septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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"¿Acaso nos equivocamos de medio a medio?"
La memoria saturada, de Régine Robin, Buenos Aires, Waldhuter, 2012

Leo a Régine Robin, La memoria saturada. Para los tiempos que corren es un libro viejo. Sin embargo, un libro conmovedor. Imprescindible para quienes se ocupen -¿se obsesionen?- por el paso de la historia, la construcción y dispersión de la memoria a principio de este tercer milenio. Publicado en 2003 por las prestigiosas Éditions Stook de París, Víctor Goldstein lo traduce y Walhuter Editores lo publica en 2012. Dice Régine Robin “Tomen esto como 'anécdotas', 'pequeños cuentos', si quieren. No obstante, ellos señalan mi recorrido, mi memoria ya larga, mi escritura de ficción y de ensayos. Algunos de mis recuerdos pertenecen al 'mundo de los ex', otros al de los supervivientes”.

          La memoria saturada es un largo libro testimonial, académico y subjetivo a la vez –como si en algún lugar pudiesen pensarse como instancias separadas–. 569 páginas compactas, en castellano, algo menos en francés, transcriptas con una tipografía de la familia Garamond, book cell, a espacio y medio. La vida, en este caso, especialmente, se inscribe en la letra. Sea la vida intelectual o la vida a secas. La contratapa avisa “vasto y apasionante periplo que mezcla historia, sociología, testimonio y literatura”. ¿Régin Robin o Rivka A. o Régine Maire nacida Aizertin bajo seudónimo o nombre académico Robin, tal como dice un curriculum? Su página,  por encima de fronteras y límites geográficos, narra el deambular por el mundo de una mujer, una intelectual. ¿Dos? ¿Varias? ¿Una en cada lugar? ¿Varias al mismo tiempo cuando evoca recuerdos diferentes? Allí se accede a algunos datos que podríamos considerar más o menos concretos: nació en 1939 como Rivka Ajzersztej en París, de padres judíos polacos, escritora. Agregamos, en lo fundamental escritora. Su página está organizada según dos caminos. Una vertiente universitaria: profesora de geografía humana, licenciada en historia, ahora profesora de sociología, investigadora cultural junto a Marc Angenot, doctorada en la Escuela de Altos Estudios Sociales de París en 1989 con una tesis sobre literatura, Le Roman mémoriel: de l'histoire à l'écriture du horslieu, traductora (alemán, inglés, español, ruso e yiddish), profesora visitante en Harvard, Berlín, Jerusalén, Río de Janeiro, Campinas, Sao Paulo, Florianópolis, Porto Alegre, Buenos Aires, etc. etc. etc., da clases en la Universdiad de Québec, Montreal. Otra vertiente: “Autobio, Autobus, Automail: une expérimentation autobiographique sur le web” a nombre de Rivka A., quien escribe mails (a Régine por ejemplo), postales, cuenta el deambular por las calles, películas, recorre cafés, aconseja o reconviene, planea una obra de teatro, escribe poemas. En una entrada dice: “le secret de ces pages, c'est l'amour des villes, des longues pérégrinations et déambulations au coeur des cités, la nuit, le jour, dans la perte, le silence mais aussi dans l'assourdissement heureux de quelques échos fraternels. Soyez mes complices”.

La memoria saturada podría pensarse la inscripción en papel de esta experiencia en la web, “Páginas de papeles perdidos” la llamó Régine Robin. Hay aquí una relación intensa entre los papeles de identidad, las nuevas tecnologías, la Shoah -¿lugar o tiempo? donde Robin perdió la mayor parte de su familia-, el exilio, la migración perpetua, la huída… y en esa relación, la obsesión por la memoria, la reconstrucción de alguna memoria. Importa decir que para Robin no se trata de una representación del pasado, un resucitar el pasado, sino de representar la búsqueda, “nuestra búsqueda de hoy”, “circunscribir el trabajo de la huella en nosotros” (328-329). Así, los artículos que integran La memoria saturada registran “la dificultad de hablar hoy de eso”: la memoria y el olvido.

El libro se inicia con una introducción bajo el título “Como si el pasado nevara sobre nosotros”, tomando una frase de Jean-Cristophe Bailly. Pero antes, un reconocido epígrafe de Walter Benajmin: “El don de avivar en el pasado la chispa de la esperanza no pertenece sino al historiógrafo íntimamente persuadido de que, si el enemigo triunfa, ni los muertos estarán seguros. Y este enemigo no ha dejado de vencer”. Así, la cita es más bien intervención que resulta declaración de principios y exposición de un objeto de trabajo       –“memoria infiel, pero tenaz” a través de textos escapados del olvido, fragmentos de films abandonados, imágenes color sepia, escenas tristes, todos marcados por la extrañeza de la relación entre el presente y el pasado, lejanos y cercanos a la vez–, marco teórico, encuadre metodológico, enfoque crítico. Se trata de una memoria de historiógrafa atada, inevitablemente, a momentos clave de un imaginario familiar. Robin no escribe sobre la guerra -dice en otro momento- la Segunda Guerra, sino que escribe con la guerra. Nació en ella, pienso. A partir de allí es inevitable que esa vida, y en ella la escritura, sea del tipo que sea, se encuentre signada, marcada, identificada finalmente, con una historia que viene desde muy atrás y pasa y sigue y continua pero, a la vez, va cambiando de manera continua hacia adelante e, incluso –lo exasperante–, hacia atrás. No hay versión establecida. Y ese es el problema. Se trata aquí del punto de arranque para el proyecto de una vida intelectual, pero también para un proyecto de búsqueda de identidad que se sabe perdida de antemano. Se aprende, en el transcurso, que la identidad es múltiple y Robin hace de ello la materia de sus escrituras, académicas y literarias.

