septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Julio Schvartzman

Colaboran en este número

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Diseño

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Infiltradas
Letras gauchas, de Julio Schvartzman, Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2013

Eran graves y agudos microtonales,

muy dentro del silencio.

César Aira

 

Citas y ediciones

 

El último libro de Julio Schvartzman presenta, en una especie de advertencia preliminar, una voz de cuerpo entero. A lo largo de las casi 600 páginas que le seguirán a ésta pasarán nombres, títulos, argumentos, avatares de las idas y vueltas de la gauchesca y en todo ese contexto mutante y díscolo, persistirá una voz, que transcribo completa, por necesidad y placer:

 

“Este libro contiene muchas citas. Cuando corresponden a obras gauchescas, no he empleado un criterio homogéneo en la elección de las ediciones, y ninguna nota preliminar podría transformar esa diversidad en estrategia. Para el Martín Fierro, la edición de Élida Lois, en el volumen de Archivos coordinados por ella y por Ángel Núñez, facilitaba las cosas. Para otras obras he tomado resoluciones distintas, y se hacen saber en cada caso. He tendido a preservar grafías, puntuaciones y mayúsculas originales, aunque para el Fausto fue más cómodo optar, salvo indicación en contrario, por la cuidadosa edición de Amado Alonso. Ascasubi presentaba las situaciones más problemáticas, con muchas variantes –desde los títulos y los textos hasta los índices–, ensayadas por el propio autor; esos problemas no fueron un escollo para el tratamiento de la materia: formaron parte de la materia. Por eso un mismo poema (y la conclusión de esta frase cuestiona la noción de mismidad) aparece como si fuera una sucesión de variaciones sobre un tema que no está al principio ni al final, sino en ese todo disperso. El lector verá.”

 

Desgrano el párrafo  y encuentro pepitas de oro: lo que podría haber sido un pedante cartel de erudición se ha vuelto, con la palabra de Schvartzman, una concentración de modos de ser que luego se diseminarán en el texto grande. El libro, en efecto, contiene muchas citas (quizás un índice onomástico habría facilitado las cosas, aunque el alisamiento provocado en la búsqueda, hubiera limado la identidad propia de este estudio: el pliegue, la arruga, la cicatriz). No emplea un criterio homogéneo, dice, y no quiere –no es que no lo pudiera hacer– “transformar esa diversidad en estrategia”. En el revés de esa trama podríamos leer a quienes practican la heterogeneidad por azar o comodidad y la exhiben como razonada quirúrgica; Schvartzman podría, veladamente, estar criticando a estos otros y, sin embargo, léanlo ustedes, no hay tal cosa, apenas dejar sentado la constatación de un rasgo en ese decir: donde se pudo recostar en labores de otros (la edición de Élida Lois para Fierro, la de Alonso para Fausto) lo hizo, donde no –he aquí, nuevamente, la aparición de esa voz curiosa–, convirtió la dificultad (variaciones) en materia.

 

Gauchas, gauchescas, guachas, gauchitas

 

Leemos Letras gauchas y el ojo escanea otras cosas: letras gauchescas, letras guachas, letras gauchitas. Las variantes señalan los fundamentos de un modo de decir de los gauchos, quienes libran batallas contra un género, la gauchesca, instalado, cerrado, entarimado en la cumbre de la literatura nacional; son letras gauchas y guachas en las innumerables  pruebas de  su orfandad; son esas coplas “horribles”, “horrorosas”, que se entonan desmadradas pero de las que se deja testimonio en las escrituras, aún en la censura, porque son unas letras “macanudas”, algo contrahechas, pero que se dejan,  unas letras gauchitas. Me he permitido esta asociación porque si hay algo que propone Julio Schvartzman más allá de todo es una defensa incondicional del lenguaje; su ensayo es una exploración y explotación de las “posibilidades de liberarnos del encierro, de encontrar una vía de lucha o de escape” que otorga el lenguaje, cuya cárcel, aclara, siempre es menos dura, violenta, autoritaria y discrecional “que la justicia rural en tiempos de Hernández y que cualquier institución jurídica en cualquier otro nicho del tiempo”.

