septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Diseño

María Eugenia Rasic

Membranas de un manual
Palabras de Archivo, Mónica Pené y Graciela Goldchluk (compiladoras), Santa Fe, UNL y CRLA Archivos, 2013

Si hay palabra para este libro es “manual”, la cual acompañada de pretensión y trabajo evoca instantáneamente la presencia de las manos como imagen, como materialidad, opacando la noción de libro: mano-manuscrito-manual que deja desplegarse de punta a punta del itinerario sin dejar de lado la importancia de las estaciones, de los apartados. Prologado por Mónica Pené y Graciela Goldchluk, compiladoras del libro, el lector comienza con la referencia al poema de Prévert, “Para hacer el retrato de un pájaro” (cuyo vuelo poético rozará más de un epígrafe y referencia interna en los trabajos allí articulados: Girondo, Ungaretti, Paul Celan, Roque Dalton, Quevedo dan el presente en las hojas) y un ave como figura modeladora del encuentro: ¿cómo atrapar algo de la verdad del pájaro como acontecimiento? De este modo, y con la intervención de la tarjeta manuscrita de Marguerite Derrida (la mano pone la marca nuevamente) se abre el juego entre los escritores participantes a la discusión minuciosa sobre las nociones y problemáticas que rodean al archivo, particularmente en el trabajo de la investigación académica. Todos, y todas, sentados en mesa redonda dan comienzo al engranaje crítico: es que los pájaros vuelan en rondas y siempre retornan al punto de partida. Y esta, quizás, es la clave de la tarea filológica. ¿Dónde comienza y termina el libro?, pregunta que Analía Gerbaudo también allí reproduce, itera.

Organizado en tres partes, orgánicas por cierto, y una bibliografía comentada –gesto más que solidario con el lector que gracias a este trabajo de Florencia Giménez convierte al capítulo en parte del cuerpo del manual y no en un mero anexo– el libro ya propone pensar en una complicación: el trabajo de la organización y selección como práctica de archivación y poder es uno de los hilos que va tejiendo redes en el manual, ya sea tanto en los trabajos de la segunda parte, que ponen en la mesa polémicas ocultas respecto a las tradiciones en la archivística, como en los de la primera que proponen dialogar en voz alta para encontrarse, por qué no en un anacronismo, charlando con “Archivo y borrador” de un  Derrida de 1995, ya en la tercera parte del libro.

Respetando el criterio ordenador entonces, en la primera parte, Mónica Pené, Graciela Goldchluk, Analía Gerbaudo, Marcos Alegría Polo y Fernando Colla tienden las redes membranales sobre las nociones y espacios que giran en torno al archivo: mientras Mónica Pené despliega un abanico sobre cómo se guardan los procesos de composición de una obra a partir de la creación de las huellas del propio creador –mediante otro gesto de solidaridad con el lector: la vuelta a la revisión de los diccionarios del término archivo de autor/escritor y la encuesta a estudiantes y graduados de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata– Graciela Goldchluk interviene con la noción de domicilio, justamente como una distancia entre los lugares de enunciación y de interpretación del archivo. El vuelo ha comenzado, y como escena aparece (reino de la imagen donde el archivo le pertenece y lo irrumpe) el espacio de lo virtual “donde se reúnen imágenes de documentos distantes físicamente entre sí, abriendo el fantasma de la migración ilimitada”.  ¿Cuál es la huella que deja un pájaro en el aire? Pharmacon nos dice Goldchluk por medio de Derrida: remedio y veneno al mismo tiempo.

Esta característica del archivo como documento transhumante es retomada del ala por Fernando Colla, quien revisa en el último apartado de esta primera parte los medios para perennizar los archivos digitales, para evitar que justamente “queden flotando en un limbo virtual”. Se produce entonces la sensación de lo que está por venir, de lo liviano en el aire, la cual recorre esta primera tanda del manual y que en términos de Analía Gerbaudo (pero también en el epígrafe de Horacio González que usa Goldchluk) tiende a la exhumación: sacrilegio necesario que se convierte en políticas del desocultamiento o del develamiento, capaces de aportar información sobre algo que se hallaba enterrado, pero por sobre todo, situación que el arte revela y que aquí se hace “laberintos de envíos y re envíos por las derivas de la escritura”, dirá Gerbaudo. Eso, la escritura entendida en ese doble movimiento o dimensión, que en el espacio del archivo se torna monstruosa. Es menester también, cuan arqueólogos lectores, la intervención.

