septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Libros, activismo, "medias plateadas y zapatos rojos"
Nacionalismo y cosmopolitismo en la literatura argentina, de María Teresa Gramuglio, Rosario, Editorial Municipal de Rosario, 2013.

Este nuevo objeto que la Editorial Municipal de Rosario publica bajo el cuidado editorial de Daniel García Helder participa de la política de exhumación que, gracias a la acción de diferentes instituciones (universidades, la Biblioteca Nacional, editoriales municipales y el CONICET, entre otras) y “agentes”, se viene consolidando en el país durante los últimos años: una política obstinada en hacer de las colecciones personales o de los papeles dispersos verdaderos “archivos” en el sentido ya tantas veces aclarado que Jacques Derrida confiere a esta palabra. Una contribución que se valora no sólo por reponer textos críticos de María Teresa Gramuglio circulantes en publicaciones diversas y por recobrar valiosos inéditos sino también por aportar dos relatos insoslayables para cualquier historia intelectual argentina de la segunda mitad del siglo XX. Uno dentro de otro, como en un juego de muñecas rusas: la entrevista que María Teresa Gramuglio concede a Judith Podlubne y a Martín Prieto es el material preponderante del que se vale Podlubne para escribir el riguroso y documentado ensayo “La lectora moderna. Apuntes para una biografía intelectual” que, además de abrir el libro, funciona como un encantador sistema de envíos, explícitos e implícitos.

Envíos a los textos que siguen firmados por Gramuglio. Envíos explícitos a un conjunto de investigaciones previas con las que esta biografía se enlaza (se destacan, entre otras, no sólo por los valiosos materiales que rescatan y la escritura en la que los enmarcan sino también por el cuidado en el armado de las entrevistas que realizan y que incluyen como material disponible, Del Di Tella a ‘Tucumán arde’, Vanguardia artística y política en el 68 argentino de Ana Longoni y Mariano Mestman y la antología de la revista setecientosmonos preparada por Osvaldo Aguirre y Gilda Di Crosta con aportes de Irina Garbatzky). Envíos implícitos a una serie de textos, tanto escritos como por-venir que, como este, se convierten en referencia obligada para quienes estudiamos los complejos procesos de institucionalización y de profesionalización de la crítica literaria en Argentina: el esperado trabajo que Nora Avaro prepara sobre Adolfo Prieto (a publicarse bajo este mismo sello editorial), la cuidada introducción que Gramuglio escribe para la reedición que la Universidad Nacional de Quilmes realiza en 2013 del clásico Estudios de literatura argentina de Adolfo Prieto unida a la inmejorable reseña que Graciela Montaldo le dedica en el número anterior de Bazar Americano y “Rojas, Viñas y yo (narración crítica de la literatura argentina)”, un ensayo leído por Jorge Panesi durante el Segundo Argentino de literatura celebrado en agosto de 2006 en Santa Fe y publicado en el número 4-5 de La Biblioteca sobre el entonces flamante libro de Martín Prieto, Breve historia de la literatura argentina.

 

Se me permitirá una digresión a partir de la cual intento mostrar por qué es posible afirmar que este libro expande notablemente lo que se sabía hasta su emergencia sobre las prácticas y los resultados intelectuales que llevan el sello inconfundible de María Teresa Gramuglio.

Recuerdo entonces que en el ensayo ya citado Panesi se vale del libro de Prieto como puntapié para una suerte de balance. En principio, de las historias críticas existentes. También de las morales que han pretendido regular su construcción y finalmente, de los avatares de la crítica en Argentina. Para alguien que apuesta a la crítica literaria (y que además, la practica desde el más ambivalente y refinado de los estilos), detenerse en un crítico que se mete a historiador pero que es fundamentalmente un lector irónico e implacable y un escritor, es una operación en buena medida esperable. En las antípodas de los protocolos del decoro académico y de los “vaivenes” previsibles de sus reglas de marketing (entre las que cabe incluir los maquillajes cientificistas), Panesi coloca a la narración como parámetro para evaluar cualquier historia de la literatura mientras sitúa a la de Prieto en el doble linaje del Litoral: el literario, de cuyos nombres destaca a Mateo Booz, Carlos Mastronardi, Juan L. Ortiz; el académico, apelando a la tradición creada por Adolfo Prieto, María Teresa Gramuglio, Nicolás Rosa, Josefina Ludmer, Sandra Contreras y Alberto Giordano. Una tradición “con la cual Prieto dialoga incesantemente, y no desde los bordes de ningún centro, pues estos nombres son el centro” (59).

