septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Haz tu cabeza estallar
Viajero solitario, de Jack Kerouac, Buenos Aires, Caja Negra, 2013

Hay palabras que vienen con nombres pegoteados. Quien dice laberinto dice Borges; quien dice luna (decía Borges) dice Lugones. Jack Kerouac es la garrapata de carretera. A tal punto que cada vez que en una novela estadounidense alguien agarra un auto Kerouac se sube al asiento del acompañante para elegir la música o al de atrás, para zumbar orejas. Lo saben todos los que escriben después del beat: si tomás la ruta y te perdés en el movimiento puro hacés la gran Kerouac; si llegás a destino luego de pasar por algunos episodios que mantienen obligatoriamente el tiempo en sus cabales, entonces te abrís de su enseñanza o le sos infiel a su legado, un chofer apenas de vos mismo. Incluso en las más pueriles discusiones ideológicas la ruta de Kerouac tiene algo para decir: es el viaje de la contracultura y el jazz, opuesto al viaje livianito de un tipo como Salinger, que expresaría solamente a los pendejos sensibles de la burguesía (no miento, he escuchado estas razones).

Cosas de este estilo pasan con los escritores canónicos; el mismo Kerouac, para describir una corrida de toros, debe haber tenido que espantar a Hemingway. También pasan con los escritores fundamentales, que no son necesariamente los mismos. Kerouac forma parte de algunos planes de estudio y del universo mítico de la literatura, lleno de relatos de extravagancia y falopa; pero pertenece ante todo al segundo grupo, que es el único que importa. Y no solo eso. Dentro de los escritores fundamentales ocupa –junto con Céline y Kafka, junto con Aira y Vallejo, junto con Dostoievski y Rimbaud– la sección santa de los escritores vuela-cabezas. La reciente edición de Viajero solitario –un título tan ajustado a su contenido como lo hubieran sido Príncipe melancólico para El gatopardo o Lectora divina para Madame Bovary– nos permite retomar contacto con el autor tripero por excelencia, en una traducción rítmica y viboreante de Pablo Gianera que para cualquier lector argentino resulta doblemente feliz: porque es excelente y porque a cada vuelta de página renueva la dicha comprobar que no, que es cierto, que no tiene nada que ver con Anagrama. [1]

El libro tiene ocho capítulos de diversa extensión y un prólogo en el que Kerouac se presenta a sí mismo como llenando una ficha. Aprovecho algunas entradas para incorporar información a la reseña. Nombre: Jack Kerouac. Nacionalidad: Franco-estadounidense. Lugar de nacimiento: Lowell, Massachusetts. Fecha de nacimiento: 12 de marzo de 1922. Casado: Naaa. Especialidad: Las mujeres. En Por favor, haga un breve resumen de su vida figura esta frase: “A los dieciocho años leí la vida de Jack London y resolví ser también un aventurero, un viajero solitario”. En Resumen de las principales ocupaciones y/o empleos encontramos catorce, varios de los cuales tienen su lugar en las páginas que vienen a continuación. En la última entrada –Por favor, haga una breve descripción de este libro, de su alcance y propósito, tal como usted los concibió– Kerouac presenta Viajero solitario de esta manera:

Viajero solitario es una recopilación de algunos artículos publicados y de otros inéditos unidos por un mismo tema: el viaje.

Los viajes comprenden los Estados Unidos desde el sur hasta la costa este, y de ahí a la costa oeste y el noroeste, aparte de México, Marruecos, París, Londres, los océanos Pacífico y Atlántico recorridos en barco, y diversas ciudades y personas interesantes.

Empleo en el ferrocarril y como marinero, montañas, misticismo, lascivia, solipsismo, desenfreno, corridas de toros, drogas, iglesias, museos, calles, una aleación de vida como fue vivida por un libertino orgulloso, educado e indigente que va a ninguna parte.

Su alcance y su propósito son sencillamente la poesía, o la descripción natural”.

 

La presentación es tan buena que las reseñas del libro podrían resolverse transcribiéndola. Me permito igualmente añadir un par de cosas.

Trabajo y vagabundeo no son exactamente notas sociales, aunque lógicamente permiten apuntes en esa dirección. En “La tierra del ferrocarril” Kerouac es guardafrenos. En “Pinches de cocina en el mar”, pinche de cocina, obviamente. En “Solo en la cima de una montaña”, guardabosques. Pero lo que podría haber sido un conjunto de crónicas de la vida laboral se convierte en manos de Kerouac en un itinerario existencial de alcances místicos. El trabajo puede ser duro, permisivo, interesante o solitario; pero lo que no puede es otorgar identidades fuertes, subordinado como está a un modo de vivir errante y desenlazado. El vagabundeo        –que tiene su elegía en el último capítulo– es menos una situación social que un estado del espíritu y una potencia literaria.

A decir verdad, la idea de itinerario que sugiero más arriba (y que connota tan claramente la idea de camino) no es adecuada. Es cierto que en “Solo en la cima de la montaña” hay revelación y aprendizaje; pero en el libro no hay una progresión hacia el autoconocimiento. Viajero solitario no es la historia de un alma sino más bien una yuxtaposición de episodios o retazos de episodios protagonizados por alguien que ya posee una disciplina interior, y que se mueve o descansa como un sabio azteca o chino. La falta de progreso es especialmente notable en la manera en que se suceden los capítulos; existe una cronología pero los lazos entre lo que está antes y lo que viene después son muy débiles.

