septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Editora

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Matías Moscardi  /  Carlos Ríos
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Colaboran en este número

Matías Moscardi
/  Nora Avaro

Carlos Ríos
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Federico Leguizamón
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Guadalupe Silva
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Analía Capdevila

Curador de Galerías

Daniel García

Diseño

Martín Felipe Castagnet

Un canal que solo aparece cuando se lo cambia
Las cosas, de Matías Moscardi; Cielo ácido, de Carlos Ríos y En la montaña, de Sara Gallardo, Buenos Aires, Clase Turista, 2014.

La semana pasada Interzona dio comienzo a la publicación de Zona Pulp, una colección digital dirigida por Alejandro Soifer que, como se lee en el flyer reproducido en las redes, “pretende revisitar los géneros más populares del pulp fiction: CiFi, Terror, Fantasy, Romance, Erótico, Crimen, Explotaiton”. La presentación de la primera nouvelle (Mano propia, de Nico Saraintaris y Fernando Martínez Ruppel) tuvo lugar en el espacio Zona Futuro de la Feria del Libro de Buenos Aires. El slogan de la colección: “Cuando el FUTURO se llama PULP”.

Claro que los organizadores de la Zona Futuro no son otros que los editores de Clase Turista: Iván Moiseeff, Lorena Iglesas y Esteban Castromán, quienes hace dos años publicaron los cuatro libros fundadores de la colección Saqueos en Greiscol. La propuesta entonces fue desempolvar la vieja etiqueta pulp, despojarla de su sentido literal (las malas características de impresión) y remitirla a su sentido asociado (los géneros denominados masivos); de hecho, la colección se destacó por una calidad de diseño e impresión superiores a la de muchas pequeñas editoriales localizadas en Buenos Aires.

Estas características permanecen en la segunda tanda de Saqueos en Greiscol: los libros Las cosas de Matías Moscardi, Cielo ácido de Carlos Ríos, y En la montaña de Sara Gallardo, publicados el mes pasado por la misma casa editorial. Algunos detalles renovadores son incluso mejorados: las “heroínas de tapa”, artistas emergentes que figuran en cada cubierta, ya no se mencionan apenas en la caja legal sino que cada una de ellas responde un cuestionario en una página ubicada antes que el título interior.

La primera tanda estaba compuesta en su totalidad por escritores jóvenes y miraba hacia delante: los cyborgs de Las mellizas del bardo, el gamer slasher de El tucumanazo, el espacio Schengen multicultural de El cañón de Vladyvstok, e incluso el Darth Vader al final de Tony. En esta nueva tirada, la colección mira hacia atrás. En primer lugar, desde un punto de vista generacional, dado que Moscardi nació en el ’83, Ríos en el ’67 y Gallardo en el ’31. En segundo lugar, la mirada retrospectiva se asume en los géneros que los construyen, a tal punto que figuran como hashtags en su contratapa: policial, terror y aventuras fantásticas, ya presentes en obras primigenias de nuestro canon como Odisea y Edipo Rey; no me hubiera sorprendido encontrar en esta tanda una relectura del cuento de hadas, y de seguro la habrá en el futuro si esta colección llega a su tercera vuelta.

