septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

logo.png

Editora

Ana Porrúa

Consejo editor

Osvaldo Aguirre  /  Irina Garbatzky
Matías Moscardi  /  Carlos Ríos
Alfonso Mallo

Columnistas

Paulo Ricci
/  Ezequiel Alemian

Nora Avaro
/  Juan José Becerra

Gustavo Bombini
/  Miguel Dalmaroni

Yanko González
/  Alfonso Mallo

Marcelo Díaz
/  Jorge Wolff

Aníbal Cristobo
/  Carlos Ríos

Rafael Arce
/  Ana Porrúa

Antonio Carlos Santos
/  Mario Ortiz

José Miccio
/  Adriana Astutti

Esteban López Brusa
/  Osvaldo Aguirre

Federico Leguizamón
/  David Wapner

Julio Schvartzman

Colaboran en este número

Matías Moscardi
/  Nora Avaro

Carlos Ríos
/  José Miccio

Marcela Zanin
/  Ulises Cremonte

Flavia Garione
/  Cristian J. Molina

Federico Leguizamón
/  Rodrigo Montenegro

Juan L. Delaygue
/  Juan Ariel Gómez

Luciana Sastre
/  Sebastián Bianchi

Sergio Raimondi
/  José Fraguas

Guadalupe Silva
/  Emilio Jurado Naón

Analía Capdevila

Curador de Galerías

Daniel García

Diseño

Diego Colomba

De la imaginación zombi: novela, poesía, política.
Lu Ciana. Plaga zombi sodomita, de Cristian Molina, Rosario, Janvs Ediciones, 2013.

“¿Es prosa o poesía?”, se preguntaban perturbados algunos lectores frente a los textos de Néstor Perlongher. El libro de Molina convoca una pregunta parecida –la resemantización del primero de sus términos nos obliga a versionarla–, a la que responde con una literatura monstruosa. Lu Ciana. Plaga zombi sodomita es una novela por entregas, compuestas y tituladas con tensión folletinesca: cada poema-capítulo suspende el fluir de las peripecias para que recomience en el siguiente. Al mismo tiempo, su afán narrativo no se desentiende de la naturaleza sensual y proliferante de la imaginación y el lenguaje. Resuenan en sus páginas Cucurto (su juego con la materialidad de la palabra) y Aira (en la invención desatada), pero Molina (el Púber P) va un poco más allá: una musicalidad chillona y espasmódica (un ritmo “cada vez más intenso acelerado chillón”) abisma el continuum y verosímil narrativo; su vorágine imaginativa imprime a los versos una velocidad –el vértigo necesario para dejar atrás los referentes y el disciplinamiento férreo del sentido– que vuelve a la poesía de grano de César Fernández Moreno un decir escueto o medido.

Esos dos vectores productivos se aglutinan en el título. Un nombre descompuesto arbitrariamente (ni totalmente en sílabas, ni en morfemas), como hacen los adolescentes con el de sus amigos, para desentumecerlo y apropiárselo, burlándose de la aparente objetividad con que distingue a su portador del resto de los ciudadanos. “Lu Ciana” resulta el primer accidente en la sostenida operatoria de transformación morfosintáctica de los versos –resuena el Girondo de “Mi Lumía”– en el que el prefijo químico “ciano” muta de género y lugar. Pero también alude a la identidad de heroína de cómic oculta en el nombre de una chica de pueblo que lucha contra una “Plaga xombi sodomita”.

Novela zombi

En el Prólogo que firma El Púber P (responsable de la novela Machos de campo, seleccionada en un concurso, luego rechazada por editores pudorosos y publicada finalmente por entregas en la web, tiempo después), se critica la concepción representacional del arte implícita en el libro Blog de El Niño C, otro de los alter egos de Molina. Se sabe que un púber es menos inocente que un niño. Una y otra vez, el texto introductorio destaca el poder de “una imaginación que crea, a lo sumo, hasta la vida y que, por lo tanto, nunca tiene contacto con ella”, esto es, lo real es algo que no podemos representar sino imaginar, y la visión estética que se deriva de una perspectiva semejante: “La vida es posterior a la imaginación. Y la escritura –como el arte–, una deformidad que nada tiene que ver con la vida”: no hay identidad sino distancia con lo real; las figuras y fantasmas, fuerzas o potencias de lo imaginario están más allá  o más acá de lo artístico. El Púber P se propone inventar una sobrenaturaleza: es un mutante que cree que hay que exagerar para alcanzar la verdad, que hay que ser extravagante para ser preciso. Solo fuera de sí podrá sacudirse como polvo los roles sexuales, las ideologías, los géneros discursivos. Después de haber hecho uso y abuso de la retórica hiperbólica y efectista del cómic, el narrador advierte hacia el final del libro: “porque esto no es un dibujito o historieta/ esto es poesía imaginaria”.

