septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Ulises Cremonte

La galera y el conejo
Relatos reunidos, de César Aira, Buenos Aires, Mondadori, 2013

Relatos reunidos presenta una serie de textos de César Aira que en su mayoría fueron publicados por editoriales independientes o revistas tanto extranjeras como nacionales. Resulta, entonces, una buena noticia para aquellos que no tienen ni tiempo ni ganas de rastrear en internet relatos de los cuales se conocía más su leyenda que sus palabras. Quizás a los devotos fetichistas de incunables “airianos”, esta edición realizada por un sello asociado a una multinacional,  les pueda generar un absurdo disgusto: ¡Duchamp vendió al MOMA una réplica del mingitorio! 

 

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Los 17 relatos incluidos en este volumen son una precisa muestra los diversos elementos procedimentales que Aira ha frecuentado a lo largo de su obra. El libro se podría dividir en dos bloques, uno de corte explícitamente autobiográfico y otro en el que, aun cuando deja escapar alguna referencia de su propia cotidianidad, trabaja en un espacio que establece un particular tratamiento de lo fantástico alterando secuencias narrativas con otras de corte argumentativo. 

 

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El bloque autobiográfico, conformado por casi la mitad de los cuentos, se instala en una vertiente rememorativa: su ciudad natal, los amigos de la infancia, las primeras experiencias escriturales, los juegos con otros niños, su madre. Es el tantas veces ejercitado “Reality Aira”, donde las clásicas fronteras entre narrador y autor son presentadas como parte de una estrategia de fuga: es ficción, hay un narrador, sí, pero Aira insiste, cual sesión de espiritismo, en invocar a su propio fantasma. 

En esta zona se destaca “A Brick Wall”. La narración comienza con ese típico caos programado de pensamientos arbitrarios, pero a partir del momento en el que anoticia la muerte de uno de sus mejores amigos, el texto adquiere un matiz nostálgico. Es un relato humano, demasiado humano, que se contrapone al andamiaje racional al que nos tiene acostumbrados. Así, deja en un segundo plano los clásicos recursos lúdicos de su escritura, para dar paso a una sincera evocación. Se podría pensar que al ser uno de los relatos más nuevos –enero de 2011- las motivaciones literarias de Aira podrían dar un giro hacia nuevos motivos, pero allí está “En el café”, fechado en junio del 2011, para derribar cualquier atisbo modificación. Como sea, “A Brick Wall” es, por lejos, uno de los cuentos más bellos que haya escrito el autor nacido en Pringles. Y vale subrayar que aquí la belleza está asociada a su dimensión más orgánica, menos conjetural. No juega a evocar, evoca. Parafraseando su título, parece haber derribado su propio muro.

 

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Hay un segundo bloque donde encontramos un Aira que se podría definir como más tradicional. Allí sí le da rienda suelta a sus habituales experimentos. Por momento sus juegos se dedican a ejecutar una actualización paródica de las Tesis sobre el cuento. Según la difundida hipótesis de Ricardo Piglia el cuento clásico “narra en primer plano la historia 1  y construye en secreto la historia 2. El arte del cuentista consiste en saber cifrar la historia 2 en los intersticios de la historia 1. Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario. El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie.

Así, en cuentos como “El carrito” o “Picasso” dejan surgir en el último párrafo una historia de la cual se habían dado esporádicos indicios. Pero claro nada resulta literal, porque en realidad más que una historia 2 cifrada, hay un cambio de escala en la narración. Si el relato iba por caminos poco habituales, en el final se vuelve a una lógica casi asociada con lo más esperado, que en este caso, era, obviamente, lo menos esperable. La pregunta que cierra “Picasso” -¿Y cómo salir del Museo Picasso con un Picasso bajo el brazo?- es una muestra clara de que a veces caer en cierto lugar común resulta la salida más original. Claro que para eso tuvo que presentar falsos indicios, pero no a la manera del cuento clásico, sino como un descarado intento de desviar la atención para concluir que no se escondía nada. Es como un mago que todo el tiempo nos dice que quizás tenga un conejo en la galera y finalmente nos pregunte: ¿realmente pensaban que yo podía tener un conejo guardado en una galera? ¿En qué mundo viven?