Las cosas figura específicamente como “psicoterror”, y es efectivamente una versión más pequeña y menos misántropa de El resplandor, en donde un cuidador tiene a su cargo las calderas de un teatro de una ciudad balneario; léase: un teatro de revistas cerrado durante el invierno. Los espíritus de nuestro Overlook no habitan esta vez las habitaciones sino las difusas cosas a las que hace mención el título: “la contractura de las cosas que se enfrían y se dilatan en medio de la noche”, una imagen famosamente utilizada por Proust en el primer párrafo de En busca del tiempo perdido, pero que bajo la explícita marcación de género se vuelve inquietante. Las cosas inanimadas pierden la condición de tales y son asociadas con chanchos y murciélagos, como ocurre con el “insecto eléctrico de las luces”. De todos los objetos que habitan un teatro, el centro gravitacional lo ocupa el manojo de llaves del protagonista. Una primera ruptura se encuentra en el orden lógico: su predecesor le enseñó que existen dos llaves para la misma puerta, una que sólo sirve para abrir y otra que sólo sirve para cerrar. La segunda ruptura ocurre durante un corte de luz: una de estas llaves no sirve ni para abrir ni para cerrar. ¿Cuál es, entonces, la función de las cosas cuando no cumplen su función habitual? Las llaves son la herramienta que mejor representa la transición prohibida entre dos mundos, y el umbral por donde se entra y se sale de lo cotidiano es el espacio por antonomasia del fantástico. En el subgénero del terror, lo que se filtra siempre es monstruoso: “un canal ciego, mudo, que separa una frecuencia de otra, una imagen de la siguiente; un canal que el Chato no puede cambiar, nadie podría, porque es precisamente cambiando que aparece”. En una época donde resulta difícil inspirar miedo mediante la letra escrita, lo que más se destaca en la nouvelle de Moscardi es el gran trabajo del lenguaje, un admitido objetivo de la editorial para con esta segunda tanda, que termina por conformar una historia de Stephen King contada por Juan José Saer; pero luego, ¿acaso Saer no narraba también sobre desapariciones?

Cielo ácido, por el contrario, se lee desde la desprolijidad auténticamente pulp de Roberto Arlt: criminales aislados en galpones e inventos patéticos como las nubes rociadas de micropigmentos que dan título al libro. También lo imita en el estilo: “No sea que los amigos de lo ajeno se apersonaran para hacer estallar, con bríos sulfurosos, los fusibles de la desgracia”. La tipografía es inexplicablemente varios puntos más pequeña que en el resto de la colección, como en tantas ediciones ilegibles de Los siete locos, y así se cierra la ecuación: la nouvelle reproduce tan bien el pulp que falla en recrearlo; limitado, Carlos Ríos no logra alcanzar la elegancia destartalada de Manigua o Cuadernos de Prypiat. La trama sí se beneficia con el intento de asesinato de un mediático, un tópico que también fue trabajado con éxito en “Hay que matar a Tinelli”, un cuento de Nicolás Mavrakis publicado en su libro No alimenten al troll; queda en evidencia que los mediáticos son tanto los personajes como los autores de la nueva pulp fiction. “Policial lisérgico” según su contratapa, a Cielo ácido le sobra del primero y le falta de lo segundo, cuya disrupción permite los mejores momentos de la obra: “Entre las chapas, el cielo ácido abría campos, saturas incontrolables. Granizos verdes y rosados. Lezica los juntaba y por la noche comía esas porciones lisérgicas. Lo ayudaban a pensar.”

Por último, y pese a ser una recopilación de cuentos previamente publicados, En la montaña termina por ser el elemento más sensual de esta segunda etapa de Saqueos en Greiscol. Sara Gallardo murió en 1988, alrededor de la fecha en que nacieron muchos de los lectores de esta colección, entre los que me incluyo. A veces no alcanza con reediciones; es necesario incluirlas en un catálogo atractivo, es decir: en una lectura que las resignifique. Decía Lorena Iglesias en una entrevista: “Lo que tiene en común la colección es una estética y una manera de leer que no sé si es tradicional pero sí que es muy particular”. Esa manera de leer le otorga relevancia a lo nuevo y novedad a lo viejo, y a su vez establece conexiones entre unos a otros: ahora puedo sumar a Gallardo junto a Rulfo y Arguedas como influencias de Liliana Bodoc. Leo en estas gauchas mil y una noches: “El padre, a pesar del cansancio, nunca se durmió sin admirar la fantasmagoría que llenaba el mundo”. No puedo dejar de pensar que ese fragmento de Gallardo resume las aspiraciones de Clase Turista a la hora de reapropiarse del pulp.

Hace unos días, una amiga que se mudaba me regaló parte de su biblioteca. Fui afortunado y me tocaron muchos libros que aún no leí: Maldición eterna a quien lea estas páginas, una primera edición de Octaedro, Cuentos completos de Rozenmacher. En una de las cajas encontré El país del humo de la misma Sara Gallardo. La coincidencia me hizo abrirlo: el primer cuento era “En la montaña”. Greiscol, tierra de aventuras, es el futuro y también el pasado.

 

 

(Actualización mayo – junio 2014/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646