Lu Ciana… se apropia del género ficcional Apocalipsis zombi, violentando cada uno de sus rasgos constitutivos. Una plaga zombi atenta contra la civilización heterosexual argentina. Los afectados se entregan a la sodomía en plena vía pública, ante el horror de las personas bien pensantes: “hay que matarlos a todos (…) a qué vamos a llegar/ demasiado que los humanos pueden casarse en este país al revés”. Tras una guerra de exterminio, los mutantes son finalmente indultados, cuando se advierte que pueden servir al modelo productivo como mano de obra barata. Aunque más tarde resurjan y con mayor fuerza (mayor indeterminación –monstruosidad– sexual), cuando las “xombis tortas u ositos gueis” sean desplazados por las “drags travas trans”. El grupo aislado de sobrevivientes (la má, la tía, el narrador) son liberados y encerrados según la necesidad y el humor de la heroína heterosexual Lu Ciana, que lucha contra los zombis cuando obtiene la energía necesaria de las hamburguesas que come a mansalva, con un poder incendiario que recuerda a la Carrie de De Palma. En ese grupo logran incluir al xombi de la tele, a través de las tretas del amor. Nunca queda claro el origen de la plaga: un personaje fantasea una explicación (“pero creía intuir/ que el virus gigante invisible era una maquinita con gas/ con el Niño C adentro”). Pronto la narración toma esa versión como propia: “y sobre ellos como era de preverse y por primera vez/ en el virus rodante inmenso maquínico traslúcido redondo/ el Niño C a pedaleo loco tirando de hilos como marionetista del desastre”. Como personaje moderno identificado en el Prólogo, El Niño C encarna el estereotipo del villano (aunque en apariciones inverosímiles y mostrándose que es un disfraz) para explicar la causalidad de los hechos. Antes de lanzarse a la aventura, los pueblerinos se vuelven inmunes a la enfermedad, habitados por una fuerza sexual extraterrestre, y más que a las convenciones del género apocalíptico, a ese nicho simbólico, responden a la oportunidad de jugar una broma, de ser traducidos al idiolecto de mutante de El Púber P.

Poesía

No son necesarias las citas de Perlongher para advertir la herencia neobarroca en Lu Ciana... La proliferación sexual y sensual de la trama tiene su correlato en el goce verbal de los versos, en sus posibilidades. El vínculo entre sonido y sentido burlado es realzado por la proliferación (“que germinaron floraron frutaron”), las aliteraciones (“parte suya como alarma a la medida implantada”), los neologismos (”sus ojos camarita-fotográficos”, “y un tren-bus-canoa-Estigia”), su singular puntuación (“y tenía una cintura espalda cordillera”). Las palabras se opacan, remitiéndose entre sí (“ella en su soledad sonora somnolienta en la llanura”), en una escritura de superficie que, debilitando la ilusión referencial o su sustrato semántico, se lanza a una verborrea, a una exuberante búsqueda: un frenesí del estar fuera. La sobreabundancia de peripecias resulta compatible con la polisemia, los juegos tipográficos, la aliteración y deformación de los significantes: el uso agramatical de pronombres personales, tiempos verbales, del género y número de adjetivos y sustantivos. También condice con el gusto por la digresión al final de los poemas, lo recargado, la descripción exuberante, el cromatismo (“un profundo azul en los cielos fluorescentes y naranjas”), las citas y las constantes reformulaciones (“mientras los suspiros/ o mejor/ leves emanaciones de vapor”).

Imaginación y política

Lu Ciana… ficcionaliza actores y hechos de la política reciente en su historia de zombis, a través de los eslogans oficialistas y opositores, el celeste y blanco de las banderas, el baile de Cristina con los bracitos, la televisión, el consumo devenido en bandera de justicia social, “la billeterita” como modelo de construcción política, los aviones fumigando los campos. Lejos de volverse una alegoría, absorbe elementos para hacerlos jugar en su propio universo, como sucede con algunos provenientes de nuestro canon literario nacional. La fuerza sobrenatural que transmite una líder carismática irrumpe en las medianías del relato: “y sus palabras que seguían/ penetrantes como el virus al pecho directo del pueblo/ cada frase una hipnosis poderosa de tan bella/ que nos tranquilizaba en medio de las carencias”. La seducción de lo monstruoso, incluso los zombis que pueblan las páginas de El matadero de Echeverría (hombres ajenos a su voluntad, inmundos y feos, que habitan el matadero, donde aparece una bestia de sexo indeterminado) reaparecen cuando intentan vejar a la presidenta reelegida en una asalto al escenario (“y la agarraban a Cris-pasión por las clinas/ le haremos cortar la lengua si chista/ hasta que reviente/ sí/ explote la Yegua salvaje Kirchnerista”), escena en la que también reverberan los acontecimientos espectaculares de la masacre de Ezeiza.

Si es la cultura la que captura y encarcela imaginarios, les quita a las figuras y fantasmas su indeterminación constitutiva, la escritura (según El Púber P) trabaja pervirtiendo la cultura, literaria y política: “una desestabilización de lo real que siempre aunque no se quiera/ y a pesar de cualquier control/ corroe todos los relatos/ o espectáculos/ o verdades relativas”. Por eso la lógica infinita de la imaginación conecta mundos, estratos temporales y registros de conciencia diversos, y le escapa a la máquina binaria de las identificaciones: postula lo Otro en el discurso para poder fugarse de lo Mismo. Cuando la historia fracasa, nos dicen los dudosos héroes de El Púber P, lo que queda es la imaginación con que resisten los fugitivos del mundo.

 

 

(Actualización mayo – junio 2014/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646