septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Algo sobre mí mismo
Diarios de viaje, de Fernando Callero, Rosario, Erizo editora, 2013

Philip Larkin difícilmente abandonaba Hull. Le gustaba que sus admiradores americanos llegaran a King´s Cross -esa especie de dínamo con base en Londres que irriga trenes a toda la isla- y que esos mismos lectores de su obra se perdieran en las complicadas combinaciones que proponía el mapa ferroviario para terminar optando por Newcastle. "Total ahí pueden molestar a Basil Bunting", decía el viejo agreta.

 

Hull calzaba perfecto con sus necesidades. "Se le hace más difícil a la gente llegar hasta vos", decía. Y decía también: "Hull es un lugar sin pretensiones. Está en el medio de un país solitario, y pasando ese país solitario, no queda otra cosa que el mar. Me gusta eso. Siento una necesidad muy grande por estar en la periferia de las cosas".

Ante estas declaraciones, el entrevistador de la Paris Review, lanza esta increíble pregunta:

Periodista: ¿Y qué hay de viajar? ¿No le gustaría visitar, digamos, China?

Como es sabido, cuando se trata de entrevistas, los escritores suelen retrucar una pregunta estúpida con una respuesta genial. Y mientras más estúpida es la pregunta, más genial será la respuesta. Cuando lean una pregunta estúpida dirigida a un escritor (a un buen escritor), prepárense para la respuesta: puede ser directa o sutil, pero siempre será demoledora. Fíjense qué tan estúpida habrá considerado Larkin esta pregunta, que responde lo siguiente al periodista:

Larkin: No me importaría viajar a China si pudiera estar de vuelta ese mismo día. Odio estar afuera. En general, mientras más se aleja uno de casa, mayor es la infelicidad. No estoy orgulloso de esto, pero al parecer uno debe pagar por no sentir curiosidad al respecto.

No sin cierto pesar, debo confesar que me siento muy cerca de lo que piensa Larkin acerca de los viajes. Me cuesta salir de mi casa y, siempre que lo hago, tengo que estar seguro de poder proveerme la manera de volver. Padezco los colectivos urbanos, los micros de larga distancia me provocan cansancio y terror. Creo que nadie ha pensado lo suficiente en los aviones: todos los que se suben a un Boeing con el diario del día abajo del brazo parecen olvidar que se trata de una mole de 400 toneladas luchando por parecer más liviano que el aire. En fin, ahí están los barcos hace siglos arriba del agua, como panchos por su casa.

Pero no sólo en este punto siento que Larkin me habla directamente. También siento, como él, que yo mismo debería "pagar" por pensar de esta manera: me veo un poco en falta por no tener las más mínimas intenciones de pasar un fin de semana más lejos que en mi patio. Vivimos en un mundo donde todo parece al alcance de la mano, donde las distancias no existen, donde al otro lado del océano no está la tortuga que sostiene y ni siquiera Río de Janeiro, sino algún amigo que te recuerda lo que te estás perdiendo. Un aquí y ahora planetario, etc. En este contexto, ¿qué se podría decir de alguien que no quiere abandonar su casa? Sin dudas se trata de un conspirador, un resentido, un intrigante, en el mejor de los casos, de un pusilánime, un aburrido, un viejo prematuro, uno que pronto se quedará sin amigos y, antes todavía, sin su mujer. Y tampoco me refiero a ese nerdismo solipsista y cool que hoy está de moda, todo lo contrario: no me gusta navegar ni por internet.

Para alguien así, un libro de viajes no parece ser el regalo indicado. Sin embargo, al regalarme sus Diarios, Fernando me regalaba no solamente el tema de su libro -los viajes por Bolivia, Perú y Ecuador- sino también un modo de lectura que ese mismo libro proponía. Y esto, como todo el mundo sabe, solamente ocurre en los buenos libros.

