septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Tentativas de reseñar dos libros juntos o La llamada Perec
Nací, de Georges Perec, Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2012 
Lo infraordinario, de Georges Perec, Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2013 

El año pasado, la editorial Eterna Cadencia publicó Nací de Georges Perec, y en abril de este año editó Lo infraordinario. Ambos volúmenes cuentan con traducción, prólogo y notas de Jorge Fondebrider. Reúnen artículos originalmente publicados por Perec en diversos medios y compilados tras su muerte en Éditions du Seuil en 1990 y 1989 respectivamente.

    Se conocían otras ediciones españolas de estos libros, pero esta es la primera argentina, hecho que le otorga una serie de valores agregados. Por un lado, no es la primera vez que Jorge Fondebrider trabaja con Perec. Fue el coordinador del dossier que le dedicó el Diario de poesía (Nº 21, 1992), y en ese mismo año preparó una cuidada traducción de Tentativas de agotar un lugar parisino para la editorial Beatriz Viterbo. Esto demuestra que el traductor no mantiene con el texto traducido una mera relación profesional, sino que hay un profundo interés y conocimiento del mismo. Eso le permite realizar una edición crítica con un importante volumen de citas a pie de página que aclaran numerosos aspectos para nosotros desconocidos por tratarse de textos muy ligados a la referencialidad inmediata: nombres propios, de lugares, de comidas, etc.

    Por otro lado, una traducción hecha en nuestro país no sólo acerca al lector argentino un material de difícil acceso, sino que permite pensarlo desde nuestra lengua; es generar las condiciones para alojarlo y apropiarlo desde nuestra cultura. En tal sentido, hay que celebrar que en la Argentina actual se está dando una importante actividad de traducción que se realiza a partir de estas mismas preocupaciones, sobre todo en editoriales más bien pequeñas y hasta artesanales.

   Estas colecciones de textos fueron originalmente organizadas según un criterio temático bastante amplio que Fondebrider define así: L’Infra-ordinaire (Lo infraordinario, en adelante L.O.) se dedica pensar el espacio; Je suis né (Nací, en adelante L.), a las posibilidades de la escritura autobiográfica, y Penser / Classer, a las formas de categorizar la realidad.[i]

    Excedería los límites  de una simple reseña dar cuenta de la magnitud y la importancia de la “obra” de Perec. Las comillas se justifican en el hecho de tomar distancia de una palabra que usamos por comodidad aunque está cargada de problemas teóricos, pero sobre todo porque -como lo muestran claramente estos libros-  estamos menos ante un corpus literario que ante un peculiarísimo sistema productor de textos.

En tal sentido, resulta sorprendente la carta que le dirige a Maurice Nadeau en 1969, incluida en Nací, donde enumera y describe una enorme variedad de proyectos de escritura sobre  los que se hallaba trabajando en esos momentos. Algunos trabajos eran individuales o en colaboración para diversos medios; otros apenas bosquejados, como un proyecto de describir lugares a lo largo de una determinada cantidad de tiempo (empresa  desmesurada e inconclusa que sin embargo constituyó la base de otros textos luego publicados por partes); ideas para una ficción por entregas; catálogos de cuartos donde durmió. También hallamos mención a textos generados a partir de determinado procedimiento de escritura, como La disparition –traducida al español como El secuestro–, una novela policial en la que ha desaparecido la letra “e”, además de otro “ejercicio de estilo” que sigue un procedimiento explícitamente contrario al conocido trabajo de Raymond Queneau. Evidentemente, eran producciones vinculadas a su participación y experiencias en el Ou.Li.Po.[ii]

