noviembre-diciembre 2017, AÑO XI, Nº 64

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Martín Felipe Castagnet

La transmisión de una autopsia
J. G. Ballard: Para una autopsia de la vida cotidiana. Conversaciones. Con prólogo de Pablo Capanna, Buenos Aires, Caja Negra, 2013

Un libro de ‘conversaciones’, como propone el subtítulo del libro, sugiere una bidireccionalidad de la que el más usual ‘entrevistas’ carece. ¿Con quién está hablando James Graham Ballard? Cuatro de las tres entrevistas seleccionadas por la editorial Caja Negra fueron publicadas originalmente en la revista underground Re/Search, fundada en San Francisco, cuyo primer número de 1980 incluía entre sus temas al Cabaret Voltaire, el Japón, Julio Cortázar, prostitutas punk y, por supuesto, al ya conocido autor inglés J.G. Ballard. La primera entrevista incluida en Para una autopsia de la vida cotidiana fue realizada precisamente por sus dos fundadoras y editoras, y el pulso del libro les debe mucho.

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“La decadencia británica, pienso, en buena medida, se puede atribuir a que tenemos la mejor televisión del mundo”, dice Ballard; con frecuencia sus sentencias poseen fuerza epigramática, pero no carecen de argumentos. Estas conversaciones tienen la oportunidad de desarrollar la visión impiadosa de Ballard por fuera del dispositivo a veces limitado de la ficción. Si para William Gibson el cielo sobre el puerto tenía el color de la televisión en un canal muerto, para Ballard el cielo debe haber tenido el color de la televisión sintonizada en un canal de información científica durante la transmisión de una autopsia.

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“Lo que espero de la revolución informática y de la televisión es que nos conduzcan a un canal de información científica (…) Necesito conocer cada detalle, tener información precisa sobre todas las cosas. Quiero saber lo que desayuna Charles Manson, absolutamente todo”, demanda Ballard en esa primera entrevista. “No es fácil tener acceso a toda esta información, este es el problema principal.”

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Casi treinta años más tarde Manson aún sigue en la cárcel, y nosotros quizás ya tengamos ese acceso a su desayuno. En una columna publicada en abril pasado, Juan Terranova retoma la demanda: “Aunque hoy no es tan fácil saber qué desayuna Mason, estoy seguro que uno puede encontrarlo en la web si lo busca con dedicación.” Alentado por Ballard y Terranova, me propuse dedicarle esa atención. La respuesta no tardó demasiado en aparecer.

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Arlene Poma tenía cuarenta años y un matrimonio fallido. Como no quería estar en su casa aceptaba todos los turnos extra que le ofrecían en la Prisión Estatal de Pelican Bay, la cárcel donde se aloja “lo peor de los peores” presidiarios norteamericanos. Esa es la razón que esgrime para no haberse negado a alimentar a Charles Manson, en ese momento allí alojado, según una nota que Poma escribió para la revista Wizzley en agosto del año pasado. Le dejé un comentario. Poma lo respondió el mismo día: “Si vieras lo que los internos comían, te darían arcadas. Claro, la ‘comida’ era gratis, pero nunca veías cosas como huevo, panceta, etc.; eso sería demasiado caro dado que estás alimentando a las masas. Demasiada comida se desperdicia en prisión porque la comida no era ‘real’. Acá hay personas que están cumpliendo cadenas perpetuas, pero ser alimentado de esta manera es una tortura para cualquiera. Personalmente, no sé cómo los internos sobreviven con la dieta de la prisión, pero el chiste que corre es que pueden sobrevivir a un Twinkie, y que los Twinkies, como los internos, pueden ‘vivir’ eternamente.”

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En Estados Unidos una banda de rock alternativo tituló un disco como “Forever Since Breakfast”, a partir de la respuesta que dio Charles Manson a la pregunta “¿Cómo se siente usted hoy?” durante una entrevista: “Eterno desde el desayuno”. En las conversaciones editadas por Caja Negra Ballard dice: “No sé cómo le ha ido a Manson en la cárcel, pero resulta curioso que todos estos criminales psicópatas tengan un gran poder de manipulación. Creo que hasta pueden manipular a los miembros de alto rango del personal penitenciario. Ha habido casos aquí de funcionarios que se rindieron a este carisma –tan especial y avieso– que pueden irradiar estos psicópatas.” Ballard hubiera leído, quizás también comentado, la nota de Arlene Poma: “Manson solía robar las cartas de ‘Salga de la cárcel’ del Monopoly. Los autografiaba y se los daba a cualquier oficial que las aceptara.”

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En el artículo de Poma las comillas invaden los terrenos esenciales: comida, real, vivir. Los Twinkies que menciona, tortas esponjosas rellenas de crema y componentes químicos, “quintaesencia de la comida basura” según Wikipedia, también figuran en Para una autopsia de la vida cotidiana por conformar el alegato de los Twinkies: la defensa del asesino de Harvey Milk, el primer funcionario gay estadounidense, argumentó que su consumición había vuelto loco a su cliente.