Durante las Primeras Jornadas Académicas ‘La literatura de Rosario. Representaciones, proyecciones y tensiones’ organizadas por Laura Utrera y realizadas en la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario en mayo de 2011, leí un texto que pretendía desarrollar la hipótesis con la que Panesi cerraba su conferencia, si bien acotando el alcance del trabajo a un nombre: el de María Teresa Gramuglio. Centré entonces la presentación en tres núcleos de sus intervenciones críticas legibles por las marcas dejadas en sus herederos (esos que, como bien ha señalado Jacques Derrida en incontables ocasiones, han sabido apropiarse de la herencia para hacer con ella otra cosa, para llevarla a otro lugar).

         En “Rosario, el centro” subrayé, para empezar, que todo aquel que quiera hablar de “realismo” en la literatura argentina debe necesariamente repasar la obra de Gramuglio. Un problema que se descubre ya en sus tempranos ejercicios docentes: el “Plan de trabajo del pre-seminario II de la Carrera de Letras (‘Métodos de comprensión y análisis de la obra literaria’)” fechado en 1964, es decir, cuando Rosario todavía formaba parte de la Universidad Nacional del Litoral para separarse en 1968 (las huellas de esta escisión pueden aún advertirse hoy: son notorias en las producciones actuales las marcas de una tradición literaria y crítica consolidada en Rosario ya por 1959 que, a pesar de los golpes de 1966 y el posterior de 1976 con sus respectivas renuncias, logró sostenerse y expandirse y, por otro lado, las de una institución que, en parte, busca distanciarse del aplicacionismo pedagogicista y del lingüisticismo aún dominantes librando una lucha teórica y por ello mismo, política, con esos modelos), ya incluye al realismo como contenido y acerca una bibliografía innovadora para la época: formada en los equipos de investigación de Adolfo Prieto, la marca sociológica sofisticada se advierte en la puesta en diálogo de Recherches dialectiques de Lucien Goldman, Sobre arte y literatura de Karl Marx y Friedrich Engels, Qué es la literatura de Jean-Paul Sartre y el clásico al que Sandra Contreras sigue remitiendo aún hoy al momento de abordar los “Problemas del realismo en la narrativa argentina contemporánea”: Mimesis de Erich Auerbach. Entre sus contenidos se destacan una unidad dedicada al “método sociológico” en la que se incluyen los conceptos de “estructura”, “superestructura”, “clases sociales” y la relación entre “ideología y literatura” y más adelante, otra dedicada a la distinción entre “romanticismo, realismo y naturalismo”: conceptos operantes en la “historia de la literatura”.

Esta atención puesta sobre las tensiones sociohistóricas de la cultura leídas a partir de la literatura se continúa en el tomo VI de la Historia crítica de la literatura argentina dirigida por Noé Jitrik donde Gramuglio esgrime una hipótesis arriesgada: afirma que es posible dar cuenta de la “hegemonía del realismo, como poética y como actitud” en la literatura que se escribe entre fines del siglo XIX y las tres primeras décadas del XX en este país. El imperio realista reconoce allí no sólo una dominante sociocultural sino, fundamentalmente, una marca decisiva en “la formación de la literatura argentina moderna”. Más acá y más allá de las lecturas críticas, interesa a los fines de esta presentación la introducción teórica al tema: el primer apartado de “El realismo y sus destiempos en la literatura argentina” condensa las centrales. Las mismas que Sandra Contreras re-interpretará en sus ensayos y en sus clases sobre las “experimentaciones” con el realismo por César Aira, Washington Cucurto, Rodolfo Fogwill, Fabián Casas, Gustavo Ferreyra y Martín Rejtman. Mimesis de Erich Auerbach, Ensayos sobre el realismo de Georg Lukács, El grado cero de la escritura y S/Z de Roland Barthes están en el corazón de ese trabajo de apropiación teórico-categorial que constituye a la vez un envío para nuevas consideraciones críticas sobre corpus críticos (los que arman Rafael Arce y Carolina Rolle en sus actuales investigaciones no desconocen esta huella).

