septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Estábamos drogados de palabras
Mudas, de Flor Codagnone, Buenos Aires, Pánico el pánico, 2013

Los poemas de Flor Codagnone son como prendas desparramadas en una habitación, arriba de la cama, sobre el piso, la silla y el escritorio, poemas que el lector va encontrándose, uno a uno, mientras avanza en la lectura y que pronto reconoce como los restos de una mutación. Algo está pasando y aunque la voz que protagoniza estos poemas no sepa bien cómo, es necesario dar cuenta de ello, incluso con un lenguaje encriptado, mezcla de lo que es y se reconoce y de lo que está ahí, latente, pero no se puede definir. Pareciera que el hartazgo de las palabras surgiera a la par de la crisis con una misma y con el otro y ambas cosas generaran, finalmente, ese estado de mudez, donde el personaje se niega a ser y prefiere fingir, jugar, mudar de piel: ser otras a la vez. Su rebeldía -insistir en el cuerpo, en el sexo- es el arma de defensa momentánea mientras, sin quererlo, busca recuperar el lenguaje, porque con la voz, las canciones y los nombres logrará volver al estado “sano” de las cosas.

“Mudas” es al mismo tiempo la ausencia de ropa en un cuerpo que prevalece desnudo; la ausencia de palabras, dejando lugar a las canciones que suenan de fondo y que rellenan  las escenas; la mutación constante, el cambio y el estado de shock frente a una realidad que satura, y de repente, desconocemos. Todas estas facetas muestran el presente turbio y complejo de esta voz femenina que, sin embargo, se la banca y pregunta como si nada: “¿Con quién me voy acostar esta noche?” como si esa fuera la clave, la actitud para el mientras tanto, jugar a estar con quien sea, si después de todo, ese cuerpo no es ella. Sus poemas son un desafío, como la mujer desnuda de la tapa, dibujada por Juan Rux, “vestida” solo de pasamontañas y tacos aguja, retando a que la miren, sabiendo que frente a esa imagen cualquier espectador enmudecería y quedaría sin preguntas. Sin embargo algo de la imagen -el mismo pasamontañas- nos revela la debilidad del gesto: es un desafío que no se animó del todo, porque esa mujer no da la cara. Darnos cuenta de este detalle nos lleva a pensar todas las posturas y actitudes del personaje como máscaras que en realidad ocultan otra cosa muy diferente: la niña que llora porque quiere ser la reina -la más linda del mundo- y solo consigue el puesto de princesa. Y ese reproche, que de alguna manera roza lo infantil, no está ligado a otra cosa que al principio más humano y vital de sentir afecto y  ser cuidado.

           

Por otra parte los poemas van y vienen entre dos historias que se unen, la que esa voz femenina comienza a construir en torno del otro y la propia historia, que la vuelve protagonista del libro. Si bien la presencia del y los otros pareciera ser el eje por el cual se miden los conflictos internos, descubrimos que este es solo un recurso para esquivar el bulto, ese “tren atascado en el costado derecho”. En este sentido, en el transcurso de la lectura, somos testigos de las idas y vueltas de este personaje -de sus mudas- y de cómo aparecen, constantemente, los lugares de evasión: el sexo y la música. En ellos puede esconderse sin dar explicaciones ya que no es ella la que se pone en juego sino su cuerpo. Descubrimos entonces cómo el lenguaje corporal comienza a convertirse en respuesta frente al enmudecimiento: “si soy una foto, miro siempre/ hacia abajo. / Y si soy un instante/ gimo”. La voz que se manifiesta en orgasmos y gemidos parece ser la del cuerpo, que también se defiende, como un animal mostrando los dientes frente a ese “desierto de hombres/ que van a comerme/ si no los como yo”.

Sin embargo, a pesar de la mudez y de esa carencia del lenguaje, hay un deseo de decir, de nombrar: la voz se impacienta y pregunta “¿Me decís el nombre de lo que nos une?”, con la urgencia y la creencia ingenua de que los nombres pueden demarcar los sentimientos y poner cada cosa en su lugar. Entonces por un lado podemos dar cuenta de cómo solo toman entidad aquellas acciones vinculadas con el deseo y el cuerpo, mientras que en el plano del lenguaje, todo se vuelve difuso y encriptado, porque las palabras ya no remiten a nada, se vaciaron y carecen de significado, como el estado mismo de estupefacción que provocan las drogas. Existía cierta felicidad, pero ya no; “Estábamos drogados de palabras” parece decir exactamente eso: teníamos todo, no importaba nada, pero de repente ese estado nos volvió sonsos, mudos, aburridos. El hartazgo de las palabras no es otra cosa que el hartazgo de todo, el deseo de reinvención, de transformar la realidad en algo concreto, donde cada cosa, sobre todo ella misma, tenga su nombre, su peso y su reflejo. El problema principal seguirá siendo el no-reconocimiento ni del cuerpo frente al espejo, ni de la voz en las conversaciones con el otro, es claro: “no hay amor propio/ en mi fantasía/ ni voz, ni cuerpo, ni mar”. En este sentido apreciamos como algunas cosas son manifestadas a través de una lucidez y claridad indudables pero también cómo una verdad se escapa y se niega, se rehúsa a ser descifrada y genera un espacio enrevesado de fantasmas, sangre, ovillos y niños perdidos donde el lector se pierde.

Aun así entre tanto lenguaje simbólico  aparecen, como saliendo a la superficie, posibles soluciones. Como en un acto de psicomagia ella parece intuir cómo resolver  las fallas de la relación: “podrías subir por mi espalda y acabar/ en la nuca todos estos pensamientos/ que tengo de vos”, y así uno a uno, a través de pequeños procedimientos, podrían solucionarse los conflictos internos. O simplemente, como propone el poema final, alcanzar la superación por medio del auto-reconocimiento. Un poema que parece decir “ok, está bien, esta soy yo” y dar cuenta al mismo tiempo de una increíble revelación: “sería mejor no buscar/ porque siempre se encuentra”. En este sentido “Mudas” de Flor Codagnone parece mostrarnos cómo lo no resuelto en uno mismo termina reflejado en el otro y cómo esa carencia impacta, sobre todo, en la falta de una voz propia que construya una identidad. La certeza de poseer una voz, o de sentir recuperarla, puede convertirse en la clave para salir del estado indefinido de la mutación y demostrar que las palabras pueden agotarse, pero no el lenguaje, y que por eso siempre tendremos una voz que nos permita, tarde o temprano, nombrar y nombrarnos.

 

 

(Actualización septiembre – octubre 2013/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646