      A partir de esta sucinta enumeración, queda claro que no hay un solo Perec sino varios, o mejor aún: distintos programas de escritura que obedecen a propósitos y procedimientos diversos, todos los cuales, vistos a cierta distancia, conforman un corpus  que parece tender a la multiplicación y el desborde.  El mismo Perec intentó una suerte de clasificación tipológica de su propia producción. Sin entrar en detalles, es fácil observar que uno se encuentra con textos ficcionales de una profusa imaginación como el monumental La vida instrucciones de uso o El secuestro, junto a otros que se proponen una suerte de indagación arqueológica y antropológica de la vida cotidiana. Dentro de este género, el breve artículo “¿Aproximaciones a qué?” que abre Lo infraordinario puede entenderse como un verdadero manifiesto o programa de acción. En ese artículo publicado originalmente en la revista Cause commune en 1973, Perec diagnostica, del mismo modo que lo había hecho Benjamin cuatro décadas antes, que en nuestras sociedades mediatizadas vivimos sometidos a un bombardeo informativo que  sólo toma como referencia lo que se sale de lo común, el sensacionalismo, el dato escabroso, la catástrofe natural, el atentado político, en fin, lo extra-ordinario. Saturados por esta sobreestimulación, todo termina siendo efímero y, al final del día, perfectamente olvidable. No hay nada allí que deje un relato memorable, la transmisión de una experiencia: “Los diarios hablan de todo, salvo de lo diario. Los diarios me aburren, no me enseñan nada; lo que cuentan no me concierne, no me interroga” (Lo infraordinario).[iii]

    Perec propone, entonces, girar el punto de vista hacia lo cotidiano, hacia aquello que precisamente por no ser extraordinario según los clásicos criterios periodísticos que determinan si un hecho es noticia o no, escapan de la atención y se vuelven invisibles. Se trata de escrutar lo que está a nuestra mano todos los días, asediarlo con la mirada y con el lenguaje: “se trata de  interrogar, sea el ladrillo, el hormigón, el vidrio, nuestros modales en la mesa, nuestros horarios, nuestros ritmos. Interrogar aquello que parece habernos dejado de sorprender para siempre”, leemos en Lo infraordinario. Sólo a partir de este cambio de perspectiva comienza a emerger un relato significativo porque implica una verdadera experiencia, un descubrimiento asombroso de lo que pasa donde aparentemente no pasa nada, como afirmaba en el prólogo de Tentativas de agotar un lugar parisino; un conocimiento de lo que somos y de lo que nos rodea; algo que, por fin, nos permita “captar nuestra verdad”.

    Pero renovar la percepción hacia las cosas, dar la palabra a lo que precisamente carece de ella, implica cuestionar el lenguaje y la propia escritura: “¿Cómo dar cuenta de lo que pasa cada día?... ¿Cómo interrogarlo? ¿Cómo describirlo? Interrogar lo habitual. Pero, justamente, es a eso a lo que no estamos habituados” (Lo infraordinario).  No se puede producir un cambio un nuestra forma de acceder a las cosas sin transformar correlativamente el modo en que hablamos acerca de ellas. Y lo contrario también es cierto: a partir de la experiencia de lectura de estos textos inclasificables, nosotros mismos emergemos transformados.  En “La rue Vilin”, incluido en Lo infraordinario,  Perec realiza un minucioso inventario de lo que ve a lo largo de sucesivos recorridos que él mismo hace por una calle de París; registra las pequeñas o grandes mutaciones que se producen en un mismo día y a través de los años. Constatamos junto con él que hay negocios que aparecen y otros que inexplicablemente desaparecen; ventanas que permanecen misteriosamente tapiadas; obras en construcción que progresan hasta tomar forma de monobloques.