En este sentido, es decir, atendiendo a lo que este tipo de intervenciones promueve, vuelvo a la acertada apreciación de Miguel Dalmaroni cuando observa que este libro “reafirma una concepción de la crítica literaria universitaria no sólo como trabajo de investigación especializada sino también como un género de la comunicación y del debate de ideas” mientras agrega que “lo menos que puede decirse” es que “se trata de un libro útil: para la enseñanza de la literatura, para la investigación histórica y cultural, para el debate crítico por venir sobre nuestro pasado literario”.

El segundo eje en el que Gramuglio deja su marca tiene que ver con el tallado categorial de un procedimiento: “imagen de escritor” es el concepto que arma a partir de una trama teórica que también deja sus huellas en investigaciones actuales. Su lectura de las muy “patrióticas y apostólicas” figuraciones de Manuel Gálvez contra la “desacralizada y laica” de Roberto Arlt expuesta en una conferencia en la Universidad Nacional del Litoral apenas restaurada la democracia, tendrá su eco varios años más tarde. La publicación de dicha conferencia encontrará a sus lectores con más de una década de demora. Pero una vez hallados, abrirá un conjunto de productivas investigaciones sobre los más variados corpus centrados en problemas de literatura argentina. Las referencias teóricas de este texto (Lejeune, Viala) también están en el corazón de un buen número de investigaciones en curso (las de Daniela Gauna y Fernanda Alle, entre otras). Por otro lado, sus escritos sobre las auto-figuraciones literarias de Juan L. Ortiz, Carlos Mastronardi y Juan José Saer son retomadas por otros investigadores del campo justo en el punto en que, probablemente sin pretenderlo, se acercan a un trabajo de armado teórico. Cito, a modo de ejemplo, un pasaje de un ensayo de Nora Catelli que vuelve sobre el momento en que, también leyendo a Saer, Gramuglio precisa el alcance del término: “Con la noción de ‘imagen de escritor’ designo una construcción imaginaria en la que el escritor proyecta los deseos y rechazos que orientan sus elecciones literarias”. Idea próxima a la ya esbozada en su lectura de las prosas de Juanele reunidas en los Comentarios: “Cuando los buenos poetas escriben sobre otros poetas y sobre poesía, escriben, al mismo tiempo, acerca de sí mismos”. Y agrega: “A través de sus comentarios críticos y de las elecciones que realizan, ofrecen un lugar privilegiado para captar las reflexiones sobre la propia poética y la construcciones de los sistemas y tradiciones literarios a que se sienten pertenecer”. Sobre este mismo tema vuelve en su lectura de Carlos Mastronardi: Gramuglio lee las copiosas notas de Mastronardi sobre Borges en clave de “autorretrato indirecto”. Apunta: “Los análisis críticos que operan como un medio para la reflexión sobre las formas se complementan con frecuentes citas de ideas literarias de Borges, algunas de las cuales Mastronardi discute en relación con sus propias posiciones”. Para Gramuglio “el Borges de Mastronardi” es “la figura que brinda un punto de resistencia contra el cual definir el propio estilo y afirmar su proyecto poético”.

Sigamos con Mastronardi para entrar a otro de sus espacios de intervención crítica: la revista Sur. Sus lecturas, repensadas por Judith Podlubne, siguen mostrando, fundamentalmente, un derrotero y la fuente aparentemente inagotable de investigaciones dada la preeminencia de lo no escudriñado por sobre lo analizado de dicho conjunto. Los materiales que Gramuglio pone a circular ofreciendo además una primera lectura en la publicación de la Obra completa de Carlos Mastronardi son sólo algunos ejemplos. Ya en el primer párrafo de “Las colaboraciones en Sur. Ironía y complicidad”, se configura una buena parte de un estado de situación de un proyecto que no cuesta mucho completar porque ya allí, prácticamente, lo define por entero atándolo a su otro tópico: las imágenes que los escritores arman de sí. Con la seguridad de quien tiene un inconmensurable material textual examinado, anota: “Entre 1938 y 1963 Carlos Mastronardi publicó aproximadamente treinta colaboraciones en Sur. La cifra no es exigua, si se tiene en cuenta que no fue un escritor prolífico. Este corpus, recopilado por primera vez para esta edición, nunca llamó la atención de los estudiosos de la revista”. Un estado de la cuestión que es también una interpelación.

