septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Matías Moscardi

Como una pequeña vocal cerrada
El quinto sueño, de Milton López, Rosario, Iván Rosado, 2012

Las palabras son como vampiros: incluso cuando parecen jóvenes, siempre tienen miles de años acumulados abajo de la piel. Entonces: ¿qué es la poesía joven? Yo creo que la poesía joven es la poesía más difícil de escribir, porque a medida que pasa el tiempo, las palabras se vuelven más viejas, aunque a veces parezcan intactas, incluso virginalmente novedosas. Las palabras que usamos hoy, serán mañana un día más grandes. Y el poeta joven, en la ecuación, es el mayor depositario de esa ancianidad vampírica del lenguaje: tal es su fatalidad. (Divague de ciencia ficción: a medida que el tiempo avance, los poetas jóvenes del futuro se las tendrán que ver con palabras parecidas a ese personaje que protagoniza David Bowie en la película El ansia, un tipo que envejece en cuestión de minutos, pero que, sin embargo, no puede morir: aunque el deterioro físico se detenga en el punto más extremo de la vejez, en la fragilidad más decadente del cuerpo, el tiempo sigue acumulando su peso imperceptible en la piel de las palabras). 

Hay un libro de un poeta joven que me gusta mucho porque se hace cargo de esta condición vampírica de las palabras. El poeta del que estoy hablando es Milton López. El título del libro, su segundo libro, es un pentasílabo, como el primer verso de un haiku: El quinto sueño. Lo separo en voz alta: el, quin, to, sue, ño. Y entonces aparece un detalle mínimo, casi imperceptible: en ese lapso del título se repite dos veces una misma grafía, la letra u, que en la palabra “quinto” es muda, y en palabra “sueño”, de pronto, suena; una letra, por tanto, cuya sonoridad dormía, despierta, luego, en la palabra contigua, palabra cuyo significado vuelve a ser el sueño, pero cuya materia significante le impone el despertar de esa sonoridad. La letra u es, de este modo, una diminuta vigilia significante adentro del sueño como significado: pura vocalidad sonámbula del sonido dormido en la palabra “quinto”.

Por eso, el título es engañoso. Podríamos decir: Milton López no duerme. También podríamos decir: despertar no es, acá, perder algo sino, por el contrario, hacer sonar, resonar, lo que estaba ahí, en silencio. En otras palabras: la vida no es sueño; la vida es, acá, la alteración, el devenir que acontece mientras tenemos los ojos cerrados. Así, por ejemplo, leemos:

 

Apagaron las luces del micro.

Mis imágenes se iluminan

con la refulgencia del próximo farol

de la autopista donde

cada vez que abro los ojos

estoy en otra posición.

 

Y acá, como la palabra sueño habilitaba al comienzo el despertar acústico de la u, igualmente, el telón de oscuridad es lo que sirve de soporte a esa refulgencia de los faroles de la autopista: el que mira, mira con los ojos cerrados. Por eso, no son “las” imágenes su objeto, sino “mis” imágenes; son imágenes que no provienen del ojo, sino de la oscuridad del párpado como pantalla invertida que proyecta hacia adentro. Cuando el ojo se abre, las cosas, el cuerpo mismo, ya están “en otra posición”. Como esa u que estaba ahí, pero que suena en diferido, son también los zapatos de un tío en una foto familiar:

 

Al año siguiente el tío ya no estaba,

aunque se pueden ver sus pies en el fondo

de esa foto familiar. Como una tarjeta

musical las olas rugiendo en retirada.

Pero cuando miro bien

sólo eran sus zapatos ¿y él, dónde está?

donde sea que haya ido,

camina descalzo.

 

No existe, en la poesía de Milton López, ningún proceso puro, único, definitivo: “se pueden ver sus pies”, “pero cuando miro bien”. La mirada es como la letrita repetida en el título: primero pasiva, después activa. La materia vista es la misma, transformada por esa recalibración del proceso: pies/zapatos. Hasta que suena la nota final: “donde sea que haya ido,/ camina descalzo”. La muerte deja, en este poema, una materia silenciosa que, una vez captada por esa mirada que se repite, suena como resto minúsculo de vida en la fotografía. Y esa vibración activa la imagen del fantasma caminando descalzo, que queda colgada sobre el final del poema precisamente como una resonancia, la prolongación de una onda.

