septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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La distancia justa
Tormentas, de Juan Zorraquín, Buenos Aires, Mar Dulce, 2013

“Los dos náufragos” es el primero de los seis cuentos que conforman el libro Tormentas de Juan Zorraquín. No se podría abrir de una mejor manera que con esta historia que presenta la particular debilidad que un patrón tiene con su peón. El relato coquetea con ciertos motivos temáticos borgeanos: duelos, cuchillos, caballos, gauchos, venganzas.  La voz narrativa tiene también la misma cadencia de Borges, frases como “Sacar el cuchillo y decapitarla fue todo uno” son un buen testimonio de esto.  Pero esa atmósfera si bien no desaparece pierde su espesura a medida que avanza el relato porque el cuerpo del protagonista no se parece en nada a los cuerpos presentados por nuestro tótem literario ciego.  A ningún malevo de la esquina rosada se le ocurriría decir “Me hice pis en el pantalón” o “se concretó un dolor intenso en el bajo vientre que terminó en una diarrea poderosa (…) no me limpié casi nada”. Puesto así, en fragmento, la potencia del relato parecería estar anclada en el mero agregado escatológico, como si se le sumara una dosis de Rabelais a aquellas historias de cuchilleros. Pero “Los dos náufragos” es más que gestos explícitos. Porque el tema del cuento es no la amistad, sino algo así como el deseo o la admiración de un hombre hacia otro: “Repentinamente me miró a los ojos y me dijo que no tenga miedo que él iba a cuidar todo. Mi piel se estremeció con un escalofrío distinto, la piel se puso en carne de gallina”. Estamos ante un narrador que si bien se reprime como actante (atención spolier) ya que en el cuento nunca llega a concretarse ningún encuentro sexual y ni siquiera en momentos de agonía el patrón le comunica al peón sus sentimientos, no tiene ningún problema en sí hacerlos explícitos para los lectores in fabula. Como muy bien destaca Luis Chitarroni en el prólogo del libro, la voz es más íntima que social.  Esa voz que no tiene pudor de caer, incluso, en momentos cursis: “Veía y sentía su presencia cuando lenta y segura su mano se posó sobre mi mejilla y me acarició (…) y al despertar todavía su mano estaba allí, y yo había pasado una de las noches más perfectas que recuerde”. Esos cuerpos sufren peripecias, pero siempre narradas desde la voz íntima, casi susurrada del patrón, esa voz que nos habla, que nos distrae de la anécdota, que pone el ojo en su propio mundo, pese a no dejar de contar lo que pasa. Hacia el final el relato deriva en situaciones arbitrarias o quizás simbólicas (el patrón desnudo cabalgando por los campos y los ríos con el peón colgado de su cuerpo) pero el cierre nuevamente se enfoca en él, en una incógnita que le surge cuando todo ya pasó. Su respuesta quedará vedada, pero no el alma de este cirujano devenido en hacendado, que pasea sus impulsos por la llanura.

“Mares” es el segundo cuento. Otra ambientación: Punta del Este. Otros sujetos: actor, modelo. La obsesión de él por las mujeres, la anorexia de deseo de ella. Si bien algunas referencias suenan un tanto superficiales, “se trepó al automóvil, un BMW de última generación y a toda la velocidad que marcaba la prudencia…”, el relato funciona porque justamente entra en sintonía con el mundo que describe. A diferencia de “Los dos náufragos” “Mares” está poblado de adjetivos, aparecen casi en forma compulsiva, mezclados entre cocteles, sonrisas falsas, cuerpos musculosos y productores de Hollywood. Después está el mar y ella, su final, que remite al clima desaprensivo en el que vivía Alicia, la sufrida protagonista de “El Almohadón de Plumas”, aunque esta vez sin un animal monstruoso. O quizás sí, pero con formas menos explícitas. El cuento funciona en esos momentos donde la “existencialidad” aparece en el centro de la narración, la pregunta es sobre el ser y no hay respuestas, porque ni él las encuentra en aquello que parece buscar en el mar, ni ella en las sábanas.

El tercer cuento es “Ser Macho”. Tiene las vueltas y giros de un melodrama, pero contado desde el punto de vista de vista de Miguel, aunque también en algunos momentos breves, la focalización cambia hacia Berta, el otro polo de una historia de amor que podría haber sido extraordinaria, que no llegó a ser trágica, pero sí trunca. Lo que sorprende en el relato no son los giros, ni las venganzas que van y vienen como pelotitas de Tiki Taka, sino la facilidad con que Zorraquín vuelve querible o al menos cercano a un personaje llano, dotado de una visión del mundo decididamente esquemática, un sujeto ramplón. El comienzo sorprende, molesta. La misma anécdota se retoma al final, pero el lector cuenta con mayores herramientas para entender porque él hizo lo que hizo. Entender, obviamente, no significa justificar. Aquí Zorraquín muestra un buen criterio a la hora del montaje: las escenas están donde deben y se vuelve a ellas cuando la narración –particularmente cinematográfica– las necesitaba.

El libro se completa con otros tres cuentos: “La Furia”, “El deseo y la libertad” y “Otra tormenta”. Esta parte del libro parece más bien un lado “b”, no necesariamente porque la calidad de los mismos sea inferior, aunque seguro no están en el mismo nivel que los primeros tres. En “La Furia” gana el paisaje urbano, ríspido, allí donde el amor es una “palabra que suena extraña”, hay algo de la crónica moderna o de los programas que pasan filmaciones tomadas por cámaras de seguridad. En “El deseo y la libertad” padre e hijo pelean literalmente como perros y gatos: la escena de la cocina es un paso de cartoon, aunque claro, sin comicidad.  En la “Otra tormenta” hay una historia de amor solapada, una enfermedad, la lluvia, una ducha, la muerte de dos mujeres, un profesor de matemática que intenta ser guionista y una secretaria. Las escenas pasan como diapositivas, con esa rítmica progresión, con esa misma coloración chillona, casi quemada de las viejas fotos enmarcadas entre plastiquitos.

Después, o mejor, durante, cada uno de los seis relatos que conforman el libro, están las tormentas. A veces funcionando como telón de fondo, otras como elementos nucleares. Y también está el agua, el mar y toda clase de fluidos. Lo líquido como ese estado intermedio, cuyas moléculas no están tan próximas como en el estado sólido, ni tan dispersas como en el gaseoso. Justamente esa distancia intermedia es la que cada uno de los narradores de estos cuentos mantiene con sus personajes y con la historia. La distancia justa: el mérito de Juan Zorraquín es saber dónde ubicar a sus narradores. Esta posición le permite edificar un tipo de lector que conoce, en dosis precisas, la información necesaria. Distancia justa, o mejor, ajustada.

 

(Actualización julio – agosto 2013/ BazarAmericano)

 




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ISSN 2314-1646