En síntesis: los tres núcleos sobre los que me detuve entonces son sólo muestras incompletas de un trabajo básicamente ligado a la enseñanza. Y cuando digo enseñanza no circunscribo el alcance del término sólo a la acción convencional y más o menos pautada que tiene lugar en un aula sino que me refiero también a la que se produce mientras se trabaja en investigación: Gramuglio contagia un modo de armar los corpus, de interrogarlos, de inventarles categorías para que las hipótesis que se construyan puedan dar cuenta de su potencia y junto a ello, transfiere también una manera de heredar. Una actitud equiparable al gesto de Jacques Derrida cuando celebra que los filósofos soviéticos que lo invitan a Moscú por los años noventa traduzcan “desconstrucción” por “perestroika”. Una posición que tuerce el legado que comprende desde las preguntas hasta los modos de leer la teoría pasando por las respuestas que se esgriman. En los ensayos y en las prácticas de enseñanza de aquellos a quienes ha dirigido o con quienes ha trabajado se advierte su misma actitud de envío, la misma exigencia de apropiación con el mismo gesto desaprensivo y, por ello, liberador. Se descubre también una “configuración didáctica” que provoca reacciones insospechadas y a la vez deseadas por quienes estamos involucrados en este tipo de prácticas. Baste como ejemplo la de Javier Gasparri que alguna vez dejó entrever, sólo con dos oraciones, lo que le había sucedido cuando escuchaba una de sus clases, creo recordar que sobre El Decamerón, en la Universidad Nacional de Rosario: “¿Qué pasa? ¿Ya terminó?”.

No exagero cuando digo que la misma sensación se produce no sólo cuando se leen estos trabajos de Gramuglio aquí reunidos sino también el inmejorable relato que Judith Podlubne arma sobre sus intervenciones que, por otro lado, amplía notablemente lo que se sabe sobre las muy diferentes prácticas sostenidas en su recorrido intelectual, más allá del anclaje o de la expulsión institucional. Una ampliación que ilumina tres zonas: la primera, ligada a los objetos construidos en sus trabajos de investigación; la segunda, a las variaciones siempre radicales de su activismo; la tercera, a las formas espejadas que priman en la reinvención de la herencia.

De la primera ampliación cabe destacar el modo en que Podlubne visibiliza la tensión entre nacionalismo y cosmopolitismo como una constante en la producción de Gramuglio. A los tres tópicos que he citado más arriba, Podlubne anexa este que, a su vez, invita a re-leer el conjunto. Un tópico que se desprende de una de las más provocativas formas del comparatismo. La precisión epistemológica al formular esta cuestión merece la cita: “Las interrelaciones preceden y configuran los objetos Gramuglio. Así como se percibe un comparatismo activo en sus acercamientos críticos, se advierte el recurso a la crítica y el comentario en sus postulaciones metodológicas. La unidad de este libro también es resultado de una forma de proceder que persiste en sus protocolos aunque cambien los materiales con los que trabaja”. El modo sutil en que Podlubne plantea cómo se articula teóricamente esta posición es inmejorable: su lectura de la apropiación del concepto de “campo intelectual” de Pierre Bourdieu vía Pascale Casanova unido “al dinamismo” de los polisistemas de Itamar-Even Zohar se liga a la elaboración de los conceptos de “literatura mundial” y “cosmopolitismo periférico”, entre Edward Said y Franco Moretti, entre Beatriz Sarlo y Adolfo Prieto cuyas tesis sobre la “modernidad periférica” y el “subdesarrollo” se reformulan y se afinan desde una crítica poco afecta a las concesiones de la que Podlubne sabe extraer, además, el aporte categorial: “La literatura mundial sería un modo de leer, de leer lo local en red con lo mundial (…). La literatura mundial, entonces, como el horizonte al que tiende esa vocación cosmopolita de escritores e intelectuales periféricos. Esta es la cifra del asunto para Gramuglio. El cosmopolitismo al que se refieren sus artículos es siempre un cosmopolitismo periférico, el de los que transforman la carencia en don. De allí que cuando, como al pasar, se pregunta si no serán los especialistas en literaturas periféricas quienes, dada su condición excéntrica, estarían en mejores condiciones para practicar tales lecturas ‘en contrapunto’, es difícil no pensar que su trabajo ofrece la respuesta. La profesión de fe comparatista explicita con demora lo que los ensayos y las clases de Gramuglio sabían desde el comienzo”. Leo y pienso en los actuales trabajos de Raúl Antelo, Marcelo Topuzian y Germán Prósperi sobre el tema. Y los imagino abalanzándose con fervor sobre este material.

