septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Walden o la vida ética
Diario de Walden. Notas en la laguna, de Henry David Thoreau, La Plata, Barba de abejas, 2013. Traducción de Eric Schierloh

El 4 de julio de 1845 Henry David Thoreau emprendió el camino hacia su independencia. Su estancia en la cabaña que construyó duró poco más de dos años. A los veinte había comenzado a escribir un diario personal que funcionaba como su tecnología del yo, allí volcaba reflexiones, poemas, anotaciones de todo tipo. No ignoraba que escribía para el futuro. Él mismo describe su método: del mundo “llegan estas inspiraciones para entrar a su debido tiempo en este diario. Luego, cuando llegue el momento, serán depuradas y transformadas en lecturas, y luego, otra vez a su debido tiempo, en ensayos”. Siete años después de dejar Walden, Thoreau publicó el libro Walden; or, Life in the Woods, en 1854.     

El libro que ahora tenemos entre manos, Diario de Walden. Notas en la laguna, de la bellísima editorial artesanal Barba de Abejas –que ya publicó La canción del viajero & otros poemas, primera antología de poemas de Thoreau en nuestro idioma, en versión bilingüe–, nos da la oportunidad de asomarnos a los escritos frescos y maravillados que inspiraron la escritura de aquel libro, cuyos rastros es posible encontrar acá, aunque mantengan autonomía. Digamos, además, que el segmento del diario –y casi la totalidad del mismo ya que su extensión sobrepasa los dos millones de palabras– correspondiente al período transcurrido en las cercanías de la laguna solo podía leerse en inglés, hasta esta edición.

Se trata de un libro atravesado por el pensamiento filosófico, las reflexiones agudas sobre economía y postales sobre estética. Las preocupaciones de Thoreau aparecen con insistencia en sus escritos, ¿en qué ocupamos nuestra vida?, ¿por qué los hombres no se emplean en vivirla? La Naturaleza puede darnos ejemplos de buen vivir, después de todo, nosotros, animales humanos, solo somos despliegues de ella. Thoreau advierte que “El costo de una cosa, no hay que olvidarlo, es la cantidad de vida que se necesita para intercambiarla, en lo inmediato o a largo plazo”. Si en estas tierras habitaron héroes y poetas, ¿por qué no podemos nosotros tener una integridad épica, si la Naturaleza nos acompañará? Tienta decir “si la Naturaleza nos florecerá”.

Walden es hoy un lugar mítico, aunque cerca de Concord podamos encontrar una laguna con ese nombre. Como indica Zarathustra y porque Nietzsche viajaba con un ejemplar de Nature, de Emerson, en su carro, “se recompensa mal a un maestro si se permanece siempre discípulo”. Por eso, lejos de la laguna y con otras preocupaciones, podemos preguntar ¿dónde está nuestro Walden? El tiempo atraviesa la respuesta. Walden es el momento en que una persona enfrenta los hechos de su existencia. Comienza en el instante de repliegue consciente –necesaria introspección– donde se asume una vida filosófica, es decir, una vida ética. Es el final de una vida banal, de mímesis e imitación, pero también es abandonar el discipulado.

El individualismo de Thoreau no requiere huir de lo social. Aunque el filósofo de los bosques necesitó construir su cabaña y convivir con los sonidos de la naturaleza durante dos años, dictó clases y conferencias gran parte de su vida, fue un cultor de la amistad, integró el grupo de los trascendentalistas americanos y colaboró conspirando para que todos los hombres sean libres, ayudando a escapar esclavizados hacia Canadá. Quiero decir, Thoreau no es un ermitaño. Su individualismo consistió en vivir fuera de todo lo que el tiempo puede medir, en la dicha del mirar nuevo, ingenuo. Leemos en la página 66: “El camino al ‘Hoy’, / la línea férrea al ‘Aquí’, nadie allanará nunca este camino,/ ni lo acortará, me temo./ Hay muchísimas estaciones/ alrededor del mundo,/ pero ni una sola de ellas/ a la puerta de un hombre;/ porque si él pudiera acercarse/ al secreto de las cosas,/ no tendría que estar atento/ al silbato de la locomotora”.

Una vida puede ser contabilizada si se somete a la medida de los logros y trofeos. El sol filtrándose entre las hojas de un pino, la sonrisa de la persona amada, el salto de un venado, reclaman la presencia absoluta, la afirmación del instante, ¿importa la finitud o la eternidad cuando solo se tiene el presente? Y los premios tienen relevancia cuando otros los disputan, pero si a quien debo rendir cuentas es a mí mismo, porque en efecto he asumido el compromiso de vivir, los premios y las palmadas carecen de importancia. “Es importante que hagamos nuestro trabajo entre un sol y el siguiente”, leemos en el Diario. Solo queda la amistad –que siempre es entre iguales, al igual que la vida en comunidad, como también anota Thoreau– y la disposición a las afecciones del mundo. Y esta alegría que hormiguea niega la relación entre el tiempo y la vida. La vida no debe ser medida. Para vivir en libertad no hace falta hallar un bosque, sino vivir afirmativamente, en el sentido de Spinoza.

Thoreau podría asentir la sospecha de que para encontrar nuestro Walden debemos escuchar el murmullo de la naturaleza llamando y anunciando otro tempo, reclamando una mirada más atenta y extrañada, pidiendo el abandono de la prudencia, el miedo, la conformidad. La naturaleza, aclaremos, no es el campo, con su maquinaria y su trazado de agrimensor. En la ciudad también muestra sus postales, sus despliegues, sus insistencias. Las raíces emergen rompiendo veredas. Laboriosas del silencio, constantes, hacen crujir sin que nadie escuche las baldosas que ensucian la tierra. Los enemigos de la poesía alisan a diario el terreno para los transeúntes que evitan las aventuras y el superhombre es derrotado cotidianamente. Las raíces, sin embargo, volverán a crecer. Las grietas en las medianeras alojan intrusas. Cómo hizo esa planta que crece en medio del cemento para mostrar su verde triunfal, su burla a la poda, sus remilgos de reina solitaria. La naturaleza siempre abre caminos.

 

(Actualización septiembre – octubre 2013/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646