            Son diez capítulos, cada uno con yapas, en los que se reconstruye un recorrido conjunto de las letras gauchas –el registro tardocolonial de Moreno, Concolorcorvo, Maziel o Castañeda, las letras gauchas y rosistas, Del Campo, Hernández, etc. Por momentos, ese tránsito se detiene y puntualiza. A modo de una gran lupa, Schvartzman deja ver enorme un mínimo detalle, lee una copla, un verso o un fonema y desata una multiplicidad de razonamientos que, con herramientas de lingüista, crítico y antropólogo, “excava”, hurga, en el noque aparentemente vacío de la superficie. Así, lo liso se torna rugoso, lo cerrado abre sus poros y la literatura vuelve a respirar, distinto.

            Por otra parte, la polémica, en versiones de contrapunto, va desplegando un arco de posiciones sobre el detalle que da la sensación de que Schvartzman ha armado un congreso de literatura en el que exponen los exégetas tradicionales de la gauchesca, los ensayistas clásicos (Ezequiel Martínez Estrada, Ricardo Rojas), la crítica contemporánea (Rama, Ludmer, Lois), la original interpretación de Lamborghini –una y otra vez admirada por Julio Schvartzman.  Una concentración en el detalle y un convocar de voces acuden a conformar la operación dominante de Letras gauchas.

 

 

Tema de la oralidad y la escritura

 

En el transcurso de la investigación que lo llevaría a dilucidar quién era el traidor y quién el héroe, Ryan, el bisnieto de Kilpatrick, descubre que es una historia de hiatos y de grietas por las que se adivinan pasajes que lo conducen al esclarecimiento. Julio Schvartzman lee, con la lupa, las mínimas filtraciones de la escritura en la construcción del verosímil oral de la gauchesca: una abreviatura, un lapsus calami, una tensión entre un título y un verso, las exigencias de ciertas pulsiones poéticas, una opción culta en boca del guaso, pequeños modos laudatorios de la injuria, las variantes del insulto. En esas ínfimas cicatrices de la superficie verosímil, se examina el refranero, los puntos suspensivos, el sonido y el sentido, y se buscan, así, capítulo a capítulo, las múltiples y apenas perceptibles marcas del malentendido, el equívoco, la confusión de las interferencias entre lo oral con lo escrito y al revés.

            Aunque va y viene,  y está presente siempre, Martín Fierro y dos modos de asomarse a sus versos desde una propia genealogía, se concentran en los capítulos finales. Ya han pasado los gaceteros, Aniceto, Fausto, Lussich e Hidalgo, un desperdigado viento Mansilla, y llegamos a la última estación, la de Hernández. En el capítulo 9  el autor retoma y actualiza las lecturas que ha realizado en Microcríticas  primero y en La lucha de los lenguajes  después, partiendo del equívoco hoy evidente de Ricardo Rojas (hay una continuidad entre las prácticas de los payadores y el género gauchesco) pero también desmenuzando la mirada pretendidamente desideologizada de quien venció aquella confusión, Borges, para instalar otras. De allí, el microanálisis de los saberes librescos o las  ignorancias  y apetencias lingüísticas del gauchaje, la perplejidad de una jota redonda, de unas erres perdedoras (porque el personaje iletrado se ha convertido en literato y el otro, porque enmudeció a partir de allí, sumergido en un pobrísimo laberinto de notas). En el último capítulo, Schvartzman se va hacia atrás, a sus primeras lecturas del clásico, lecturas no corrompidas por la universidad, “la lectura crítica, la manía bibliográfica y otras dichosas intoxicaciones”. Fiel a su estilo, el auto examen se efectúa desde el análisis de una palabra –así lo anuncia, es programático–, boyero, y apenas alguna otra asociada –cantramilla, prima, bordona.

Perseguido por el sueño liberador del equívoco, “vía privilegiada para entrar en la lengua”, sostiene, con alegría, que tal vez debiéramos buscar en el malentendido de la tradición oral una contraseña para el anclaje de la identidad, la que no se hallaría en las entonaciones comunitarias del “Himno” o de “Aurora”, sino en su advenedizo “lunala”,  en el “gloria y olor” del “Himno a Sarmiento” o en el entusiasta “Susvín culos rompió”. En el lugar del corte, la significación, la salida de lo reprimido, nos diría Freud (El olvido de nombres propios, texto, entre paréntesis, que lleva epígrafe de Fausto); con una imagen geológica (y casi armando eneasílabos) nos lo dice Schvartzman: “La grieta del malentendido/ abrió el acceso a esa napa”.

 

 

 

 

(Actualización septiembre – octubre 2013/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646