La segunda ampliación aporta datos que, sin lugar a dudas, constituyen envíos inexorables para un conjunto variado de investigaciones en curso que van desde las de Alejandro Blanco sobre el papel de Adolfo Prieto en la institucionalización de la crítica literaria en Argentina hasta las muy incipientes de Jésica Holubicki y Eleonora Fluxá sobre las vicisitudes de la enseñanza para adultos en la provincia de Santa Fe. En un recuento incompleto que inevitablemente eclipsa la elegancia de la escritura que logra Podlubne, cabe mencionar su participación en el debate “Laica o libre” durante el frondizismo que deriva en su candidatura como presidenta del centro de estudiantes de Filosofía y Letras con el aval del Partido Comunista. En el recuerdo de aquellos compañeros de ese partido al que no obstante, nunca se afilia, siempre los libros como objeto central (una suerte de contraseña que invita al respeto y a la confiabilidad): “Eran tipos extraordinarios y brillantes. Había hecho grandes amigos ahí. Yo me llevaba muy bien con ellos. Eran muy lectores. Además me avivaron mucho”.

Además de esclarecer pormenores ligados a la renuncia, junto a Prieto y a su equipo, luego de la “noche de los bastones largos” (por fin se despeja qué materias y cargos ocupaba Josefina Ludmer, Gladys Onega, Norma Desinano, entre otros, en la entonces Universidad Nacional del Litoral), Podlubne describe cómo se liga su accionar en formaciones como el Centro de Estudios de Filosofía, Letras y Ciencias del Hombre (una suerte de universidad paralela montada en los difíciles tiempos del onganiato y dirigida por Prieto en su primer año) con intervenciones lideradas por el “Grupo de Arte de vanguardia” de Rosario, más conocido por su participación en la obra colectiva “Tucumán arde”. Con paciencia artesanal enhebra datos que completan los que Longoni y Mestman recuperan en su documentado trabajo: da detalles sobre dónde y cómo funcionaba ese Centro, sobre el “Primer Encuentro Nacional de Arte de Vanguardia” que se organiza en la casona que lo alojaba, sobre la confluencia en ese evento de miembros activos de la revista setecientosmonos como Nicolás Rosa, figura clave, junto con Gramuglio, en la redacción del manifiesto de “Tucumán arde”.

Tucumán arde estaba especialmente preocupada por defender la revolución estética ligada a la revolución política”, aclara Podlubne, mientras agrega: “la apuesta resultaba cada vez más complicada y difícil de sostener”. Una afirmación que envía a “Estética y política”, un ensayo publicado por Gramuglio en Punto de vista en 1986. Como en una deriva infinita, éste a su vez envía al afiche usado para difundir el Primer encuentro de Buenos Aires Cultura 1968: junto a Henry James y a la traducción de Jorge Luis Borges de Las palmeras salvajes de William Faulkner, Operación masacre aparece “como modelo a desarrollar para el arte nacional (…). De esa mezcla salió… Tucumán arde”. Nuevamente aquí la constante entre nacionalismo y cosmopolitismo que, como en espejo, Gramuglio detecta en las formulaciones de Prieto sobre el subdesarrollo y que ella misma practica en cada una de sus opciones diarias: “en ese momento –­­recuerda Gramuglio– creíamos que la salida era la violencia, la guerrilla, la revolución, el paredón. No hablábamos de elecciones ni de democracia ni de Constitución: eso lo aprendimos mucho después. Tuvimos que padecer bastante la otra violencia, el terrorismo de estado de la dictadura militar, para darnos cuenta de que teníamos que hacer una crítica y una autocrítica de la violencia”.

