septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Acorralar a la bestia
La enfermedad mental, de Alejandro Rubio, Buenos Aires, Gog y Magog, 2012

Tres momentos de acercamiento crítico se unen en los prólogos de este libro para configurar, a su modo, una cartografía multimodal y exhaustiva de la poesía reunida de Alejandro Rubio; treinta páginas introductorias que refieren al trabajo del poeta y a sus condiciones de producción que se materializan bajo la forma de poemas en las trescientas cincuenta y ocho páginas siguientes; tres recorridos simultáneos que estrechan los márgenes de opinión sobre una de las voces poéticas referenciales de los noventa.

El prólogo de Ana Mazzoni y los textos prologales de Nora Avaro y Daniel García Helder sostienen que en los libros de Alejandro Rubio (diez libros publicados entre los años 1994 y 2010 y un inédito, Nociones para un lechón, que podríamos fechar en 2012) puede leerse: un lenguaje que se “subleva y se revuelca” (Mazzoni); “su aprehensión del Zeitgeist y su mayor o menor capacidad de transformarlo en arte sólido”  (Helder); el “arco inclusivo que va de la impureza prosaica hasta la precisión de la rima” (Avaro). Y más sobre el lenguaje, el tono, el escritor, el poema (pongámoslo en “palabras clave” para condensar): lirismo y parodia, barroquismo, prosa objetivista, lo clásico y lo experimental; la doctrina y el espíritu de época; contrahegemonía, feísmo, materialismo y caricaturización; precisión, violencia, tesis y evangelio; peronista, sarcástico, malsonante, infrahumanidad, poeta de la sincronía, plebeyo y más, mucho más: el despliegue contrafáctico y discursivo, en fin, el poeta en el colmo de sus capacidades formales y expresivas.   

Es todo, y es apenas una versión (impecable). Rubio es un poeta central. ¿Lo fue en los noventa? Sí. ¿En los noventa qué no era central? Bien, Rubio fue central porque en la demolición eligió la misma pared, y en esa pared un mismo ladrillo que desintegrar “contra los mismos. Contra los moralistas, los paternalistas, los solemnes, los sublimadores, las bellas almas, los liberales, los progresistas, en suma: contra la bondad de los buenos”. Contra “los portadores de derrotismo y confusión”. No se movió de ahí y, a la vez, hizo mover toda su poesía alrededor de esos y otros “peores enemigos” que en la Argentina se pueden elegir. En esa dirección el poema resistiéndose a la acumulación de “capital moral”, la contravención y la denuncia junto al autoajuste, la empresa de apropiación y saboteo en las arenas formales del verso.

El otro día, en la fotocopiadora del Centro de Estudiantes de Bellas Artes de la UNLP, apoyé La enfermedad mental en el mostrador. Un joven que estaba al lado mío leyó el título, señaló el libro y dijo: “¿Puedo?”. “Sí”, dije. Leyó un poema largo, nunca supe cuál. Cerró el libro. “¿Es todo así?”, preguntó sin disimular cierta perturbación. “Sí. Es todo así”, dije. Ahí estaba el punto de encuentro con la fuerza del poema y la demolición, esa madeja verbal en la que alguien, por caso, no se deja asustar por “la pala que del fondo/ de la calle viene rugiendo a ochenta/ para hundirlo en nueva zanja del progreso”. Esa mistura de alienación, cochambre y búnker (Helder) que siempre estuvo ahí, soltándole al “colibrí” sus “matices de loro” a puro chicotazo, con un pie en la tradición y otro en el enajenarse, la única manera de ponerse en situación.

El poema es el síntoma. Lo que se quema en la cabeza se quema en el poema. Lo terrible, las formas incorrectas de referirse a los contornos salvajes de lo social estaría menos en la palabra que en el dispositivo que la levanta con pala, la clava a martillazos y la hace visible en el verso. Esto funciona tanto para el negocio de velas artesanales cerrado como para el sudor del caballo que empuja el carro del cartonero hacia a la cárcel; lo mismo para “el agua que no has de poluir con tus orines” que para el hitita, el paraguayo, el traba y el disca, el “lacio” obrero o para la psicológa, Aníbal Ibárrola, Perón, Foucault y Hitler “que nos ganó”. Hay en los poemas de Rubio una térmica que no deja de saltar, un gancho de fierro que levanta la representación “blanda”, la amasija y la suelta hasta armar una montaña de desechos que siempre -suspendida la recolección por un sistema que se mira el ombligo-, es necesario quemar.

En Rubio no hay poesía sin territorio y ese espacio es un perímetro monoambiental de comandancia, desde el cual responder a la acumulación agria (de cambio de estado o alimento vencido) que es el mundo y manifestar un único (y último) deseo tras la insurgencia: “pensar/ y continuar pensando y empezar/ a pensar”.

Terminar de escribir esta reseña en un departamento menor, con una taza llena hasta el borde de una sopa instantánea de zapallo y ver en la tele, sin audio, un pésimo partido del que hablan pestes las voces en una radio maltratada por la tormenta eléctrica es, en cierto modo, un escenario correspondiente. Corresponsable. O mejor: las condiciones ideales para acorralar a la bestia. Pero la bestia no se deja, se resiste, no quiere: se empeña en fracasar. Su síntoma es el poema. Y el poema dice: “Aquellos que en los antiguos buscan/ sentires más serenos, depongan/ su triste ánimo y contemplen/ cómo del caos robustas formas/ se levantan y esplenden como oro/ a su vista corta y renuente/ y caigan a su vez en el abismo/ marmóreo de las finas formas/ mortuorias que hacia adentro/ por el lomo de un libraco se abre/ para tragarlos”.

 

 

(Actualización septiembre – octubre 2013/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646