Entre las varias “anécdotas” –es posible que Robin llame así a las narraciones sobre las cuestiones familiares– hay dos expuestas al principio que, en definitiva y de manera paradojal, dan razón de ser intelectual a su libro: la historia de su padre y la de su tío hacia el fin del milenio, después de la caída del muro de Berlín. La del primero se remonta a 1920, cuando al paso de los bolcheviques por Polonia -él tiene dieciséis años-, después de un confuso episodio de idas y venidas entre el ejército rojo y el ejército blanco, una carnicería que no hace diferencias, él lucha junto a los comunistas que resultan vencidos para, cuando logra hacerse invisible y escapar, llegar extenuado a su pueblo. Robin cuenta que esta historia la oyó cien veces, mil… siempre reacondicionada, hasta hacerse fastuosa. “Pronto fue imposible diferenciar lo verdadero de lo falso” dice. Su padre es un héroe dialogando con Lenin al frente del Ejército Rojo en el campo de batalla en alguna de las versiones: “Mi infancia es ante todo esta imagen”. “La epopeya atravesaba la mesa familiar, así como antaño [las primeras versiones] estuvo a punto de ahogarse en el Bug”. Cuando Robin cuenta esto, sin embargo, al final de los años ’90, haber tenido un padre comunista es ya casi “una enfermedad vergonzosa […] tan poco gloriosa como tener antecedentes nazis!” Ante un cambio tan radical del mundo, la caída de cualquier relato, la puesta en pie de igualdad de todos los relatos, Robin reflexiona “Todos estábamos en vías de ‘caducar’, de volvernos ex de pasado vergonzoso”. Así, entra en escena la otra historia, la del tío Moshe, líder de las juventudes comunistas en aquel pueblo de sus padres que llega a Francia junto a ellos, a principios de los años treinta y que para 1994 era un hombre quebrado. Tenía la sensación de haber dado lo esencial de su vida por nada. Dice que le dijo “Tu dirías que todos esos años en la clandestinidad o las prisiones de Pilsudski, la bandera roja, nuestras luchas, el fin del zarismo, las huelgas, la Internacional, todo eso, ¿era para nada? ¿que nos equivocamos? ¡Dime! ¿Acaso nos equivocamos de medio a medio?”

Es así que, movida por la historia familiar, Robin se hace historiógrafa. Intenta formular alguna respuesta, alguna explicación para aquello que vio suceder en su propia casa así como en los países que visitó: ese continuo cambio de cierta historia a través del tiempo y el espacio y según ciertas condiciones de recepción y reelaboración siempre presentes, sobredeterminando mínimas formas de percepción de la vida cotidiana así como la gran historia, la literatura, el arte en general. En definitiva, siempre diferente y siempre contradictoria.

El punto, que da título al libro, La memoria saturada, inquiere por los “abusos de memoria” por los que las sociedades del tercer milenio estarían transitando. Paradójicamente, cuando en el horizonte se insinúa la posibilidad  de archivar toda la información, resguardar y conservar toda la memoria, una serie de nuevos problemas, en verdad cruciales para estas sociedades, se sobreimprime al potencial tecnológico. El problema del archivo de memoria ronda aquí y ahora el problema del sentido de memoria   –¿qué, para quién, de quién, para qué, dónde, cuándo, cómo, en qué sentido? –, una práctica estrictamente humana que aparece más allá de cualquier potencialidad técnica. En esa potencialidad, que permite extender masivamente la posibilidad de conservación y acceso a “toda la memoria”, el soporte –lo virtual– aporta sus características inmateriales a aquello que transporta. Y allí, entonces, es la velocidad, lo que se borra, el olvido, los que ganan la partida. Una contradicción, un contrasentido dirá Robin.