A esta sorprendente revelación se suman otras: su conexión con Héctor Quagliaro, entonces secretario general de la CGT Rosario, motivada por las derivas que sus clases provocan en una alumna de “una escuela nocturna comercial ubicada en Barrio Belgrano, de la popular zona oeste de Rosario”. Gramuglio recuerda una de sus interpelaciones: “Lumpen, ¿qué quiere decir lumpenproletariat?”. ¿Cómo no leer aquí, en este aguijoneo que ensayaba en las clases, una deriva de la poco ortodoxa importación de la sociología que practicaba Prieto?: “yo sentía –dice Gramuglio– que en la escuela tenía cosas que hacer y que decir, una especie de despertar conciencia. Sentía también que lo que había aprendido en la facultad me permitía enseñar mejor, en un nivel diferente del que manejaba la mayor parte de mis compañeros de esos staff de profesores muy rutinarios”. Este dato, magistralmente unido con el que sigue por Podlubne, es una puerta de entrada a un tema hoy revisitado: la educación de adultos. Entre Raymond Williams y Adolfo Prieto, Gramuglio persiste en la apuesta a la enseñanza al punto de que se arroja en aquellos años difíciles al proyecto de “creación de una escuela secundaria privada en el barrio de Fisherton ubicado en la zona noroeste de la ciudad”: como es de prever dado el contexto sociopolítico, la escuela se cierra a los dos años por no haber obtenido el reconocimiento ministerial.

Dos acciones más merecen destacarse de su periplo rosarino al que se agrega otra de su más conocido itinerario porteño: su participación en la “universidad montonera” de 1973 ligada, otra vez, al retorno de Prieto al país. Y por la misma época, la dirección del Área de Lengua y Literatura del Proyecto de Bachillerato para adultos de la Provincia de Santa Fe: Gramuglio es convocada para “elaborar los materiales didácticos y bibliográficos destinados a la enseñanza para adultos en los bachilleratos de la provincia” dada “su formación universitaria y la práctica que había desarrollado en la enseñanza para adultos”. Los resultados de ese trabajo integran la larga lista de destrucciones perpetradas por el terrorismo de Estado: las “guías de lectura de ‘orientación materialista’, especifica Gramuglio, se editaron y difundieron entre los docentes de los bachilleratos hasta que en 1976 la dictadura del general Jorge Rafael Videla los destruyó por completo”.

De las amenazas de la Triple A, su partida a Buenos Aires y la conexión con Beatriz Sarlo y Punto de vista, de las reuniones camufladas de este otro “Salón Literario”, primero en un aula de una academia donde se preparaban alumnos para la escuela secundaria y luego en una “salita” del Centro Editor de América Latina, sobresale el relato sobre el encuentro con Beatriz Sarlo, la otra firma sobre la que el ensayo de Podlubne gira.

         Leo y pienso en las fantasías de intervención que motivaron esta persistencia en el activismo, con todas las variantes que Podlubne recoge. Inevitable preguntar por los riesgos que estas verdaderas operaciones de resistencia encarnaban y también por lo soslayado, por lo demorado junto y a propósito de ellas.