   En “El sueño y el texto”, incluido en Nací, nos cuenta que durante varios años se propuso anotar sus sueños con la esperanza de conocer la verdad oculta de sí mismo, algún símbolo o súbita revelación de lo sumergido en el subconsciente. La experiencia resultó frustrada, pero a cambio comprobó que había obtenido relatos confusos y enigmáticos, en definitiva: textos. “Mi experiencia de soñador se convirtió… en apenas experiencia de escritura (…) vértigo de una puesta en palabras, fascinación de un texto que parecía producirse completamente solo”. Su psicólogo no otorgó mucho valor analítico a ese material y, sin embargo, descubrimos junto al propio Perec algo verdaderamente inestimable: nosotros mismos estamos constituidos por una escritura que nos atraviesa; el lenguaje es la materia misma de nuestros sueños y de prácticas que realizamos a diario. La literatura (la poesía) no es el privilegio de unos pocos genios, sino una condición de todo ser humano. Así acontece con las genuinas experiencias de indagación: muchas veces se frustra el hallazgo de lo que se buscaba y, a cambio, se descubre lo impensado: Cristóbal Colón fracasó rotundamente en su intento de llegar a la India. 

    En Lo infraordinario hay un texto cuyo título resulta de por sí elocuente: “Tentativa de inventario de los alimentos líquidos y sólidos que ingurgité en el curso del año mil novecientos setenta y cuatro”. El artículo contiene nada más -y nada menos- que lo que enuncia ese título. Entresaco algunos fragmentos: “Dos andouilles de Guéméné…una porción de ostras de belon, tres vieiras, un langostino, una empanada de camarones…un vacío, tres vacíos al echalote, diez bifes…cuatro guisos, un estofado…cinco porciones de conejo, dos porciones de gazapo a la ciruela…una brochette de riñones…una porción de setas, una de alubias…treinta y cinco porciones de ensalada verde…”   y así continúa durante nueve páginas. El listado es abrumador en varios sentidos: emerge la figura de una especie de monstruo, de Pantagruel o Polifemo que devora cantidades inhumanas; al mismo tiempo, la de un obsesivo que se ha tomado el trabajo de registrar cada comida durante un año y extraer un resumen contable. Pero, en seguida las preguntas se multiplican. El texto nos interpela: ¿no somos acaso nosotros también ese monstruo? ¿No nos asombraríamos de lo mismo si tuviésemos la constancia de efectuar un registro semejante? Por otro lado, sorprende la riqueza proverbial de la cocina francesa que se constata en ese listado.  El catálogo de nuestras comidas, ¿tendría la misma variedad? ¿O nos encontraríamos con una relativamente reducida lista de sándwiches, milanesas, tallarines y asados? ¿Qué comemos y por qué?

    “Doscientas cuarenta y tres postales de colores verdaderos”, también de Lo infraordinario,  es un catálogo de breves textos de saludos escritos detrás de las postales que hasta hace poco se enviaban desde distintos lugares turísticos (no sé si en la era digital continúa esa práctica).  Cito uno solo: “De vacaciones en Guernesey. La pasamos bien. Comida fantástica. Nos hicimos un montón de amigos. Un abrazo a todos”. Se sabe que las vacaciones son el tiempo permitido por el sistema económico como válvula de escape, de relajación paga y, sobre todo, el espacio imaginariamente abierto a la variedad y la espontaneidad, a lo que se sale de la rutina. Sin embargo, luego de leer varias salutaciones como la que citamos, la monotonía emerge nuevamente: todos los que escriben hacen lo mismo, todos están bien, todos pasean, todos se tuestan al sol, juegan, comen como osos polares, hacen amigos y excursiones y lamentan volver. La supuesta espontaneidad en realidad es parte de una programación perfectamente determinada y cronometrada.  Luego de la segunda o tercera página ya sabemos qué va a venir, como en un sintagma fijo que sólo cambia algunas palabras variables; y el listado abarca…veintisiete páginas. Al llegar al final de la salutación n° 243 estamos extenuados.

