septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Ademanes herejes y fantasías de nano-intervención de una tesis-modelo devenida ensayo
Relatos de mercado. Literatura y mercado editorial en el Cono Sur (1990-2008), de Cristian Molina, Rosario, Fiesta ediciones/ CELA, 2013

Por razones bien diferentes pondría a Relatos de mercado. Literatura y mercado editorial en el Cono Sur (1990-2008) en serie con otros dos libros, citados por otras razones en este ensayo de Cristian Molina: Aquí América Latina de Josefina Ludmer y El valor de la cultura. Arte, literatura y mercado en América Latina compilado por Alejandra Laera, Álvaro Fernandez Bravo y Luis Cárcamo Huechante. Del primero subrayo, más allá de sus controvertidas hipótesis, el armado de un corpus poco ortodoxo que interroga, como desde otro lugar lo hace Molina, la “industria de la lengua”.  Del segundo destaco lo que habilita su carácter fragmentario: al tratarse de una compilación de artículos y de ensayos, se impone la restricción en el desarrollo de las inteligentes conjeturas expuestas: un límite que Molina no ha tenido y que ha hecho jugar claramente a su favor desde una escritura incisiva y consistente que no da respiro, para goce del lector.

 

Un objeto necesario que arranca con un reconocimiento colectivo y a la vez íntimo: el cuidado agradecimiento a todos y a cada uno de los que participaron del trabajo, a quienes lo posibilitaron y lo acompañaron entendiendo “las ausencias” y los silencios, “las obsesiones y el insomnio”. Directoras y jurados, profesores y colegas, pareja y amigos y hermanas y en especial, tres líneas que condensan, además, una apuesta por la educación pública como posibilitadora de movilidad social:  “A la má y al pá, porque desde una posición social que vive de la urgencia por conseguir la comida del día, pudieron creer en la educación de sus hijos- y acá estamos”. No me parece casual que las mejores producciones, las mejores tesis, los mejores libros (valoración atravesada, seguramente, por los caprichos del gusto) que he leído no los han escrito sino aquellos a quienes nada les fue regalado, aquellos que han apostado al esfuerzo, que han creído en la construcción cotidiana y colectiva que, más allá de los avatares, pudo y puede hacerse en este país. Esta tesis devenida ensayo se inscribe a todas luces en ese grupo.

