noviembre-diciembre 2017, AÑO XI, Nº 64

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Celina Domínguez Zacur

El amor como un viaje, la travesía y no la meta
como un iceberg, de Anahí Mallol, Buenos Aires, Paradiso, 2013

Los poemas del libro como un iceberg (2013) de Anahí Mallol tienen una recurrencia en sus títulos: casi todos llevan una sintaxis sencilla de artículo más sustantivo, salvo las excepciones de “la primera noche” o “el viento entre los árboles”. Y también dos títulos llevan por nombre una sola palabra y estos son “zoo” y “iceberg”. Zoo es también el libro anterior de Anahí Mallol publicado en 2009. Otra peculiaridad siguiendo estos detalles, es que las cuatro partes en que se divide el libro llevan como nombre el título del primer poema de cada sección, a excepción de la última que no mantiene esta coincidencia o regularidad. Las partes son: “el arte”, “la espera”, “el juego” y “El acontecimiento”. Y la mayúscula que resalta en el nombre de la última es la única que se escribe en el libro, en todo el libro.  A cada parte acompaña una portada con una ilustración de Gabi Rubí: una chica con un vestido formado por una flor que la envuelve desde la cabeza enmarcando el rostro, sencillo y gestual. Los trazos de un estilo que parece naif sin embargo inquietan si uno observa bien cada imagen: en la primera, brazos que surgen sin un cuerpo parecen querer alcanzar a la chica con un fondo de noche; en el segundo, otros brazos vuelven a aparecer pero los cuerpos en este caso parecen hundidos en el agua formada por gotas que caen grandes y pesadas, la chica tiene una ligera sombra en su contorno que parece hacerla tiritar; en el tercero, las flores, iguales al vestido, despiden su perfume y la imagen transmite alegría; y el último, tiene nuevamente la presencia de brazos sin cuerpo pero en este caso ellos parecen abrazarla mientras duerme descubriendo sus muslos y sus piernas en un detalle casi sensual.

Los poemas recrean escenas mínimas y en ellas voces siempre distintas cuentan una pequeña historia. Un hilo común enmarca el tono de cada una de las cuatro partes, pero el gran ovillo que las une es el amor y sus matices: el ejercicio de hablar sobre amar adquiere distintas perspectivas. Discursos breves sobre la situación de experimentar o haber experimentado alguna de las formas del enamoramiento, múltiples y variadas, porque en esencia lo que se percibe en los poemas es la energía de los cuerpos.

En “el arte” los poemas construyen momentos en que la vivencia del amor (o de su fin) es profunda y certera. Una sensación extraña disparan tres poemas que están juntos, uno detrás de otro: “el vientre”, en que la angustiante situación de una mujer surge de que “su vientre infértil / cercenado llora / ese amor imposible”, o “el abrazo” en que una confesión no genera la actitud esperada sino un quiebre y una lejanía: “pero cuando le dije / lo que me había pasado / lo que el otro me había hecho / fue tanto su dolor que  / se olvidó de consolarme y se alejó”. Y le sigue el poema “la mancha”, en que algo fuerte acerca la relación del incesto entre dos hermanos y la muerte que puede hacer olvidar la culpa. Sorprendidos y amenazados, la escritura sutil y precisa de Mallol nos lleva a pensar cuánto se puede amar, cuánto se puede salvar y cuánto dañar amando.

 Los poemas nunca buscan el efecto de shock, nada es brusco: merodean alrededor de algo que no termina de decirse, que se entrega para ser pensado y entonces las escenas van apareciendo complejas y viscerales, ayudadas por el ritmo lento que, contrario a lo supuesto, genera la falta de signos de puntuación. Algo conmueve en las voces que aparecen y es tal vez  la sosegada capacidad de aceptación, desentendida de parámetros de bien y mal. Por eso la infidelidad es el “dulcísimo amor / robado a la serena / luz de mediatarde”.

En “la espera” el tiempo hace su aparición, poblando los poemas de intervalos que miden segundos o años, tiempos próximos o lejanos, incluso imposibles. Las imágenes atesoran detalles minuciosos que captan algo mayor, algo condensado prolijamente: “alguien que se deja amar y alguien que ama / juntos / en la misma cama”.

Despojados, frescos y sensibles los versos que componen “el juego” entrañan algo de la súbita alegría de un estado de enamoramiento, una intensidad que nos vuelve siempre más susceptibles: “serios y pueriles a la vez”. El cuerpo entregado al amor se volatiliza: “migrar / de un cuerpo a otro / como un ave cualquiera”. Y eso hace también el yo poético de Mallol mutando en muchas voces,  haciendo imposible que se lo capture más que en toda su variedad. Algo atractivo de su voz es esa forma de camuflarse y escribir desde tantas miradas para hacerlas convivir en una multiplicidad que no conoce jerarquías. Una exploración que provoca una lectura ávida de sus poemas.

Anahí Mallol logra transmitir la fuerza efusiva y regenerativa del amor al hacer hablar tantas experiencias como si fuera un caleidoscopio de imágenes: “¿y si el amor no fuera sino / una conversación infinita / sólo interrumpida de vez en vez / por el viento entre los árboles?” dice un poema en “El acontecimiento” y roza con uno de las primeras hojas del libro: “las hojas de los árboles / se agitan / y van a seguir agitándose / aunque apenas / haya viento”.

Como un diálogo que se va expandiendo, los poemas emergen desde las pequeñas cosas, desde las minúsculas de los versos sencillos y contenidos y van creciendo uno más otro, “noche tras noche”.

Hay algo que deja el libro, tal vez una reflexión muy personal y es que ante el amor siempre existe la extrañeza, incluso hacia uno mismo. Por eso quizás las voces de un yo ficticio que cambia constantemente sean la mejor forma de abordarlo. El juego de un arte que hace de la espera un acontecimiento: “el vértigo del viaje cada vez / como si fuera / la primera / para preservar la locura / la juventud / del deseo / su estado / de gracia turbador”.

 

 

(Actualización noviembre – diciembre 2013. enero – febrero 2014/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646