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Los íconos culturales que han sido víctimas de episodios violentos conforman uno de los objetos que más fascina a Ballard. Reagan, Marilyn Monroe, o “gente como Cher o Jane Fonda que no se han sometido a mayor violencia que la del cuchillo del cirujano plástico”. El personaje central de The Atrocity Exhibition quiere asesinar a Kennedy una vez más, pero quiere hacerlo de una manera que tenga sentido. “Hemos entrado en un reino paradójico donde el psicópata es la única persona que puede imaginar la cordura.” Luego, cuando una reseña del Reader’s Report dice que está “fuera del alcance de toda ayuda psiquiátrica”, para Ballard significa “haber alcanzado el mayor galardón artístico. Que alguien te diga que estás más allá de toda ayuda psiquiátrica, en cierta forma, es el mayor cumplido que uno puede recibir: quiere decir que uno ha alcanzado la libertad absoluta.” Una más: “Breton decía que el último acto surrealista era salir a la calle con un revólver y disparar a la multitud.”

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Pero el magnicidio y otras formas de violencia con las que Ballard trabaja no pertenecen a la cultura de Inglaterra sino a la de los Estados Unidos, país en el que, dice, le atrae la idea de vivir si no estuviera tan viejo como para realizar los ajustes necesarios. De su lado del Atlántico, en cambio, las armas están severamente limitadas. “Podemos deleitarnos con pequeñas travesuras como la guerra de las Falklands, pero ¡manipular armas de fuego es prácticamente lo mismo que violar a un niño!”. Lo que antes era tabú y ya no lo es, lo que antes no lo era y ahora lo es, las nuevas generaciones, la diferencia entre el padre y sus hijos, la decadencia, el destello colosal del futuro inmediato: los ejes que atraviesan las conversaciones. Por ejemplo, observando a las amigas de sus hijas: “Algo curioso con estas adolescentes era que parecían estar entrenándose a sí mismas, como corredoras de larga distancia; como si ya supieran que tendrían una larga vida de relaciones sexuales, y lo tomaran de un modo muy natural.”

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Ante la prohibición de las armas, la moda en Inglaterra consiste en comprar réplicas. Ballard recuerda un incidente ocurrido durante un desfile un año atrás: “Ahí estaba la Reina disfrazada con un uniforme de fantasía, escoltada por todos aquellos soldados de verdad, vestidos a la usanza del siglo XVII, cuando llega el muchacho con una réplica de revólver y le dispara. ¡Maravillosa pieza de teatro callejero! Me pregunto, ¿cómo pudieron arrestar a un muchacho por haber hecho una cosa así? Si uno cuelga una palabra con la palabra REVÓLVER, ¿está cometiendo un delito?”. La pipa de Duchamp sigue echando humo. Philip Dick, a quien Ballard cita en varias ocasiones, escribió acerca del mismo tópico en la novela The Man in the High Castle, publicada en 1962: Los japoneses ganaron la guerra y se dedican a comprar objetos auténticos de la vieja cultura norteamericana como memorabilia. Estos objetos en realidad son copias fabricadas en serie. La trama empieza cuando un japonés es estafado con un falso revólver de la Guerra de Secesión; termina cuando en una situación de peligro utiliza el revólver de imitación para liquidar a su adversario. ¿Hubiera podido disparar con un original? ¿Puede ser lo falso más verdadero que lo original?   

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La ciencia ficción ocupa un trasfondo importante en la conversación, pero Ballard se toma el trabajo de distinguir entre ciencia ficción y “libros tecnólogicos ambientados en la actualidad”, siendo los últimos los que más le interesan como parte de su obra tardía. Los primeros, en cambio, muchas veces se le presentan como defectuosos. “Lo que pasa en Star Wars y otras películas de ese estilo es que uno siente que el tiempo se detiene. En estos films existe una suerte de continuo temporal que no tiene nada que ver con el futuro; podrían perfectamente transcurrir en el pasado más remoto.” Su apreciación es válida, pero por las razones erróneas: olvida que Star Wars comienza con un “A long, long time ago…”.

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A Ballard le interesan los mitos del futuro, las historias que no conciernen tanto a los principios como a los finales, la “metáfora extrema para lidiar con una situación extrema”. Él mismo vive en una “cultura de aeropuerto”, un barrio residencial al que caracteriza como “un auténtico campo de batalla psicológico: se encuentra en la frontera con el futuro”. En ciertas ocasiones ve lejos; en otras, sufre de miopía. Hablando de una novela del “hijo de Kingsley Amis” sobre su adicción a los primeros videojuegos, critica con fastidio “una nostalgia de hace cinco minutos”. Luego: “La casa va a transformarse en un estudio de televisión”, prefigurando a YouTube. También habla sobre los procesadores de texto, como en el que escribo esta reseña, en ese momento incipientes: “El tipo de al lado tiene solamente capacidad para 35.000 caracteres (más o menos 7000 palabras) en su computadora, lo cual le genera ciertas preocupaciones. El otro día estaba golpeando su escritorio, mientras decía: ‘¡Necesito más memoria!’ " (risas).

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Los cambios tecnológicos que veía y preveía Ballard terminaron por afectar al propio medio de comunicación donde las conversaciones se publicaron originalmente. Un artículo reciente del European Journal of American Studies analizó el crecimiento y el declive de la revista Re/Search, y cómo finalmente Internet proveyó de medios mucho más eficientes para transmitir memes y popularizar tendencias contraculturales específicas. Internet lo absorbe todo y a la larga lo reemplaza. Esta voracidad, por supuesto, no es un dato que el lector desconozca; en todo caso, el bisturí de Ballard lo ayudará a comprender por qué.

 

 

(Actualización julio – agosto 2013/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646