Una tesis que construye un problema inevitablemente político (en el sentido que Eduardo Rinesi, entre Shakespeare y Jacques Derrida, recrea para el término en su ya clásico Política y tragedia. Hamlet entre Hobbes y Maquiavelo): pensar el mercado editorial, analizar sus tretas, identificar con perspicacia y sutileza sus grietas desde los albores del neoliberalismo de los noventa hasta la recuperación de los sueños latinoamericanistas focalizando puntualmente en el Cono Sur implica crear un lugar o hacer lugar a lo que llamo, siguiendo en parte a Avital Ronell (“Derridemocracia”, “Entrevista” en La culpa es de Mallarmé. La aventura de la teoría literaria) y a Slavoj Zizek (El acoso de las fantasías), “fantasías de nano-intervención”: una minúscula acción militante tramada desde el pliegue entre literatura y enseñanza, entre investigación y escritura. Una operación ligada a la “pequeña tarea” reñida con “lo espectacular” (Ronell). “Soy una universitaria … que continúa firmemente creyendo en la capacidad de escándalo que sólo la literatura y la poesía detentan”, advierte Ronell, lectora de Kafka, en una entrevista con Vincent Kaufmann. Por su parte, cuando Cristian Molina construye su objeto de investigación contribuye de forma indirecta a revisar la forma de componer los objetos de enseñanza porque desde su título hasta su epílogo interroga qué se lee y por qué y entonces, al sesgo, interroga también qué se enseña en o junto a lo que se enseña y por qué. También por esto, este texto se vuelve un objeto necesario. Pocos pasajes revelan esta inquietud como la escena inicial; más precisamente, el párrafo con el que se abre el libro. Un párrafo que deja entrever, entre el don y la deuda, el eco de las enseñanzas y de lo que se ha hecho con ellas: un eco marcadamente rosarino, tramado entre las obsesiones de Alberto Giordano heredadas a su vez por Judith Podlubne respecto de las morales literarias. Un eco que, por suerte, ha traspasado los muros de la Facultad de Humanidades y Artes para proliferar entre docentes y estudiantes de otras instituciones y de otros lugares.  La escena inicial ligada al robo de cultura dice mucho, otra vez, sobre la enseñanza como entrega y el aprendizaje como necesaria apropiación hereje. Mucho de auto-bio-grafía se lee también en las entrelíneas: la fascinación con “el mundo de los libros”, los límites de su acceso y una profesión de fe. “Creo que estudiar y leer literatura del presente otorga un margen de intervención que es, asimismo, una especie de política literaria, de práctica en la literatura y tal vez, en el mundo: un modo de comprender y de actuar en ese mundo desde la literatura –desde la escritura crítica como escritura literaria”. Creo que este pasaje funcionará como envío, no sólo a la tesis sino también a la enorme biblioteca que abre (algo que acontece también en el epílogo pero que, debo remarcarlo, no deja de suceder en todo el ensayo). Un envío para los lectores por venir y muy en especial, para los estudiantes de la universidad pública: institución en la que también se condensan fantasías de intervención de órdenes diversos según los momentos de la vida y de la carrera profesional. Institución en la que también se buscan los “modelos” a imitar: qué crítico uno querría ser, cómo quién querría uno enseñar y, en esa línea, la ilusión de mimesis, el intento siempre frustrado pero productivo en su inutilidad de leer todo lo que el otro leyó con el deseo de acercar-se a su modo de  escribir literatura sobre literatura.

En esa línea interesa el relato sobre el recorrido que lo llevó a Molina a las producciones que finalmente construirán su corpus: su confesión del interés por un tema (la “dualidad económico-simbólica de la literatura” y por el modo en que se conectan “posición” y “práctica” en “la propia actividad  de cada uno de los escritores coincidente o divergente con lo planteado en sus producciones”) y el bosquejo de las intuiciones iniciales llevan al despliegue de otro corpus que bien podría convertirse, en sí (como volverá a suceder en el epílogo), en programa exploratorio para un curso o un seminario, porque es más o menos evidente que si se decide hacer espacio en la escritura a la reposición de algo que se ha soslayado para el análisis por una decisión de investigación (una constante inherente a dicha práctica), es porque hay allí un núcleo que, más o menos subrepticiamente, se quiere traer a la conversación. Se trama entonces otro envío con consecuencias insospechadas para los lectores por venir: no sabemos si no hay allí otro germen de tesis, de investigaciones por hacerse y/o también un/os lector/es por crear-se. Algo que acontece siempre y cada vez que un investigador decide transparentar sus decisiones habilitando, a partir de ellas, no sólo discusiones sino también recorridos y nuevas búsquedas. Es lo que hacen Laera, Cárcamo-Huechante y Fernández Bravo en la “Introducción” a El valor de la cultura cuando en relación a la industria cultural afirman que “lo que resta, ante todo, es consolidar un abordaje a la vez atento a las instancias de producción, transacción y consumo, al análisis de los productos o artefactos culturales y a las modalidades transnacionales de circulación de los mismos” o cuando más adelante, respecto de la atribución de valor, mencionan que “se puede trazar un mapa de la adquisición (o la pérdida) de valor estético y entender mejor los mecanismos de canonización, colección y descolección del patrimonio cultural”. Es lo que en el mismo texto hace Ítalo Morriconi cuando en “Circuitos contemporáneos de lo literario (apuntes de investigación)” señala que “el momento actual presenta desafíos fascinantes para la teoría literaria” o cuando cierra su texto con una observación: “considero que los textos de declaraciones de artistas y de entrevistas sobre sus trayectorias biomateriales constituyen corpus que actualmente forman parte del concepto de lo literario. Es que forma parte de la definición de arte y de literatura aquel objeto que se coloca en escena como representación del proceso material de creación, como simulacro de una situación de enunciación”. Este ensayo de Molina claramente talla el tipo de corpus al que Morriconi apunta en 2007.  Y va un poco más allá.