   Estos libros que reseñamos nos permiten ver, entonces, que por debajo de las distintas variedades textuales, hay determinados aspectos que en Perec permanecen como constantes: el gusto obsesivo por los catálogos, los intentos de clasificaciones y la escritura a partir de determinadas consignas. Pero acaso, y según una evaluación personal, las producciones más interesantes son aquellas en que los procedimientos no involucran sólo elementos puramente verbales como las consignas propuestas por el grupo Oulipo, sino aquellas en que participan y se movilizan el propio cuerpo del escritor, el lenguaje, el espacio, los objetos. “La rue Vilin” es un ejemplo de esto: se propone recorrer esa calle y tomar nota de lo que se ve durante una determinada cantidad de tiempo. O bien, se propone soñar y escribir. O bien, comer y escribir acerca de lo que se come. El sueño, los alimentos, las calles entreverados en la red de la sintaxis que atraviesa al sujeto. En esos textos hay un afán totalizante, pero como involucran a las cosas concretas y al propio cuerpo, siempre están a punto de fracasar. La totalidad revela sus poros: mi mirada es apenas un punto de vista que habilita para observar determinadas cosas mientras que otras quedan fuera del campo; las clasificaciones revelan ser arbitrarias; la biblioteca podría haberse ordenado siguiendo otros criterios. Todo termina siendo, finalmente, tentativas.

  

   Esta es la importancia fundamental de Perec. Como acaso tuvimos ocasión de apreciar, se trata de un maestro que no ofrece respuestas sino que genera preguntas y por lo tanto estimula, NOS estimula a reproducir esa experiencia, a continuar las listas, a inventar otras, a abrir nuestros bolsillos e inspeccionar qué tienen, a sentarse y mirar y escribir. Y esto es un hecho literario y es, en sí mismo, un hecho político: como afirma Rancière, es un nuevo reparto de lo sensible, volver visible lo que estaba oculto, dar la voz a lo que estaba mudo. En una entrevista concedida a Frank Venaille, incluida en Nací, Perec confirma este carácter social de su escritura.  Je me souviens (“Yo recuerdo”) es una extensa lista de recuerdos no exclusivamente personales, sino referentes a situaciones o personas públicas, accesibles a cualquier persona que haya vivido determinada época. A propósito de este trabajo, Perec afirma algo que puede aplicarse a todos los textos que hemos mencionado: “es un libro que podría llamar ‘simpático’; quiero decir, que está en simpatía con los lectores”. Compartir esos recuerdos, compartir esas descripciones y enumeraciones invita a que el lector las complete con datos de su propia observación, y a este envío y reenvío entre escritor y receptor Perec lo denomina con un nombre antiguo y quizá olvidado: el unanimismo:[iv] “Es un movimiento literario que no dio gran cosa, pero cuyo nombre me gusta mucho. Un movimiento que, partiendo de sí, va hacia los otros. Es lo que yo llamo, simpatía, esa especie de proyección, y al mismo tiempo, ¡de llamada!”.

         

 



[i] Penser / Classer, París, Hachette, 1985 (Versión española: Pensar / Clasificar, Barcelona, Editorial Gedisa, 1986)

[ii] Ou.Li.Po. (acrónimo de “Ouvroir de Littérature Potentielle”, que se traduce como “Taller de literatura Potencial”) es un grupo de escritores y matemáticos que busca producir textos usando procedimientos basados principalmente en determinadas restricciones a las que el escritor debe sujetarse pero que, al mismo tiempo, constituyen un estímulo para la imaginación creativa. Fue fundado en noviembre de 1960 por Raymond Queneau y François Le Lionnais. Perec colaboró con varios textos para publicaciones colectivas del grupo. En 1980 declaró: “me siento realmente un producto del Ou.Li.Po.”

[iii] Cause commune fue una revista dirigida por Jean Duvignaud y Paul Virilio que se publicó entre 1972 y 1974. Sus editores se proponían emprender una investigación de la vida cotidiana a todos sus niveles.

[iv] Fue una corriente literaria, principalmente narrativa, que nació en Francia a principios del siglo XX, fundada por Charles Vildrac (1882 - 1971), Georges Chennevière (1884-1927) y Jules Romains (1885-1972), quien escribió los manifiestos La Vie unanime en 1908 y Manuel de déification en 1910.

 

(Actualización septiembre - octubre 2013/ BazarAmericano) 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646