septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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La grafía de Omar Chauvié (O en busca de un libro anacrónico)
escuela pública, de Omar Chauvié, Bahía Blanca, Vox, 2013

El poeta T.S. Eliot escribió en Notas para la definición de la cultura que el dogma de la igualdad de oportunidades en la educación es “un ideal que solamente puede ser alcanzado cuando ya no se respete la institución de la familia y cuando el control y la responsabilidad de los padres pasen al Estado. Cualquier sistema que lo pusiera en vigencia debe cuidar que ninguna ventaja de fortuna familiar, ni ventajas debidas a la previsión, al propio sacrificio o a la ambición, puedan obtener para ningún niño o joven una instrucción superior a la que el sistema le conceda”.

            Cito a Eliot a propósito de Escuela pública (Ediciones Vox), de Omar Chauvié (La Pampa, 1964), y la referencia no es gratuita, ya que este libro indaga en la educación, pero no como señala Eliot en cuanto a dogma de igualdad de oportunidades, sino como construcción del lenguaje y de sus posibilidades. Es decir, no se instala desde la sociología o el ensayo, sino desde la construcción de la poesía, y se pregunta si antes del lenguaje hubo poesía. Escuela pública no se detiene en que aquí existe un trabajo de lenguaje importante, aunque lo evidencia, tampoco sé si vale la pena destacar su estilo (el verso libre); eso debería venir después, mucho después, porque este libro es anacrónico, y creo que por eso debió haber sido escrito antes que cualquier poeta escribiera poesía. Porque estamos ante un recordatorio de cómo surge el lenguaje, de sus posibilidades, de lo que se puede construir a partir de ahí. Podría decirse incluso que esto es prepoesía, que prepara a la poesía desde la grafía, el sonido, la consigna, el malentendido, para así volver a interrogar: ¿Puede haber poesía sin lenguaje?

            Omar Chauvié, en la parte introductoria de La tendencia materialista: antología crítica de la poesía de los 90, es clasificado dentro de “los poetas mateístas” de Bahía Blanca junto a Sergio Raimondi, Mario Ortiz y Marcelo Díaz, y su nuevo libro además de estar en línea con los Cuadernos de lengua y literatura, de Mario Ortiz, es una escuela básica para cualquiera que quiera escribir poesía, pero empieza como empezamos todos: en la sala de clases, observando una gigantesca A mayúscula en el pizarrón. Eso sí que el verso que escuchamos es otro: “ahora pueden salir a la calle y/ leer cada palabra que encuentren/ cada letra que vean”. El libro se plantea en este inicio como un desafío, como un “date cuenta, pibe”, pero también como un juego que al final suena como “rajá, turrito, rajá”: “nuestras biografías en pocas oraciones/ dan cuenta de aquel mandato lejano/ leé, jano, leé”. Y de este modo el aula y la pizarra van dando paso a los avisos de neón y a la publicidad, a lo que está afuera de la educación pero que también es parte de ella. Hay un punto de la prepoesía de Omar Chauvié en el que precisamente avanza un poco más allá y vincula neón, éter, grafía, lenguaje, poesía, como para enunciar el proceso por el cual se va haciendo o produciendo poesía diariamente, o para decirlo en sus términos: “esa combustión de la letra/ que inflama otros gases/ para continuar dando vueltas/ en un cerebro tornasolado ya/ que se tuerce en manuscritas/ al pliegue de lóbulos y surcos”.

            Pero Escuela pública cumple con otro objetivo: recordarnos lo obvio. En las paredes también hay lenguaje, o mejor dicho las consignas son lenguaje, que también nace en una especie de escuela: la militancia o la represión. Martín Gambarotta, en el último número de Revista Mancilla, recuerda cómo había caído en desgracia el canto de la Juventud Peronista en los ochenta y cómo veinte años más tarde, en un acto en el Luna Park, ese mismo canto revivió con una nueva estrofa: “Resistimos los 90/ volvimos en el 2003/ junto a Néstor y Cristina/ la gloriosa JP”. Y así como las consignas nacen de la escuela y en la escuela de la calle, también lo hace la historia. “Enseñar, explicar y sentir”, es la consigna que ensaya en el poema “hechos acontecidos entre el 17 y el 22 de agosto de 1972”. En él se da una idea de cómo el lenguaje puede cambiar la historia, gracias a la palabra zapa. La tentación de cualquiera que lee este poema es referirlo a Piel de zapa, de Balzac, es decir piel áspera, pero no, aquí se refiere a la guerra de trincheras: zapa. Zarpa, zarpado.

            El anacronismo de este libro, sin por eso dejar de ser pertinente (quizá hoy más que antes), se hace más evidente en la segunda parte. Aquí hay alusiones a cómo transcurre el tiempo: “también por acá baja el sol/ cuando me subo al ómnibus que/ me alejará un poco ahora y mucho más/ en los días que siguen”. O también: “muchos kilómetros podemos hacer hablando/ de lo mismo”. Esto sin mencionar el poema “july 20, 1969”, en donde se establece un juego cómico entre la imagen del astronauta en la luna y la de un chico con mochila escolar en dirección al colegio. Son las confusiones o malos entendidos que plantea la palabra escrita.

            Ya en la tercera parte de Escuela pública, y con esto no les estoy contando el libro, aunque sólo es una pequeña aproximación a él, aparecen las posibilidades del lenguaje y algunas de sus características, como por ejemplo el mencionado malentendido: “él tradujo mal/ el título de la canción/ pero era exactamente eso/ lo que quería decir”. Cuando se refiere a las posibilidades en términos de demoler y volver a construir, también se plantea el paradigma de vanguardia versus tradición, o mejor dicho enfrenta la pregunta que podría cifrarse como sobre qué se construye una tradición: “las casas rotas se apilan en/ terrenos que luego serán/ fundamento de otras:/ el residuo que deja cada cosa/ aprendida”.

            La última parte de este libro de prepoesía, para seguir hasta el final con la idea, incluye dentro del lenguaje  los números y el sonido. No sé qué más le pudo haber faltado incluir a Omar Chauvié (el fuego, el viento; no, pero esos son los elementos naturales y han sido tratados vastamente por la poesía), y no sé si importa: el lenguaje siempre falta, las palabras nunca alcanzan. Pero lo que hay acá es una necesidad de compartir este darse cuenta de que nada se le escape al lenguaje. Y cómo la necesidad de compartir esto sea a su vez un recordatorio sobre el modo en que el lenguaje se va haciendo grafía cada mañana, luces de neón cada noche, consignas políticas en las paredes, números o sonidos en un día de agobio, o un malentendido del que no se puede salir, en suma cómo el lenguaje se va construyendo cotidianamente. Eso es lo que nos recuerda Escuela pública.

 

Buenos Aires, Día de la Bandera, junio 2013.

 

 

(Actualización julio – agosto 2013/ BazarAmericano)




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ISSN 2314-1646