septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Curador de Galerías

Daniel García

Diseño

Joaquín Correa

La cena interminable
Cena, de Facundo Giménez, Bahía Blanca, Vox, 2013.

I.

La noche, el fin del día, de la jornada, su conclusión y cierre, la conversación animada y dividida por partes iguales, el recorrido autobiográfico inmediato, el cansancio, la comida caliente y densa, el descanso y el día por venir: podemos pensar y enumerar conforme a la escena de nuestras cenas, diferentes en tiempo y componentes a la definición brasilera o alemana, por ejemplo. Facundo Giménez recrea en Cena, precisamente, este conjunto de fuerzas en una escritura, si bien breve, no carente de potencialidades contenidas que, una vez liberadas, resultan dolorosas y sanadoras, al mismo tiempo.

 

II.

Cena se abre con el recuerdo de un grito, con el recuerdo de “la arquitectura de aquel grito”, y se cierra en el reflejo de las escasas vacilaciones de la luz que da el foco al comedor: entre un punto y el otro se despliega el intento de la escritura por desmenuzar, explorar y traer a lo explícito la estructura general del encuentro en la digestión nocturna. El lenguaje, la sintaxis y el movimiento buscados no estarán en una “última cena” arquetípica sino en la sucesión de la cotidianeidad extendida en un lapso temporal más amplio:

 

                        Y yo sigo pensando que en estas cosas

                        hay, secreto, un lenguaje,

                        que en este lapso

                        en que no nos interrumpimos,

                        existe un gesto

                        que en la llave que gira

                        y nos muestra el vientre

                        desolador

                        de la calle, hay un idioma.

 

“Sopa / vamos a tomar esta noche, / mientras no nos decimos nada”: frente a los comensales, siempre, sopa; entre ellos, el conflicto, el silencio y la palabra apenas audible, casi muda. La sopa tiene una profundidad, una temperatura y una densidad específicas que, por el proceso de ósmosis, son las del entorno. El silencio no tolera su no percepción y deviene ruido blanco. Alrededor todo se define o deforma. Algo parece estar por estallar en cualquier momento de la página siguiente.

La escena de la cena tiene sus variantes, no es la misma. En el espacio cerrado del comedor y como en una situación extrema del policial clásico, hay un conflicto. Que no se desata, que no se dice, que no se come: pero se muerde, se mastica. En la cena no hay lugar para sacar nada afuera. Lo no dicho, así, se va haciendo más presente en esa mesa y por momentos hace del ambiente y sus diálogos un habla imposible, asfixiante.

 

III.

La atmósfera densa exige del enfoque diferenciado, antes cubista, ahora plano detalle, macro, la descomposición del cuerpo ajeno:

 

                                   Apurá el tenedor. Sus tres cúspides

                                   despacio, en la carne, penetran

                                   el indicio de la carne.

 

Cuerpo que, incluso una vez descompuesto y extrañado, no deja de pertenecer a la escena. Porque, básicamente, la comparte y configura. Mientras tanto, y alrededor de los comensales, todo parece confundirse, perderse, disgregarse: el azul de la hornalla, la música, el ruido de la heladera que “como todas las cosas, tarde o temprano, / desaparecerá”. Estamos asistiendo a la cena en el epicentro del país de las últimas cosas.

 

IV.

            Los dientes de la voz se quieren manifestar todo el tiempo. Se separan del sujeto e intentan pronunciarse. Algo están por decir constantemente: quieren terminar con toda rispidez, pronunciar el fin, la violencia. Ahí está la amenaza: en el habla contenida, en la decisión de decir. Mientras tanto, el otro cuerpo se muestra seductor, abandonado o lejano. No hay tranquilidad posible: el tiempo es el de la postergación y la dejadez en lo sucesivo de la repetición de la cena.

 

 

(Actualización mayo – junio 2014/ BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646