Un “más allá” que consiste en armar un relato sobre otros relatos: un relato crítico que se quiere literario sobre literatura leída en términos de “relatos de mercado”. Un “bucle extraño” o, como le gustaba decir a Douglas Hofstadter a partir de los dibujos de Escher, las composiciones de Bach y el teorema de Göedel, una “jerarquía enredada”. Una decisión que habilita, como en los mejores trabajos de Derrida, la operación de ensayar un aporte categorial mientras se escribe una lectura o, si se quiere, en tono menos pretencioso y siguiendo al propio Derrida, una operación que da cuenta de la necesaria “fidelidad infiel” que permite apropiarse creativamente de un concepto elaborado para otro contexto. Luego del desembalaje de la deslumbrante biblioteca construida durante el proceso de la tesis, Molina apunta: “En ese recorrido, llegué a las producciones de Alberto Fuguet y de Joao Gilberto Noll. Y encontré en ellos  una suerte de articulación común con los relatos de César Aira. Por un lado, en los tres estaban presentes las tensiones entre valor económico y simbólico vinculadas a figuras de escritor y a una práctica literaria; por el otro, en todos ellos podía leer aspectos diferentes de los estados editoriales. De este modo, entre lo ‘en común’ y lo diferente de esas lecturas, se configuró un interés por leerlos como relatos de mercado”.

