de lado por la vista y por la lengua.

Es en la poesía donde las palabras encuentran su lugar de mayor importancia, donde tienen un estatuto real como se exhibe en el poema “Sobre la forma de beber agua” cuando dice “¿acaso uno puede dibujar un lago/ & no pensar en ahogarse?”.

Es en la poesía donde, como dice Ponge, “las cosas son, ya, tanto palabras como cosas y, recíprocamente, las palabras, ya, son tanto cosas como palabras. Es su copulación lo que realiza la escritura (verdadera o perfecta): es el orgasmo lo que resulta de ella, lo que provoca nuestro júbilo”.

 

 

(Actualización julio – agosto 2014/ BazarAmericano)

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646