·         En el primer capítulo el viajero espera un barco para emplearse y salir de América hacia cualquier lugar. No consigue trabajo. “No me importa”, concluye. “Me voy a México”.

·         En el final del tercer capítulo el viajero –empleado del ferrocarril– discute con otro como él, más joven, que prefiere el mar antes que la tierra. El ferrocarril es mejor, dice el viajero. “Se viaja todo el tiempo, se gana mucho dinero y nadie te molesta”. En el capitulo siguiente aparece como pinche de cocina en un barco.

·         En el capítulo cuatro el viajero se echa al mar con la intención de llegar a Oriente. Al final, justo después de remontar el Mississippi, abandona el barco y se dirige a Nueva York.

·         El quinto capítulo es en Nueva York y el sexto en los bosques de Seattle. La oposición entre la gran urbe y la soledad absoluta de la naturaleza fortalece el vínculo entre los dos. Se trata de la transición más explicada de Viajero solitario.

·         El capitulo que sigue al de Seattle –el séptimo– comienza con el párrafo más ilustrativo del modo en que se mueve el libro (subrayo innecesariamente algunas palabras): “Ahorré cada centavo que me sobró y de golpe decidí gastarlos todos en un glorioso viaje a Europa o a cualquier otro lugar, y entonces me sentí liviano y alegre”.

·         El último capítulo, “La extinción del vagabundo americano”, está fuera de la cronología.

De manera que el viajero solitario de Kerouac se mueve todo el tiempo aunque no deje el trabajo. En este capítulo espera embarcarse como si fuera otro Ismael (la influencia de Melville es notable); en aquel camina por la ciudad nocturna empujado por lo que él mismo llama su destino de neón; en este y en aquel deja ir su pensamiento, corriente abajo o no, desviándose en recodos que no tienen por qué volver a ningún lado, tan poco subordinados están, tan fuera de cauce. Es la prosa-Kerouac. En el hermoso capítulo “La tierra del ferrocarril” el trazado de las vías se sobreimprime al flujo multidireccional de la escritura; ya en las últimas páginas, casi como si se tratara de una inscripción metapoética, un joven en busca de aventuras (lo mencioné antes) dice que para él la verdad está en el mar, no en los trenes que hacen siempre el mismo recorrido; el viajero lo pelea un poco, y apenas unas líneas después compara al fogonero de su tren con un lobo de mar y un jockey, como si fuera a la vez la encarnación de todos los transportes y un dios obrero del movimiento.

El viaje que importa en Kerouac, por supuesto, es el de la mente, no el de la geografía; pero la modificación geográfica no es un mero énfasis: el movimiento físico es necesario para que la mente se despegue de sí misma. Kerouac escribe a chorros, en una prosa que bien puede arrojarse durante páginas a una adición mutante, a un puro y disgregador. Polisíndeton anabolizado, exhalación eterna. ¡Rizoma! Y claro. Deleuze y Guattari tienen un ensayo notablemente kerouaquiano –el capítulo catorce de Mil mesetas– en el que oponen lo liso a lo estriado, que es como decir: los trabajos de desterritorialización a aquellos que promueven raíz e identidad. Las imágenes de Viajero solitario son muy ilustrativas: el mar es lo liso, el trazado ferroviario lo estriado (luego vienen las intersecciones y los problemas). Para Kerouac escribir es alisar estrías. Que es como decir: escribir es la labor que asegura el pasaje de un orden a un vértigo.  

El orden depuesto en el viaje es fundamentalmente el de la identidad. Llamar narrador, voz o sujeto al yo que se sacude en las páginas de Viajero solitario es una convención inoportuna. Hay un momento importante en el capítulo africano-europeo que echa luz sobre este tema. Para conseguir que lo dejen entrar a Inglaterra Kerouac presenta un documento y una nota que habla de él y Henry Miller, cosas que le permiten confirmarse como escritor ante las autoridades aduaneras. Es una imagen invertida de su libro, que funciona exactamente al revés: pidiéndonos que dejemos de lado cualquier cosa que nos corrobore (pidiéndonos que leamos).

En medio de la maraña de percepciones, memorias y pensamientos que conforman los distintos capítulos asoman la cabeza personajes de toda clase, algunos más definidos, otros con la consistencia y el brillo de una sobreimpresión. Acá, un campesino de México o un marinero polaco. Allá, una tal Carmelita O’ José o un tal Allen Ginsberg. En Tánger aparece Burroughs, en los bosques de Seattle un oso y en el Océano Atlántico una tormenta de proporciones bíblicas.  Todos –humanos, animales, fenómenos meteorológicos– salen de la escritura de Kerouac como  las formas más o menos reconocibles que surgen de las pinturas matéricas. Brotan y se retiran, permitidos y atrapados por una prosa de flujo incesante. En el orden de los conceptos, esta continuidad entre lo que comúnmente se presenta como perteneciente a órdenes diversos expresa, lógicamente, una visión mística del universo. Kerouac llama Dios a la instancia general que reúne todo lo existente y se deja manifestar por todo lo existente. Pero no es necesario compartir su misticismo cristiano-budista para sentir que lo que dice es verdadero. Basta creer en la Literatura, y leer con esa fe este maravilloso Viajero solitario.

 

 



[1] Mención aparte para Big Sur, editada por Adriana Hidalgo con traducción del mismo Gianera. 

 

 

(Actualización noviembre - diciembre 2013. enero – febrero 2014/ BazarAmericano)

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646