septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Allá y acá
Contratiempo, de Edgardo Dobry, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2013

El proyecto inicial de Contratiempo fue el de un poema extenso cuyo título iba a ser Dr. Jrest. En 2010, Edgardo Dobry publicó una primera versión en Diario de Poesía. Entre el anticipo y el libro finalmente publicado surgen diferencias, no tanto en la trama de los versos como en la concepción del conjunto. Esos detalles pueden resultar ahora significativos respecto del trabajo que se propuso Dobry  y del modo en que entiende, hoy, la escritura de poesía.

Dobry (Rosario, 1962) vive en Barcelona desde fines de los años 80.  Desde un principio se preocupó por publicar sus libros en Argentina. Sus intervenciones en el campo de la crítica sobre poesía argentina han sido constantes, a través de ensayos, textos periodísticos y encuentros académicos. Integra además el consejo de dirección de Diario de Poesía y ha sido incluido en varias antologías. La distancia física resultó productiva para analizar –con mayor serenidad que muchos de sus contemporáneos- los cambios que ha experimentado la poesía argentina desde principios de los 90, por ejemplo en “Poesía argentina de los noventa: del neobarroco al objetivismo (y más allá)”, o aun latinoamericana, con el epílogo a la antología ZurDos. No solo en términos teóricos, sino en el plano de su propia escritura, donde también puede marcarse ese movimiento de aproximación y distancia respecto a los poetas de su generación.

La obra de Juan José Saer es, desde el objetivismo, una referencia más de la poesía que de la prosa. Dobry también la reconoce como tal, pero desde una perspectiva singular. No es la novela en verso que Saer instruyó a sus discípulos lo que le interesa sino la producción misma de la lengua, y más específicamente el modo en que la escritura comercia con el habla en una situación donde el escritor ha perdido la experiencia cotidiana de la lengua natal. En ese sentido, Contratiempo parece configurarse en el punto donde Dobry retoma preocupaciones comunes a otros poetas y produce una ruptura.

El proyecto apuntaba a un poema narrativo; el título original refería a un hablante, o más precisamente, con cierta ironía, a un expositor. Nada de eso ha quedado en la versión final. Es cierto que el libro prolonga un movimiento previo en la obra de Dobry. En El lago de los botes (2005), un conjunto de poemas escritos a la luz del recuerdo y las memorias de infancia y juventud, la ficción autobiográfica estaba ya cuidadosamente escandida y reelaborada para presentar escenas sueltas y sin necesaria consecuencia en vez de una novela; y para que ese mundo de la memoria se liberara de sus obligaciones y propiciara las asociaciones de los lectores, más que confinarlas a un tiempo y un espacio determinados. Pero en Contratiempo, en el paso que imprime desde la primera versión a la final, Dobry avanza más allá, vuelve tan difusas las referencias que es imposible localizarlas y afirma la imposibilidad de la narración. Así, ante un paisaje muy evocado en la poesía del Litoral, escribe: “Pero al otro lado del río hay –dicen- vacas,// humo, junco, el puente lleva a otra provincia/ y es tan alto que agua y estructura/ son entidades sin relato:/ por mucho que nos esmeremos…”.