Así terminan los poemas de El quinto sueño: siempre con una imagen suspendida. Pero esa imagen no funciona como revelación: porque no irrumpe por primera vez al final. Las imágenes suspendidas aparecen siempre, como mínimo, dos veces: primero, al pasar, como imágenes sosegadas, que se confunden con el fondo; y luego se repiten, ya alteradas, cerrando el poema con una vibración en suspenso, como esas canciones que terminan con un acorde colgado, que sigue sonando y se apaga en un fade out progresivo. Veamos:

 

Con la respiración profunda

se empañan los vidrios, oscurece

y sólo alcanzamos a ver

las luces más potentes.

 

La ruta está cerrada,

estamos cercados en la ruta.

Las ovejas tampoco pueden salirse

y cercadas nos oyen transitar.

Dormimos encerrados,

ellas, debajo de las estrellas.

Las hacemos saltar el alambrado,

las contamos una a una.

Cuando perdemos la cuenta

ya estamos otra vez soñando

un lugar donde se acaban

las propiedades privadas.

 

Una oveja saltando la cerca, dos ovejas

saltando la cerca, tres ovejas

saltando la misma cerca, cuatro, cinco

que no sé si se escapan o se encierran.

 

En este poema, la imagen suspendida es la de las ovejas. Primero son un elemento del paisaje, objeto de una cavilación casual. Luego se desplazan del paisaje a la mente, ablandando la primera cavilación, alivianándola en una especie de distensión: ahora son las ovejas que sirven para conciliar el sueño. Después la imagen se suelta, se pierde, “ya estamos otra vez soñando”, pero el sueño vuelve sobre ese resto diurno: la ruta cerrada, el cerco de las ovejas, la propiedad privada. El poema podría terminar ahí, su deuda estructural está saldada. Y de pronto ocurre: hay un cambio de estrofa: vuelven las ovejas. Pero ya no son las ovejas del paisaje, tampoco son las ovejas que concilian el sueño. Y a pesar de ese carácter de negatividad (no son), esas ovejas funcionan como retorno: algo regresó, algo quedó sonando. El verso se vuelve parsimonioso, sonámbulo, en contraste con el carácter narrativo del resto del poema. Y entonces, la cuenta hipnótica: una oveja, dos ovejas, tres, cuatro ovejas, cinco… “que no sé si escapan o se encierran”. Y ahí la suspensión vibrante como doble incertidumbre: ¿se escapan o se encierran? pero además: ¿qué son las ovejas?, o mejor dicho: ¿quiénes son? Esa indeterminación tiene la forma de una sospecha: las ovejas son ellos, los pasajeros de un micro de larga distancia. Pero tampoco. Nunca completamente. Ellos duermen y la imagen parece pura vigilia, como en el poema “El sueño de ella”, que cierra el libro:

 

Ella duerme con la cara apoyada en mis rodillas.

Su cuerpo tendido en el banco

de una ciudad fronteriza.

Los mosquitos sobrevuelan, buscando sangre,

piel fresca,

y me pican los pies cuando menos me doy cuenta.

Uno de los grandes se posa en su cara plácida.

Yo no quiero despertarla.

Entonces soplo suave hasta que el insecto despega

y ella vuelve a relajar los músculos faciales.

Ese zumbido agudo

sigue rondando, tan cerca

que a sus sueños ingresa

como un violín sonando durante la guerra.

 

Un detalle: la “ciudad fronteriza” y “sus sueños” están desplazados del resto del poema y alineados verticalmente en el mismo eje. En los poemas de Milton López, el sueño nunca es lo contrario de la vigilia, sino su línea de contorno. Y hay algo del tratamiento del lenguaje en los gestos visibles de este poema: ese soplido leve para ahuyentar al mosquito, una partícula mínima del mundo –el sonido de una u también podría despertarla–, sin perturbar el sueño del otro, pero a la vez dejando pasar un resto: el violín que queda sonando en medio del estruendo como una pequeña vocal cerrada.

Y así, podríamos decir, escribe Milton López: porque sea la poesía un mosquito que hay que ahuyentar, o el quinto sueño imperturbable de la bella durmiente, o la vocal que no sonaba y después suena, como el mosquito que ella no escucha pero después escucha como violín adentro del sueño, la cuestión es que lo que Milton López trae entre sus versos es precisamente una materia ancestral, cargada de sentido, y entonces procede con la delicadeza que demanda todo estado quebrantable: escribe como quien sopla con levedad, como un gesto de ternura que acontece con el fin de atesorar algo preciado.        

 

 

 

(Actualización septiembre – octubre 2013/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646