 

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Se suele buscar, sobre todo cuando se asoma por primera vez a la literatura de Aira, ciertas correspondencias con el género fantástico. Algo de eso puede haber, pero claro nunca de la manera automática. Desde una posición clásica (y no por eso menos efectiva) Julio Cortázar definía lo fantástico del siguiente modo: “Casi todos los cuentos que he escrito pertenecen al género llamado fantástico por falta de mejor nombre, y se oponen a ese falso realismo que consiste en creer que todas las cosas pueden describirse y explicarse como lo daba por sentado el optimismo filosófico y científico del siglo XVIII, es decir, dentro de un mundo regido más o menos armoniosamente por un sistema de leyes, de principios, de relaciones de causa y efecto, de psicologías definidas, de geografía bien cartografiadas. En mi caso, la sospecha de otro orden más secreto y menos comunicable, y el fecundo descubrimiento de Alfred Jarry, para quien el verdadero estudio de la realidad no residía en las leyes sino en las excepciones a esas leyes, han sido algunos de los principios orientadores de mi búsqueda personal de una literatura al margen de todo realismo demasiado ingenuo.”

Aira suele tematizar lo inesperado, pero no de la misma forma que Cortázar. Por ejemplo en el relato titulado “Mil Gotas”, se cuenta como la pintura de la Gioconda trasmuta en mil gotas para iniciar un disperso viaje por el mundo. Al comienzo del relato nos encontramos con el siguiente pasaje: “De ahí salieron especulaciones periodísticas sobre extraterrestres, por ejemplo un ser gelatinoso que hubiera aplicado una ventosa con ciliadas horadantes, etcétera. ¡Qué crédulo es el público! Qué poco razonable. La explicación de lo que había pasado era perfectamente simple: la pintura había revertido al estado de gotas (…) Si hubieran contado los agujeritos del vidrio habrían sabido cuántas eran: mil. Pero nadie se tomó el modesto trabajo de contar, ocupados como estaban en proponer teorías tan descabelladas como incongruentes.” Para explicar un suceso evidentemente “inesperado”   –la desaparición de la Gioconda del Louvre- el narrador se siente en la obligación de subrayar que si hubiesen practicado un básico empirismo (contar los agujeritos del vidrio) no habrían caído en teorías descabelladas e incongruentes. Es la ley (de la física cuántica en este caso) lo que alimenta el verosímil y no la excepción (incongruente). ¿Qué habría hecho Cortázar con esta historia? A Cortázar lo desvela la excepción. Así lo hizo por ejemplo en “Axolotl”. El narrador de ese recordado cuento explica que en el momento en el cual él asume el lugar del pez acontece “sin transición, sin sorpresa”. Allí está la base medular de lo fantástico en Cortázar. No le interesa explicar la transición y la falta de sorpresa es el resultado de haber previamente mostrado (al menos en este caso) el andamiaje interno, la subjetividad de ese narrador obsesionado con un pez.

Para Aira ninguno de estos sucesos “inesperados” están asociados a la fatalidad, sino a su contracara: la ley, la explicación que muchas veces asume un matiz seudo-científico. Mientras que en los cuentos de Cortázar se vomitan conejitos, para Aira en la galera, nunca puede entrar un conejo, si quizás un dragón chino, pero siempre y cuando haya detrás alguna lógica razonada que se aleje de la vulgar creencia de que se debe renunciar a la credulidad.

 

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En una entrevista ofrecida a una FM de Pringles Aira dijo que “El ser humano hacia los seis años empieza su decadencia. Los niños me parecen obras de arte: el punto culminante de belleza, de gracia es a los tres o cuatro años.” No es esta una afirmación al paso, sino más bien una declaración de principios. Si tomáramos el variado y ciertamente representativo conjunto de textos publicados en Relatos reunidos, podríamos concluir que el motivo temático por excelencia de Aira es la infancia. Aparece como elemento central en infinidad de anécdotas, pero también en cierta posición narrativa. La infancia como lógica antagónica a la de los adultos. Algo de lo que le sucede a la niña de “En el café”: “La madre seguía charlando con su amiga, y le prestaba una atención apenas maquinal a la hija. Inmediatamente después de la primera figurita, del primer caso de lo que empezaba a parecer una serie infinita, se había desentendido, como suelen hacerlo los adultos de los juegos de los niños con los que conviven. Nadie sale perdiendo, porque los niños a partir de ese momento entran en una dimensión propia, hecha de repeticiones e intensidades”. Esta frase parece describir en forma muy clara la mirada de Aira sobre la escritura. Frente a la desentendida literatura adulta, la respuesta es una serie de (lúdicas) repeticiones e intensidades.

 

(Actualización mayo – junio 2013/ BazarAmericano)

 

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646