Dobry toma los versos y los fragmentos que se articulaban en el poema extenso y los dispone según otro orden. No sigue el hilo, lo rompe y vuelve a anudarlo de modo de hacer evidente los saltos y las interrupciones. En lugar de la vicisitud, el discurso de un ponente expuesto con las pinzas de la ironía, el contratiempo: no tanto el percance, ya que también daría lugar a la diégesis, sino el descubrimiento de un período o de períodos que transcurren según un ritmo propio. Una medida de tiempo que proviene del trabajo de la traducción: un poeta es un traductor, dice Baudelaire citado por Dobry, y un poeta-traductor se mueve por períodos, no por continuidades. La irrisión de lo narrativo puede leerse en el comienzo: “Un año largo de algo hoy hace/ y el martes hará cincuenta meses/ y pico de otra cosa no menos importante”. No es lo que los diarios nos dicen lo que cuenta, no son los acontecimientos históricos (fuera de una mención al accidente nuclear de Fukushima y de otra a los “estados del dinero”, no hay prácticamente referencias explícitas a la época) los que están en el foco de la mirada. Se trata, en cambio, de escenas y situaciones íntimas, personales, donde más que “una buena historia para contar”, como demanda el sentido común editorial y a veces poético, lo que surgen son cosas que aparecen en sí mismas, inesperadamente y por un desvío de la atención: “Se ve una antena ofendida con la luna/ -el edificio, una postal con demasiadas estampillas-/ y, en la ventana, tus camisas secándose:// son mariposas puro alas, su sola carne/ una pinza de madera. Dirás que son de siempre/ soñaciones mías pero mirálas ahora: ¡aletean!/ Al fin tenemos tiempo para cosas así”.

En "Dicción en la poesía argentina", uno de los ensayos que reunió en su libro Orfeo en el quiosco de diarios (2007), Dobry planteó un recorrido a partir de la polémica que enfrentó a Sarmiento con el venezolano Andrés Bello en el siglo XIX en torno a la relación entre lengua hablada y escrita. Una cuestión que, hizo notar, atravesaba el siglo XX desde Borges hasta Leónidas Lamborghini. "En la literatura argentina aparece, desde el origen, la doctrina de que el escritor tiene el deber de modernizar la lengua mediante la escucha atenta del habla popular", anotó en un pasaje clave. Esa es, justamente, una de sus preocupaciones en tanto escritor de poesía. Y en ese sentido la distancia se vuelve problemática, ya que las lecturas y el intercambio epistolar, por más intensos y frecuentes que sean, no pueden sustituir el contacto cotidiano con el habla, el ejercicio de la voz y del oído que supone la conversación.

Dobry retoma o puede ser inscripto en una tradición de escritores argentinos que están “allá y acá”, como dice Arnaldo Calveyra: en el ámbito donde se configuró una matriz de lengua que sigue siendo productiva y en el presente en que esa cisterna renueva su provisión. Una línea donde se inscribe el ailleurs, esa operación mágica que le permite a Calveyra estar en Entre Ríos al abrir una ventana de su departamento de París, y la zona de Saer, el tono, los ritmos y los términos de un modo de hablar imborrable. Pero no hay una fórmula que pueda transmitirse; cada escritor debe crearse su propia solución, y Dobry la ha elaborado en un registro que combina citas hipercultas y fraseos populares y, sobre todo, en una mirada a veces irónica, a veces desencantada, que desplaza las cosas de su lugar para ponerlas bajo una nueva luz.

Citas de autores clásicos y modernos, y del propio hijo ("pero papi, ¿Hemeroqué, Obicuán?/ ¿Son personajes de fántasy?/ ¡Vivís en un mundo taan antiguo!"), voces y fórmulas españolas, pasajes de lunfardo y chistes, lo que dicen los noticieros y la teoría de los actos performativos de Austin, convergen en una notable elaboración donde el lenguaje se crispa, tensiona y finalmente se despliega en un complejo haz de juegos, referencias, observaciones y texturas que también pueden rescatar lo que se apunta en una libreta. La ironía, ahora, tiene como blanco a los propios poetas y a la misma poesía, no por ánimo de hacer guiños cómplices sino porque poner en cuestión el arte y sus procedimientos son indispensables para la búsqueda formal que orienta la escritura de Dobry. “Hemos visitado museos, visto/ películas bastante raras y tenemos// una sensibilidad casi tan aguda como/ últimamente vienen mostrando los mercados./ Habría que hacer de verdad algo con eso”, dice en un poema, casi como prolongación o réplica a un diálogo previo con Frank O´Hara. Y en otro: "El viaje del poeta y de la historia/ se cruzaron en la zona/ necrosada de la lengua,/ cada uno revelado por el otro". En ese punto comienza el trabajo de la poesía.

 

 

(Actualización noviembre – diciembre 2013. enero – febrero 2014/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646