septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Confieso que he leído
Subrayados. Leer hasta que la muerte nos separe, de María Moreno, Buenos Aires, Mardulce, 2013.

Un fantasma recorre las bibliotecas, el de la revisión y vuelta a catalogar lo que parecía ya fijo en los anaqueles. Se publicaron historias de la literatura dirigidas por escritores cuyos rostros podrían adornar el Monte Rushmore de la crítica: David Viñas y Noé Jitrik. María Moreno comparte el ánimo pero hace la suya, hace otra historia buscando en la misma biblioteca.

Si la literatura argentina “se va justificando como la historia de un proyecto nacional” (Viñas), Moreno va a encontrar nuevos tópicos y leer otros programas: literatura y política queer y pop, más la librería argentina. No lectura de autores marginales, sino el subrayado de otros renglones. No el ménage à trois donde Cambaceres recrea la mala sangre del inmigrante sino “Ella, sin atinar a defenderse acaso obedeciendo a la voz misteriosa del instinto, subyugada a pesar suyo por el ciego ascendiente de la carne, en el contacto de ese otro cuerpo de hombre, como una masa inerte se entregaba”. En el lapsus, Cambaceres describe el amor que no se atreve a decir su nombre. No ya la nación, sino lo que se teje sin institución y la propuesta de otras hipótesis de lectura donde entren los otros. No el proyecto de una patria, sino otros proyectos emancipatorios.

La “patria” esa palabra performativa que hace enderezar la columna, es subrayada en escrituras buffas como las de Copi, en el personaje puto peronista de Puig, en La intemperie de Gabriela Massuh donde “dos son país”, y en el subsuelo donde no hay estampitas. “Como el yo freudiano, también el ser argentino es producto de la repulsa y la exclusión de toda diferencia           –bárbaros, mujeres, homosexuales, inmigrantes, disidentes políticos–. Ser argentino es no ser puto, ni torta, ni trans, ni inter, ni extranjero, ni pobre, ni loco, ni mujer. Entonces nuestro 9 de julio nos exige otra casita de Tucumán en donde festejar como ‘Patria’… el lugar que se corra de los íconos y de lo emblemático”. En uno de los sostenes de la cultura, el tango, se cuela la voz con que el arriero llama a los animales, el sonido agudo que recorre la pampa, ¿y a quién llama?: a la “flaca/ dos cuartas de cogote/ y una percha en el escote/ bajo la nuez”. Llama a una travesti.

Subrayados merece especial atención porque junta en un volumen la agudeza de lectura de María Moreno, dispersa en artículos publicados en Página/12 y en la revista Debate. Somos tributarios de memorables antologías como Mitologías, de Roland Barthes, cuyo mito del mes se publicaba en la revista Les Lettres nouvelles, o Crítica y clínica, de Gilles Deleuze, por nombrar solo dos. La de esta reseña no será menos importante para analizar lo que se produce en tierras americanas.

Moreno delinea el renglón que se pasaba de largo, donde la escritura no llamaba la atención, para ensayar otras genealogías. Subraya géneros menores en la literatura canonizada y joyas en la cultura popular: las ficciones nacionales en clave autobiográfica, la crónica literaria en la novela, el folletín, la formación masiva a través de los clásicos en el radioteatro. Desanda el pacto de lectura y reconstruye las investigaciones que llegaron al libro: así Walsh y Puig son aliados y forman par en el uso del grabador y en la ética del uso de personajes reales. Donde se petrificó un modo de leer a los autores que entrarían en el Quién es quién en la Argentina, Moreno lee no a contrapelo sino contra el lugar común.

También escribe sobre artefactos textuales  y signos de la cultura que exceden lo literario: la voz acusmática de Gardel en la radio como generadora de mito es un ejemplo. La relación literatura y experiencia. Los efectos de oralidad en las escrituras del Che Guevara y de Victoria Ocampo y la escritura de una voz en Colette. ¿Qué decir de la sobreescritura del subrayado? ¿De su coleccionismo de frases como bazar de la cultura? ¿En qué categoría ubicar los escritos en los márgenes de la página? ¿El ángulo de la hoja doblado?

“Moja el pito en el tintero y escribe” subraya Moreno en el Saer de Cicatrices, escrito diez años antes de que con esa tesis –“¿Es la pluma un pene metafórico?”– comenzara el libro de las feministas Sandra Gilbert y Susan Gubar La loca del desván. Parafraseando: la literatura argentina se va justificando como la historia de una metáfora genital. Lo sepan o no los autores, toda escritura tiene un efecto político. La librería argentina es un libro de Héctor Libertella y es herramienta de lectura. Djuna Barnes a través de Enrique Pezzoni, que traduce como si nunca hubiera existido una lengua de origen. Germán García con la primera persona liberada por Henry Miller; la voz del tango en El frasquito de Luis Gusmán; Faulkner y Borges en el Kincón de Briante. El campo de la literatura se enriquece y con la librería gana en vastedad. María Moreno, curiosa y coleccionista, busca ver las costuras con que se teje. “Y todo así”.

 

 

 

(Actualización marzo – abril 2014/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646