“En mi escritura de ficción recurro al collage, al montaje, al ensamblaje, a todo cuanto pueda dar cuenta de los tiempos separados que vivimos, a todo cuanto permite hacer chirriar las temporalidades. Hablo de un pasado en busca de significación, de una historia que perdió su sombra y ya no puede decir nada. Ni novela, ni gran relato, yo escribo sobre un fondo de rotura y recolección de trozos, de partículas, de fragmentos y de indicios”, dice Robin. Así, también, La memoria saturada -¿escritura académica?- gira alrededor de la obsesión y se muestra como un mosaico historiográfico que transita sobre casos individuales como colectivos. Ejemplos del trauma y trastornos de memoria en Francia, Alemania, Israel, Japón, Estados Unidos; las maneras en la diversidad de los géneros, el ensayo, el fragmento, las ficciones literarias y cinematográficas; los conflictos en y entre las disciplinas, la historia, la teoría literaria y la sociología;  un “mosaico de referencias y de citas, no en el eclecticismo sino en una yuxtaposición, consciente de la imposibilidad de totalización. Un nomadismo de la escritura y de los géneros, un libro ‘mestizo’, que mezcla el análisis erudito con la vivencia personal, una búsqueda que no oculta sus interrogaciones, sus momentos de detención, que exige otra estética que la del ensayo clásico”. Robin aspira a que el libro pueda ser leído como hipertexto que despierte ecos, remita a otros libros, remueva olvidos, permita pensar en la “memoria colectiva, deber de memoria, trabajo de la memoria, abuso de la memoria”. Un libro que lleve vida a otras vidas en definitiva.

Este largo libro presentado como collage, no obstante, se propone según tres partes claramente delimitadas: “Presencias del pasado” –un detallado encuadre teórico que recurre a quienes obsesionados por la memoria del siglo, sus construcciones u olvidos, se muestran en sus desarrollos teóricos y la incidencia de vida, sus vidas, que esas teorías soportan–; “Una memoria amenazada: La Shoah” –una impresionante crítica a la patrimonialización museificadora e intrumentalizadora de la memoria de la Shoah, desde el lugar de la víctima despersonalizada por el abuso de memoria y, entonces, negada en pos de la construcción de una “memoria prótesis”–; finalmente, “De lo memorial a lo virtual” –donde el libro dice, sin proponérselo, su antigüedad pero, al mismo tiempo, su trayectoria testimonial en cuanto a las relaciones establecidas a principio de este siglo entre las nuevas tecnologías y las posibilidades o imposibilidades de la memoria–. Sin las reflexiones a las que obligaron las prácticas exigidas por las nuevas tecnologías en torno a la memoria, la identidad, la globalización, lo virtual, las fronteras y los relatos, lo material y lo simbólico, etc. –la última parte por cierto– este libro no podría existir. Por ello, quizás, se cierra con una especie de apéndice llamado “Cibermigrancias”, unas pocas páginas en cursiva, en las que un yo se escribe con otro yo, entre Montreal, Berlín y Paris. Régine Robin y Rivka A. se escriben mails, una especie de parloteo por teclado, “clavardage” dirá el texto, para afirmar que si bien ya no sabemos quién habla es seguro que se trata de una persona y su historia, sus lenguas, sus geografías, sus ausencias, sus olvidos.

Regin Robin pide, ante la “inmensa cacofonía” que producen los discursos sobre la memoria “llena de sonido, de furia, de clamores, de polémicas y de controversias, de argumentaciones simétricas o congruentes”, un momento de detención, de silencio para poder situarse en una estética y una ética de la responsabilidad, sea en su escritura académica o de ficción, sin caer en la trampa de los “abusos de la memoria” o la dicotomía que pareciera excluir mutuamente un deber de la memoria y un trabajo de la memoria.

Allí, entonces, los objetos sobre los que trabaja son varios, los acontecimientos dispersos y, a veces, inconexos: las propuestas de Freud o Paul Ricoeeur, Michel de Certau o Walter Benjamin, Marx o Pierre Nora, Debray o Bourdieu, Ernest Bloch o Jacques Rancière, Kracauer o Didi-Huberman, entre muchos otros, se juegan sobre la historia reciente de Francia o Alemania, Vichy y la Resistencia, Estados Unidos y el capitalismo, el nazismo y el neofascismo, las teorías sobre la posmodernidad y el cine norteamericano, la caída del Muro y George Perec, José Saramago, Bioy Casares o Cortázar, Arlette Farge, Hungría, Praga, Japón y las masacres de Nankín, Bulgaria, los museos memoriales de Berlín y Jerusalén, el comunismo, Stalin y la Revolución, la Shoah, los Juicios contra la Humanidad y los historiadores, el cine, la literatura y las imágenes. Un largo etcétera que puede hacer pensar en un arbitrario eclecticismo. Sin embargo, el aviso en la introducción y una puesta en acto de los principios metodológicos enunciados, construyen el mosaico de yuxtaposiciones a fin de hacer de este libro un testimonio de sí y entonces de época, un atlas, un mapa, el libro de los pasajes de Régine Robin.

Contra un exceso de memoria, que podría no ser más que una figura del olvido, saturación que proviene de la histeria por la relación con el pasado, Robin propone una memoria crítica para salir del fetichismo inscribiendo en las formas memoriales las marcas de una imposibilidad: “la nieve de las memorias heridas, precarias, de los pasados impensados, insensatos, que nos habitan a nuestro despecho y que retornan”.

 

(Actualización mayo – junio 2013/ BazarAmericano)

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646