Una categoría reinventada creativamente en función del objeto que se diseña, de sus coordenadas temporales y espaciales: básicamente los “casos” elegidos envían a Argentina, Chile y Brasil “durante la década del 90 y hasta el 2008”. Reinvención que exige aclaraciones sin privarse, como veremos a continuación, de las prescripciones metodológicas: “La categoría relato de mercado comprende objetos culturales (literarios en este caso) que tematizan el mercado simbólico, a través de la presencia ya sea de agentes o de bienes que hacen evidente una dualidad económico-simbólica, siempre en tensión, constitutiva de dicho mercado (Bourdieu 1984). De esta manera permite la lectura de significados atribuidos al mismo, de sus estados históricos, así como de las relaciones entre éstos y las prácticas (poéticas y/o de circulación) que sus autores realizan en él”. Otra vez, una decisión que se enreda con las de Sandra Contreras en sus lecturas de las performances de César Aira: “la literatura de Aira no es sólo proliferación del relato; es también acción, performance. Y por eso la publicación… es parte esencial de la obra como acto artístico, como acción”, afirma con lúcida precisión Contreras. Otra vez, la decisión de Molina va más allá porque involucra en su armado de corpus, una pretensión latinoamericanista legible, como lo ha hecho también Contreras, en términos de “casos” o, como diría Bourdieu, profusamente citado en esta tesis, de “signo[s] intencional[es] habitado[s] y regulado[s] por algo distinto, de lo cual también [son] síntoma” (Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario): “En estos casos se produce, entonces, la tematización múltiple del mercado simbólico-editorial, que debe comprenderse como la aparición insistente de ciertos agentes –escritores, editoriales, editores, distribuidores, agentes literarios, Fundaciones, ONGs, etc.– o de productos que ofician de ‘mecanismo de umbrales’/ ‘puentes de acción’ (Aira), de ‘realidad virtual’ (Fuguet), o de refracciones en un ‘espejo’ (Noll); a través de los cuales se produce una articulación conflictiva entre ficción/realidad que permite leer no solo percepciones y figuraciones del estado del mercado editorial, sino también las operaciones y las posiciones que los escritores ensayan en él”.
La densidad de lo que se lee en lo que sigue se puede imaginar si enuncio que una rigurosa y erudita justificación acompaña cada hipótesis componiendo argumentos que, como he adelantado, autorizan el deslizamiento de prescripciones: “La categoría ‘relatos de mercado’ no deberá comprenderse como novedad del presente sino como un utensilio crítico que permite la lectura de las relaciones entre literatura y mercado en diferentes momentos socio-históricos y literarios. De esta manera, los casos de Aira, de Fuguet y de Noll son concebidos como eslabón en una extensa cadena de relatos de mercado que pueden encontrarse en diferentes momentos de la historia de la literatura y que, en el contexto de la globalización, tienen vinculaciones con los relatos que se diseminan y que proliferan en la literatura mundial”. Prescripciones enlazadas a redefiniciones que entablan una firme y aguda conversación con los grandes nombres de la teoría, releídos a través de otras firmas en un armado poco convencional que pone en serie a Jorge Panesi junto a Jacques Rancière cuando se define al “relato de mercado” como una “construcción crítica que emerge durante la lectura de ciertos objetos que tematizan el mercado simbólico editorial de maneras diversas. Es decir, un relato de mercado no es un género, en el sentido de tipo textual que pertenece a una familia o a una clase particular de enunciados con un forma y con una estructura determinada, sino que se trata de una operación de lectura crítica a partir de huellas que aparecen en algunas producciones culturales y que se reordenan para dar cuenta de la relación entre literatura y mercado. Son, fundamentalmente, relatos de una lectura crítica; es decir, lo que entiende Rancière cuando piensa las diferencias y puntos de contacto entre el relato de la historia y el de la ficción en La división de lo sensible: un ‘reordenamiento material de signos e imágenes, de las relaciones entre lo que se ve y lo que se dice, entre lo que se hace y lo que se puede hacer’ (2009: 38). La mayoría de las veces, la crítica literaria, como en el caso de Bourdieu, recurre a la ficción narrativa o poética para leer las relaciones entre literatura y mercado, pero no ha puntualizado la existencia específica de una tematización que puede visualizarse en algunos textos. Con este libro, espero contribuir a considerar los relatos de mercado, en general poco atendidos por los estudios literarios, como un utensilio crítico de particular importancia en la comprensión de las relaciones entre arte/literatura y mercado en un momento determinado”.

En 1972 Jacques Derrida escribe un prefacio para uno de sus libros, La diseminación, que resiste los protocolos y los lugares comunes del género. Su performance parece tener como lema la frase de Jacques Rigaut que recupera Roland Barthes en Ensayos críticos: “E incluso cuando afirmo, todavía interrogo”. El plural que marca su título, “Fuera de libro. Prefacios”, advierte que se ensaya allí algo más que una mera introducción al texto. Así, en el sitio que usualmente en todo libro ocupan los prefacios, incluye este ensayo que, más que adelantar su lectura del Fedro, de Nombres de Philippe Sollers o de los poemas de Stéphane Mallarmé sobre los que versan los escritos de La diseminación, retoma diferentes fragmentos de otros prefacios (escritos por Hegel, Marx, Lautréamont, Mallarmé, Rabelais, etc.) mientras deja entrever su resistencia al género toda vez que se entienda por tal la síntesis de lo que sigue. Distraídos por la escritura, nos encontramos de pronto en la parte final del texto. Mientras tanto Derrida actúa su tesis respecto de la tentación del control o de la censura en la que los autores (o sus allegados) suelen caer al (pretender) legislar respecto de la interpretación de los textos mientras deja entrever una ética de la lectura y de la escritura que, antes que nada, no subestima al lector quien, de este modo, es invitado o desafiado a producir la propia. Una performance impecable. Quién pudiera. 