Al comienzo de su viaje a Bolivia, durante un descanso en San Salvador de Jujuy, Fernando y su amigo Ponchi presencian, en la plaza central, una córeo folcórica de alumnos de una escuela primaria. Dice Fernando: “Los altoparlantes chillan destruyendo toda la música, de la que sólo se alcanza a percibir una línea de puntos sonora que hay que ir recreando mentalmente.”

Y bueno, creo que esta línea de puntos es la figura central de la novela (que se verá replicada una y otra vez en distintos objetos: por ejemplo en un trazo que une dos puntos en un mapa) y que, no sólo ésta, sino toda lectura puede ilustrarse mediante una línea agujereada por espacios en blanco. Los puntos que quedan de aquella línea original son los lugares donde la atención del lector se concentra y marca; los espacios de silencio o interferencia, son los lugares donde el lector se pierde y olvida.

Mis puntos de lectura en estos diarios son, para mí, fácilmente reconocibles: hay una cruz en los márgenes por cada uno de ellos y hay una cruz, también, en mi memoria. Transcribo algunos de estos pasajes:

 

"Una ventana que da a una callecita por donde vemos trajinar, en la vereda de enfrente, a los empleados de un servicio de encomiendas muy activo. Al lado, una ‘clínica dental’, con un cartel de letras de cartulina recortada y puestas en semicírculo".

Otro: "Los niños que gritan los destinos en los ómnibus urbanos y van colgados de esas combis que China dio de baja y mandó para acá".

Otro: "El local estaba administrado por cuatro chicos: el parrillero de unos veinte años, el que atendía la barra y la caja, de 17 o 18, y dos chicas muy chicas que alcanzaban los pedidos de manera completamente informal e inexperta. Entre dos no podían destapar una cerveza. El barman armaba sobre un freezer una lámpara enchufada manifestando con gestos de exclamación estar recibiendo descargas continuamente. Ponchi acotó que parecían primos jugando al restaurant".

Y ya en otra clave: "Yo pedí pollo dorado (plancha más golpe de frito al final) con arroz, chuño y ensalada de lechuga y cebolla".

Otro: "Elegimos chuletas a la parrilla con arroz, ensalada de lechuga y tomate, zanahoria y cebolla, y un papín frío enterrado en el arroz que hacía las veces de pan: una delicia".

Uno más: "Pedimos dos chuletas con ensaladas y nos trajeron eso con una extraña guarnición de papas fritas sumergidas en pasta fría de choclo blanco".

Volviendo sobre estos puntos de lectura (que se podrían separar en dos grandes grupos: trabajo y comida) entiendo algunas cosas; cosas que sabía, pero que yo nunca había pensado hasta este punto. Por empezar, me apasiona la comida, no sólo en la vida sino también en los libros. Tengo la impresión, al volver sobre las exquisitas descripciones de estos platos, que la mesa está puesta y me está esperando. Pero sobre todo, pensé también en mi inagotable curiosidad por el mundo del trabajo, curiosidad que no tiene en absoluto un carácter, digamos, sociológico, aunque tampoco estoy muy seguro de lo que eso signifique. Los trabajos me atraen por dos motivos: por empezar, soy, digamos para ahorrar en explicaciones, un escritor, alguien que se dedica a una actividad muchas veces inasible, y todo trabajo que no sea el mío, debo admitirlo, me parece el colmo de la realidad. En segundo lugar, veo siempre, en los trabajos de la gente, el comienzo de una historia, un mundo de relaciones.

 

Lo que quiero decir es que este libro no me enseñó solamente qué hospedaje elegir o qué ruta tomar en caso de que me internara en un viaje por Latinoamérica. Me enseñó además algo sobre mí mismo. A los espacios en blanco de esta línea de lectura no los menciono. No por una cuestión de cortesía sino, sobre todo, porque me los olvidé. Y esto no significa un juicio de valor sino todo lo contrario: no existirían los puntos en una línea sin los espacios en blanco que los preceden y los suceden. De la misma manera que no existiría el hambre sin la languidez o el día de descanso sin el trabajo; de la misma manera que no existiría el amor sin el olvido.

 

(Actualización julio - agosto 2013/ BazarAmericano) 

 

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646