¿Cómo pensar pues el archivo?, se pregunta Marcos Alegría Polo, si el archivo trabaja con restos supervivientes de una materia opaca, si  continúa ocurriendo aún en “el infinito singular” (apartado en el que Goldchluk escribe sobre los procesos que sacaron a la luz y al aire los archivos dispersos del reservorio Tarcus, hoy día CEDINCI). Es necesario ponerle cuerpo a la imagen y dar cuenta de la multiplicidad de temporalidades e historias que el archivo pone en tensión si lo pensamos desde ahí, desde la imagen: entonces el abrazo de la verdad y del secreto en la fotografía Marcha por la vida (1982) como potencia disruptiva del archivo fotográfico, pero por sobre todo, como “condición del advenimiento del corpus”, tal como escribe Polo.

En este sentido, en el que el vuelo-el fantasma-el libro-la exhumación van tomando (el) cuerpo, y las manos van componiendo el recorrido, ya en la segunda parte aparece una materialidad del archivo que se nos aproxima y nos convence de que la pluma de Prévert toma contacto con el vidrio. Ya sea desde lo residual y emergente en el Archivo Haroldo Conti (por Iciar Recalde), el cual hace de la clausura la filtración de un rasgo sensible en la obra del autor -así como también pone en crisis su posición en el espacio literario-, ya desde los papeles de César Avanza (por Paula Salerno), que desde la figura del derrotero problematiza, con otra mira del trabajo de Recalde, la tarea del archivista ( o “archiveros” en términos de Pené) sujeto a la fuerte tradición selectiva y al temor de lo extinguible: de nuevo la necesidad de lo exhumable. También, desde los papeles de Adelina, Madre de Plaza de Mayo (por Florencia Bossié) que ponen en evidencia nuevos escenarios y rondas archivables del yo privado y el yo público -y entre medio los silencios- a la firma de José Hernández (por Celina Ortale) como forma de presentificación de las zonas de escritura más cercanas a la mano del autor que al papel, también un “portafolio” como lo susurra Derrida desde la pluma de Goldchluk.

De este modo, en la mesa redonda, en el ida y vuelta, en la ronda de las Madres, la tercera parte nos ofrece el encuentro con Derrida (“Archivo y borrador”), gracias al importante trabajo de los editores y participantes Michel Contant, Jacques Derrida, Daniel Ferrer, Louis Hay, Jean-Michel Rabaté; también de las traductoras Analía Gerbaudo y Anabela Viollaz, de las compiladoras de este libro,  Graciela Goldchluk y Mónica Pené, y, finalmente, gracias a Margueritte Derrida que cedió los derechos para publicar ese encuentro en este intenso trabajo en equipo, y sobre todo, colectivo. Porque, además, un cuerpo también es posible por la presencia inasible de los gestos. Allí, adverbio que toma relevancia y relieve si jugamos al juego derrideano de los nombres, terminamos de confirmar en este proceso de sospechas que el archivo está ocurriendo y su materialidad corpórea pasa por el verbo: “Soy el borrador, les hablo en borrador, destinado a ustedes, los expertos geneticistas”, nos dice el Derrida. Allí comienzan los múltiples comienzos del archivo, en la exterioridad y desde la exclusión: “continuará siendo aislado por lo que ha excluido y por su doble”, continúa el filósofo. No quedan dudas: el archivo debe estar afuera, expuesto afuera, a la intemperie, por ello el manual es posible, porque es compartido, porque se abre,  y porque arrancó en el aire.

 

 

 

(Actualización noviembre – diciembre 2013. enero – febrero 2014/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646