Más allá de este resultado, suscribo a esa ética que intenta, por otro lado, responder a las apuestas del texto que las provoca. En esa línea, y a pesar del fracaso de toda idea de mimesis, reconozco que algo similar quisiera hacer con este ensayo de Molina. Un texto cuya complejidad impide la traducción o el parafraseo y no sólo por su escritura sino también por las profundas operaciones que desliza: un exhaustivo estado de la cuestión (que abarca, como debiera toda tesis, hasta las discusiones sostenidas en los congresos del campo y en otras tesis –incluso no publicadas-); la interrogación del mismo principio metodológico que sostiene al armar un corpus a partir de “casos”; el repaso crítico de conceptos complejos como Estado- Nación, Cono-Sur, globalización, etc., articulados en sus propias categorizaciones; la descripción de producciones editoriales y circulaciones de bienes culturales a la luz de una anunciada “inminencia –todavía no consumada de la articulación de un espacio común entre algunos países de la región sur de Latinoamérica que ha tenido un nuevo avatar durante el período que delimita la investigación”; el detalle de variadas formas de colonización a través de los negociados editoriales en tiempos de las posdictaduras del Cono Sur; la entrada y salida del corpus para inscribir, a partir de él, las tensiones del presente leídas desde una escritura que no teme ni evita la inscripción auto-bio-gráfica o las derivas del deseo tal como lo muestran, entre muchas otras, esta frase: “El Cono Sur puede imaginarse desde criterios político-culturales que permiten pensar en la inminencia de articulación geopolítica de esta región”.
Sin osar sintetizar, me quedo con un concepto ajeno, tres preguntas y tres notas incompletas. Elijo entonces la arriesgada y por ello potente definición de un territorio habilitada por una lectura sincrónica y diacrónicamente densa unida a la justificación de una delimitación. Una insistencia obsesivamente repetida en la que se deja leer algo más que una exigencia metodológica. Una insistencia hilvanada a los criterios complejos usados para el recorte temporal atado a variables que, una por una, se desplegarán, al modo de una cinta de Moebius, en la lectura que seguirá, invaginando y confundiendo productivamente supuestos elementos “internos” y “externos”: “La apertura del período es 1990. Desde el punto de vista de la literatura, 1990 es el comienzo de la publicación de las ‘novelitas airanas’ … que dará origen a un continuo narrativo que operará una saturación del mercado, un modo de circular airano, pero que, desde el punto de vista de sus relatos de mercado, también implica un quiebre, el comienzo de los intereses por tematizar el mercado editorial. (…) Es también el año en que Fuguet publica su primer relato de mercado en el libro Sobredosis. (…) Es finalmente el año previo a la publicación de O Quieto animal da Esquina de Joao Gilberto Noll. (…) Desde el punto de vista histórico, es el comienzo en los tres países del período neoliberal. (…) En los tres países se inicia (Chile) o continúa (Argentina y Brasil) la temporalidad de la posdictadura, caracterizada por la constitución de gobiernos democráticos de apertura libremercadista. (…) 1990 es también el año posterior a la caída del muro de Berlín que condujo al apogeo de una época del capitalismo globalizado y de teorías como las del ‘fin de la historia’. Desde el punto de vista del mercado editorial, 1990 es además, el momento en que los grupos multinacionales avanzaron sobre las editoriales nacionales chilenas y argentinas hasta hegemonizar el mercado. El cierre es 2008. Ese año, Aira publica Las aventuras de Barbaverde, uno de los relatos más interesantes de abordar en relación con la globalización. Noll publica Acenos e Afagos, retomando el carácter de viaje y de intervención de los agentes multinacionales en los intercambios de los productores del mercado simbólico editorial y empobrecido, que había desarrollado en Bekeley em Bellagio (2002) y en Lorde (2004). Es, además, el año en que Fuguet se define como director-editor de la autobiografía de Caincedo que aparece por editorial Norma, y que refuerza su imagen multimedial. Desde el punto de vista del mercado editorial, desde el 2000 a la fecha se produce una proliferación de microeditoriales que ya venía consolidándose desde la década pasada como actores culturales con peso dentro de los mercados simbólicos conosureños. (…) 2008 también clausura y problematiza el proyecto neoliberal desatado en 1990. Dos crisis, la de 2001 en Argentina y la reciente crisis internacional de 2008, originada en Estados Unidos, pusieron –y todavía ponen– en duda mediáticamente el modelo neoliberal del mercado con un desplazamiento del Estado como regulador de la economía. La firma del Tratado de la UNASUR durante ese año es, además, una respuesta a la crisis económica y un avatar más de la imaginación de la integración regional conosureña en la meganarrativa de la globalización”. Se me disculpará la extensión de la cita, necesaria para apreciar el empeño y la paciencia con que artesanalmente se conjugan las perspectivas a usar en el elocuente desarrollo que continúa.