La tercera ampliación que produce Podlubne se asemeja al tipo de trabajo que Bernard Lahire ensaya tanto en La condition littéraire. La double vie des écrivains como en Franz Kafka. Éléments pour une théorie de la création littéraire: es el cuidadoso hilván de historias familiares, de dones y deudas con maestros, de los aprendizajes construidos a partir de historias de amor y amistad el que descubre el complejo e intrincado armado de una producción sin desatender el lugar que el azar juega en esta trama de “acumulación” de “capital” simbólico y cultural. “Leíamos, leíamos, leíamos”: insistencia hilvanada al recuerdo de sus años de formación universitaria. Los libros también aparecen en los recuerdos infantiles: los “zapatos Carlitos” junto a la colección de luxe de El tesoro de la juventud que “el padre compró usada” como regalo para María Teresa y su hermana (y el detalle que aporta la palabra “usada” se une al que aporta la palabra “pública” cuando se describen las escuelas en las que Gramuglio cursa tanto sus primeras letras como su formación secundaria). Y los libros, esos objetos deseados, también dominan los recuerdos de adolescencia: al finalizar el secundario, “Gramuglio le pidió a su tía Teresa que, en lugar de los presentes habituales, le regalara dinero para libros. Se compró muchos, entre los que recuerda especialmente una Biblia en castellano, la antigua versión de Casiodoro de Reina revisada por Cipriano de Valera, y El capital de Karl Marx, en la edición de Tor, cuyo espesor no superaba el centímetro”. Los libros son también lo que la conecta con quien será uno de sus amigos de toda la vida: “el primer recuerdo nítido que Gramuglio tiene de Saer es su aparición en la facultad como vendedor de libros”. Desacralización de una de las estampitas de la literatura argentina devuelta aquí a una escena cotidiana: “Le compré los cuatro tomos de Orígenes de la novela de Menéndez y Pelayo”, recuerda. Una evocación que se hilvana a las exhumaciones saereanas en curso que también se enredan en estos pasajes.

Hay también en este punto una marca de género en la escritura de Podlubne que recuerda la magistral descripción de los ropajes de Eva Perón en el ya clásico estudio de Sarlo, La pasión y la excepción. Podlubne advierte no sólo el pasaje de “las medias de muselina y los zapatos abotinados” de los tiempos del secundario al “vestido de minifalda rojo, medias plateadas y zapatos rojos” elegidos por Gramuglio para su casamiento con Juan Pablo Renzi en 1967 sino en especial lo que expresa ese pasaje: “Las medias plateadas de Mary Quant que su amiga Gladys Onega le manda de regalo desde Londres aportan el tinte vibrante y cosmopolita. Por esos años, las minifaldas de Mary Quant, la desenfadada diseñadora británica de fama internacional que convulsionó la moda femenina en los sesenta, alcanzan los escandalosos treinta y cuatro centímetros y sus brights tights, accesorios favoritos de Twiggy, Brigitte Bardot y las novias de los Beatles, empiezan a inundar Buenos Aires”.

 

Hasta aquí este recuento incompleto que enfrenta lo que sabía, lo que sabe y lo que se abre para las investigaciones por venir a partir de este libro que multiplica, como en un juego de espejos, las relaciones de herencia y apropiación. Decía Gramuglio en su introducción a Estudios de literatura argentina que “no existe hasta ahora un estudio confiable de la obra de Prieto que incluya, además, la totalidad de [sus] libros…, el corpus de sus numerosos artículos, y que sepa dar cuenta con verdadero rigor crítico de su modo de leer los textos y de las modulaciones de su permanente atención a los contextos”. “Rigor” es una palabra que Gramuglio emplea para caracterizar la obra de Prieto y a la vez es lo que exige para este posible estudio futuro. Un estudio prometido por Nora Avaro al que se adelanta uno semejante, pero sobre su propia obra: el que aquí firma Podlubne. Un trabajo congruente con el que Gramuglio desea para Prieto.

Mucho de lo que Podlubne encuentra en Gramuglio, vuelve sobre sí: “rigor analítico”, “exigencia ética y política”, “tinte cosmopolita”. Mucho de lo que Podlubne subraya, también vuelve sobre sí: “para Gramuglio leer es ‘pensar relaciones’” hilvanadas por hipótesis cuya fuerza “se aprecia también en el tenor y la calidad de las respuestas que suscita”.

Un desafío al que se expone el doble juego de relatos y escrituras enredados en este objeto ineludible para la investigación, no sólo literaria.

 

 

 

(Actualización marzo – abril 2014/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646