noviembre-diciembre 2017, AÑO XI, Nº 64

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Seis ejercicios de autoconciencia
Un género como cualquier otro, de Facundo García Valverde, Buenos Aires, Pánico el pánico, 2013.

La posmodernidad ocupó el centro del debate académico durante gran parte de la década del noventa. Pero a comienzos del nuevo milenio aquel concepto entró en una súbita devaluación hasta convertirse en un adjetivo, posmo, que por lo general se lo utiliza con intenciones peyorativas. Sin embargo, hay algunos elementos la estética posmoderna que el campo cultural conserva de una manera tan habituada que puede crear la falsa sensación de que las cosas siempre fueron así. Dentro de esa lista se destaca un rasgo que a falta de un mejor nombre podríamos definir como “autoconciencia explicitada”. El gesto enunciativo que impera bajo este patrón es el de disolver no sólo la transparencia en la relación con el objeto sobre el que se habla, sino de mostrar que quien narra sabe que la ficción tiene reglas y sobre todo le recuerda al lector que él también sabe y conoce esas reglas. Los relatos incluidos bajo el nombre “Un género como cualquier otro” trabajan con este estatuto como parámetro. Facundo García Valverde ofrece seis cuentos donde la construcción del “cotidiano” se ve siempre tamizada no sólo por el punto de vista de cada uno de sus narradores, sino particularmente por un ejercicio de interpelación con el lector: esto de lo que hablo ya sabemos que es así, no se hagan los boludos. García Valverde parece no hablarle a un lector virgen, no busca apelar a la sorpresa, ni mucho menos a la transparencia, sino que su propósito es recordarnos lo que dejamos de lado cada vez que asumimos un rol de “corrección social”.

 

Así sucede en “Intercambio epistolar de un matrimonio proletario” un cuento que podría ser definido como un monólogo epistolar, ya que sólo se muestran las cartas que un tal Walter le envía a una tal Edith. La historia avanza en el pulso de lo que escribe él y la palabra de ella aparece siempre referenciada. El registro de cada misiva es claro, directo, no escatima en insultos, ni es cuidadoso al adjetivar viejas situaciones vividas cuando eran pareja. ¿Qué parece estar poniéndose en juego en este cuento? Eso que decíamos que parece atravesar cada uno de los relatos y que en este caso en particular se traduciría como la autoconciencia de la masculinidad herida. Me muestro macho dominante porque no lo soy. El rencor en cada una de las palabras utilizadas evidencia una clara dependencia con su objeto. El final del cuento marca de manera explícita esa ya sugerida sumisión. En mismo campo temático se ubica “Pensé en esto mientras escribía en vos”, donde se narra las desventuras de un muchacho en Tailandia. Su obsesión por el “levante” incluye una serie de máximas que operan a la hora de la conquista. La cuestión comienza a complicarse cuando aparece Adriana definida en la primera descripción como “una nena con sobrepeso, con un vestido blanco a lunares verdes que caían como un triángulo deprimido”. Es esta gordita quien va devorando lentamente el ego del protagonista en una típica doble operación: mientras más placer te doy, menos dejo que seas vos mismo. La telaraña funciona a la perfección porque cuando la víctima cree encontrar una vía de escape, ya es tarde. La moraleja autoconsciente  no es que las mujeres son malas, sino que los hombres son boludos.

“Como antes” equilibra un poco la balanza. El relato trabaja en paralelo sobre los caminos que toma Pablo y Florencia después de separarse. A él le va mal siempre o casi, a ella de forma un poco más ciclotímica. Todo esto contado con frases cortas, sin valoraciones por parte del narrador: un acierto. Cuando vuelven a encontrarse ambos son como veteranos de una guerra perdida: no hay medallas ni honores que mostrar, sólo queda esa chance de encontrar en el pasado un poco de futuro. Pero el DeLorean parece haberse quedado sin combustible. Autoconciencia de la finitud del amor. Algo que parece repetirse también en “Razones para estar solo”, un cuento donde el título establece una especie de fuerza centrípeta: esas largas desventuras entre el narrador y su errática pareja parecen estar allí solo para demostrar lo que se anunciaba en el paratexto inicial. El pulso del texto sintoniza con  la llamada “literatura femenina”, no tanto en la paleta de motivos temáticos, sino más bien en una cierta postura psíquica del protagonista.  Autoras como Lorrie Moore o Melissa Bank ponían a sus personajes –mujeres de entre 30 y 35 años– la autoconciencia de que su deseo estaba a la deriva, siempre sujetas a los vaivenes de los estados de ánimo de sus esporádicos amantes. Si bien en el caso de “Razones para estar solo” el narrador es un hombre, la posición es similar a la que se podía leer en esa literatura que hacia finales de los 90 ocupó un primer plano de la escena narrativa. Algo de eso, pero en clave de queja acontece también “Invierno”, un breve relato donde lo inconcluso parece definirse en dos sentidos: lo que debía mantenerse en estado latente y nunca ocurrir, pero también lo que luego de ocurrir no avanza más allá de un mero punto inicial.

El cuento “Un género como cualquier otro” realiza una apuesta conceptual interesante. Secuenciado por números, parece ser una “micro novela”. Hay un equilibrio justo entre condensación y expansión. Se condensa la anécdota, se expande la historia. Por otra parte la escritura tiene también un desplazamiento estilístico que no parece ser casual. Si el comienzo tiene un registro informativo, donde hay un reenvío solapado a la lógica Wikipedia, con el avance de la narración y al recaer la lupa sobre los personajes, se produce un viraje que robustece el relato. Este movimiento, lejos de ser gesto arbitrario, parece estar allí para mostrarnos que lo que se cuenta, siempre depende de cómo se lo lea. La suerte del arte y de los géneros se juega dentro de una economía donde una misma carta puede ser subvalorada o sobrevalorada. Autoconciencia de la mirada. De haber en este cuento, y quizás también en el excelente libro de Facundo García Valverde alguna especie de slogan que sirviera para abarcar todos esos mundos recorridos, sería: “Nada nos expone más que nuestra propia mirada”.

 

 

(Actualización marzo - abril 2014/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646