Para finalizar, apunto las tres preguntas que me hice al comenzar la lectura de este texto. La primera: ¿qué supone leer un libro que es producto de una Tesis? La segunda: ¿qué permite publicar en formato e-book (manera no tan oblicua de volver sobre la cuestión de por qué alguien preocupado por la circulación de bienes culturales elige editar su, creo, primer libro, en ese soporte)? La tercera: ¿qué otras fantasías, además de las confesadas, habrán movido a Cristian a iniciar, imagino que hacia los inciertos momentos de poscrisis, una investigación sobre este tema?

Al completar la lectura confirmo mis intuiciones. Me encuentro con una Tesis sobre la que agradezco la posibilidad de continuar una conversación. Una tesis que se inscribe en la consolidada tradición que, a pesar de los avatares de las dictaduras, la Universidad Nacional de Rosario supo sostener desde los tiempos de Adolfo Prieto y David Viñas seguidos por sus discípulos de entonces: María Teresa Gramuglio y Norma Desinano, entre otros. Que la muy sofisticada y exigente Alejandra Laera la haya citado elogiosamente durante su presentación en un panel durante el II Congreso Internacional Cuestiones Críticas celebrado en abril de este año en Rosario es, sin lugar a dudas, una estimulante repercusión y un sincero reconocimiento al insoslayable aporte realizado. En segundo lugar, poder leer este ensayo en formato e-book, además de habilitarnos a tejer hipótesis sobre las fantasías de intervención de Cristian, me permite soñar otra: transformar este texto en bibliografía a incluir en todas las netbooks para docentes del país ayudando a problematizar qué se lee, por qué y cómo, desde el nivel secundario al superior (remarco: universitario y no universitario) en Argentina. Una propuesta atada a otra intervención, ya no fantasía, producida desde esta universidad: si la editorial Beatriz Viterbo pudo construir buena parte del canon literario universitario a partir de la paralela construcción de un canon crítico (una ocurrencia, recordemos, de tres profesoras de esta casa; una ocurrencia, agreguemos, que  se enreda con mucho de lo que el corpus y las preguntas de Molina traen al análisis), ¿por qué no fantasear con que un promisorio ensayo derivado de un trabajo de tesis (en el sentido en que Derrida entiende la expresión “trabajo de”) altere o, más bien, contribuya a alterar los cánones escolarizados? Finalmente, desde la dedicatoria al epílogo hay, a partir del complejo armado, la profunda decisión de correr el riesgo que se anuncia, a modo de promesa, desde el título: sin esquivar posicionamientos  empieza a delinearse el trazado de una firma mientras se interviene, como quería Molina, a partir de una suerte de “política literaria” gestada a partir de la “práctica en la literatura”: “un modo de comprender y de actuar en ese mundo desde la literatura”. Esa práctica transida por la fantasía im-posible de poder “decirlo todo” (Derrida Demeure. Maurice Blanchot) aunque pagando el precio de ser leída como “mera literatura”. Un precio que, pareciera, justifica la apuesta.


(Actualización noviembre - diciembre 2013. enero - febrero 2014/ BazarAmericano) 

 

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646