septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Diecinueve hipótesis sobre la novela de Mauro Libertella
Mi libro enterrado, de Mauro Libertella, Buenos Aires, Mansalva, 2013

1

Mi libro enterrado es una de las mejores novelas de los últimos años.

 

2

Como los rumores que corren rápido, la novela de Libertella fue muy comentada, incluso antes de su salida en libro: tanto en el boca a boca como en la prensa escrita, se recomienda, se reseña, se habla de ella. Es curioso: a todo el mundo parece gustarle Mi libro enterrado. Semejante consenso habla tanto de la multiplicidad de virtudes que tiene el libro (por lo que cada quien tiene de dónde agarrarse para encontrar que es sobresaliente) como de cierto estado de cómoda medianía y homogeneidad en la crítica contemporánea.

 

3

Las virtudes del libro de Libertella son, efectivamente, múltiples. Pero además de múltiples, sobresale que practica una virtud y su contraria. Contra las antinomias más berretas de la cultura, consigue en su moldeado una intervención notable en la literatura contemporánea.

 

4

La novela cuenta la muerte del padre del narrador, pero sobre todo, es la construcción de la voz de un escritor.

 

5

La novela es una máquina de narrar anécdotas, pero es también una constante reflexión sobre la escritura, el lenguaje y las formas de narrar.

 

6

La lectura de la novela es una estremecida experiencia de la tristeza, pero es también un ejercicio narrativo que se nutre de un humor elegante y corrosivo. Son frecuentes adjetivaciones, imágenes y escenas emotivas, pero el narrador sabe tomar distancia sin alejarse, ser irónico sin ser cínico, narrar una “escena terrible” pero “con levedad y ternura, sin estridencias”.

 

7

La brevedad efímera de la novela evidencia una escritura depurada donde nada sobra, y sin embargo, su escritura practica una constante duplicación de elementos que se resuelven complementarios: la estructura de conceptualización y enumeración permite al mismo tiempo narrar los hechos sucedidos en el pasado, pero supeditados al sistema de valores propio del momento de la enunciación del presente: “Fue un instante al mismo tiempo suave y dramático: yo arrodillado en el piso, él acostado en su cama, inconsciente hacía horas”. Se narra el pasado, se adjetiva desde el presente.

 

8

La lectura del libro es fluida y llevadera, pero la novela prescinde de las linealidades. La acción avanza sin el amparo de una cronología sucesiva. Esto es fundamental, porque la organización del tiempo es un elemento central del relato.

 

9

Los breves capítulos que componen la novela funcionan como dijes que se enhebran, epifánicos, en el relato total. Cada uno se inserta en el todo mediante cláusulas temporales que disparan las reflexiones y las anécdotas: “Había pasado un mes y medio, dos meses desde…”, “Yo tendría doce, trece años, cuando…”, “Cuando el médico me dijo que…”, “Cuando quedó claro que…”, “Fue siete días antes cuando…”.

 

10

Los marcadores temporales se dividen en dos clases: los que organizan la estructura interna de la narración, que suelen ser muy precisos, y los que vinculan al relato con los datos, fechas e hitos de eso que acordamos en llamar “realidad”. Estos últimos suelen ser siempre imprecisos.

 

11

La novela parece incluirse fácilmente en ese ambiguo género que son los relatos sobre la muerte del padre, parece nutrirse en su totalidad de elementos de la experiencia biográfica del autor y sucumbir ante la etiqueta de las “escrituras del yo”. Sin embargo, esas etiquetas se van despegando del libro con la sutileza que la narración propone para trabajarlas: si las referencias temporales internas del relato son precisas, la preeminencia de una tambaleante sintaxis del recuerdo horada la estabilidad de las referencias temporales que se incluyen. Las referencias que vinculan el relato con “la realidad” aparecen, pero siempre vacilando en su imprecisión: “habían pasado un mes y medio, dos meses”, “Yo tendría doce, trece años”, etc.

 

12

La primera frase del libro es una forma de cortar amarras al mismo tiempo que las tiende. Héctor Libertella falleció en 2006, la novela de su hijo, Mauro Libertella, se publica siete años después, en 2013. Sin embargo, su primera frase es: “Mi padre murió hace cuatro años, un mediodía de octubre, en su departamento de dos ambientes en el que ahora vivo yo”. El detalle es menor, ya que la novela no se aferra al positivismo del referente como modo de construcción narrativo, pero sí debiera ser tenido en cuenta por la negativa: desde su primera oración el libro se desmarca de la relación directa con el referente “Héctor Libertella”, para dar lugar más bien a una función “mi padre” que será la que se vuelva productiva en el juego con el tópico de “la muerte del padre”. Las referencias al escritor y personaje público aparecerán, luego, apenas escandidas en el texto, pero la primera frase sirve de bandera: si bien la novela es, entre otras cosas, el relato de la muerte del padre, es, sobre todo, una novela que se autonomiza del referente “real”. A tal punto se autonomiza que se permite incluirlo.

 

13

De la profusa obra del padre sólo se hace una referencia precisa a un libro póstumo: La arquitectura del fantasma. Lo que se dice de ese libro son claves de lectura para entender el modo en que funciona Mi libro enterrado.

 

14

Leemos en la novela la voz del narrador hablando del libro póstumo de su padre: “Quiso que su vida estuviera volcada en ese libro, pero creo que terminó siendo un libro sobre la anticipación de la muerte”. Del mismo modo, de Mi libro enterrado habría que señalar: quiso contar una muerte en ese libro, pero terminó siendo la posibilidad contraria, una narrativa vital.

 

15

Leemos también en el libro una cita extraída de La arquitectura…, donde el padre contaba cómo a los doce años había escrito Agentes para la venganza, uno de sus primeros textos: “era una novelita de cowboys donde yo aprovechaba esas composiciones que piden en la escuela primaria, del tipo Composición Tema: La Vaca. Esto era literal y lógico en una ciudad rodeada de campos y ganado. Aproveché mi vaca para incrustarla en una novela de arrieros del lejano oeste”.  Nacido en una familia de escritores, con la misma libertad creativa que su padre transformaba el “tema composición la vaca” en una novela de cowboys, el narrador parte del relato de su muerte pero el texto es puro exceso frente al disparador.

 

16

Mi libro enterrado es una novela sobre el alcohol donde nunca hay percepciones olfativas. La selección de maneras de dar cuenta del “derrumbe” de una vida es un modelo de amor de la memoria.

 

17

En la figura del padre, la novela condensa la mística de la bohemia de los años sesenta y de la figura del escritor alcohólico. Esa condensación es un modo de valorar el pasado y evaluar el presente, pero sobre todo una forma de desmarcarse de mitificaciones de generaciones pasadas.

 

18

La novela es contemporánea, entre otras cosas, por el modo en que digiere e incorpora la tradición literaria local. En sus decisiones formales se pueden leer la lección borgeana, los debates entre realismo, vanguardia y testimonio de los setenta, las hipótesis sobre la literatura hermética y metaliteraria, el modo en que una generación como la de la revista Babel incorporó esas premisas, y el modo en que los mejores narradores de la revista Babel las abandonaron.

 

19

Como toda buena literatura, las categorías de “literatura” le resultan esquivas: hablar de “la novela” es un facilismo de la comunicación. La experiencia de leer Mi libro enterrado modifica las ideas posibles sobre lo que es “la novela”.

 

 

(Actualización noviembre – diciembre 2013. enero – febrero 2014/ BazarAmericano)

 

 

 

  

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646